Crónica de la XIV Muestra Syfy de Cine Fantástico de Madrid

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Quizás porque ya se empieza a notar la mano de Ángel Mora como programador en su segundo año, quizás en vista de los cambios que se avecinan en el panorama de festivales madrileños de temática fantástica, o quizás por una simple cuestión de casualidad, lo cierto es que la décimo cuarta edición de la Muestra Syfy evidenció un cambio con respecto a lo que habían venido siendo sus líneas maestras en los últimos tiempos. Si en años anteriores habíamos venido comentando desde estas mismas líneas la total supeditación de los films proyectados a títulos procedentes del anterior Festival de Sitges, esta vez la presencia de títulos partícipes en el certamen catalán fue bastante más limitada que en anteriores ocasiones, siguiendo lo ya esbozado en la edición del 2016. Una selección mucho menos predecible y, en mi opinión, mucho más interesante, en la que no faltaron estrenos mediáticos, varias de las triunfadoras en la última temporada del circuito de festivales especializados e, incluso, hasta premieres mundiales, cumpliendo así con el objetivo de ofrecer una panorámica lo más completa y variada posible de la situación que atraviesa en la actualidad el cine fantástico.

DÍA 1

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Por segundo año el céntrico Cine de la Prensa, situado en plena Gran Vía madrileña, fue el escenario escogido para dar cabida a una nueva edición de la Muestra Syfy que, fiel al guion habitual, echó a andar el primer jueves de marzo con una única sesión inaugural. Una vez más, Leticia Dolera, en su papel de maestra de ceremonias, se encargó de repasar con su particular estilo lo que iban a dar de sí los tres siguientes días del certamen en compañía de Gorka Villar, director de marketing de NBC Universal España. Aunque antes, la actriz y directora catalana haría una pequeña intervención en la que, abandonando momentáneamente el carácter gamberro que caracteriza sus presentaciones, hizo una llamada de atención sobre el problema de la violencia de género que padece nuestra sociedad, coincidiendo con las muertes en fechas recientes de varias mujeres a manos de sus parejas, aflorando así un perfil reivindicativo que se iría prolongando a lo largo de las siguientes jornadas.

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Terminados los actos protocolarios, tras el paréntesis que había supuesto en este sentido la programación el año pasado de la indie The Invitation, la Muestra recuperaba su costumbre de escoger un blockbuster hollywoodiense de inminente estreno para encargarse de la mediática labor de inaugurar el certamen. Lo hacía con Logan, la tercera y, en principio, última entrega de la saga dedicada a las andanzas de Lobezno, y sin duda la mejor cualitativamente hablando de la trilogía, algo tampoco demasiado difícil dado el escaso nivel de sus predecesoras. Curiosamente, lo consigue por medio de un tratamiento que se aparta de lo que cabría esperar de una película de superhéroes al uso. Lejos de la aparatosidad infográfica y acción a raudales que parece inherente a este tipo de productos, su director y guionista, James Mangold, responsable de la anterior Lobezno inmortal, apuesta por un tono pausado y reflexivo, trágico y decrépito, sublimado por el carácter crepuscular del relato, al que no es ajena la patente influencia ejercida en el conjunto por los códigos del western. Los ejemplos a este respecto son muchos. El más evidente es la cita del clásico Raíces profundas, que se repite en varios momentos del metraje, pero también la peculiar relación alumno-maestro que se establece entre Lobezno y Laura, muy similar en la forma y en el fondo a la del viejo pistolero y el joven aprendiz que protagonizara tantas películas del Oeste –por ejemplo, Río Rojo–, la ambientación fronteriza o, siguiendo por esta senda, los principales escenarios (naturales) por los que transcurre la historia, divididos entre los desérticos pasajes del inicio y los frondosos bosques en los que tiene lugar el clímax. En los buenos resultados de la cinta hay que situar las excelentes interpretaciones de su trío protagonista, con mención especial para la desconocida Dafne Keen, siendo uno de los pocos peros que se puede poner al conjunto la relativa falta de fluidez narrativa que acusan determinadas fases, derivada de esa tendencia actual por la que parece que cualquier superproducción deba superar obligatoriamente las dos horas de duración, cuando en casos como el que nos ocupa con una hora y media habría quedado una película mucho más compacta y menos reiterativa.

DÍA 2

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A eso de las cuatro de la tarde daba comienzo la segunda jornada de esta Muestra Syfy 2017 con The Devil’s Dolls. Pese a lo que los buenos aficionados pudieran deducir a tenor de las semejanzas de su nombre, hay que aclarar que no tiene nada que ver con el film dirigido en 1939 por Tod Browning aquí conocido como Muñecos infernales. Esta se trata de una producción estadounidense del pasado 2016 rebautizada posteriormente con el título de Worry Dolls. Un cambio de denominación que así, de entrada, da una pista del posible potencial del producto. Y eso que, sobre el papel, no le faltan elementos de interés, al proponer un original acercamiento al manoseado subgénero de las posesiones malignas, utilizando para ello un ingrediente tan poco tratado como son las muñecas quitapenas del folclore guatemalteco, a lo que hay que añadir la idea, finalmente desaprovechada, de que todos los que son poseídos por el espíritu que mora en las muñecas atraviesen problemas personales. Sin embargo, todos estos ingredientes son malogrados por un tratamiento típico y tópico plagado de situaciones risibles, a las que tampoco ayuda una cuestionable dirección de actores, todo lo cual arrancaría de forma involuntaria las carcajadas de la ya de por sí predispuesta audiencia de la Muestra durante su proyección. En el descargo del film habrá que decir que, al menos, está llevado con buen ritmo y el contenido gráfico de las diferentes muertes que se suceden en su historia resulta bastante explícito dentro de lo que cabe. Algo es algo.

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Salida a la calle para hacer la primera de las muchas colas entre sesión y sesión que nos esperaban durante el fin de semana y vuelta de nuevo al interior del Cine de la Prensa, donde nos esperaba el primero de los films de animación programados este año, Seoul Station, la considerada por muchos como la precuela de la exitosa Train to Busan. ¿Los motivos? Comparte director, Yeon Sang-Ho, idéntica estructura e hilo argumental, con los esfuerzos de una familia para reunirse en medio de un apocalipsis zombi, pero, sobre todo, por narrar lo que en la película de imagen real queda en off visual: el origen de la infección. Las diferencias, así las cosas, se encuentran en el cambio del marco de acción de un espacio cerrado como es un tren en marcha por el mucho más abierto de las calles de la capital de Corea del Sur, y la sustitución del tono melodramático que subyace en Train to Busan por un patente componente de crítica social, no obstante también presente aunque en menor medida en aquélla, mediante el cual se recuperan las connotaciones metafóricas del personaje del zombi/infectado para hablar, entre otros temas, del egoísmo y la individualidad propias de la sociedad moderna, en la que todos, en mayor o menor medida, solo nos guiamos por nuestro interés, sin preocuparnos en las consecuencias que puedan tener en los demás. En cualquier caso, la ausencia de una conexión argumental clara hace que, antes que una precuela, Seoul Station deba verse como una suerte de borrador en bruto con el que Sang-Ho ensaya una serie de elementos narrativos y argumentales que cristalizarían en la realización de su hermana mayor.

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Ausente hasta el momento, Leticia Dolera hacía acto de presencia sobre el escenario de la sala 1 del Cine de la Prensa en una presentación que dejaría la anécdota del día, cuando una pareja de espectadores se marcharan visiblemente indignados, no sin antes que su componente femenina dedicara una peineta a la presentadora, al parecer ofendida por el comentario de esta sobre la posible incontinencia urinaria de la muchacha al levantarse durante una de sus interminables divagaciones, según se pudo saber más tarde. Centrándonos en lo cinematográfico, que al fin y al cabo era lo que importaba, al menos a algunos, esta tercera sesión de la jornada nos traería nada menos que la anunciada premier mundial de 47 Meters Down, también conocida con el título de In the Deep. Dirigida por el británico Johannes Roberts, responsable de la reciente El otro lado de la puerta, su propuesta sigue la pista del camino abierto por la magistral Tiburón de Steven Spielberg. Desde este punto de vista, la película no ofrece nada nuevo, hasta el punto de arrojar curiosos puntos en común con otros dos exponentes coetáneos del subgénero; la australiana Cage Dive por un lado, y la celebrada Infierno azul de Jaume Collet-Serra por otro. Pero lo que en un principio parece otra película más sobre escualos asesinos acabó por brindar una de las más agradables sorpresas que nos depararía esta edición del certamen. Apoyado en un calculado guion que sabe dosificar inteligentemente sus elementos, guardando incluso algún giro final que no por efectista resulta menos efectivo, Roberts construye un soberbio ejercicio de tensión narrativa con el que consigue mantener en vilo al espectador, gracias a un desarrollo sin apenas puntos muertos, una ajustada duración, y la claustrofóbica utilización que hace de la inmensidad y oscuridad del fondo marino. Tomando prestada la de Alien, el octavo pasajero, la frase promocional de 47 Meters Down bien pudiera ser “en el fondo del mar nadie puede oír tus gritos”.

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El equpo de “Stop Over in Hell” durante la presentación de la película.

Y de un acontecimiento pasábamos a otro con una de las sesiones que más se habían publicitado desde la organización. Al igual que ocurriera el año pasado con Vulcania, la sesión de las diez de la noche estaba reservada para la proyección de una película española que sería acompañada por varios de sus responsables. Tras ser presentada mundialmente en la clausura de la pasada edición del Almería Western Film Festival, la Muestra Syfy acogía la puesta de largo en Madrid de Stop Over in Hell, el nuevo film de Víctor Matellano, motivo por el que, además de una nutrida presencia de su equipo, tanto encima del escenario como entre las butacas del público, el pase contaría con la asistencia de varias personalidades del mundo cinematográfico, entre las que destacaría la de Yvonne Blake, entre otras muchas cosas la actual presidenta de la Academia del Cine.

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En cuanto a lo que se refiere al contenido de la película propiamente dicho, tras tres largometrajes pertenecientes de una u otra forma al ámbito del fantástico, Matellano abandona momentáneamente el género para dar forma a un violentísimo western con momentos incluso gore, muy en la línea del cine de Quentin Tarantino, aunque la mirada de Matellano, según confesión propia, estaba situada más cerca de los clásicos. Uno de sus principales alicientes se encuentra en su icónico villano, llamado Coronel, suerte de sosias del personaje interpretado por Lee Van Cleef para la segunda entrega de la Trilogía del Dólar de Sergio Leone, en uno de esos guiños cinéfilos tan del gusto de su responsable, y que no por casualidad se erigen en uno de los principales rasgos característicos de su cine. Por cierto que, a modo de curiosidad, cabe comentar que Stop Over in Hell también sería la protagonista de una pequeña exposición que acogería el vestíbulo del Cine de la Prensa durante los cuatro días del certamen, formada por diferentes materiales y atrezos originales de la película.

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Parte de la exposición de objetos originales de “Stop Over in Hell” que acogió el vestíbulo del Cine de la Prensa.

Mientras que una de las salas aledañas del Cine de la Prensa acogía una proyección extra de la película de Víctor Matellano, en la programación oficial era el turno para la primera de las dos sesiones golfas de esta edición. Para tal menester la Muestra había escogido un ejemplar de tono ligero que sirviera para colmar las ganas de fiesta y desparrame que aún pudieran existir entre el público asistente. Una función que cumplió a la perfección The Funhouse Massacre, producción norteamericana del pasado 2015 que tiene uno de sus principales reclamos en la participación de Robert Englund. La presencia del popular intérprete del no menos mítico Freddy Krueger pone de relieve el enfoque que maneja una cinta que, bajo un espíritu festivo de genuina Serie B, apela a la nostalgia por el cine de terror manufacturado en los años ochenta. Algo que, aparte de por el ya comentado concurso de Englund, extensible a la comparecencia en el reparto de otros actores característicos de aquella época, caso de Courtney Gains, visto, por ejemplo, en Los chicos del maíz, o Clint Howard, el prolífico hermano de Ron, es prorrogado por el contexto en el que se localiza su trama, una casa de los horrores en plena festividad de Halloween, en una decisión que remite, no por casualidad, a clásicos del calibre de La noche de Halloween o La casa de los horrores; el perfil de su media docena de psychokillers, a través de los cuales son representados otros tantos arquetipos, que van desde el payaso asesino hasta el dentista loco, pasando por una émula de la comiquera Harley Quinn; o un desarrollo por el que desfilan no pocos clichés y lugares comunes del slasher ochentero. Asesinatos sanguinolentos magníficamente resueltos a base de efectos tradicionales y un sentido del humor de lo más gamberro completan la receta de esta comedia terrorífica que solo pretende deparar un rato de cómplice divertimento y a la que, por tanto, tampoco se la debe exigir mucho más que eso.

DÍA 3

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Siguiendo la estructura habitual de los últimos años, la Muestra destinaría sus sesiones matinales para celebrar el formato “Syfy Kids”, la sección dedicada por el certamen a los más pequeños de la casa. Curiosamente, repitiendo lo sucedido hace doce meses, la protagonista de la proyección del sábado sería una de las nominadas a la mejor película de animación en la última edición de los Oscars. Si el año pasado se trataba de la brasileña El niño y el mundo, esta vez la elegida fue La vida de Calabacín, adaptación vía stop-motion de una novela del autor francés Gilles Paris. A pesar de su inclusión dentro de “Syfy Kids”, su contenido revelaría estar lejos de lo que entendemos por “una-película-para-niños”, poniendo de relieve la tendencia del cine de animación actual teóricamente destinado para el público infantil a la hora de tocar temas adultos. Baste indicar su punto de partida: Calabacín, un niño de unos nueve años, asesina de forma accidental a su alcohólica madre, por lo que es recluido en un colegio de acogida junto a otros niños en una situación similar. A partir de ahí, su historia articula una fábula en la que salen a escena algunos de los males de nuestra sociedad, encarnados en los motivos por los que Calabacín y sus compañeros se encuentran en el orfanato. Un planteamiento, no obstante, que destaca por la capacidad con que sus responsables afrontan cuestiones tan difíciles como la orfandad, la exclusión social, los malos tratos, la soledad, el amor o la amistad, aunando la mirada infantil con la descarnada realidad de la propia vida, sin por ello caer en lo ñoño ni en lo lacrimógeno, gracias a su sensibilidad y sencillez. La misma sencillez de la que hace gala su animación y su diseño de personajes, dando pruebas, por si alguien tuviera aún dudas, de que para hacer buenas películas que resulten inteligentes no hace falta acompañarse de aparatosas puestas escenas ni de complejos discursos.

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Ya por la tarde, la Muestra proseguía su desarrollo con el thriller The Good Neighbour, debut en el formato largo de Kasra Farahani. Para su ópera prima, Farahani se descuelga con un trabajo que, a nivel formal, entremezcla la temática de las home invasion con el lenguaje del falso documental. La elección de estos dos estilos tan codificados a estas alturas y, por tanto, hasta cierto punto familiares para los espectadores, resulta del todo consecuente con la naturaleza de una propuesta que reflexiona sobre nuestra percepción de las cosas por medio de nuestros prejuicios y experiencias. De este modo, en un inesperado rasgo de metaficción, Farahani somete a la audiencia a un experimento muy similar en la forma y en el fondo al que sus dos protagonistas realizan en la ficción con ese vehículo que da título a la cinta y que consiste, como si de una película de terror se tratara, en asustarle mediante la puesta en escena. De este modo, el novel cineasta convierte a los espectadores en testigos y partícipes a un tiempo de la experiencia, utilizando para ello unos registros que le son familiares y que le permiten así jugar con sus expectativas. Un territorio seguro que, poco a poco, es desmontado a través de determinadas revelaciones que ponen patas arriba las certezas acumuladas hasta el momento debido a los indicios mostrados y que resultan no ser tales. Pero si bien este planteamiento a nivel teórico no carezca de interés, la falta de concreción y un desarrollo monótono, que no consigue crear en ningún momento la tensión necesaria, en parte por la inclusión de ciertos planos de un juicio posterior que dan una pista sobre la existencia de gato encerrado, hacen que sus resultados no se antojen tan destacados, lo que no quita para reconocer la inmensa actuación de un James Caan que, sin apenas diálogos y apoyándose básicamente en los gestos, carga sobre sus espaldas con todo el peso de la película.

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Casualidades de la vida, la siguiente sesión discurriría por similares derroteros bajo los que se había desarrollado la previa; es decir, con otro exponente cuya historia pivotaba sobre la vigilancia a la que somete su joven protagonista a un anciano y que tiene uno de sus principales baluartes en la destacada interpretación de un ilustre veterano, en este caso un casi octogenario Christopher Lloyd. Precedida por su fama, I Am Not A Serial Killer evidenciaría en su visita a Madrid el porqué de su exitoso paso por el circuito de festivales, donde ha acumulado reconocimientos y galardones, entre los que se encuentra el premio a la mejor película dentro de la sección “Panorama” en la pasada edición del Festival de Sitges. Buena parte de su mérito se halla sustanciado en la original aproximación a la figura del asesino en serie que realiza por medio del retrato de su protagonista, John, un joven sociópata diagnosticado que, aunque obsesionado por las andanzas de los serial killers, intenta no convertirse en uno de ellos. En su primera parte, la película se sumerge con rara habilidad en la psicología y lucha interna que libra el personaje, adoptando las formas de un drama adolescente presidido por un negrísimo sentido del humor, que evoluciona a algo completamente distinto una vez John se sitúe ante su propio espejo con la aparición de un asesino en serie en la pequeña comunidad en la que reside. A partir de este momento se inicia un particular juego del gato y el ratón ente sociópata y asesino, en el que no es difícil ver un reflejo de la atracción/repulsión que la figura de los asesinos en serie ejerce en la sociedad estadounidense, dentro de un discurso rico en contenidos. Tomando como base la novela homónima de Dan Wells, el irlandés Billy O’Brien firma así el que es su mejor y más ambicioso trabajo, abandonando los esquemas del cine de género más convencional que había venido abonando hasta la fecha para abrazar el tono y la estética de cierto cine indie actual, apostando por un desarrollo sobrio y contenido que solo es roto durante el desenlace, por medio de un innecesario giro hacia lo fantástico, en el que se explicita aquello que quedaba mejor en el plano metafórico.

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La tercera película de la tarde nos traía de nuevo a una de las integrantes del palmarés del Festival de Sitges 2016, esta vez en la categoría destinada al mejor guion. Se trataba, además, del otro título programado junto con Stop Over in Hell con participación española, si bien en esta oportunidad en coproducción (minoritaria) con los Estados Unidos. Cinco años después de dar el salto con Emergo, lapso de tiempo en el que ha dirigido varios cortos, entre los que se encuentra el extraordinario Sequence, Carles Torrens regresa al formato largo con Pet, una pieza de cámara desarrollada básicamente con unos pocos actores y dos localizaciones. Y aunque sus resultados no estén exentos de virtudes, singularizadas por la interpretación de su pareja protagonista, formada por Ksenia Solo y Dominic Monagham, recordado mayormente por su papel de Merry en la saga de El señor de los anillos, este thriller sobre relaciones enfermizas queda muy por debajo de lo que cabría esperar. Potencial, al menos, había para ello. No se puede negar que Torrens se afana en proveer al conjunto de una factura formal a la altura de cualquier producción homónima hollywoodiense realizada con mayores medios. Pero, precisamente, ahí radica uno de los problemas: la pulcritud de una puesta en escena que contrasta con un argumento que, por sus propias características, pedía a gritos un tratamiento mucho más turbio en el plano visual. Por otra parte, tampoco se libra de caer en molestos subrayados que ponen en duda su confianza sobre sus capacidades narrativas (o en la inteligencia del espectador). Aunque quizás el aspecto más reprobable resida en el galardonado guion de Jeremy Slatter, responsable de los libretos de The Lazarus Effect o la última versión de Los 4 Fantásticos, en el que todo es confiado al impacto de sus efectivos giros, sin que parezca importar l0s muchos cabos sueltos e interrogantes que se acumulan por el camino.

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El plato fuerte de la jornada llegaba con 31, la más reciente película de Rob Zombie y, sin duda, una de las sesiones más esperadas de la programación de este año entre los espectadores de la Muestra. Tanto es así que la emoción de algunos ante sus imágenes daría lugar a un desagradable incidente ocurrido durante la proyección en la sala 2 del que hablaremos más adelante. Sin restarle gravedad al asunto, la naturaleza de lo sucedido ilustra de forma muy gráfica el carácter (auto)onanista de una película ideada, única y exclusivamente, a contentar a los más acérrimos seguidores del también músico, quizás por aquello de estar parcialmente financiada mediante crowfounding. Carente de cualquier atisbo de evolución o innovación, Zombie, acompañado de su inseparable musa Sheri Moon, ofrece un nuevo catálogo de las obsesiones y referencias visuales y estéticas que se han convertido en sello distintivo de su cine a lo largo de su filmografía. Nada que objetar si no fuera porque tras ello poco más hay que llevarse a la boca, con la excepción del carismático personaje de Doom-Head y sus diálogos. Resulta muy sintomático en este sentido que 31 tome su título del macabro juego de caza del hombre que articula su metraje. Sobre todo teniendo en cuenta que tan escueta premisa es todo el argumento que acumula un conjunto cuyo desarrollo queda así limitado a un continuo “corre que te pillo”, sin que tampoco existan personajes que puedan aportar algo de colorido, más allá del referido Doom-Head. Para colmo de males, no acaba aquí la cosa, ya que ni siquiera reduciendo la propuesta a la mera condición de splatter sanguinolento logra salir mejor parado, en gran medida por culpa de una cámara temblorosa que no permite apreciar lo que acontece en pantalla durante las escenas violentas.

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Mucho mejor irían las cosas con la protagonista del último pase del día. Cambiando de tercio con respecto a lo visto en la sesión golfa del viernes, para cerrar esta tercera jornada la Muestra había preparado Scare Campaign, brindando con ello la oportunidad de descubrir a su audiencia al que personalmente considero uno de los más interesantes títulos dejados por la cosecha fantástica del pasado año, a pesar de que, paradójicamente, apenas haya podido verse en el circuito de festivales patrios; si no me equivoco, tan solo en el FANT bilbaíno. Tal consideración se sustenta en los muy diferentes niveles en los que funciona su propuesta. En el más epidérmico, se trata de un excelentemente engrasado producto genérico, de ritmo impecable y guion calculado. Pero lo más interesante reside en todo lo que se esconde tras su, en teoría, sencilla fachada. Ambientada en el mundo de los reality shows televisivos, la película hace referencia a la competencia existente entre internet y televisión como medios de entretenimiento predominantes, o el cada vez mayor grado de violencia real que consumimos en los medios de comunicación, entre otros temas. Una riqueza de subtextos que tiene su culmen en un acentuado componente metalingüístico que habla del cine de terror desde el propio cine de terror, en la línea de lo expuesto por Scream o La cabaña en el bosque, y que se hace patente en no pocos detalles, aparte de los homenajes y referencias más o menos explícitos que se dan cita en su metraje. Desde la deconstrucción a la que somete a los mecanismos propios de la puesta en escena del género, dejando al descubierto sus artificios, hasta esa valiente reflexión que establece sobre la disyuntiva actual en la que se encuentra el cine de terror contemporáneo entre dos diferentes modelos de entender el estilo, y que queda resumida en la frase que su protagonista masculino exclama en un momento determinado: “Sois solo sangre, no tenéis imaginación ni giros de guion” comenta, en lo que supone toda una declaración de principios por parte de sus responsables.

DÍA 4

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Colin Arthur (a la izquierda) durante la presentación de “La historia interminable”.

Coincidiendo con su reestreno en cines hace unos pocos meses, el espacio “Syfy Kids” recuperaría para la matinal del domingo uno de los exponentes más emblemáticos del cine fantástico juvenil de aventuras de los años ochenta. Hablamos de la justamente mitificada La historia interminable que en 1984 dirigiera Wolfgang Petersen a partir de la novela homónima de Michael Ende. Una sesión en la que, por motivos obvios, serían mayoría los nostálgicos padres que crecieron ante sus imágenes, y que acudieron a la sala 1 del Cine de la Prensa acompañados de sus hijos a disfrutar de las aventuras de Atreyu y Bastian en sus esfuerzos por salvar al Reino de Fantasía de la Nada, con la manifiesta intención de descubrir a sus vástagos la magia de la película que tanto les entusiasmó de pequeños. Además de ofrecer la oportunidad de revisionar la película en pantalla grande, la proyección disfrutó del añadido de contar con una pequeña presentación a cargo del que fuera el encargado de sus efectos especiales, Colin Arthur, quien ya había visitado la Muestra el viernes formando parte del equipo de Stop Over in Hell. Para hacer más inolvidable el momento, durante su intervención el veterano técnico inglés regalaría un par de escamas originales del dragón Fuyu a dos de los niños que se encontraban entre el público, despertando la sana envidia de varios de los allí presentes.

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Aparte de proyectar “La historia interminable”, en el vestíbulo del Cine de la Prensa se expusieron varias de las creaciones de Colin Arthur para la saga.

Tras una pequeña pausa para comer, el programa oficial de la Muestra regresaba a las cuatro de la tarde con Lake Bodom, film merecedor del oficioso título de ejemplar exótico de este año, dada su procedencia finlandesa. Según informa un oportuno letrero durante sus primeros compases, su argumento se basa en un episodio de crónica negra ocurrida en su país natal durante la década de los sesenta. En concreto, unos misteriosos crímenes nunca resueltos acaecidos en las proximidades del lugar que le da título. Sin embargo, el partir de estos supuestos hechos reales no evita que la configuración del producto, claramente dirigido al público veinteañero, responda a los arquetipos del más prototípico slasher que uno pueda imaginarse, con un grupo de jovencitos de acampada en medio del bosque durante un fin de semana. Por si aún hubiera dudas al respecto, la sucesión de los acontecimientos lo deja bien claro. Una vez dos de los adolescentes se aparten del resto del grupo para mantener un encuentro amoroso hará acto de presencia un misterioso matarife que pagará el sexo con muerte. En vista de lo expuesto, parece fácil adivinar por dónde van a ir los tiros en adelante. Y así hubiera sido si sus responsables no hubieran aspirado a intentar dar una novedosa vuelta de tuerca al modelo, para lo que no se les ocurre mejor cosa que promover una trama que acusa las consecuencias propias de un delirante desarrollo  basado en los cíclicos y tramposos giros dispuestos por un guion que, en su intento por sorprender al espectador, lo único que consigue es saltar por los aires cualquier atisbo de verosimilitud que pudiera existir en lo narrado. Una circunstancia que no deja de ser paradójica viniendo de una cinta que publicita el basarse en hechos reales y que se saldaría, con todo merecimiento, como uno de los exponentes más flojos vistos en esta Muestra.

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Lake Bodom serviría de preludio a un tramo final para el que la organización había reservado tres de los títulos que mejor cartel tenían de todo el programa. El anime Your Name era el primero de ellos. De sus posibles cualidades daba buena cuenta el currículo con el que aterrizaba en Madrid. Escrita y dirigida por uno de los nombres propios del cine de animación japonés actual, Makoto Shinkai, además de proclamarse ganadora de su categoría en el pasado Festival de Sitges, ha logrado convertirse en la cuarta película más taquillera en la historia de su país. Y si bien no será un servidor quien le niegue sus atributos, está lejos de tratarse de esa obra maestra que los exagerados de siempre han corrido a declararla. Sus valores saltan a la vista, cierto. Su apartado visual es sencillamente apabullante, con mención especial para el magnífico uso de la luz y los colores que realiza una fotografía que realza aún más la excelencia de su animación, reflejado en el detallismo del que hace gala su puesta en escena. Por otra parte, Shinaki da muestra de unas excelentes habilidades como narrador para, casi sin que nos demos cuenta, evolucionar de una forma orgánica su historia sobre intercambio de cuerpos desde la comedia amable en la que se enmarcan sus primeros compases hasta el drama y la tragedia, sin que en ningún momento los cambios de tono chirríen. Pero aun siendo un título notable, frente a estas virtudes también se alzan un puñado de puntos negros. Evidenciando su lugar de procedencia, algunos de sus pasajes, significativamente los más relevantes, son desarrollados de una forma por momentos un tanto confusa, mientras que su tramo final está a todas luces dilatado en exceso, incluyendo varios finales que dan la sensación de ser un pegote añadido a lo anterior. Del mismo modo, sus responsables no logran disimular la comercialidad con la que está encarado el proyecto, patente en las numerosas canciones pop que trufan su metraje, sin olvidar lo que, en la opinión de quien esto escribe, se erige en su principal defecto: el tono sensiblero y azucarado bajo el que discurre la narración, y que provoca que algunos seamos incapaces de entrar en su propuesta. Por cierto que, como viene sucediendo en buena parte del cine japonés post-2011, en Your Name pueden rastrearse las cicatrices dejadas en la sociedad nipona por el accidente de Fukushima, en especial la desconfianza ante la administración y las clases dirigentes, dentro de un conjunto que confronta la tradición propia del Japón rural con la modernidad del Japón urbanita, representados a través de cada uno de sus personajes principales.

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Durante la presentación de la película que protagonizaba la proyección de la tercera sesión, la belga Crudo, la organización leería un comunicado a propósito del incidente vivido la noche anterior en el pase de 31 en la sala 2 que aludíamos antes. Una intervención que, aparte de para desmentir la versión que corría sobre lo sucedido, y que no era otra que un espectador había sido descubierto masturbándose en su butaca, aportó poco más. Ni siquiera para aclarar cuál había sido entonces la auténtica realidad de los hechos. Bueno, sí, porque en este contexto Leticia Dolera aprovechó para lanzar una encendida soflama a favor del feminismo más propia de un mitin político y, por tanto, totalmente fuera de lugar, mientras un grupo de espectadores trataban de que se escucharan sus quejas por la actitud vociferante que ha sido adoptada como norma por amplios sectores del público, con el explícito beneplácito de los propios rectores de la Muestra, sin que obtuvieran ningún éxito en uno u otro sentido. Lástima.

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Sin cambiar de tono, en su presentación Leticia Dolera definiría el film que iba a proyectarse a continuación como un alegato feminista, comentando, a renglón seguido, los supuestos desmayos registrados durante sus pases en Toronto y Cannes, festival este último donde la ópera prima de Julia Ducuornau se alzaría con el premio FIPRESCI otorgado por la Federación Internacional de Críticos de Cine dentro de la Quincena de Realizadores. Flaco favor le hacía la actriz y directora a la película creando tales expectativas, ya que, a la hora de la verdad, ni lo uno ni lo otro. Lejos de lo que cabría esperar a tenor de los señalados desvanecimientos sufridos por algunos espectadores ante la dureza de sus imágenes, el nivel de grafismo resulta bastante limitado, pudiendo contarse con los dedos de una mano aquellas escenas con contenido gore. De igual manera, más que un alegato feminista, su historia sobre una vegetariana que abandona el nido familiar para cursar la carrera de veterinaria en la universidad, donde desarrollará hábitos caníbales, esconde, en realidad, una fábula sobre el tránsito de la adolescencia a la madurez y los radicales cambios sociales, biológicos y de todo tipo que acompañan a esta etapa de profundas transformaciones. Disquisiciones al margen, los resultados de Crudo se ven penalizados por las mal asimiladas ínfulas autorales que se gasta la realización de Ducuornau, representada por la inclusión de esas teóricamente alegóricas imágenes de un caballo trotando que poco aportan a lo narrado. Lo mismo ocurre con su labor al frente de la escritura de un libreto en el que toda coherencia interna es sacrificada en pos de la articulación de su discurso. Entre los muchos ejemplos que se podrían citar a este respecto, nos pararemos en la revelación que le hace su padre a la protagonista en la escena final. ¿Es que esa familia nunca había ido a la playa, por poner un caso, como para que la aspirante a veterinaria no hubiera visto nunca desnudo el torso de su progenitor? Eso por no hablar  del reaccionario mensaje en contra del vegetarianismo que puede extraerse de su argumento, y en el que pocos parecen haber reparado, al presentar a sus practicantes como una panda de fundamentalistas que coartan sus verdaderos impulsos.

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Superadas las diez de la noche, la décimo cuarta edición de la Muestra Syfy encaraba sus últimos compases con el inicio de la sesión de clausura. Tras las críticas recibidas en los dos últimos años por confiar su cierre a propuestas de un perfil tan minoritario y autoral como Under the Skin y High-Rise, esta vez la organización se decantaría por una producción de un perfil claramente mainstream con Kong: La isla Calavera. Enésima reinterpretación de la denominada octava maravilla del mundo, la segunda película de Jordan Vogt-Roberts acierta en su idea de recuperar el espíritu pulp de las novelas de Edgar Rice Burroughs, pongamos por caso, pasados por el tamiz del cine bélico ambientado en la guerra del Vietnam, pero falla en casi todo lo demás. A nivel técnico posee una factura deslumbrante, singularizada por el acabado de unos efectos especiales que logran crear unas criaturas antediluvianas realmente perfectas en su verosimilitud, y espectaculares en sus enfrentamientos. Sin embargo, la película se resiente en sus aspectos dramáticos, por medio de una narración atropellada a partir de su llegada a la isla, momento en el que se dedica a mover de aquí para allá, como si fueran peones, a la concurrida expedición que protagoniza la historia, formada por un concurrido grupo de arquetipos totalmente desdibujados y carentes del más mínimo carisma. Tan solo el encarnado por John C. Reilly, quien sin mucha dificultad logra erigirse en el dueño de la función, logra destacar dentro de un conjunto equiparable en su planteamiento narrativo al de cualquier película de la Asylum. En lugar de procurarle un mayor espesor dramático, sus responsables solo parecen estar interesados en la consecución de un ritmo trepidante que no deje que el espectador se aburra, o que se pare a pensar en lo que está viendo, que viene a ser lo mismo. Un tratamiento cada vez más detectable dentro del blockbuster actual y sobre el que queda la duda de si se trata de algo premeditado o consecuencia de las posibles injerencias que los directivos de turno hayan podido practicar sobre el material rodado, como parecen señalar algunos arcos argumentales abiertos que a la hora de la verdad tienen poca o ninguna trascendencia. Con este agridulce sabor de boca se cerraba esta décimo cuarta edición de la Muestra, si bien los espectadores que esperamos a ver íntegros sus títulos de crédito saldríamos del Cine de la Prensa con los ánimos por las nubes tras asistir a esa última escena en la que se anuncia una próxima aventura en la que Kong cruzará su destino con Godzilla y demás monstruos gigantescos de la Toho.

José Luis Salvador Estébenez

Muestra SY FY 08 fin

Fotografía: Juan Mari Ripalda

Published in: on abril 12, 2017 at 5:58 am  Dejar un comentario  
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