Obedencia

Obediencia

Título original: Obey

Año: 2018 (Gran Bretaña)

Director: Jamie Jones

Productores: Ross Williams, Emily Jones

Guionista: Jamie Jones

Fotografía: Albert Salas

Música: Lol Hammond

Intérpretes: Marcus Rutherford (Leon), Sophie Kennedy-Clark (Twiggy), Sam Gittins (Anton), T’Nia Miller (Chelsea), James Atwell (Chris), Taurean Steele (Rafa), Jasmine Jobson (Little M), Joshua Blisset (Karl), Daniel Akilimali (Boogie), Will Coban (Carter), Christine Taetz (Naomi)…

Sinopsis: A sus 19 años, Leon pasa el tiempo entre la casa que comparte con su madre alcohólica, el gimnasio donde da rienda suelta con el boxeo a sus frustraciones e impulsos violentos, y el grupo de amigos del barrio, igual de faltos de oportunidades y horizontes que él. Tras una velada de drogas y botellón, conoce a una chica, Twiggy, en una fiesta en una casa okupa, lo que le abre la puerta a un nuevo mundo, quizás mejor, lejos de su vida hasta entonces.

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Los “jóvenes airados” que dieron nombre a la “New Wave” (un movimiento que combinaba formal y narrativamente la influencia del “realismo de fregadero” de autores como John Osborne y la “Nouvelle Vague” francesa) han constituido un subgénero recurrente del cine británico que, en innumerables ocasiones, ha reflejado las inquietudes y problemáticas de sucesivas generaciones, atribuladas, desubicadas, confusas, reprimidas, incomprendidas y siempre al borde del estallido, en títulos que van de Lindsay Anderson y sus El ingenuo salvaje (This Sporting Life, 1963) e If… (1968), The Leather Boys (1964) de Sidney J. Furie, pasando por Quadrophenia (1979) de Franc Roddam, hasta llegar a This Is England (2006) de Shane Meadows o NEDS (2010) de Peter Mullan. Un viaje del teen angst a la angustia del coming of age en un mundo cambiante, fluctuante, líquido, que resulta difícil atrapar y se escurre entre los dedos. Un fenómeno que, combinado con el conflicto racial, ha aflorado también en otras latitudes en títulos como El odio (La haine, 1995) de Mathieu Kassovitz, Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002) de Fernando Meirelles o Los chicos del barrio (Boyz n the Hood, 1991) de John Singleton.

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Sobre el telón de fondo de los disturbios londinenses de 2011 (iniciados por la muerte, a manos de la policía metropolitana, de un joven negro), Obediencia (Obey, 2018) nos transporta a un teenage wasteland, esas tierras baldías adolescentes a las que ponían banda sonora “The Who” (un grupo que enarbolaba la falta de identidad de “mi generación” desde su propio nombre). El primer largometraje de Jamie Jones (director y guionista, procedente del documental y los cortometrajes, donde firmaba un puñado de títulos en los que ya exploraba la inextricable relación entre pobreza y violencia) dibuja un paisaje urbano de okupas, grafitis, asistencia social, jóvenes desocupados y la herencia maldita de ese no future[1] de la generación de sus mayores, con vidas vacías acompañadas las veinticuatro horas del día por el sonido de helicópteros, sirenas policiales y gritos en los patios traseros de los bloques de vecinos. Un territorio hostil que solo precisará de una chispa para transformarse en campo de batalla, con la consiguiente eclosión de disturbios, saqueadores y cargas policiales.

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Jamie Jones nos traslada a este panorama urbano de violencia larvada a través de las experiencias en primera persona, que experimentamos vicariamente como espectadores, de Leon, encarnado por un excelente Marcus Rutherford, nominado como mejor debutante en los British Independent Film Awards. Desde su propio lenguaje corporal (la cabeza siempre gacha, hundida entre los anchos hombros, la mirada huidiza) que transmite inquietud constante (con un cuerpo siempre en movimiento), Leon evidencia la desazón y el peso de toda una vida sobre su castigado lomo. La opresiva pertenencia a una familia desestructurada (padre ausente, madre alcoholizada con novio abusivo), rebosante de incomunicación, incomprensión y soledad (que compensa con la pertenencia grupal en las malas calles) le impele a desfogar su frustración en un gimnasio, con el boxeo como única de vía de escape.

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El descubrimiento del amor, que adopta la forma de una rubia okupa[2] irónicamente llamada Twiggy[3] (una primera pista de los orígenes acomodados de su objeto del deseo, y reveladora de la condición de pose de su rebeldía, no muy alejada de ejemplos similares en nuestro país durante el 15-M), le arroja a un triángulo interracial, sacrificando a sus amigos por el camino en una angustiada tentativa de pertenencia, de integración, y en una búsqueda desesperanzada de su lugar en el mundo. Un periplo que le aleja de los desahucios urbanos y los lleva a un retorno a la campiña como remanso de paz y Arcadia feliz, en esas barcazas[4] sobre el río Támesis que últimamente el cine nos muestra repetidamente como alegoría libertaria, aunque a la postre no deje de ser un espejismo.

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El título original, Obey, remite al grafiti de Frank Shepard Fairey, un icono de la cultura urbana contemporánea que utilizaba la imagen de André the Giant, el mítico wrestler y actor de La princesa prometida (The Princess Bride, 1987), y lo combinaba con los mensajes subliminales de Están vivos (They Live, 1988), la visionaria película de John Carpenter, para cuestionar los modos de consumo y la forma en que gobiernos, corporaciones, marcas o medios de comunicación nos manipulan y someten a la deseada conformidad que reprime cualquier cuestionamiento y nos empuja a la reproducción de dóciles modelos impuestos y a deseos prefabricados. Jamie Jones compensa inteligentemente las limitaciones presupuestarias con un montaje fragmentado, próximo, doloroso, de las escenas de acción, que por momentos puede recordar al habilidoso Orson Welles y la secuencia de la batalla de Shrewsbury en Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight, 1965) y un uso excelente de la luz y el humo cortesía del catalán Albert Salas (premiado en el Festival de Tribeca).

Pepe Torres

[1] El single de la emblemática banda punk “Sex Pistols” God Save the Queen, lanzado en 1977 como respuesta provocadora y agitada al himno nacional, incluía en su letra lo que se convertiría en todo un manifiesto generacional: “Que no te digan lo que quieres. Que no te digan lo que necesitas. No hay futuro para ti”.

[2] Encarnada por Sophie Kennedy Clark, quizá el rostro más reconocible del reparto, quien ha trabajado a las órdenes de Lars Von Trier en ambas partes de Nymphomaniac (2013) o Stephen Frears como la joven Philomena (2013).

[3] Twiggy es una icónica modelo y actriz inglesa, cuyo look y vivacidad encarnan el espíritu del “Swinging London” sesentero, una época en que Londres era la capital mundial de la modernidad y el hedonismo, repleto de minifaldas, mods y música pop.

[4] En títulos como Tierra firme (2017) de Carlos Marqués-Marcet o Bailando la vida (Finding Your Feet, 2017) Richard Loncraine.

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