El día de los inocentes

Título original: Slaughter High

Año: 1986 (Gran Bretaña, Estados Unidos)

Directores: George Dugdale, Mark Ezra, Peter Mackenzie Litten

Productores: Stephen Minasian, Dick Randall

Guionistas: George Dugdale, Mark Ezra, Peter Mackenzie Litten

Música: Harry Manfredini

Intérpretes: Caroline Munro (Carol), Simon Scuddamore (Marty), Carmine Iannaccone (Skip), Donna Yeager (Stella), Gary Martin (Joe), Billy Hartman (Frank), Dick Randall (Manny)…

Sinopsis: Marty, un muchacho de extraño carácter, tiene una cita con la chica más guapa del colegio. Sin embargo, después de haberse quitado su ropa, Marty se encuentra cara a cara no sólo con Carol, si no con todos los compañeros del instituto que se están riendo del éxito de su broma y que se burlan despiadadamente de él. Años más tarde ocho de estos compañeros son invitados a su viejo instituto con el propósito de asistir a una reunión de antiguos alumnos. Allí Marty se cobrará al fin su venganza.

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Se podría decir sin temor a equivocarnos que de un tiempo a esta parte la realidad que vivimos se ha convertido en una especie de versión cutre y absurda de la de Desafío total, en la cual los recuerdos implantados parecen ser la norma y, más específicamente, los relacionados con los años 80. Y es que pareciera que todos los que nacimos y crecimos durante esa década tuviéramos que compartir forzosamente las mismas experiencias, dentro de una especie de memoria colectiva, impostada y artificial, empeñada además en anular todo recuerdo individual que se salga mínimamente de la norma. Es decir, que si tienes entre treinta y cuarenta años resultará prácticamente obligatorio haber visto ciertas pelis y series de televisión, haber coleccionado determinados cromos, así como haber escuchado ciertas canciones. Sin embargo, es reconfortante saber que aún queda espacio para la memoria personal, privada e intransferible, aquella en la que tienen cabida todos esos recuerdos de nuestra infancia relacionados con la cultura popular que, de momento y afortunadamente, no han sido ni serán etiquetados, comercializados y/o banalizados en ningún volumen de fenómenos editoriales de la ralea de Yo fui a EGB y derivados.

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Una de las muchas consecuencias negativas de esta simplificación de la memoria de toda una generación es la errónea suposición de que en aquella época los niños consumíamos estrictamente material infantil y/o juvenil, cuando la realidad es que gracias a la televisión, al VHS o al video comunitario teníamos mucha más libertad de acceso a imágenes perturbadoras, sexuales y/o violentas de lo que hoy en día se pudiera suponer. En retrospectiva, si algún valor tiene un formato tan sobrevalorado como el del video doméstico es por su condición de inmejorable generador de recuerdos singulares e individuales (algunos traumáticos, la mayoría placenteros) que, como apuntábamos antes, pretenden ser erradicados por la salvaje estandarización a todos los niveles de la década de los 80.

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En lo que a experiencias traumáticas de la infancia se refiere ninguna supera a la que viví, con 8 o 9 años, cuando me tocó quedarme unas horas en casa de un familiar. Éste había decidido pasar la tarde visionando El día de los inocentes, la cual había alquilado el día anterior y, aunque pudiera pensarse lo contrario, mi eventual presencia allí, así como mis súplicas de que por favor viéramos otra cosa, no lograron hacerle desistir en su empeño. El caso es que este tardío slasher británico podría haber pillado con el pie cambiado hasta al más curtido de los cinéfagos. Y es que, y a pesar del inquietante tema carnavalesco compuesto por Harry Manfredini (Viernes 13), la película comienza como una más de las comedias sexuales adolescentes que se manufacturaban por docenas a mediados de la década.

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Producida por Dick Randall y Stephen Minasian, artífices asimismo de la también inglesa No abrir hasta Navidad y de la divertidísima Mil gritos tiene la noche, El día de los inocentes se diferencia de las anteriores principalmente en el hecho de que su humor es totalmente consciente y voluntario, el cual sirve además de perfecto contrapunto con respecto al especial ensañamiento y brutalidad con el que están planteadas las escenas de muertes. Aquí el contraste es la clave: cuando aún tenemos la sonrisilla dibujada en los labios pensando en lo cabritos que son los compañeros de Marty, éste recibe en pleno rostro un chorro de ácido nítrico para, a continuación, ser quemado vivo por culpa de una broma que ha sido llevada demasiado lejos.

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En este sentido, ejemplos de extrema crueldad no faltan en El día de los inocentes. Así, a lo largo de su metraje podemos asistir a lindezas tales como evisceraciones, abrasamientos, descuartizamientos, ahorcamientos, crucifixiones y electrocuciones, todas ellas presentadas por el trio de directores de la manera más tosca y cazurra posible. Rodada en plena decadencia del subgénero, la película revela además una consciente voluntad posmodernista en la presencia de pequeños y gozosos detalles para el fan como pudieran ser la referencia a La noche de Halloween que hace unos de los personajes, o la máscara de hockey que, en un momento dado, se pone otro para gastarle un bromazo a sus compañeros. Y es que, a diferencia de No abrir hasta navidad o Mil gritos tiene la noche (de la cual, por cierto, se muestra un póster), aquí no tenemos detrás de las cámaras a un cincuentón oportunista que, con más oficio que talento, intenta aprovecharse del boom de los films de pycho-killers enmascarados. Por el contrario, en El día de los inocentes encontramos en todo momento una autoconsciencia y un respeto hacia el género del que los otros títulos adolecen. De igual manera, el film de los debutantes Dugdale, Litten y Ezra también triunfa sin paliativos en su intento de llevar un paso más allá al slasher en lo que a explicitud gráfica se refiere.

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Siguiendo esta pauta se alcanza en ocasiones unos niveles de humor negro y salvajismo tales que, de alguna manera, podríamos emparentar sin mayor problema su peculiar concepto de la violencia con la obra de los primerizos Sam Raimi, Peter Jackson o Stuart Gordon. Para ser más concretos, esta particularidad se hace evidente sobre todo en el enfoque casi de cartoon con el que se desarrollan escenas como la de la pareja que muere electrocutada en plena cópula.

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Sin embargo, y a pesar de la brutalidad de determinadas escenas, lo que más perturba en primera instancia de El día de los inocentes, o, al menos, lo que más me chocó hace casi treinta años en aquel primer visionado, es la forma insensible y despiadada en la que se portan sus protagonistas, lo que acarrea que resulte casi imposible hallar algún personaje por el que sintamos un mínimo de empatía. Mucho menos en el caso de Marty, el cual, y aunque esté cargado de razones para actuar de la forma en que actúa, su forma de comportarse en el prólogo es demasiado retarded como para llegar a merecer en momento alguno nuestro apoyo durante el resto del metraje. A fin de cuentas, en este film todo el mundo recibe lo que merece: uno por ser extremadamente imbécil; los otros por canallas.

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Dentro de un plantel de desconocidos actores americanos destaca como el rostro más conocido el de la británica Caroline Munro, aunque su protagonismo a lo largo de la cinta, y excepto en el último tramo, sea más bien discreto. Compaginando su labor como actriz con la presentación de la versión inglesa de nuestro Un, dos, tres la escueta filmografía de la protagonista de Star Crash durante la primera mitad de los 80 está formada principalmente por un terceto de películas (Maniac, Fanático, de nuevo con Joe Spinell, así como la antes mencionada No abrir hasta Navidad) que, además de encasillarla en el género hasta prácticamente nuestros días, evidenciaron asimismo su nula versatilidad como actriz. Así las cosas, tanto en las tres películas citadas como en El día de los inocentes la Munro se interpreta básicamente a sí misma: una modelo/cantante/actriz que, ya sea casualidad o no, se muestra en todos estos títulos como una diva caprichosa, de pocas luces y excesivamente vanidosa.

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Me permito hacer un paréntesis para señalar el curioso vínculo de la protagonista de El viaje fantástico de Simbad con el cine de terror patrio, así como con algunos de sus máximos exponentes. Así, además de colaborar con los mismos productores de Piquer Simón y de presentar la translación británica del mítico concurso ideado por Ibáñez Serrador, tras el rodaje de El día de los inocentes la Munro se puso a las órdenes de Paul Naschy en El aullido del diablo) y de Jesús Franco en Los depredadores de la noche; además, una de sus últimas intervenciones en la gran pantalla ha sido, precisamente, en Vampyres, el remake de Las hijas de Drácula de José Ramón Larraz. Es una lástima que no llegara a colaborar con Amando de Ossorio (en cuya obra se inspiró José Luis Salvador Estébenez para bautizar este blog que ahora cumple diez años): la relación de la intérprete británica con el fantaterror hubiera sido entonces completa.

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Justamente la condición de actriz de Munro en El día de los inocentes propicia que encontremos ciertas similitudes entre el argumento y su vida real. De este modo, el representante de Carol (no por casualidad interpretado por el propio Dick Randall, en la arquetípica caricatura del empresario grasiento y fumador de puros), le urge que acepte rodar un guión que incluye una escena de desnudo, a lo cual ella se niega. Curiosamente la propia Munro, reluctante desde siempre a desnudarse en pantalla, había rechazado anteriormente la proposición del propio Randall de interpretar una escena de ducha, la cual finalmente accedió a realizar pero completamente vestida (¡¿?!).

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Sin ser tampoco una maravilla, y contando con ciertos problemas de ritmo en su tramo final, El día de los inocentes se revela vista hoy como un slasher  de cocción algo lenta pero constante y, de este modo, mucho más entretenido e imaginativo que la mayoría de las pelis de la época con las que comparte género. Por si esto fuera poco, cuenta además con uno de los finales más escalofriantes y potentes del cine de la época: Marty, con cara de enajenado y travestido de enfermera, mira directamente a cámara mientras se arranca un jirón de carne quemada de la cara, mientras de fondo suena la estridente música de Manfredini como acompañamiento.

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Sin duda, este es el material del que están hechas las pesadillas infantiles: al menos, las mías.

José Manuel Romero Moreno

Un comentario en “El día de los inocentes

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