Larry Cohen: El material con el que se construyen las pesadillas

Para entender el presente
 hay que conocer el pasado

Carl Sagan

Larry-Cohen

Para mi generación, los de aquellos niños nacidos durante el desarrollismo y criados con una dieta de leche en polvo y bocadillos de chocolate ante una pantalla de televisión, bendecidos con una amplia oferta de dos canales (uno menos en Canarias) y los hermanos pequeños como réplicas del mando a distancia (con el consabido ritual de obligarles a pulsar los controles de los abultados televisores) —no fuimos tan afortunados y ricos en sensaciones como Martin Tupper, el atribulado protagonista de la landista serie Sigue soñando (Dream On, 1990-1996)— el nombre de Larry Cohen es sinónimo de innumerables placeres nada culpables en los títulos de crédito de nuestros géneros favoritos, desde el western (o las de vaqueros e indios, como decíamos entonces) a la ciencia ficción, pasando por las aventuras bélicas, los espías, el terror y la fantasía. Una era de Estrenos TV, Misterio y detectives de todo pelaje, pero también de delirios, conspiraciones, violencia, miedos, cambios y paranoia, que Cohen supo empezar a cultivar ya en su inicial etapa como guionista a sueldo y que acabaría floreciendo en una brillante (y desconcertante) filmografía como director, cuya audacia estilística y libertad formal le convierten en un caso singular y estimulante en la Historia del cine contemporáneo.

Guionista, director y productor, Lawrence “Larry” Cohen (Nueva York, 1941 – Los Ángeles, 2019) es, pues, uno de los nombres básicos para entender las constantes derivas del cine y la pequeña pantalla a lo largo de su más de medio siglo de vinculación al audiovisual. Nuestro hombre tuvo unos inicios inscritos en los últimos estertores de la televisión en vivo, las antologías seriadas (de los géneros más variopintos, aunque con predominio de los espacios dramáticos, algo que fue cambiando con la incorporación de guionistas de sensibilidad quizá más pulp, como Gene Roddenberry o Rod Serling, que utilizaban la fantasía para poder hablar de temáticas consideradas tabú y sortear los prejuicios de las cadenas) y la omnipresencia de los westerns catódicos (una treintena de series diferentes competían a tiros por las audiencias en su momento de apogeo), hasta una fase final enmarcada en una corriente de reivindicación crítica y popular de las figuras “anómalas” del cine de género, inscrita dentro de una cierta corriente “revisionista” de la historia del audiovisual desde parámetros menos prejuiciados y academicistas.

La otra cenicienta-2

Como ejemplifica el documental King Cohen (2017), Cohen encarna, mejor que ningún otro nombre de aquellos venerados “maestros del horror”, una actitud y una entrega marcadas por su absoluto amor por la imagen en movimiento, un uso del cine de género(s) como comentario social sobre los cambios en la sociedad de su país (que supone la constante aparición en su filmografía de lo que una de sus actrices fetiche, Laurene Landon[1], califica de “alegorías satíricas”[2]), y una búsqueda constante de la libertad narrativa (apoyado casi siempre en una compañía de repertorio de intérpretes recurrentes como Michael Moriarty, Andrew Duggan, John Marley o James Dixon, la autoproducción como coraza protectora frente a las intromisiones externas, el uso de espacios controlados como su propia casa, convertida repetidamente en set de rodaje con apenas algún detalle de atrezzo, o la inclusión de escenas rodadas a modo del “cine de guerrilla”, sin permisos, protección o especialistas, en las auténticas malas calles), que le acabarían convirtiendo en uno de los últimos autores auténticamente independientes, una especie de hijo o hermano, deforme y demente, de John Cassavetes y John Sayles.

Y aunque conocería un primer período de reconocimiento como guionista —primero en la pequeña pantalla, donde crearía recordados artefactos míticos, como Marcado (Branded, 1965) o Los invasores (The Invaders, 1967-1968) y, posteriormente, ya en la gran pantalla, para títulos del Oeste o thrillers—, quisieron el azar o los vaivenes del negocio que acabase inscrito, casi por casualidad, en el efímero boom del blaxploitation (un fenómeno fundamentalmente comercial y blanco, pero que sirvió de puerta de acceso a los grandes estudios a actores, escritores, directores y técnicos afroamericanos) y que, tras su debut como director con Bone (1972) y su díptico sobre Tommy Gibbs, el padrino de Harlem, pudiera lanzarse a una audaz carrera como francotirador del cine fantástico y/o terrorífico, una etapa iniciada por el descomunal éxito de la modesta Estoy vivo (It’s Alive, 1974). Así, durante apenas tres lustros, Larry Cohen dirigiría una docena de títulos (tan inclasificables como su propio artífice, siempre cruzando géneros y fronteras temáticas) con una libertad narrativa (garantizada por lo módico y personal de su forma de entender el cine) que solo se vería truncada cuando los cambios en los mercados de consumo forzaron a Cohen a retomar su antigua carrera de guionista a sueldo con, en algunos casos, pingües beneficios caso de Última llamada (Phone Booth, 2002).

Larry Cohen blaxploitation

Larry Cohen nació en el seno de una acomodada familia judía casi en vísperas del ataque a Pearl Harbor que empujaría a los Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. Durante sus primeros años en Washington Heights, Manhattan, ya en plena posguerra, el pequeño Larry era un voraz espectador de cine y comenzó a dirigir películas a la tierna edad de diez años en super 8mm. con la cámara de su padre. Como tantos otros niños precoces, aprendió así buena parte de los trucos narrativos (tanto en la estructura de guion como en la planificación, en este caso constreñida por las propias limitaciones técnicas de la pequeña filmadora, como la ausencia de sonido, que le obligaban a una narración fundamentalmente visual) con los que se afanaba en reproducir el ritmo frenético del cine de la Warner Bros., su estudio favorito. Además, dibujaba cómics (lo que explicaría la estructura y el humor, casi cartoonesco, de sus films), dirigía y editaba cortometrajes durante su etapa preuniversitaria e, incluso, escribía y protagonizaba sus propios monólogos cómicos, lo que le permitió templar tempranamente su pluma. Con este bagaje, y con el impulso y la seguridad que le conferían aquellos primeros aplausos, comenzaría su asalto a la televisión, primero como botones (un primer paso para familiarizarse con el funcionamiento interno del medio) y posteriormente ya como escritor, vendiendo guiones a las cadenas antes incluso de cumplir los veintiún años y teniendo que mentir sobre su edad para poder salirse con la suya (y cobrarlo). Pero esa es una historia de la que hablaremos en la próxima segunda entrega sobre su trayectoria como guionista televisivo.

Pepe Torres

Larry Cohen and Laurene Landon
Unos maduros Laurene Landon y Larry Cohen posan divertidos, dando buena muestra de su amistad

[1]    Laurene Landon, escultural belleza rubia cuya carrera se ha circunscrito, casi invariablemente, al territorio del cine bis y de género —y que incluso protagonizó un par de películas de Matt Cimber en nuestro país, Hundra (1983) y Yellow Hair and the Pecos Kid (1984)—, antes de sumarse a la compañía de repertorio de Cohen.

[2]    En el prólogo de Larry Cohen. The Stuff of Gods and Monsters de Michael Doyle (BearManor Media, 2015).

Un comentario en “Larry Cohen: El material con el que se construyen las pesadillas

  1. Con esta especie de introducción damos el pistoletazo de salida a nuestro anunciado dossier sobre la trayectoria de Larry Cohen que iremos desarrollando a partir de esta semana todos los jueves.

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