Réquiem por un empleado

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Título original: Réquiem por un empleado

Año: 1978 (España)

Director: Fernando Merino

Productor ejecutivo: Roberto Pérez Moreno

Guionista: Fernando Merino

Fotografía: Miguel Fernández Mila

Música: Phonorecord

Intérpretes: Pedro Osinaga (Juan Fonseca), Ira von Fürstenberg (Isabel), Rafael Alonso (Don Hermógenes), Alfonso del Real (Don Luis), Silvia Tortosa (Pilar), Mónica Randall (Amiga de Pilar), Manuel Zarzo (Ibáñez), Rafael Hernández (Pedro), Emilio Rodríguez (Contable empresa), Jenny Llada [acreditada como Jenny O’Neil] (Amante de Don Hermógenes), Ramón Lillo [acreditado como Ray Nolan], Julia Caba Alba (Doña Luisa), Jerónimo Meseguer, Isidro Luengo, Juana Jiménez, Luis Agudín, José Abel Navarro, Antonio Ramis, Paco Catalá (Taxista), Raquel de Miguel…

Sinopsis: Juan Fonseca trabaja como administrativo en una fábrica, en la que se empieza a utilizar una nueva máquina que revoluciona la producción. Después de un noviazgo de siete años, se casa y entra de lleno en la sociedad de consumo: casa, coche, televisor… Como su esposa está embarazada y el sueldo no es suficiente, se ve obligado a pluriemplearse, pero la tensión del trabajo y de su vida matrimonial traerá peligrosas consecuencias para su salud.

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Lejos del eclectisimo demostrado por su hermano José Luis, la trayectoria cinematográfica como director de Fernando Merino está estrechamente ligada al terreno de la comedia, a excepción de un par de fugas puntuales localizadas significativamente hacia el final de su carrera. Dicha especialización genérica brindaría al cineasta madrileño la oportunidad de participar de modo activo en varias de las principales corrientes surgidas dentro del seno de la comedia autóctona coetánea. Así, tras debutar en 1966 con la adaptación de la polémica novela homónima de Darío Fernández Flórez Lola, espejo oscuro, pasaría a convertirse en los años siguientes en poco menos que el director oficial de las comedias orquestadas por el productor y guionista José Luis Dibildos, encuadrándose en este periodo los que quizás sean sus mejores y más recordados trabajos[1]. Fuera ya del paraguas de Ágata Films, se arrimaría al ascua del recién nacido landismo, al que contribuiría con títulos tan característicos del fenómeno como Préstame quince días (1971), No desearás la mujer del vecino (1971) o Los días de Cabirio (1971), todas ellas financiadas por el inefable José Frade. Un bagaje, en suma, que le hacen merecedor, por derecho propio, de ser considerado como uno de los principales cultivadores de la denominada españolada, a la altura de un Luís María Delgado o Javier Aguirre, pongo por caso, pero lejos del brillo de los primeros espadas del estilo; es decir, Mariano Ozores, Pedro Lazaga y Ramón “Tito” Fernández, en este orden concreto.

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En virtud de lo expuesto, no es difícil ver en su figura a un realizador de los llamados artesanales, habituado a poner su oficio al servicio del proyecto que le fuera encomendado sin que mediara por su parte mayor compromiso personal que el profesional. Un perfil que tan solo sería roto por Réquiem por un empleado (1978), film que, curiosamente, cerraría su filmografía en la gran pantalla, poco antes de producirse su retirada total de la profesión tras dirigir varios capítulos de la popular serie televisiva Curro Jiménez (1976-1979) en sustitución de Pilar Miró. El porqué de esta apreciación se sustenta en el hecho de ser la única película de Merino escrita por él mismo en solitario, lo que de entrada le otorga un grado de autoría que es confirmado con posterioridad por la naturaleza de su propuesta. Y eso que, a decir verdad, sobre el papel su contenido no se diferencia en demasía de los aludidos exponentes a los que tan habituado estaba su responsable, empezando por la confección un reparto que, encabezado por Pedro Osinaga e Ira de Fürstenberg, se nutre de un plantel de secundarios tan asociados al estilo como Rafael Alonso, Alfonso del Real o Julia Caba Alba, sin olvidar la presencia de Silvia Tortosa y Mónica Randall. Al ya de por sí indicativo concurso de estos intérpretes, hay que añadirle la comparecencia en su trama de varios ingredientes argumentales bien característicos de la españolada tardofranquista como es el protagonismo de un hombre normal y corriente al que una serie de circunstancias acabarán por abocarle a una espiral de peripecias cada vez más delirantes, en las que no faltarán los flirteos sexuales al margen de la pareja.

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Sin embargo, estos ingredientes tan familiares para su director son empleados en esta ocasión con unas pretensiones bien distintas a las acostumbradas; nada menos que las de realizar una reflexión sobre el pernicioso impacto del consumismo en la sociedad española de la época y, más concretamente, sobre la vida laboral y familiar del ciudadano medio, localizada, para más inri, en un contexto histórico muy determinado: en pleno inicio de la apertura democrática experimentada por nuestro país tras cuarenta años de dictadura, ahí es nada. Como el propio cineasta declararía poniendo de relieve su grado de implicación en el proyecto, “como el guion era mío deposité en él todas mis ideas sociopolíticas[2]”, las cuales son articuladas a través de un punto de partida de lo más sencillo. El secretario personal del dueño de una importante industria cárnica es poco menos que obligado por su jefe a adquirir un utilitario ante los continuos retrasos que acumula en su entrada al trabajo por causa del transporte público, sirviéndose para ello del préstamo a “muy bajos intereses” que la propia empresa le facilita. Dicha decisión supondrá el principio del fin para el hombre, que poco a poco tendrá que ir ocupando su tiempo libre con nuevos empleos con los que poder hacer frente a los cada vez más numerosos gastos que le irán surgiendo: multas de tráfico, averías mecánicas del vehículo, la compra de un piso al que mudarse con su novia de toda la vida tras dejarla embarazada y tener que casarse con ella deprisa y corriendo…

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Un planteamiento a priori no exento de interés, pero que es malogrado a causa del tratamiento al que le somete su ideólogo -quien, no obstante, consideraba a la cinta resultante uno de los trabajos que más le gustaban de toda su filmografía[3]-, lo que se traduce en un film totalmente descompensado entre sus dos vertientes – esto es, la cómica y la alegórica-, aunque no del modo que en principio pudiera esperarse a tenor de sus antecedentes. Por el contrario, el director de El padrino y sus ahijadas (1974) pone en todo momento el foco de su atención en el comentario social, quedando la supuesta carga cómica del conjunto supeditada, cuando no desaparecida, en virtud de la consecución del referido discurso. Con esto no quiere decirse que el film se encuentre libre de atributos. Sin ir más lejos, Merino atina a la hora de plasmar diferentes estampas cotidianas con las que ilustrar algunos de los males endémicos que aquejaba aquella sociedad (y que en ciertos casos continúan), caso de la alienación televisiva y publicitaria, la represión sexual, o la preponderancia de unas normas sociales circunscritas, básicamente, a las apariencias, tal y como el padre de su novia confiesa al protagonista para justificar su negativa a que la pareja pase la noche fuera de casa, lo que en última instancia no evitará que su hija acabe quedando en estado de buena esperanza. Algunos de ellos son incluso visualizados con una apreciable inventiva, destacando en este sentido aquella secuencia en la que, tras diferentes planos de paredes ilustradas con pintadas y carteles de carácter político que reflejan la efervescente y convulsa situación que atravesaba el país en aquellos momentos, la cámara recorre una cola que espera pacientemente la llegada del bus en la que todos sus integrantes se encuentran leyendo el diario deportivo.

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El problema es que su bienintencionada denuncia a la manera de funcionar del sistema capitalista no resulta demasiado original y está formulada, además, en unos términos bastantes panfletarios, cuando no pueriles, a pesar de algunos aciertos aislados como los ya comentados. Una muestra muy significativa a este respecto se encuentra en el alegórico paralelismo tan oportuno como manido que se establece entre esa moderna máquina de fabricar salchichas adquirida por la empresa y forzada paulatinamente a aumentar su producción, con el rol principal y la deriva laboral en la que se ve inmerso. Por otra parte, la cinta discurre bajo un forzado e indigesto tono discursivo que es ejemplificado en diálogos tan poco naturales como el mantenido en el comedor de la empresa entre el personaje que encarna Emilio Rodríguez, un contable que funciona como el Pepito Grillo de la historia con sus prudentes consejos al resto de los empleados, y uno de los obreros de la explotación al que interpreta Rafael Hernández. “¿No te acuerdas cuando desarrollo, tecnología, macroindustria, infraestructura, no eran sino palabras que había que buscar en el diccionario? Pero claro, tú y yo trabajábamos para la pequeña industria y nos defendíamos. ¿Que pasa ahora?”, dirá el primero al currela que, con el bocata y el botellín de cerveza a un lado, responderá con la siguiente parrafada sin anestesia previa: “Lo de siempre. Un proceso de espera. Usted me pregunta si no fueron mejores aquellos tiempos. Puede que sí, pero eso no arregla nada. El tiempo es el gran remedio. Recuerde que así como en su hora la pequeña industria engendró por su propia evolución las condiciones de su destrucción, así también hoy la forma de producción capitalista está engendrando las condiciones materiales de su muerte. Después ya veremos”.

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Así las cosas, uno no puede sino recordar y preferir una españolada al uso como ¡No firmes más letras, cielo!  (1972) de Pedro Lazaga, con la que Réquiem por un empleado mantiene innegables similitudes de todo tipo, tanto en la forma como en el fondo. También en ella su protagonista, un tal Sabino Gurupe al que presta sus rasgos Alfredo Landa, se ve empujado a las redes del pluriempleo como medio para poder satisfacer las necesidades económicas a las que le conduce la sociedad de consumo, aunque en su caso no sea tanto por culpa de las circunstancias como por las exigencias que le reclaman su suegra y esposa. Un exponente que, con toda la carga misógina y conservadora que se quiera, demuestra esa reconocida capacidad de la tan denostada comedia popular española practicada desde mediados de los cincuenta hasta principios de los ochenta para, burla burlando, hacerse eco de la coyuntura socio-política que le rodeaba, sin necesidad de acudir para ello a molestos subrayados y carente de cualquier tipo de pretensión que no fuera la de conectar con su audiencia. Una cualidad de la que, como puede comprobarse, Réquiem por un empleado carece.

José Luis Salvador Estébenez

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[1] A saber, La dinamita está servida (1968) y Los subdesarrollados (1968), ambas adscritas a las tramas corales, protagonizadas en por “pillos”  y hermanadas por contar con un reparto más o menos similar, con Tony Leblanc y Laura Valenzuela como principales figuras.

[2] Extraído de la entrevista a Fernando Merino incluida en El cine español según sus directores (Cátedra, Madrid, 2009)  de Antonio Gregori, página 567.

[3] Op. Cit. Nota 2.

Published in: on agosto 19, 2016 at 5:54 am  Dejar un comentario  

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