Mia y el león blanco

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Título original: Mia et le lion blanc/Mia und der weiße Löwe

Año: 2018 (Francia, Sudáfrica, Alemania)

Director: Gilles de Maistre

Productor: Jacques Perrin

Guionistas: Prune de Maistre, William Davies, según una idea original de Prune de Maistre, Gilles de Maistre, a partir de una historia de Jean-Paul Husson

Fotografía: Brendan Barnes

Música: Armand Amar

Intérpretes: Daniah De Villiers (Mia Owen), Thor (Charlie), Mélanie Laurent (Alice Owen), Langley Kirkwood (John Owen), Ryan Mac Lennan (Mick Owen), Lionel Newton (Kevin), Lillian Dube (Jodie), Brandon Auret (Dirk), Paul Davies (francotirador helicóptero), Ashleigh Harvey (profesora escolar), Tessa Jubber (cazadora turista), Noko ‘Flow’ Mabitsela (turista)…

Sinopsis: Mia es una niña de once años que acaba de mudarse junto a su familia a la granja de leones que sus padres poseen en Sudáfrica. En un principio se muestra reacia al traslado, pero todo cambia cuando su padre le regala a Charlie, un cachorro de león blanco recién nacido. Durante tres años, ambos crecerán juntos forjando una amistad incondicional. Pero cuando cumple catorce años, Mia descubre que su padre va a vender a Charlie a un empresario que se dedica a organizar cacerías para turistas. Para salvarle, Mia marchará junto a Charlie a través de la sabana en busca de una tierra donde el león pueda vivir en libertad.   

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Convertida en un fenómeno de taquilla en Europa, donde ha alcanzado el millón cuatrocientos mil espectadores en su Francia natal y recaudado más de cinco millones y medio de euros en Italia, por solo citar dos casos, Mia y el león blanco se estructura por medio de una fórmula narrativa bastante extendida dentro del cine familiar en el que se inscribe su propuesta. Su punto de partida es bastante sintomático a este respecto. Este se sitúa en una granja para la cría de animales salvajes en plena sabana sudafricana, donde acaba de instalarse una familia compuesta por padre, madre y sus dos hijos. Aunque el resto de sus miembros se muestran felices con el cambio, la pre-adolescente hija mayor de la familia, Mia, no oculta su disgusto ante su nueva realidad, culpabilizando a sus progenitores que la hicieran abandonar Londres, y con ello a sus amigos, para llevarla a un lugar remoto en mitad de ninguna parte. Al igual que ocurre con la profecía que la madre de Mía le cuenta a su hermano sobre la llegada de un león blanco que restablecerá el equilibrio entre los humanos y la naturaleza, para cualquier espectador con un mínimo de  experiencia resulta evidente que, a pesar de su rechazo inicial, terminará por surgir un detonante que hará que la joven cambie de opinión y acabe por adaptarse e, incluso, apreciar su nuevo entorno social, solucionando de paso el conflicto paternofilial latente, del que la unión familiar acabará saliendo fortalecida.

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Ejemplos como el expuesto ponen de relieve el grado de previsibilidad bajo el que discurre la película desde sus primeros compases. Pero lo que en un principio pudiera interpretarse como un aspecto negativo, se revela, en realidad, en sintonía con el planteamiento manejado por una propuesta que hace de la sencillez su razón de ser y de su honestidad su mejor virtud. No se puede negar su apego a ciertos formulismos narrativos, ni su asunción de determinadas condicionantes propias de una cinta dirigida a todos los públicos, en especial el infantil, con todo lo que ello conlleva, aunque sin perder en ningún momento ni la dignidad de sus personajes ni el respeto a su público. Sin embargo, estos y otros convencionalismos son compensados por la naturalidad con que se integran en el conjunto, y la sinceridad con que son empleados. Desde el primer momento sus responsables ponen sobre la mesa cuáles son sus cartas y los verdaderos propósitos que persiguen, que no son otros que los de formular una fábula familiar de mensaje ecologista, en este caso centrado en alertar sobre el peligro de extinción al que se encamina el león africano, así como denunciar las denominadas “cacerías enlatadas”[1] y la industria que la rodea. Una pretensión que es corroborada por los textos informativos sobre el tema con los que concluye el relato.

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Aunque si por algo funciona Mia y el león blanco es por el grado de autenticidad que posee, consecuencia directa del anclaje a la realidad que maneja la película. Algo a lo que, a buen seguro, no son ajenos los antecedentes profesionales de sus principales responsables. Dirigida por el habitual documentalista Gilles de Maistre y producida por Jacques Perrin, en cuya filmografía figuran documentales tan celebrados como Microcosmos (Microcosmos: Le peuple de l’herbe, 1996), Nómadas del viento (Le peuple migrateur, 2001) y Océanos (Océans, 2009) –estos dos últimos co-dirigidos por el propio Perrin junto a Jacques Cluzaud-, el film tiene su origen en una vivencia de su director mientras rodaba Les petits princes, una serie documental para televisión sobre niños con estrechos lazos afectivos con animales salvajes. Como él mismo explica: “Mi investigación me llevó a Sudáfrica, donde rodé a un niño cuyos padres tenían una granja para criar leones (…). El objetivo final, decían, era venderlos a zoos y reservas naturales (…), y en ocasiones incluso reinsertarlos en su hábitat natural. [Pero] una vez acabamos de rodar y nos fuimos de la granja, supe que se criaba a los felinos para cazarlos[2].

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El que la idea central de la película sea una transposición literal de aquella experiencia vivida por su director revela hasta qué punto Mia y el león blanco se nutre de la realidad para dar forma a  su ficción; justo lo mismo que hace un documental, salvando las distancias. No es pues extraño que para mostrar de la forma más veraz posible la relación de amistad entre los dos personajes que dan título a la cinta y que centra la historia, De Maistre se decantara por rodarla de forma natural. Para este fin, la película fue filmada en diferentes etapas a lo largo de tres años, con la idea, por un lado, de crear un auténtico vínculo de unión entre la niña encargada de dar vida a Mia, la sudafricana Daniah De Villiers, y el felino junto al que debía aparecer en pantalla; y, por otro, captar la evolución de esta relación y el progresivo crecimiento físico experimentado por ambos durante todo este tiempo, siguiendo el modelo empleado por Richard Linklater en Boyhood (Momentos de una vida) (Boyhood, 2014). En efecto, de nuevo la ficción como espejo de la realidad.

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Todo este esfuerzo se ve recompensado por la verdad que transmiten sus imágenes. La auténtica química existente entre Daniah y su león traspasa la pantalla, haciendo creíble la historia que plantea. Una veracidad que redunda en la efectividad que alcanzan sus ingredientes argumentales y mecanismos dramáticos, por muy sobados que estos pudieran parecer sobre el papel, logrando que el espectador logre abstraerse de la aludida previsibilidad del relato y lo disfrute como si fuera nuevo. En consonancia con ello, la realización de De Maistre apuesta en todo momento por una puesta en escena de corte funcional, en la que las imágenes están al servicio de la historia y no al contrario. Sus orígenes como documentalista se dejan sentir en el modo en que acierta a reflejar la belleza y majestuosidad de los parajes naturales sudafricanos donde se rodó la película y que sirven de telón de fondo a la trama. Aunque quizás la mejor muestra de la labor del cineasta francés se encuentra en su inclusión durante el metraje de ciertas metáforas visuales en apariencia sencillas y simples, pero que vistas en su contexto funcionan con gran eficacia.

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Se me ocurre aquel momento en el que el amigo londinense de Mia no pueda atender a esta por Skype y el cachorro de león se coloca delante del ordenador, revelando así que desde ese momento el felino va a ocupar en la vida de la niña el puesto que ocupaba antes el chico; ese otro en el que una enfurecida Mia se pasea de un lado a otro por delante de las jaulas de los leones enojada por el que sus padres la hayan llevado a vivir a la granja, estableciendo así una analogía entre la situación en la que se encuentran una y otros; o el que cuando la joven y el león se encuentren durante su huida a punto de alcanzar la sabana, su camino se vea cortado por la aparición de un centro comercial de reciente construcción, en una muestra de cómo el progreso y la civilización están destruyendo progresivamente la naturaleza. No obstante, la mejor de ellas, en mi opinión, está en la secuencia en la que es visualizada una “cacería enlatada”. Con apenas unos pocos planos de la turista apuntando al animal que acaba de ser descargado de un vehículo, el desgarrado rugido en off del león al ser alcanzado por el disparo y de la cazadora posando orgullosa con su pieza para inmortalizar el momento, el cineasta logra reflejar todo el horror y la inhumanidad de esta práctica. Un impacto que es potenciado por el hecho de que la escena sea visualizada a través de los ojos de la aterrada protagonista, quien presencia el momento escondida en el techo de un vehículo, logrando con ello la total identificación del público con el personaje. Un ejemplo de lo más ilustrativo de cómo, partiendo de elementos en principio sencillos, la película consigue su objetivo de entretener, conmover y crear conciencia.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Las “cacerías enlatadas” son una práctica legal en muchos países africanos, consistentes en la suelta en recintos cerrados de uno de estos animales criado en cautividad para que sea abatido por turistas adinerados.

[2] En “Entrevista a Guilles de Maistre, director de Mia y el león blanco, estreno 12 de abril”, publicada en la web Fila Siete el 10 de marzo de 2019 (https://filasiete.com/noticias/entrevistas-protagonistas/entrevista-guilles-maistre-director-mia-leon-blanco-estreno-12-abril/)

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