El planeta de los tiburones

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Título original: Planet of the Sharks

Año: 2016 (Estados Unidos)

Director: Mark Atkins

Productor: David Michael Latt

Guionistas: Marc Gottlieb, Mark Atkins

Fotografía: Mark Atkins

Música: Kays Al-Atrakchi, Brian Ralston

Intérpretes: Brandon Auret (Dillon Barrick), Stephanie Beran (Dra. Shayne Nichols), Lindsay Sullivan (Dra. Roy Shaw), Lauren Joseph (Beatrice), Daniel Barnett (Moffat), Christia Visser  (Dra. Caroline Munro), John B Swart (Hideo Ishiro), Alex Anlos (Nathan Terry), Angie Teodora Dick (Joanne D’amato), Ryan-Wayde Hannival (Lookout), Zane Westermeyer (Butcher)…

Sinopsis: En un futuro próximo, el derretimiento de los glaciares ha cubierto el noventa y ocho por ciento de la superficie del planeta Tierra. Los tiburones han florecido y ahora dominan el planeta, operando como un sólido banco dirigido por un tiburón alfa mutado.

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No deja de tener su gracia que un telefilm de bajo presupuesto como el que nos ocupa tome como principal referente la ya lejana Waterworld (Waterworld, 1995), película que en su momento fuera la más cara de la historia y cuyo sonoro batacazo se llevara por delante la carrera de un Kevin Costner en el punto más álgido de su trayectoria. No obstante, pese a venir de una firma como la popular Asylum, que ha hecho de sus desvergonzados mockbusters –nombre utilizado para denominar a sus descaradas copias de los blockbusters del momento– una de sus principales divisas, El planeta de los tiburones (Planet of the Sharks, 2016) no representa una explotaition al uso del film dirigido por Kevin Reynolds. Por el contrario, la invocación de un futuro post-apocalíptico en el que la superficie del planeta es básicamente agua, obligando a los escasos supervivientes a habitar en plataformas flotantes, es empleado, únicamente, como una ambientación igual que pudiera serlo cualquier otra, con la que dar un toque de distinción a una propuesta que, en realidad, se enmarca en el filón de los films de/con tiburones, todo un subgénero en sí mismo y que, sobre todo a raíz del revuelo mediático despertado por Sharknado y sus secuelas, se ha convertido en el otro foco principal de la línea productiva de la firma norteamericana.

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De este modo, toda posible relectura que pudiera ofrecer la referida inspiración por parte de un telefilm de bajo presupuesto en uno de los más sonoros fracasos económicos cosechados por la todopoderosa industria hollywoodiense en las últimas tres décadas no va más allá de su mero enunciado; como tampoco lo hace la ocurrencia de bautizar a sus personajes con el nombre o los apellidos de ilustres personalidades de la Serie B clásica, caso de Caroline Munro, Joe D’Amato o Ishirô Honda. Una circunstancia que ilustra de forma prístina el que quizás sea el principal defecto de las producciones de la Asylum, a grandes rasgos.

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Convertida por antonomasia en la fábrica de cine malo actual, sus productos suelen partir de conceptos atractivos y/o sugerentes dentro de sus coordenadas, malgastados indistintamente por la incapacidad de sus responsables para aprovechar sus posibilidades, manufacturando cintas rutinarias e impersonales que, a pesar de su autoconsciencia, quedan lejos de ofertar las dosis de desenfadada diversión que cabría esperar a tenor de sus antecedentes. Frente a la capacidad de delirio, imaginación y falta de complejos de, pongamos por caso, el cine italiano de los años ochenta, con el que no por casualidad mantiene innegables puntos comunes, las películas de la marca norteamericana se limitan a completar el trámite con corrección técnica dentro de sus limitaciones y capacidades, pero sin abandonar la óptica seria, salvo en contadas ocasiones (y las pocas veces que lo ha intentado, verbigracia las secuelas de Sharknado, no ha destacado, precisamente, por la brillantez de su humor, digamos, voluntario), lo que termina por cortocircuitar esa jocosa carga paródica que, al menos en teoría, se erige en su principal aliciente.

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Como decimos, El planeta de los tiburones es una buena muestra de lo comentado. Véase al respecto cómo desaprovecha la pregunta obvia que se desprende de su planteamiento de base, y que no es otra de la de a dónde escapar en un mundo convertido en un inmenso océano ante los ataques de un grupo de tiburones. En lugar de eso, la película se limita a repetir el estilo narrativo acuñado por la Asylum y extensible al resto de la producción actual de telefilms de temática fantástica salvo honrosas excepciones, caracterizado por tramas intercambiables pobladas por personajes estereotipados y desarrolladas por medio de un esquema común que podría resumirse en los esfuerzos de los protagonistas por escapar de la amenaza que se cierne sobre ellos y su entorno, al tiempo que idean un plan con el que acabar con ella. Poco más. Puede que en el caso que nos ocupa la adopción de este tratamiento esté íntimamente ligado con el hecho de que el principal responsable de la propuesta sea Mark Atkins, uno de los más contumaces directores del formato, en especial debido a su activa labor dentro de la Aslyum, para la que ha realizado alrededor de una quincena de títulos en diez años, además de intervenir en otros tantos como director de fotografía, funciones ambas a las que aquí añade la coautoría del guion y el montaje.

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Pese a acumular esta experiencia o, precisamente, debido a ello, la puesta en escena de Atkins destaca por su falta de rigor, comenzando por la poco conseguida ambientación post-apocalíptica que luce la cinta, bien sea por las imágenes aéreas propios de un spot publicitario del moderno yate en el que viajan los protagonistas, sorprendentemente nuevo y reluciente para encontrarse en un ambiente post-apocalíptico, o por las indumentarias de los personajes, en los que los atuendos más o menos peculiares propios del estilo se entremezclan con ropa de calle actual totalmente impoluta.

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Todo el afán del cineasta, así las cosas, parece concentrarse en enfocar tanto tiempo como sea posible la generosa delantera de una de las protagonistas femeninas, dentro de una planificación formularia que, dejando a un lado ciertos instantes propios de un video sobre deportes acuáticos de riesgo, se encuentra supeditada en todo momento a la utilización del primer plano como principal recurso. En un primer momento, el porqué de tal práctica podría justificarse mediante el hecho de disimular las carencias de una escenografía recreada, básicamente, por medio de unos efectos realizados por ordenador bastante poco conseguidos. Sin embargo, tal suposición es pronto desmentida en vista del modo en que Atkins se regodea a la hora de mostrar elementos generados por CGI, algo especialmente patente en el concurso de la horda de tiburones, a los que no duda en mostrar detalladamente en toda su pobreza infográfica, lo que hace que en ningún momento puedan resultar creíbles, además de eliminar con ello cualquier vestigio de verosimilitud que pudiera aún tener la propuesta.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on agosto 4, 2017 at 5:40 am  Dejar un comentario  

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