Deadly Manor

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Título original: Deadly Manor

Año: 1990 (Estados Unidos, España)

Director: José [Ramón] Larraz

Productores: Brian Smedley-Aston, Ángel Somolinos

Guionista: José [Ramón] Larraz

Fotografía: Tote Trenas

Música: Cengiz Yaltkaya

Intérpretes: Clark Tufts (Jack), Greg Rhodes (Tony), Claudia Franjul (Helen), Mark Irish (Rod), Liz Hitchler (Susan), Jerry Kernion (Peter), Kathleen Patane (Anne), Douglas Gowland (Trooper), William Russell (Alfred), Jennifer Delora (Amanda)…

Sinopsis: Un grupo de jóvenes se dispone a pasar unos días de vacaciones en contacto con la naturaleza. Sin embargo, el trayecto hasta el lago donde pretenden acampar es más largo de lo previsto, por lo que, ante el peligro de una inminente tormenta, deciden hacer un alto en el camino y pernoctar en una solitaria y misteriosa mansión que parece abandonada. Instalados en el lugar, una de las muchachas que no estaba convencida con la idea de pasar allí la noche desaparece sin dejar ni rastro, lo que hace sospechar a sus compañeros de que tal vez no se encuentren tan solos en la casa como ellos creían.

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También conocida con el título de Savage Lust, Deadly Manor (1990) supone la última incursión en el cine de terror de José Ramón Larraz, dos años antes del que fuera su adiós a la gran pantalla con la olvidable Sevilla Connection, y doce de firmar el que a la postre sería su último trabajo como realizador, la miniserie televisiva Vientos del pueblo: Miguel Hernández. Para su despedida del género en el que en mayor o menor medida se inscriben las mejores y más sugerentes muestras de su obra, el finado cineasta se descuelga con una cinta que conjuga las constantes acuñadas por los más reputados exponentes de su personalísima etapa británica con las formas de alguno de los productos de encargo que venía realizando por aquellas fechas, probablemente en un intento de aportar mayor viabilidad al proyecto, repitiendo un modus operandi que previamente había empleado con motivo de Los ritos sexuales del diablo (1982). Si en aquella ocasión el modelo con el que fusionar su propuesta era el del softcore con etiqueta “S” al que había consagrado su filmografía desde finales de los setenta, en esta ocasión el planteamiento adoptado es el de para esas alturas trillado slasher, subgénero que venía de visitar con su anterior Al filo del hacha / Edge of the Axe (1988), de la que recupera la idea de que el matarife de la función actúe con el rostro cubierto por una máscara de color blanco.

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Al igual que ocurriera en la referida Los ritos sexuales del diablo, para dar forma al libreto Larraz se inspiraría en un hecho real, en este caso conocido por boca del novelista Thomas Owen, seudónimo del belga Gérald Bertot, quien le narraría el caso de un amigo que, tras el fallecimiento de su mujer en un accidente de tráfico provocado por un grupo de motoristas, se había recluido en una aislada mansión en el campo, en cuyo jardín tenía expuesto el siniestrado automóvil cual reliquia, conservando en su interior las prendas que la esposa vestía el día de su muerte. Una historia fascinante y atractiva que es adoptada por el catalán utilizando un esquema argumental muy recurrente a lo largo de su trayectoria y que, a su modo, conecta con el de los cuentos clásicos, al focalizar el centro de su acción en una solitaria casona en la que se revela el peligro que acecha a los personajes que van a parar a ella. La misma estructura, salvando las distancias, de Whirlpool (1970), Deviaton (1971), Symptoms (Symptoms, 1974) o Las hijas de Drácula (Vampyres, 1974), de las que, entre otros ingredientes, Deadly Manor también hereda el gusto de su director por las relaciones enfermizas, los ambientes cerrados y la creación de atmósferas turbias.

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Sin embargo, a pesar de estas similitudes, bien lejos se encuentran los resultados de la presente con la de tan ilustres precedentes, en gran medida por culpa de su asunción de los más manidos clichés acuñados por el slasher, comenzando por la incorporación de la prototípica galería de estereotipados roles habituales en esta clase de films, en la que por no faltar ni siquiera lo hace el típico (y asesinable) gracioso del grupo. De este modo, el discurrir narrativo se consume entre estúpidos y banales diálogos bajo los esquemas clásicos de la corriente, sin que se produzca ninguna sorpresa reseñable, más allá del escaso grafismo de sus crímenes, redundado por la oscurísima iluminación utilizada por la fotografía de Tote Trenas, o el hecho de que la primera de estas muertes no se plasme en pantalla hasta bien mediado el metraje, siguiendo así con el característico tempo narrativo pausado (y en ocasiones como esta, incluso monótono) que preside gran parte de la filmografía de su responsable. Precisamente, este último elemento simboliza en sí mismo el problema interno que acusa la película desde su propia concepción, y que no es otro que la incompatibilidad existente entre los intereses propios del cine de su autor con los rasgos identificativos de un estilo tan antitético como el slasher.

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Una problemática que el propio Larraz reconocía en cierta medida dentro de sus Memorias. Del tebeo al cine con mujeres de película (EDT, Barcelona, 2012) en el capítulo dedicado al film, donde, aparte de quejarse por la falta de medios y tiempo de los que dispuso para el rodaje, entonaba el mea culpa por anteponer los aspectos puramente estéticos de la historia a sus necesidades dramáticas, malogrando con ello las posibilidades que esta le ofrecía de cara a conseguir, en sus propias palabras, “la que habría podido ser una de mis mejores películas, pero que se ha quedado como una de las peores[1]”; unas declaraciones que, dicho sea de paso, le honran y que sobresalen dentro de un panorama tan tendente a la autocomplacencia como es el del fantástico patrio. No es pues casual que lo más destacable del conjunto resida en la aparición de ciertas ideas visuales que enlazan con la personalidad demostrada por el cine de Larraz, caso de la presencia sobre un altar del coche en el que los dueños de la casa sufrieran el accidente, elemento este directamente extraído de la historia en que se inspira; el que la casa esté repleta de viejas fotografías de la esposa desnuda, que vienen a subrayar la obsesión de la pareja por la belleza perdida; o la afición de éstos por coleccionar álbumes de fotos ilustrados con instantáneas de sus víctimas desnudas en el bosque cercano.

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Dejando a un lado estos detalles bizarros, poco más se puede destacar de esta rutinaria y adocenada coproducción con los Estados Unidos, rodada en inglés en localizaciones neoyorquinas por un plantel formado en su mayoría por actores anglosajones desconocidos, a excepción de una actriz tan típica de la serie Z de la época como Jennifer Delora, y William Russell, característico británico al que los seguidores de Doctor Who recordarán por su papel de Ian Chesterton en la etapa en la que el doctor fue interpretado por William Hartnell. Si acaso, señalar a modo de curiosidad que, pese a la (minoritaria) aportación española, la película nunca ha llegado a distribuirse de forma comercial en nuestro país, permaneciendo a día de hoy inédita oficialmente en España. Algo que podría ser explicado por el hecho de que, en realidad, la participación nacional fuera en realidad inexistente, tal y como el cineasta mantenía en la referida entrevista, en la que dudaba si finalmente la parte española llegó a poner la cantidad económica a la que se había comprometido[2]. Dicha circunstancia justificaría en un principio el porqué de las aludidas estrecheces financieras que sufriría su producción, si bien parece ser desmentida por el concurso en el apartado técnico de varios compatriotas aparte del propio Larraz, comenzando por el operador Tote Trenas y siguiendo por la labor en funciones productivas de Enrique Bellot y, sobre todo, Ángel Somolinos en representación de la acreditada Castor Film, empresa cuyo otro trabajo conocido es el film de Francisco Regueiro Diario de invierno (1988), en el que Somolinos comparece asimismo en calidad de productor.

José Luis Salvador Estébenez

[1] “Entrevista a José Ramón Larraz” de José Luis Salvador Estébenez publicada en “La abadía de Berzano”: https://cerebrin.wordpress.com/2011/12/26/entrevista-a-jose-ramon-larraz/

[2] Op. cit. Nota 1.

Published in: on enero 27, 2017 at 10:30 am  Dejar un comentario  

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