La otra cenicienta

Título original: Cinderella 

Año: 1976 (Estados Unidos)

Director: Michael Pataki

Productores: Albert Band, Charles Band, J. Larry Carroll

Guionista: Fran Ray Perilli, según el cuento de Charles Perrault

Fotografía: Joseph Magine

Música: Andrew Belling

Intérpretes: Cheryl Smith (Cenicienta), Yana Nirvana (Drucella), Marilyn Corwin (Marbella), Jennifer Stace [acreditada como as Jennifer Doyle] (madrastra), Sy Richardson (hado madrino), Brett Smiley (príncipe), Kirk Scott (Lord Chamberlain), Boris Moris (rey), Pamela Stonebrook (reina), Ray Myles [acreditado como Jean-Claude Smith] (embajador sueco), Brenda Fogarty [acreditada como Shannon Korbel] (esposa del embajador sueco), Elizabeth Halsey, Linda Gildersleeve (granjeras), Robert Stone (padre granjeras), Mariwin Roberts, Roberta Tapley (hijas del trampero), Gene Wernikoff (trampero), Bobby Herbeck (bufón), Frank Ray Perilli (embajador italiano), Joe X. Cantu, Larry Isenberg (lacayo real), Bob Leslie (lechero), Dei Silver, Susan Hill, Lois Owens, Jamie Lynn, Jenny Charles (chicas en el baile del príncipe), Liz Crawford (dama de la reina), Dwight Krizman, Billy S. Mason, Russell Clark, Jimmy Williams…

Sinopsis: La desdichada vida de Cenicienta cambia completamente gracias a un hado madrino que potencia su destreza sexual para que seduzca al príncipe de turno en plena búsqueda de pretendiente.

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A priori, un título como La otra cenicienta (Cinderella, 1977, Michael Pataki) no encajaría demasiado con la producción más característica de Charles Band. Podemos verlo en cierta forma como una rareza. Sin embargo, esta versión erótico festiva del popular cuento de Charles Perrault (obviamente adulterado por el guionista Frank Ray Perelli) resulta uno de sus títulos más apreciables dentro del periodo inicial de su trayectoria y a la postre uno de los que mejor funcionó a nivel comercial. Un delirante softcore cómico deudor de títulos recientes como la inenarrable Las aventuras de Flesh Gordon (Flesh Gordon, 1974, Michael Benveniste y Howard Ziehm) y, especialmente, Alicia en el país de las pornomaravillas (Alice in Wonderland: An X-Rated Musical Fantasy, 1976, Bud Townsend), con la que comparte su tendencia al musical de alto voltaje erótico. Abre sin pretenderlo una dedicación intermitente por parte de Band a la producción erótica, la cual tendrá un sello especializado en los años noventa (Surrender Cinema), siempre encubriendo su presencia física en este tipo de productos.

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Sin perder su condición de cine de explotación, La otra cenicienta mezcla con alegre desfachatez su naturaleza de cuento de hadas para adultos con un sentido del humor tan tontorrón como paródico (destaquemos al menos a Sy Richarson como improvisado hado madrino de tendencias saqueadoras), inesperados números musicales con que desfogarse del metraje más caliente y escenas eróticas de todo tipo que animan la función hasta convertirla en su propia razón de ser. El resultado siempre se mueve dentro de lo previsible aunque los erotómanos se pueden contentar con las descocadas y poco ortodoxas acciones de sus protagonistas (la malograda Cheryl Smith o las menos conocidas Elizabeth Halsey, Linda Gildersleeve, Mariwin Roberts o Roberta Tapley). Cine auténticamente canalla, bizarro en esencia, disfrutable siempre que aceptemos su carácter  típico de la época en que fue realizado.

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La operación debió convencer a nuestro joven productor, quien con celeridad orquestó un par de  hábiles variaciones. Fairy Tales (1978, Harry Hurwitz) pretendió establecer a modo de franquicia los discutibles logros de su predecesora. Sin embargo, el resultado no ofreció nada destacable ni en lo musical ni en la parte erótica, mucho menos en lo cinematográfico donde la película naufraga irremediablemente. La idea sugerida por Charles Band para el libreto no resulta muy provechosa: el Príncipe protagonista no encuentra hembra que le excite y busca a la idílica mujer cuyo retrato decora su morada. El guión escrito a cuatro manos por Frank Ray Perilli y Franne Schacht acaba siendo una mera excusa para los consabidos encontronazos epidérmicos y los menos logrados interludios melódicos. Todo fluye sin el menor interés con insólita apatía narrativa e incluso mayor prudencia en su despliegue sexual. Si en La otra cenicienta había un intento de emular cierta tendencia popular al musical glam resaltado en algunos afortunados momentos de su metraje, en Fairy Tales se opta por el vodevil menos lustroso y acartonado ambientado en su parte final en un lupanar donde se dan cita diversos personajes de cuento. Al menos, destaquemos la entonada fotografía de Daniel Pearl, la aparición de la gran Martha Reeves cantando  el tema “You’ll Feel the Magic in Me” en plena fiebre de diva discotequera, el impostado proxeneta encarnado por Sy Richardson que parece escapado de alguna tardía blaxploitation y la aparición final de la luego popular Linnea Quigley en uno de sus primeros roles cinematográficos. Muy poco bagaje para sus escasos ochenta minutos.

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Mayor interés reviste Auditions (1978, Harry Hurwitz), curioso experimento en formato de falso documental rodado durante o después de la comentada Fairy Tales, de ahí la presencia del algún miembro de su elenco. Charles y Albert Band escribieron el libreto que recoge las audiciones previas que tienen que pasar un grupo de actores y actrices para conseguir alguno de los papeles ofrecidos en un anuncio publicitario para una futura producción erótica titulada Fairy Tales 2. Para ello se habilitaron un par de sets de rodaje donde los aspirantes se presentan, responden a las preguntas de un misterioso demiurgo, se desnudan, bailan, cantan, fingen placenteros calentones, representan algún número de carácter cómico y ensayan escenas eróticas diversas que pasan del dueto al cuarteto según decidan los interesados productores concluyendo en una orgía a modo de fin de fiesta. A la cámara solo le preocupa recoger con detalle las fisonomías mostradas y se detiene con deleitación voyeur en los aspectos menos cándidos que se le presentan. La realidad fuera del set y la tramoya que la sustenta nunca es mostrada, impidiendo un ejercicio metalingüístico que hubiera transcendido la esencia propia del film alejándola de su evidente inclinación exploiter. La aparente ingenuidad inicial va recrudeciendo su discurso sexual a medida que el film va avanzando sin alcanzar el territorio del hardcore. Dicho esto, conviene señalar que Auditions es una de las películas más peculiares e insólitas en larga filmografía de su productor, convertida en involuntario retrato de una manera de hacer cine hoy completamente olvidada (rodada además en 16mm, lo que acentúa su efecto). La película se editó directamente en formato doméstico y tuvo una especie de continuación dos décadas después titulada Auditions from Beyond (1999, Reed Richmond), con escenas del citado sello Surrender.  Después de mucho tiempo invisible, Band la recuperó en el año 2011 para su “Full Moon´s Grindhouse Collection”. Rentabilidad ante todo

Fernando Rodríguez Tapia

 

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