Cuento lo que mi disco duro me permite

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Título: Cuento lo que mi disco duro me permite

Autor: Jack Taylor

Editorial: Fundación AISGE

Datos técnicos: 152 páginas (Madrid, 2017)

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“Mi disco duro personal tiene más años que los inventados en esta última época y, posiblemente, está ligeramente rayado. Sin duda hay mejores y más interesantes memorias que la mía, pero esto es parte de lo que yo he vivido. Y así lo reflejo humildemente.”

La presente biografía representa nada menos que la entrega número 90 de la colección que, de la mano de la Fundación Artistas Intérpretes Sociedad de Gestión, se ha ido ocupando a lo largo de la última década de recoger, editar y archivar los testimonios de una serie de actores de la procedencia más dispar (cine, televisión y teatro, con predominio de esta última variedad), estando en teoría centradas en la faceta estrictamente interpretativa de sus protagonistas, y dirigidas por lo tanto a todos aquellos profesionales y/o aficionados de la actuación interesados en aprender de figuras más o menos señeras de nuestra escena que, como Taylor, cargan ya con varias décadas de experiencia a sus espaldas.

En este caso, y lamentablemente, las expectativas que pudieran haberse derivado de la noticia de la publicación de estas memorias rara vez son satisfechas a lo largo de una crónica vital que se ve constreñida la mayor parte del tiempo tanto por la limitación que supone su exiguo número de páginas como por la huidiza modestia de la que hace gala en todo momento el intérprete nacido en Oregón.

De esta manera, y a través de una narración sencilla y sin excesivas elucubraciones, Taylor comienza, como él mismo dice, por el principio; esto es, pormenorizando la historia de su familia, seguida por su temprana afición al teatro, así como sus primeros intentos de despuntar como actor en su país, capítulo en el cual se dedica a desgranar los encuentros más o menos casuales que mantuvo con estrellas del Hollywood tanto de ese tiempo como de épocas anteriores. Por desgracia, el acercamiento del autor a estos hechos se antoja sumamente superficial, pasando de este modo de puntillas (quizás por falta de ganas, quizás por carecer de la habilidad necesaria) por una época y una ciudad (la Meca del Cine de los años 50) lo suficientemente atractivas como para haber escrito sobre ellas un libro entero.

Ya desde estos primeros capítulos se hace evidente el hecho de que nos encontramos ante una autobiografía lastrada por una narración en exceso telegráfica y fragmentada, lo que unido a un desfile de anécdotas demasiado prolijo provoca que al relato le falte enjundia, que se eche de menos, en definitiva, algo más de conexión entre la procesión de nombres, fechas y lugares que, en un momento dado, acaba por convertirse el libro, por mucho que éste –y justo es reconocerlo– rebose del encanto y la “entrañabilidad” a raudales característicos de su protagonista.

Y es que a partir del momento en que el actor decide instalarse en España a comienzos de los 60, el relato de sus vivencias, hasta entonces más o menos ordenado, se bifurca, se desborda y se dispersa sin remedio, otorgando por ejemplo demasiado protagonismo a su vida social, con celebridades de todo pelaje y condición, antes que detenerse más a fondo en sus vicisitudes dentro del fascinante mundo de las coproducciones europeas, o incluso en expresar una  opinión más detallada acerca de la calidad de los films en los que trabajó.

Taylor se centra de esta manera, y mucho más de lo que sería deseable, en la vida de las personas con las que ha coincidido a lo largo de estos años casi tanto como en la suya propia, quedando la sensación última de que el americano representa un papel prácticamente secundario en la glosa de su propia historia, ya sea por pudor, ya por humildad. Sea de manera consciente o no, pareciera casi que Taylor intentara evadirse de la “obligación” de tener que hablar de sí mismo recurriendo continuamente a la vida de los demás.

Aunque incluso en la exposición de estas anécdotas ajenas el protagonista de Necronomicón acaba por quedarse corto: el autor saca muy a menudo su lado más chafardero, sí, pero ojo, sin pasarse de la raya en ningún momento. Lo positivo de este volumen es que, gracias a la cercanía y a la flema casi británica de la que hace gala Taylor en cada una de sus páginas, el lector acaba acostumbrándose, e incluso encontrando simpática, esta más que obvia falta de relevancia en los hechos y de cohesión en la crónica de su vida.

Su paso por el fantaterror patrio es, asimismo, otra veta de su filmografía que es desaprovechada. Por ejemplo, a Naschy se le cita muy de pasada y a su relación con Jesús Franco apenas sí le dedica un par de páginas. Más locuaz se muestra sin embargo cuando le toca referirse a sus colaboraciones con Amando de Ossorio o Piquer Simón, aunque el tono ligeramente negativo que emplea al hablar de ellos evidencie cierto desdén a la hora de valorar la importancia con la que contó en su carrera este tipo de cine.

Tras la lectura de estos deslavazados apuntes biográficos se tiene la impresión final de haber ojeado unas memorias excesivamente resumidas o, en todo caso, queda la sensación de que Taylor se ha guardado más cosas de las que debiera de cara a entregar un libro que explotara plenamente su experiencia profesional y vital. Cuento lo que el disco duro me permite se lee por lo tanto con la continua esperanza de encontrar algo a lo que hincar el diente a la vuelta de página pero, siendo honestos y como comentábamos al principio, estas expectativas son colmadas en contadas ocasiones, por mucho que sea un libro entretenido, agradable y, lo que es más importante, fácil de leer la mayor parte del tiempo.

Así las cosas, y pese a todo, el incuestionable interés de la vida y personalidad de su autor logra sobreponerse a la mediocridad general del texto y a su erróneo enfoque. En última instancia, y aunque suene paradójico, este proyecto no defrauda tanto por lo que es como por lo que podría haber sido de caer en otras manos que no fueran las del propio Jack Taylor.

                                                                                  José Manuel Romero Moreno

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