Necrológica de Tomas Milian

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El jueves pasado conocíamos la noticia de la muerte en su casa de Miami, a causa de un ictus y a la edad de 84 años, del actor cubano Tomas Milian, figura de sobra conocida por cualquier aficionado a la edad de oro del cine de género europeo merced a su protagonismo en algunos de los más populares spaghetti westerns donde trabajaría  a las órdenes Sergio Sollima o Sergio Corbucci, así como a su reiterada presencia en la variedad que derivaría de la anterior, el cine criminal italiano, también llamado poliziesco.

La noticia es si cabe más dramática si tenemos además presente que unos pocos días antes de producirse su fallecimiento había manifestado a una amiga su deseo de regresar a Italia, y en concreto a Roma, con la intención de pasar allí sus últimos días. Como el propio actor manifestaba en el documental dedicado a su figura The Cuban Hamlet (2014): “Italia es mi verdadera patria, la que me ha dado amor, éxito y una familia. Es el país que me ha honrado y que me ha acogido. Además, soy consciente de que he tenido suerte, ya que los italianos no suelen tratar tan bien a los extranjeros como me han tratado a mí.”

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Nacido en una familia de la alta sociedad de La Habana el 3 de marzo de 1933, Tomás Quintín Rodríguez Varona y Milian tuvo una infancia cómoda en el aspecto económico pero sumamente inestable en lo emocional. Justamente el 33 fue el año en que Fulgencio Batista toma el poder en Cuba a través de un golpe de estado en el que derroca al dictador Gerardo Machado. El padre de Milian, general asociado al ejército del depuesto Machado, es encarcelado, hecho que agravó a su salida de prisión la naturaleza ya de por sí tiránica y violenta que éste desplegaba para con su familia, a la vez que alimentó la inclinación del pequeño Tomás por crearse sus propios mundos de fantasía, ya fuera a través de la música – de pequeño era aficionado a cantar zarzuelas -, montando obras teatrales en el garaje de la casa familiar o yendo al cine, donde se sentía atraído y fascinado en particular por los films de Humprey Bogart.

La infancia de Milian sin embargo se quiebra de manera total y definitiva a los doce años, cuando tiene la mala suerte de entrar en la habitación de su padre momentos antes de que éste se suicide, vestido con su uniforme de gala, de un disparo en el pecho. A pesar del posterior y lógico trauma, el joven Tomas se siente al fin libre para vivir su propia vida y, desoyendo los deseos paternos de hacer carrera en el ejército, decide emigrar a los Estados Unidos con la intención de formarse en el Actor’s Studio y emular de esta manera a James Dean, su ídolo de aquellos años, con el cual se sentía identificado en especial merced a su interpretación en Al este del Edén (East of Eden, Elia Kazan, 1955), ya que, no por casualidad, también representaba un personaje en conflicto continuo con su padre.

Tras terminar sus estudios en los Salesianos y desempeñar en su Cuba natal algún trabajo menor como pudiera ser el de gorila de night-club, Milian llega a Nueva York en 1956, donde, y siempre según palabras del futuro actor, “menos que me la metieran por detrás, hice de todo para ganarme la vida: ascensorista, friegasuelos, chico de los recados… incluso me vi obligado a robar.”

Tras estudiar interpretación en el Miami Acting Studio, el cubano es acogido  un año después de su llegada a los Estados Unidos por el Actor’s Studio de Nueva York, representando uno del único par de alumnos aceptados en el curso de 1957. En la influyente escuela fundada por Lee Strasberg, Milian cultivaría cierta amistad con Marilyn Monroe así como entablaría contacto con Dennis Hopper, que en 1971 lo dirigiría en la espídica The Last Movie.

A pesar de que se encontraba a gusto en el país, al menos lo suficiente como para que le fuera concedida en 1957 la ciudadanía, al adivinar poco futuro en lo profesional en el Hollywood de entonces para un actor con aspecto latino y con un marcado acento como él, Milian decide en 1959 hacer de nuevo las maletas y emigrar a Italia con la esperanza de que un hipotético éxito allí pudiera suponer su trampolín de regreso a los Estados Unidos. Poco podía imaginarse entonces un Milian de 26 años que su trayectoria profesional en el país transalpino abarcaría cuatro décadas y casi cien películas.

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Todo comienza cuando, representando una pieza de Jean Cocteau, el cubano llama la atención de Mauro Bolognini, con el cual debutará en el cine en un rol secundario con La notte brava (1959) y con el que repetirá al año siguiente en El bello Antonio (Il bell’Antonio, 1960). En la primera mitad de la década de los sesenta Milian actuaría merced a un contrato en exclusiva de seis años contraído con el productor Franco Cristaldi en películas de autores como Lattuada, Zurlini, Visconti o Pasolini, nada menos. Sin embargo, y para sorpresa de todos, el actor se negó en redondo a prorrogar su contrato con Cristaldi. En palabras del propio Milian, “durante mi primer año en Italia hice mayormente películas intelectuales donde me aburría soberanamente. Necesitaba hacer algo comercial, no un film intelectual conmigo en la cama mirando al techo, mientras oigo como en la cocina un grifo gotea. En mi opinión todo ese rollo intelectual es una auténtica mierda.”

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Asqueado de la pedantería dominante de esta primera etapa, fue la necesidad de conectar con el público lo que le llevó a aceptar el rol antagonista en el eurowestern dirigido por Eugenio Martín El precio de un hombre (1966), su primer film del Oeste así como primera de las muchas películas que Milian rodaría en nuestro país y, en concreto, en Almería. El actor queda lo suficientemente satisfecho del cambio de rumbo que ha decidido imprimir a su carrera como para permanecer en España para rodar de inmediato su siguiente spaghetti, Oro maldito / Si sei vivo spara (1967), film de absoluto culto en la actualidad que, aunque no hizo demasiado en su momento por impulsar la carrera del cubano, al menos pasará a la historia por ser el que le proporcionó su primer protagonista en el género.

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Fue, sin embargo, El halcón y la presa / La resa dei conti (1966) la película que le dio a Milian la oportunidad de inaugurar, gracias al personaje de Cuchillo Sánchez, una tipología propia dentro del subgénero, alejada tanto del modelo impuesto por Leone como del más clásico puesto de moda sólo un año antes por Duccio Tessari y Giuliano Gemma con su exitosa Una pistola para Ringo, y presagiando si se quiere por sí misma toda una variedad dentro del eurowestern como sería su vertiente política, también llamada “Zapata western”, la cual tendría como máximos valedores a Franco Solinas como guionista y a Milian como principal cabeza de cartel. Inspirado en la actuación de Toshiro Mifune en Los siete samuráis, el actor crea así con la ayuda del director Sergio Sollima al primer “héroe de la clase obrera” del género, a la vez que consigue con su tercer western convertirse al fin en una estrella.

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Sin embargo su manera de enfocar la interpretación chocaba con la filosofía de los directores de género de aquella época, sin demasiado tiempo ni dinero como para atender a las exigencias de un Milian que ya entonces se comportaba como un auténtico divo. Como el propio actor reconocía, “todos los directores me odiaban porque yo era un auténtico tocapelotas.” No tuvo tanta paciencia, no obstante, su coprotagonista en la siguiente película en la que se puso a las órdenes de Sollima. Durante el rodaje de la ya desembozadamente política Cara a cara (Faccia a faccia, 1967), los intensitos Milian y Gian Maria Volontè acabaron a puñetazo limpio, seguramente porque el primero veía que el personaje más interesante de la película era el interpretado por el milanés. A pesar de que en esta ocasión la actuación de Milian queda significativamente ensombrecida por su partenaire, Cara a cara consigue asentarlo definitivamente como una cara reconocible del eurowestern, llegando a representar en nuestro país su segunda película más taquillera tras El halcón y la presa.

La popularidad de Milian fue tan fulgurante en su país de acogida que incluso Federico Fellini lo citó en Toby Dammit, su segmento para el film colectivo Historias extraordinarias (1968, Vadim, Malle, Fellini): de viaje en Italia con vistas a interpretar un spaghetti western, el actor inglés Toby (Terence Stamp) es presentado a su doble de escenas de acción, el cual no duda en decirle al conocerlo, “estoy muy contento de ser tu doble, también lo he sido de Tomas Milian.”

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Tras un paréntesis de dos films criminales, la española Crónica de un atraco y Banditi a Milano, cinta precursora del poliziesco en la que volvía a compartir cartel con su “amigo” Volontè, Milian interpreta una gran variedad de personajes en las trece películas en las que participa en los siguientes años dentro del spaghetti a pesar de que, como hombre de izquierdas que era, sentía una especial predilección por el arquetipo revolucionario que él mismo había ayudado a popularizar. Citemos dentro de esta heterogénea galería de personajes desde el pistolero albino de Sentencia de muerte, el bandido brasileño protagonista de O’Cangaceiro, el Vasco de Los compañeros o el caza recompensas del díptico Providenzia que, como el propio actor, poseía una irrefrenable inclinación por el disfraz, y que tomando como obvio modelo las películas de Trinidad, contaba incluso como compañero con un sosias de Bud Spencer interpretado por el americano Gregg Palmer.

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Ciudadano italiano desde 1969, Milian encontró a comienzos de la década de los 70 un provechoso nicho en el emergente poliziesco, género que trasvasó directores, guionistas y actores del ya por entonces decadente western mediterráneo. A pesar de representar uno de los profesionales que mejor y con más éxito supo llevar este cambio, Milian tuvo que sobrellevar por esa época una seria adicción al alcohol y a las drogas. Umberto Lenzi (junto a Bruno Corbucci, el director que más veces dirigió al cubano), recordaba como Milian solía beberse una botella de vodka al día durante la filmación de Milano odia: la polizia non può disparare (1974). Por lo demás, el actor demostró en el poliziesco la misma versatilidad de la que había hecho gala en el western interpretando indistintamente a policías, comisarios o al más brutal de los delincuentes, como pudiera ser el caso de Vincenzo Marazzi, el sádico jorobado que encarnó por primera vez en Roma a mano armada.

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Tras, como decimos, interpretar a un amplio abanico de personalidades en esta nueva década, Milian consigue tras casi veinte años su mayor éxito en Italia merced a Brigada todo terreno (Squadra antiscippo, 1976) y a la creación del personaje de “Monnezza”, personaje basado en la apariencia del Al Pacino de Sérpico a la vez que nombre genérico que sirve para designar a dos personajes distintos: por un lado tenemos a Nico Giraldi, que nació con el film anteriormente citado y cuyas aventuras se prolongarán a lo largo de ocho años y once películas, todas dirigidas por Bruno Corbucci y con guion de Mario Armendola; por el otro tenemos a Sergio Marazzi que vio la luz el mismo año en Il trucido e lo sbirro, dirigida por Lenzi. Mientras que en nuestro país la primera película de Monnezza gozó de una discreta carrera comercial, en su país de origen Brigada todo terreno supuso el tercer mejor estreno del año, incluyendo tanto nacionales como extranjeros.

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Curiosamente, y mientras llegaba a rodar hasta dos películas al año protagonizadas por el personaje por el que sería mayormente recordado, directores epítomes del cine de autor como Bertolucci o Antonioni seguían reclamando su presencia, en roles en los que dejaba de lado momentáneamente esa propensión por el disfraz y la pantomima que se había disparado definitivamente con el nacimiento de Monnezza. Milian llegó en esta fase incluso a interpretar en ocasiones hasta a dos personajes en un mismo film, como pudiera ser el caso de La banda del gobbo (Umberto Lenzi, 1978) en la que incorporaba a Marazzi y al jorobado, o Delitto al ristorante cinese (1981, Bruno Corbucci), en la cual encarnaba a la vez a Nico Giraldi y al dueño oriental del establecimiento del título.

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Aunque algunas voces culparan a esta saga de películas orientadas cada vez más hacia la comedia como la responsable de la debacle del género criminal, como ya habían acusado algunos años antes al díptico de Trinidad con respecto al ocaso del spaghetti, lo cierto es que los films de Monnezza protagonizados por Milian supusieron las únicas películas mínimamente relacionadas con el poliziesco que aún recaudaban algo de dinero (o bastante, dada la prolijidad de la saga) en la Italia de los 80. Tras interpretar la última aventura del personaje en Delitto al Blue Gay (Bruno Corbucci, 1984), un Milian cercano a los sesenta decide regresar a los Estados Unidos, conformándose en el último tramo de su carrera con personajes episódicos en series como Corrupción en Miami, Se ha escrito un crimen o La ley de Los Angeles, así como con breves roles en películas de Sidney Pollack, (Habana), Tony Scott, (Revenge), Oliver Stone, (JFK: caso abierto), Steven Spielberg, (Amistad), o Steven Soderbergh, que con Traffic con toda seguridad le brindó su último papel de cierta relevancia en el cine. Tristemente el proyecto de rodar Roma nuda de Giuseppe Ferrara, en la cual el actor iba a interpretar a un inspector de policía retirado en la que hubiera supuesto su vuelta al cine italiano, no llegó a realizarse por falta de fondos.

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Justamente hace unas semanas el Almeria Western Film Festival anunciaba la visita del cubano para la edición del próximo año con motivo del correspondiente homenaje que se le pensaba ofrecer en una tierra en la que, precisamente, Milian consideró también pasar los últimos años de su vida. Con la noticia de su fallecimiento también hemos conocido que el ya octogenario intérprete aún tuvo tiempo de rodar su parte como Cuchillo en Keoma Rises, reunión de viejas glorias del spaghetti orquestada por Enzo Castellari de la que, por desgracia, quedó fuera Bud Spencer, otras de las indiscutibles glorias del género también tristemente desaparecida hace escaso tiempo.

José Manuel Romero Moreno

Published in: on marzo 27, 2017 at 6:00 am  Dejar un comentario  
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