Los intrusos

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Título original: White Settler

Año: 2014 (Gran Bretaña)

Director: Simeon Halligan

Productora: Rachel Richardson-Jones

Guionista: Ian Fenton

Fotografía: James Swift

Música: Jon Wygens

Intérpretes: Pollyanna McIntosh (Sarah), Lee Williams (Ed), Joanne Mitchell (Flo), Garth Maunders, James McCreadie, Dominic Kay (Lugareños)…

Sinopsis: Ed y Sarah deciden abandonar el estresante ritmo de vida londinense y mudarse a una asilada granja situada en los campos de Escocia. Sin embargo, durante su primera noche en el lugar, el paisaje idílico se vuelve inhóspito, y Sarah empieza a sospechar que alguien se ha colado en la casa.

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Una de las cualidades más valoradas y apreciadas del cine fantástico y de terror es su capacidad para, de forma consciente o inconsciente, explorar y exponer los miedos, temores y amenazas que han subyacido en los diferentes momentos históricas y contexto sociales en que se han fraguado sus exponentes. La lista es larga: el primigenio King Kong (King Kong, 1933) y su metáfora sobre el imperialismo cultural y las consecuencias del crack bursátil del 29, el expresionismo alemán como reflejo de los fantasmas dejados tras de sí por la derrota germana en la Primera Guerra Mundial y augurio de la llegada del nazismo, la materialización en el American Gothic de las heridas producidas en el subconsciente colectivo estadounidense por la Guerra del Vietnam y el descubrimiento de escándalos políticos del calado del Watergate o, más recientemente, toda la caterva de títulos que se han alimentado de la paranoia norteamericana post 11-S. Tanto es así, que tampoco en nuestro país han faltado las interpretaciones que han querido buscar en ciertos títulos producidos durante la edad dorada del fantaterror la plasmación de algunos rasgos sociales característicos de la España franquista.

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Dentro de este contexto es donde hay que situar una propuesta de las peculiares particularidades de Los intrusos (White Settlers, 2014), segunda película como director de Simeon Halligan. Los motivos son obvios. Estrenada originalmente de forma no oportunista la semana previa a la celebración del referéndum sobre la independencia escocesa del Reino Unido, la película ahonda en las tensiones y enfrentamientos entre Escocia y sus vecinos ingleses en los que reside buena parte de las raíces del aludido conflicto político. De forma muy inteligente, para ello se sirve de las características propias de un subgénero tan codificado y, a día de hoy, transitado, como es el de las “home invasion“, por medio del traslado de una pareja de londinenses a una aislada granja situada en plena campiña escocesa. Se da la circunstancia, además, que la construcción fue en la antigüedad una fortificación donde se dirimieron distintas batallas entre escoceses e ingleses, lo que otorga al lugar de un alto carácter simbólico. La prototípica situación de invasión en la que se apoya este tipo de relatos se ofrece así en dos direcciones distintas: la que los recién llegados sufrirán por parte de sus nuevos convecinos y la que para los lugareños supone la presencia en el lugar de un par de ingleses.

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Ahora bien, antes que por sentimientos de pertenencia, el debate nacionalista que se establece en la película está formulado atendiendo a factores económicos y sociales. Siguiendo el modelo de reputados referentes como Perros de paja (Straw Dogs. 1971) o Defensa (Deliverance, 1972), el núcleo central del argumento se centra en el enfrentamiento que se deduce del contraste entre los urbanitas y ricos ingleses, y los campesinos y más bien empobrecidos escoceses. No es baladí a este respecto que cuando los protagonistas van a visitar la vivienda que convertirán en su hogar, la agente de la inmobiliaria les informe de que varios vecinos se han interesado por la granja y que si no la han adquirido ha sido por quedar el precio fijado lejos de sus posibilidades económicas, bastante llamativo en vista que a la pareja su adquisición les parece una ganga. Incluso, yendo un poco más allá, no es difícil interpretar su discurso en base a esta división sociológica y despojarlo de cualquier significación nacional. Una visión que parece ser refrendada por la escena con la que se cierra la cinta, si no fuera por el claro contenido político que poseen los planos que la anteceden y en los que se muestra el destino final de la granja en liza.

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Por otra parte, pese a cierto tono neutral que acaba por decantarse por la posición pro-inglesa, por más que solo sea por el reparto de bandos entre atacados y atacantes que se efectúa -lo cual no deja de ser sorprendente habida cuenta que tanto su guionista, Ian Fenton, como su protagonista femenina, la bella Pollyanna McIntosh, son de origen escocés-, la película no se olvida de mostrar los prejuicios y sensación de superioridad que un sector de la población inglesa parece tener sobre sus vecinos del norte, representados por Ed, el hombre de la pareja, despersonalizando en cambio a los asaltantes tanto desde un punto de vista narrativo –no existe ninguna mención explícita a las motivaciones a las que corresponden su conducta-, como sobre todo físico, presentándoles ataviados con máscaras de cerdo y camisetas de la selección escocesa de fútbol.

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Es en apuntes como estos donde radica el mayor potencial de Los intrusos. Un valor testimonial, sin duda, que alude a una época y unas circunstancias sociopolíticas muy determinadas, pero que sirven para elevar el interés de una propuesta que, en caso contrario, resultaría de lo más rutinaria en sus formas. Tanto es así que, en términos generales, su argumento evoluciona sin mayor espacio para la originalidad que el que le brinda su punto de partida, abrazando con poco disimulo las convenciones asimiladas y mil veces vistas en los films sobre allanamientos de morada, con sus tópicos manidos y lugares comunes. Con todo, hay que reconocer que el buen pulso narrativo con el que están servidos los acontecimientos, unido a una ajustada duración que no excede los ochenta minutos de metraje, títulos de crédito incluidos, hacen que su visionado proporcione un agradable rato de entretenimiento, incluso para los aficionados más encallecidos con este tipo de productos. Precisamente, para este sector del público ofrece el añadido de contar con Pollyanna McIntosh en un registro un tanto alejado de los papeles de mujeres fuertes que le han granjeado un lugar de preferencia dentro del panorama genérico actual, en títulos como Let us Prey (2014) o, sobre todo, la magnífica The Woman (The Woman, 2011), interpretando esta vez a la típica y vulnerable damisela en peligro cuyo, en principio, delicado comportamiento irá evolucionando a medida que se vayan sucediendo los acontecimientos y su vida se encuentre en peligro.

José Luis Salvador Estébenez

 

Published in: on octubre 14, 2016 at 8:53 am  Dejar un comentario  

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