Los invencibles

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Título original: Los invencibles / Gli invincibili sette

Año: 1963 (España, Italia)

Director: Alberto de Martino

Productores: Anacleto Fontini, Italo Zingarelli

Guionistas: Sandro Continenza, Alberto de Martino, Natividad Zarzo [solo acreditada en la copia española]

Fotografía: Eloy Mella

Música: Carlo Franci

Intérpretes: Tony Russel (Leslio), Helga Liné (Lydia), Massimo Serato (Axel), Gérard Tichy (Rabirio), Renato Baldini (Kadem), Livio Lorenzon (Rubio), Barta Barri (Baxo), José Marco (Luzar), Cris Huerta (Gular), Gianni Solaro (Nakassar), Francesco Sormano, Renato Montalbano (Aristocratas), Emma Baron (Madre de Leslio y Axel), Pedro [Mari] Sánchez (Ario), Tomás Blanco (Panuzio)…

Sinopsis: En el siglo IV antes de Jesucristo, la ciudad de Sidón, situada en Oriente Medio, se encuentra bajo el poder del tirano Rabirio, contra el que se alzan unos cuantos demócratas ocultos en las montañas. En un ataque al campamento de los rebeldes, su cabecilla Axel es hecho prisionero por las tropas de Rabirio. Para salvarle de una muerte segura, su hermano Leslio compra la libertad de un grupo de presidiarios con el objeto de que le ayuden a liberarlo, bajo la promesa de dejarles marchar tan pronto como la acción sea llevada a cabo con éxito.

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Siguiendo la lógica oportunista que desde sus orígenes guió el desarrollo del cine de género europeo, el estreno a finales de 1962 de Los siete espartanos / I sette gladiatori abriría un nuevo camino a seguir dentro de los terrenos del péplum. A pesar de que su rendimiento comercial no fuera lo que puede considerarse un éxito, lo cierto es que a su rebufo surgirían un puñado de películas de idéntica orientación genérica que harían suyo el modelo que esta había inaugurado; esto es, la traslación al mundo antiguo del esquema argumental que Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960) había llevado a su vez desde el Japón feudal en el que se desarrollaba Los siete samurais (Shichinin no Samurai, 1954) hasta la frontera entre México y los Estados Unidos de mediados del siglo XIX, convenientemente adaptado a las constantes y lugares comunes acuñados por este tipo de cintas.

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En honor a la verdad, cabe mencionar que tal práctica sería llevada a cabo con posterioridad por la industria italiana en múltiples géneros, desde el propio western hasta el bélico, pasando por la ciencia ficción o las películas sobre robos perfectos. Lo particular de este caso es la rápida aceptación con que sería acogida la fórmula dentro del mal llamado cine de romanos, habida cuenta de que todas estas películas serían producidas en un lapso de tiempo no superior a dos años, lo que puede verse como un claro síntoma de la necesidad de nuevos patrones narrativos que demandaba un subgénero que a estas alturas comenzaba a dar los primeros síntomas de repetición y cansancio a los que le había conducido la explotación indiscriminada a la que había sido objeto en apenas un lustro, y que en poco tiempo provocarían su desaparición dentro de la industria.

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Gli invincibile tre [dvd: Los tres invencibles, 1964], Combate de gigantes / Ercole, Sansone, Maciste e Ursus gli invincibili (1964), Siete contra todos (Sette contro tutti, 1965) o la saga de Los diez gladiadores, son solo algunos exponentes de esta nueva corriente originada a raíz del film dirigido por Pedro Lazaga. En vista de este contexto, las productoras de Los siete espartanos, Atenea Films por parte española y Film Columbus por la italiana, no dejarían pasar la oportunidad de explotar en su beneficio el filón recién descubierto, volviendo a asociarse para dar forma a una nueva película de similares características que llevaría por título Los invencibles / Gli invincibili sette (1963). Para tal fin contarían con gran parte del equipo de su predecesora. Así, Alberto De Martino, que en la previa había intervenido como guionista[1], se sentaría en esta oportunidad en la silla de director, haciéndose asimismo cargo del libreto en compañía del también reincidente Sandro Continenza, mientras que la fotografía volvería a correr por cuenta de Eloy Mella, esta vez en solitario[2].

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La voluntad de equiparación con Los siete espartanos alcanzaría también a la confección del reparto, donde varios intérpretes harían doblete en papeles análogos a los que ya habían desempeñado en aquella. De entre ellos, los casos más significativos son el de Gérard Tichy, que de nuevo encarnaría al villano de la función, así como los de Barta Barri y Livio Lorenzon, quienes repetirían como miembros del grupo de aguerridos héroes, encontrándose las principales novedades en los cambios experimentados en sus roles principales. De este modo, el protagonista de la anterior, Richard Harrison, sería sustituido por el también norteamericano Tony Russel con el apoyo de Massimo Serato, ocupando Helga Liné el lugar que en la original detentara Loredana Nusciak.

Tony Russel

Tony Russel

Los susodichos Russel y Serato serían los elegidos para dar vida a Leslio y Axel, dos, en principio, antitéticos hermanos que encabezan la resistencia frente a Rabirio, un tirano que gobierna de forma despótica con el apoyo de mercenarios macedonios una ciudad-estado de Oriente Medio bajo influencia espartana. Si bien el concurso de esta clase de tramas eran moneda común dentro del subgénero, sorprende, no obstante, que en los términos en que es formulada en la película consiguiera pasar inadvertida a ojos del órgano censor local, dado lo mucho que algunos de sus componentes se adecuan a la realidad política que se vivía en nuestro país durante la época, inmerso como estaba en plena dictadura franquista; máxime si se tiene en cuenta que se trataba de una coproducción con participación española, como se ha comentado.

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Ya desde el principio llama la atención la redacción de la leyenda con la que da inicio la cinta de cara a poner a los espectadores en antecedentes y en la que se informa, textualmente, de que “un viento de terror” ha destruido “toda forma de gobierno democrático”. A partir de ahí son varios los detalles que se puedan extrapolar a ciertos capítulos de nuestra historia reciente. Por ejemplo, en un momento determinado el dictadorzuelo Rabirio recuerda a uno de los nobles de su reino que si no hubiera sido por él su clase habría sido destruida por el pueblo. Un Rabirio que a los disidentes políticos a los que no ejecuta los tiene realizando trabajos forzados en una cantera, justamente el mismo trato que Franco reservó a los presos republicanos en la construcción del Valle de los Caídos. Dichas similitudes alcanzan también a la configuración del grupo de rebeldes, que al igual que los maquis tras la Guerra Civil, combaten la dictadura escondidos en las montañas, vistiendo, curiosamente, totalmente de rojo, en simbólica consonancia con el cariz socialista e, incluso, libertario que tiene su forma de lucha, centrada, básicamente, en impedir que los recaudadores de impuestos realicen su cometido, por un lado, y por otro recuperando de las arcas del tirano las riquezas que este previamente había expoliado al pueblo.

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Interpretaciones políticas al margen, es también interesante de comentar el que uno de los miembros del grupo protagonista, el tal Rubio al que da vida Lorenzon, lleve a cabo varias invenciones armamentísticas en forma de bumeranes, catapultas e incluso una especie de ametralladora de flechas, que acabarán resultando vitales en el devenir de su desigual enfrentamiento contra las tropas gubernamentales. A decir de Rafael de España en su imprescindible La pantalla épica. Los héroes de la antigüedad vistos por el cine (T&B Editores, Madrid, 2009), este elemento estaría tomado del clásico de Robert Siodmak El temible burlón (The Crimson Pirate, 1952), aunque en mi opinión, y sin ánimo de querer enmendar la plana a nadie, me parece más adecuado tomarlo como una contaminación de los seudobonds que ya por entonces comenzaban a inundar las pantallas y que, junto al western, sustituirían al péplum dentro de las preferencias del público europeo, lo que viene a remarcar los intentos que en la época se estaban produciendo para aportar sangre fresca al moribundo subgénero.

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Otro aspecto a destacar se encuentra en el modo en el que son expuestas las acciones de los integrantes del grupo protagonista que, al contrario de lo que era habitual en el estilo, donde la violencia por parte del héroe era ejercida en los momentos imprescindibles y en la mayoría de las veces solo para dejar al enemigo de turno fuera de juego de forma temporal, aparecen en múltiples ocasiones en primer término apuñalando, asaetando y, en fin, asesinando sin mayores contemplaciones a aquellos soldados que salen a su paso. Algo que contrasta, aún si cabe, con el agradecido tono ligero con el que discurre la narración, y al que, a buen seguro, no es ajena la participación en el guion del mencionado Continenza, quien no por casualidad había comenzado su carrera en la gran pantalla aportando su oficio a numerosas comedias proyectadas al servicio de Totó.

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Así las cosas, el cómputo final del film se ve beneficiado, además de por alguno de los elementos ya enumerados, por una mayor riqueza de medios de la acostumbrada y que tiene su máxima expresión en la comparecencia de varias escenas de cierta espectacularidad, caso de la impresionante estampida de la manada de caballos por entre el campamento de Rubirio durante el desenlace -en la que, por lo que se deduce de varias imágenes, parece claro que algún equino salió malparado-. A ello también contribuye de forma decisiva la entonada labor de un De Martino que demuestra una excelente mano para la composición de planos, sacando un extraordinario partido a la amplitud de pantalla que le brinda el formato 2.35:1 en el que fue rodada la película, por más que ello no sea óbice para que a lo largo del metraje realice numerosos movimientos de cámara laterales destinados a ampliar el campo escénico y que, aparte de realzar una puesta en escena de corte clásico y un tanto hollywoodiense, otorgan un gran dinamismo a una cinta que, por lo demás, se desarrolla a muy buen ritmo. Todo estos ingredientes en conjunto hacen de Los invencibles un film que sobresale por encima del nivel medio del subgénero; quizás por ello conocería una especie de secuela apócrifa construida sobre idénticos cimientos, La rivolta dei sette (1964), también con De Martino como director y de nuevo con Russel, Liné, Lorenzon y Serato en sus papeles principales, aunque ya sin participación española de por medio.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Ciertas voces sostienen que, en realidad, Alberto De Martino fue el director en la sombra de Los siete espartanos, y no nuestro Pedro Lazaga como figura oficialmente, sin que tal extremo haya llegado a demostrarse nunca de forma conveniente. De ser cierto, se trataría del típico baile de nombres tan característico de las coproducciones de la época para adecuarse a la legislación vigente y que en la película que nos ocupa queda ejemplificado con la consignación en la copia española de Natividad Zarzo como coguionista.

[2] Redundando en lo comentado en el anterior punto, en Los siete gladiadores el operador español había compartido el puesto, al menos de forma nominal, con el italiano Adalberto Albertini.

Published in: on diciembre 23, 2016 at 6:29 am  Dejar un comentario  

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