The Monster Walks [dvd: El monstruo asesino]

Título original: The Monster Walks

Año: 1932 (Estados Unidos)

Director: Frank R. Strayer

Productor: Cliff P. Broughton

Guionista: Robert Ellis

Fotografía: Jules Cronjager

Música: Charles Dunworth

Intérpretes: Rex Lease (Dr. Ted Clayton), Vera Reynolds (Ruth Earlton), Sheldon Lewis (Robert Earlton), Mischa Auer (Hanns Krug), Martha Mattox (Sra. Emma “Tata” Krug), Sidney Bracey (Herbert Wilkes), Willie Best [acreditado como Sleep n’ Eat] (Exodus)…

Sinopsis: Durante una tormentosa noche Ruth Earlton y su novio, el doctor Ted Carver, llegan a la casa del padre de Ruth, repentinamente fallecido, para asistir a la lectura de su testamento. El difunto señor Earlton lega todo a su hija, pero en caso de que ella muera, las posesiones irán a parar manos de su inválido tío Robert, quien vive en la casa familiar junto con el ama de llaves y el extraño hijo de ésta. Durante la noche, una mano grande y peluda intenta estrangularla desde el cabecero de la cama a Ruth, recayendo las sospechas en el mono que se encuentra enjaulado en el laboratorio de su finado padre.

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Con una filmografía compuesta por noventa títulos condensados a lo largo de veinticinco años, lo que de entrada da una idea muy aproximada de su fecundidad, la trayectoria del cineasta norteamericano Frank R. Strayer suele ser evocada, principalmente, por tres de sus aportaciones al cine de terror y misterio, curiosamente todas ellas datadas durante los albores del sonoro. Hablamos de su considerada obra maestra ¿Vampiros? Sombras trágicas (The Vampire Bat, 1933), Condemned to Live [dvd: Condemned to Live, 1935] y el film que nos ocupa, The Monster Walks (1932), editado en nuestro mercado doméstico con el título de El monstruo asesino, el mismo que recibió en su estreno mexicano, dicho sea de paso. Una fama que, en este caso, parece claro que no responde tanto a sus posibles logros cinematográficos, muy limitados en todos los sentidos, como a cuestiones secundarias del tipo que su estreno en Gran Bretaña no fuera aprobado por las autorizadas censoras de las Islas en su momento, prohibición que no fue abolida hasta casi ochenta años más tarde, durante el pasado 2010.

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Escrita por el otrora actor Robert Ellis, a la sazón esposo por aquel entonces de su actriz protagonista, Vera Reynolds, la propuesta de The Monster Walks se encuadra dentro de las denominadas “Dark House Mysteries”, corriente surgida sobre las tablas escénicas y trasplantada poco después al medio cinematográfico, la cual viviría su particular edad de oro durante la década de los veinte del pasado siglo. A pesar que para su fecha de realización las “Dark House Mysteries” comenzaban a estar de capa caída ante el empuje que había supuesto el inicio del ciclo sobre monstruos clásicos de la Universal, esta modesta producción de la Ralph M. Like Productions, desarrollada en apenas tres escenarios y con poco más de media docena de personajes, repite a pies juntillas el inamovible esquema sobre el que se sustentaba esta clase de propuestas junto a sus principales ingredientes característicos. A saber: una asilada mansión, la lectura de un testamento, y el consiguiente baile de muertes en medio de la tormentosa noche que tienen como víctimas a algunos de los beneficiarios de la fortuna en liza a manos de un misterioso asesino de peculiar apariencia. Poco más. Como puede apreciarse, todo de lo más elemental, consistiendo el principal aliciente de la intriga urdida el descubrimiento de la identidad del autor de los crímenes, haciéndose para ello eco de las formas acuñadas por el más clásico whodunit literario.

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Dentro, pues, de lo formulario de la propuesta, tres son los elementos que dotan de cierta diferenciación a The Monster Walks con respecto al resto de sus congéneres. El principal, aquel que le brinda su primordial rasgo identificativo, es la presencia de un enjaulado chimpancé en los sótanos de la casona, al que en un principio se le creerá causante de los crímenes, en lo que puede verse como una reminiscencia a “Los crímenes de la calle Morgue” (“The Murders in the Rue Morgue”, 1841) de Edgar Allan Poe, y cuyo concurso es empleado para emular una imagen icónica de uno de los más distinguidos exponentes del subgénero, El legado tenebroso (The Cat and the Canary, 1927), mediante la aparición de las peludas manos del supuesto simio emergiendo por detrás del cuello de la desvalida protagonista. Frente al sesgo derivativo que revela este componente, los dos restantes funcionan por oposición a lo que era norma en el estilo, aunque su importancia sea meramente anecdótica. Por un lado, debido al exiguo número de muertes acaecidas durante el relato, tan sólo una, y por otro, por la escasa injerencia de la que goza el alivio cómico de turno, el chofer negro de uno de los personajes[1] que, no obstante, es caracterizado según los estereotipos raciales y racistas con la que eran presentados este tipo de roles durante la época. Sirva de muestra su comentario con el que se cierra la cinta, tras conocer que el anterior dueño de la mansión era seguidor de las teorías evolutivas de Darwin y, por ello, la presencia del mono en su laboratorio: “Yo tenía un abuelo que se le parecía un poco, pero no era tan activo”, dirá refiriéndose al simio.

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Acorde a la tónica reinante, la dirección de Strayer se encuentra sujeta a los convencionalismos del subgénero. No faltan pues las imágenes destinadas a sembrar las sospechas entre la audiencia, en las que se muestran los rostros aviesos del elenco, caracterizados según la tipología habitual y definidos a través de lo que se dice en los diálogos y no de lo que revelan sus acciones. Una práctica que, a la hora de la verdad, da como resultado algún momento un tanto jocoso, representado por la conversación entre el notario y el novio de la heredera momentos después de la lectura del testamento, cuya función en la historia es suministrar al espectador la información necesaria sobre los diferentes personajes que moran en la casa, pero que vista en su contexto hacen parecer al joven una suerte de cazadotes, informándose de los bienes recibidos por su prometida. En lo que a su uso de la técnica se refiere, la puesta en escena de Strayer hace gala de una planificación estática, supeditada a tomas generales fijas tan solo violentada por la puntual inclusión de primeros planos destinados a recoger las ya de por sí gesticulantes reacciones de los personajes, dentro de una dirección de actores más propia del cine mudo que del sonoro. Con todo, cabe reconocer que, dentro de los escasos alicientes que oferta el conjunto, la trama está llevada con buen ritmo, a lo que contribuye que su exceso de verborrea no llegue al exagerado nivel de otras talkies, lo que unido a un componente cómico no tan molesto como en otros exponentes, como ya se ha dicho, y una ajustada duración no superior a los sesenta minutos, hacen que su visionado, si no apasionante, sí que pueda ser seguido con un relativo agrado. Algo es algo.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Acreditado con el denigrante seudónimo de Sleep ‘n’ Eat, dicho papel es interpretado por un principiante Willie Best, con los años uno de los actores cinematográficos afroamericanos más populares de su tiempo gracias a pequeños papeles en films como El último refugio (High Sierra, 1941) o El castillo maldito (The Ghost Breakers, 1940). Precisamente, la estrella principal de esta última, Bob Hope, diría de él que era el mejor actor que conocía. Claro que Best no es el único miembro del reparto que alcanzaría posteriormente cierta notoriedad. A este respecto cabe indicar que el personaje del siniestro criado es un, por entonces, desconocido Mischa Auer, cuatro años antes de ser nominado al Oscar al mejor actor de reparto por su trabajo para Al servicio de las damas (My Man Godfrey, 1936), a partir de lo cual se especializaría en los registros cómicos por los que hoy es recordado.

Published in: on enero 2, 2017 at 5:14 am  Dejar un comentario  

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