Y la revolución no fue televisada

Decía la letra de aquella canción recitada de Gill Scot-Heron que “the revolution will not be televised” y, al menos en lo que se refiere a la propia televisión, al cine en salas y de alquiler y a la muerte del formato físico de discos, películas y series así parece haber sido. La revolución no se ha televisado, está disponible en streaming.

The Revolution Will Not Be Televised

YouTube, el vector primigenio que nos inoculó este virus, que sigue mutando y que cada vez está más vivo, llegó al mundo en 2005 con un vídeo de uno de sus creadores en el zoo; Netflix, que había nacido en 1998 fruto de la pereza de tener que ir al videoclub para devolver una peli, se pasó al streaming hacia 2007, produjo su primera serie, nada menos que House of Cards, en 2010 –apostando desde el principio por el modelo binge watching[1], quizá su gran aportación– y desembarcó definitivamente en España en 2015. Antes de ayer. Después de esto nada ha vuelto a ser igual y, amigos, ya no hay vuelta atrás.

Nadie puede negar que, hoy por hoy, aunque haya canales de la tele por cable, más concretamente los americanos, que sigan gozando de buena salud, los USA Network, Show Time, Fox, AMC, CBS, ABC y el largo etcétera, el referente absoluto en este negocio es Netflix, el YouTube de pago, entre otras cosas, porque además de los contenidos propios, acaba incorporando a su catálogo los mejores productos de buena parte de los canales citados y de otros muchos que alcanzan incluso a los de las televisiones públicas europeas.

Pero no todo es Netflix, a estas alturas tenemos a un click – ¿o debería decir a un tap? – otro buen montón de plataformas tan interesantes o más que ésta dependiendo de nuestros gustos.

Por orden de preferencia, de la mía claro está, tenemos HBO, el Netflix de los ricos que, aunque sea tan barato o caro como ésta, se le viene llamando así porque todo el mundo que la contrata lo hace por el capricho de ver una, dos series y poco más si lo comparamos con la fidelidad que sus usuarios le muestran a Netflix, de la que se lo ven todo –hasta esa cosa loca de esa japonesa pequeñita que te ordena la casa– hasta convertirlo en TT en Twitter; tenemos Filmin, el Netflix de los gafapastas, esa maravillosa suerte de filmoteca nacional virtual, el Sundance en la nube, que lleva ya más de una década en el mercado y que se sigue reinventando para permanecer a flote; o Sky, el Netflix de Hacendado, una apuesta un poco frankenstein a medio camino entre los nostálgicos del vídeo club, del ppv de Canal + Digital y de la televisión en línea, que parecía condenada a una rápida quiebra pero que aún sigue ahí gracias, en parte, a ofrecer parte del fútbol y parte de los canales que ofrecen los operadores sin los inconvenientes que supone contratar con estos, así como un buen puñado de estrenos de cine por precios razonables.

Más recientemente, gigantes de la distribución como Amazon con su Prime Video y Rakuten, reinventando aquel primer Wuaki, se han querido subir a este carro y prometen, por potencial económico, convertirse en apuestas muy serias. Que consigan la implantación de la que goza Netflix no lo veo tan claro pero, ¿quién sabe?

Finalmente tenemos el verdadero YouTube de pago, el Netflix del tercer mundo, que quizá en España no se acabe de entender bien pero que en Iberoamérica, por ejemplo, sí tiene una presencia muy importante, entre otras cosas, por la falta de reflejos de la propia Netflix para desembarcar allí a tiempo y por la endémica incapacidad de extender por provincias la mastodóntica infraestructura necesaria para la tele por cable.

Y, cómo no, contamos con el mayor operador de telecomunicaciones del país, de rancio abolengo –sobre todo por lo de rancio–, Movistar+, el Netflix Diamond Premium VIP plus, que a base de acaparar todo el deporte, quedarse con las mejores series americanas del modelo clásico de la televisión por cable, meterle un montón de pasta a la producción propia y hacer la que será, en mi opinión, la última apuesta –atractiva, eso sí– por crear un canal de televisión en línea de la historia, pretende que pagues no se sabe muy bien cuánto –ni cuándo vas a tener que pagar aún más de nuevo– para disfrutarlo todo, desde la fibra, al móvil hasta al propio Netflix con el que, al fin, han entendido que tenían que llegar a un acuerdo al que al principio se negaron rotundamente, además gozando de las ventajas que da poderlo ver todo –¿o casi todo?– bajo demanda.

Para este que escribe, su modelo de negocio y el del resto de operadoras, los Movistar+ de Hacendado, está obsoleto porque las generaciones más jóvenes ya no quieren tenerlo todo, quieren tener lo que les gusta y pagar sólo por eso. Sí, sí, las nuevas generaciones quieren pagar por ver, algo impensable hace apenas una o dos décadas en las que la opción preferida era, a qué engañarnos, emule primero y torrent después, amén del millón y medio de páginas ilegales, verdadero precedente de Netflix, que siguen ahí, cada vez con menos presencia pero ahí, entre otras razones socioeconómicas, por modelos como el de Movistar+. Como ejemplo de cuanto digo está el hecho de que en las listas de lo más descargado de manera ilegal en España se encuentran, hoy por hoy, los programas completos de Late Motiv o La Resistencia de la mismísima Movistar+. ¿Quién nos lo iba a decir, verdad?

Aun así, el modelo de Movistar+ aún permanecerá, claro está, por su posición de poder. Eso sí, que hayan tenido que pactar con Netflix y que tengan que utilizar YouTube para llamarnos a sus filas a base de píldoras da muestras de hasta qué punto se han quedado atrás.

El streaming manda, amigos, y suyas son las nuevas reglas.

1

Pero centrémonos. Si el dueño de esta confortable mazmorra me lo permite, yo a lo que me asomaré por aquí realmente será a iros contando cosas de esto de las series*. Puestas las bases de dónde estamos en cuanto a la forma de cómo nos llegan ahora los contenidos, y aunque hayamos pasado deliberadamente por alto el dónde nos llegan, en cuántos dispositivos distintos podemos seguir lo que vemos y de quién fue la idea, tema bien interesante para entender del todo el fenómeno, pasemos al cómo hemos llegado hasta aquí.

Empecemos, si me lo permitís, haciendo un pequeño resumen del fenómeno televisivo en general y del serial en particular, así os cuento cuál va a ser mi intención cuando venga de visita a casa Berzano.

Cuáles fueron las primeras series* os lo habrán contado mil veces, todo eso de las soap opera, las radionovelas de la radio trasladadas con mejor o peor fortuna a la televisión, las comedias de situación, etc. No perdamos el tiempo con esto, si queréis saber más del jurásico serial, me lo decís y le dedicamos unas entradas pero ya pasó. Hace mucho tiempo además. Esta época abarca los años cincuenta, los sesenta y buena parte de los setenta del siglo XX. Aunque, bueno, como siempre es interesante saber de dónde venimos, vosotros mandáis. Ya me diréis si me tengo que marcar un Series* del Cretácico de vez en cuando. Ya me iréis contando.

Ball & Vance In 'I Love Lucy'

Cómo empezó el fenómeno de lo que ahora entendemos por series* lo habréis leído también en mil sitios; que si la primera edad de oro empezó con ésta o esta otra serie, que si esto lo explica el modelo americano de la televisión por cable que tenía que crear contenido que se mantuviese en antena y a la que la gente se enganchase para querer mantenerlo contratado, que si era la mejor forma imperialista de vender el american way of life… Ese modelo que aquí nunca ha tenido una gran implantación y que para cuando por fin parecía haber llegado para quedarse se lo ha llevado por delante el streaming, como os comenté en su momento, sigue gozando de buena salud en EEUU pero no aquí.

A este periodo que abarca, más o menos, los últimos veinte años del siglo pasado y los primeros de éste, si os parece, sí que podemos dedicarle una entrada cada cierto tiempo, lo llamaremos Series* Vintage e iré recuperando series clásicas de la televisión lineal gratis o de pago, esa que, hoy por hoy, ha muerto y que si sobrevive sólo lo hace por su extensión digital.

Hill Street Blues

Y, por último, lo que más tiempo nos va a llevar, a lo que más entradas vamos a dedicarle es a las series* actuales, esas series que aún están vivas, entendiendo como tal, si me lo permitís, todas las series de este siglo independientemente de dónde procedan. ¿Que nos llegan de la televisión convencional? Perfecto ¿Que nos llegan por los diferentes canales de la televisión por cable que aún gocen de buena salud? Bien también. Al fin y al cabo la mayoría de ellas las vais a poder ver antes o después en alguna plataforma digital, así que todo estará en la nube.

Mad Men

Tampoco está en mi ánimo ser la vanguardia del último estreno. No es mi intención pegarme las noches en blanco a base de café para poderos hacer el primer spoiler de lo que vosotros mismos podréis ver, repito, antes o después. En eso, de hecho, está el verdadero cambio de paradigma: lo tenemos todo a un zap, a un click, a un tap mientras nos alcance el wifi.

Precisamente por esto último, mi intención es otra. Va más encaminada a recordaros unas, descubriros –ojalá que muchas– otras o poneros en valor otras. Al final, contaréis con una buena selección de entre la ingente cantidad de series* que ya existan o que nos vayan llegando.

En algunas nos detendremos más y volveremos a ellas de forma recurrente, otras apenas las sobrevolaremos y de otras, por muy exitosas que sean, es posible que no encontréis nada.

True Detective

Ya lo habréis notado pero, para los despistados, lo que os venga a contar a esta santa Abadía no es la verdad revelada de la seriefilia. Es una versión subjetiva de la misma, la mía, sobre aquello que una vez llamamos televisión, aquello que se llamó cine alguna otra y que ahora, bueno, llamamos contenidos, cine de plataforma, experiencias multimedia o la etiqueta que pongamos de moda en ese momento porque otra forma más precisa de referirnos a esto* aún no tenemos.

Black Mirror

Y esto* cambia tanto que quizá nunca haya una más redonda que llamarlo así, series*, y con eso nos entenderemos.

Bienvenidos a Series*.*

Ángel Chatarra

[1] Netflix eligió desde el principio subir todos los capítulos de una temporada el mismo día de su estreno. Salvo con Black Mirror que tiene sus propias reglas, lo cumple siempre. Esto ha cambiado en buena medida la forma que teníamos de ver las series ya que, si los tienes todos ahí, ¿quién se resiste a meterse un atracón de su serie favorita? A esa forma de consumir contenidos es a lo que llamamos binge watching, literalmente, borrachera de ver. HBO, por ejemplo, elige el modelo contrario, pautarnos la dosis.

Published in: on febrero 7, 2019 at 6:55 am  Comments (1)  
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  1. Sirva este artículo para presentar “Series*.*”, una nueva sección en la que regularmente Ángel Chatarra nos hablará de series.


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