Los justicieros del Oeste

Los justicieros del Oeste

Título original: Posse

Año: 1975 (Estados Unidos)

Director: Kirk Douglas

Productores: Kirk Douglas, Ann Douglas [sin acreditar]

Guionistas: Christopher Knopf, William Roberts, según un tratamiento de Larry Cohen [sin acreditar]

Fotografía: Fred J. Koenekamp

Música: Maurice Jarre

Intérpretes: Kirk Douglas (Howard Nightingale), Bruce Dern (Jack Strawhorn), Bo Hopkins (Wesley), James Stacy (Harold Hellman), Luke Askew (Krag), David Canary (Pensteman), Alfonso Arau (Pepe), Katherine Woodville (Sra. Cooper), Mark Roberts (Sr. Cooper), Beth Brickell (Carla Ross)…

Sinopsis: Un marshall con ambiciones de dedicarse a la política y sus ayudantes persiguen y capturan a un peligroso criminal. El pueblo está volcado a su favor, pero el forajido conoce también las reglas del juego.

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Kirk Douglas, que había representado en el teatro la obra Alguien voló sobre el nido del cuco, se empeñó en llevarla a la gran pantalla. Algo que no consiguió hasta diez años después, entrados los setenta, suponiéndole uno de los grandes chascos de su vida cuando los productores –su hijo Michael entre ellos- le apartaron del proyecto por considerarlo demasiado mayor para el papel de Randle Patrick McMurphy, que finalmente recaería en uno de los actores del momento, Jack Nicholson. Frustrado, el protagonista de Espartaco (Spartacus, 1960) se enfrascó en otro proyecto: dirigir, producir y –faltaría más- protagonizar un western, Los justicieros del Oeste (Posse, 1975).

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Sería la segunda y última vez que Douglas padre se sentara en la silla del director. Dos años antes había debutado en tales funciones en la desastrosa Pata de palo (Scalawag, 1973), una coproducción entre Italia, Yugoslavia y Estados Unidos rodada en Europa, con reparto internacional y muchos quebraderos de cabeza para llevarla adelante. Venía a ser una traslación de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson en clave de western[1]. Su segunda aventura en la realización, producida desde su compañía, Byrna Productions, estaría nuevamente respaldada por la Paramount. Se rodó entre septiembre y noviembre de 1974, principalmente en Old Tucson, y las escenas ferroviarias en las vías de Southern Pacific, a las afueras de Florence, Arizona. El guion fue escrito por Christopher Knopf y William Roberts sobre una historia del primero, y con tratamiento -sin acreditar- del bueno de Larry Cohen. Contó en el reparto con Bruce Dern, intérprete por entonces de moda que llegó a trabajar con el último Alfred Hitchcock[2]. Kirk declararía sobre el padre de Laura Dern: “Siempre he admirado al actor que hay en Bruce. Pensé que quizás ésa sería la película que lo lanzaría al estrellato. No fue así. Más adelante comprendí que siempre sería un actor de carácter, porque él mismo se creía como tal”[3].

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Durante muchos años la crítica y no pocos cinéfilos -algunos incluso hoy- trataron con desdén las películas del Oeste rodadas avanzados los sesenta y durante los setenta por su ruptura con el modelo clásico. El género perdía su halo de suntuosidad, de grandeza, de orgullo por un país que simbolizaba la Tierra Prometida. En el llamado western otoñal o crepuscular la epopeya daba paso a la elegía. La figura del héroe impoluto que luchaba con todas sus fuerzas en pro de la ley y la justicia quedaba atrás para dejar su lugar al antihéroe, cuando no eran estos títulos protagonizados por los propios forajidos, despojados además de cualquier matiz de mártires o de defensores de los oprimidos como mostrara, por ejemplo, Henry King en Tierra de audaces (Jesse James, 1939) o Fritz Lang en su continuación La venganza de Frank James (The Return of Frank James, 1940); nadie negaba la actitud de villano de estos outlaws, pero las diferencias de ellos con los defensores de la ley y el orden quedaban difuminadas, no había muchos contrastes entre unos y otros, llegando los últimos a ser en ocasiones incluso peores. El cine del Oeste se volvió más sórdido, nihilista, sucio y salvaje -la violencia en el mismo se atribuyó tantas veces de forma fácil e imprecisa a la influencia del spaghetti-western-. Se empezó a tratar a los nativos americanos -y a otras minorías raciales- como a personas y, si bien las películas pro-indios ya se localizaban años antes en las filmografías de gente como Delmer Daves y su Flecha rota (Broken Arrow, 1954) o John Ford con la magnífica El gran combate (Cheyenne Autumn, 1964), la tónica habitual había sido retratarlos como bestias asesinas; ahora, al contrario, en películas como Soldado azul (Soldier Blue, 1970) de Ralph Nelson o Pequeño gran hombre (Little Big Man, 1970) de Arthur Penn, las matanzas indiscriminadas de pieles rojas plasmadas en el celuloide servían como clara alegoría antiimperialista sobre la intervención de los Estados Unidos en Vietnam.

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Una nostalgia crítica y revisionista se apoderó del género en muchos de sus títulos. Y hasta John Wayne se prestó a desmitificar su imagen[4] en la que sería a la postre su intervención póstuma en el western con El último pistolero (The Shootist, 1976) de Don Siegel. Algunas tramas se ambientaron entre finales del siglo XIX y principios del XX, contrastando el modo de vida del que fuera el Oeste de los pioneros con la moderna industrialización que empezaba a sacudir a pasos agigantados el país, en cintas tan dispares como Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) de Sam Peckinpah o Muerde la bala (Bite the Bullet, 1975) de Richard Brooks.

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Pero no fue este cine algo propio o exclusivo de las jóvenes generaciones; no pocos directores, guionistas, actores y demás con una larga trayectoria a sus espaldas se adaptaron perfectamente a estos nuevos senderos en el género. Y es que el citado caso de Wayne no fue un hecho aislado. Resulta bastante significativo a este respecto el ejemplo de una estrella consagrada ya en el viejo Hollywood como fue Burt Lancaster: quien fuera el estoico agente de la ley Wyatt Earp en Duelo de titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957) de John Sturges se reconvertía en el sanguinario y vengativo marshall de En nombre de la ley (Lawman, 1971) de Michael Winner; el Massai de Apache (Apache, 1954) y el McIntosh de La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), ambas de Robert Aldrich, mostraban dos visiones muy distintas de la causa india; y además, por muy bien que quisieran hacer las cosas los protagonistas en el Oeste de los setenta, por más que se esforzaran en no usar la violencia, siempre había alguien que les sacaba lo peor que llevaban dentro, como le pasa al Valdez de ¡Que viene Valdez! (Valdez is Coming, 1971) de Edwin Sherin. Y por medio, entre ambas épocas, pasaban como puente sus participaciones en Los profesionales (The Professionals, 1966) de Richard Brooks o Camino de la venganza (The Scalphunters, 1968) de Sydney Pollack.

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El compañero de Burt Lancaster en el mencionado film de Sturges fue precisamente Kirk Douglas[5], quien encarnaba a Doc Hollyday. Fue Douglas otro rostro habitual del género, y también sus personajes muestran las diferencias que definen estas distintas etapas de la meca del cine. Así, el poco fiable Bren O’Melley de El último atardecer (The Last Sunset, 1961) de Robert Aldrich buscaba la redención final, sacrificándose a sabiendas que era lo mejor, mientras que el cínico y amoral Paris Piman Jr. de El día de los tramposos (There Was a Crooked Man…, 1970) de Joseph L. Mankiewicz será capaz de traicionar a todos sus compañeros, de dejarlos morir o si viene al caso matarlos él mismo, para quedarse con el botín completo.

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El Howard Nightingale que interpreta Douglas en Los justicieros del Oeste es un marshall con aspiraciones políticas, y no dudará en hacer todo lo necesario para alcanzar sus propósitos. Tiene intención de ser elegido senador tras dar caza a la banda de Jack Strawhorn, asaltadores de trenes. Liquidan a todos ellos sin miramiento alguno, pero se les escapa el líder. Su captura y exhibición pública será, piensa el encargado de la ley y el orden, la hazaña que le conceda la victoria en las elecciones, punto de partida para una ambiciosa carrera política que tiene como finalidad alcanzar la presidencia del país.

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En el juego del ratón y el gato que se establece entre Strawford con Nightingale y sus ayudantes se pondrán sobre el tapete cómo son en realidad cada uno de ellos. El forajido, que se las sabe todas y no es ningún angelito, muestra sin embargo más compasión y humanidad que quienes portan estrellas de latón y tienen la ley de su parte. Y si el marshall aparece representado como alguien que, más que en la justicia, confía en su carrera en el senado, sus alguaciles -entre los que destaca un joven Bo Hopkins- no salen mejor parados, no dudando en aprovechar su momento de gloria al llegar a un pequeño pueblo para acostarse con la mujer de un tendero, de lo que será testigo el engañado marido y muchos otros habitantes de la localidad, o con un par de virginales muchachas. Nightingale y los suyos se mueven por motivos egoístas y ninguno procesa lealtad al otro. Finalmente, cuando éstos saben que su superior va a prescindir de sus servicios en un futuro cercano –les ha buscado otro empleo de consolación en el que cobrarán menos-, abandonarán a su jefe cambiando de bando, en última instancia.

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Rica en simbología -véase la similitud entre los carteles de busca y captura de los forajidos con los de los candidatos electorales-, la película además subvierte algunos iconos del género, mostrándolos de manera diferente -e incluso opuesta- a lo acostumbrado. De este modo, el ferrocarril y la prensa, dos elementos usados en el western como indispensables para la difusión de la civilización en la conquista del Oeste, y por tanto por norma habitual situados a favor del héroe, servirán aquí como contrarios a éste. Por una parte, Harold Hellman (James Stacy)[6], el editor del periódico local, no confía en Nightingale y comienza desde su diario una guerra contra él; y por otra, el tren, donde transportan al bandido -para más inri acusado de robar estos medios de locomoción-, será usado por éste para ridiculizar a los alguaciles y al marshall una vez consiga escaparse.

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El film de Douglas puede verse también como un western de política-ficción, parcela del mismo donde destacan cintas tan interesantes como Río Conchos (Rio Conchos, 1964) de Gordon Douglas. El propio Kirk Douglas reconocía la influencia en el film de los escándalos políticos que habían sacudido los USA en aquellos años, sobre todo el caso Watergate.

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Los justicieros del Oeste no fue ningún éxito, aunque la Paramount tampoco perdió dinero. Es más, aún hoy la siguen emitiendo de vez en cuando por televisión, ha sido editada en DVD por diferentes compañías y está disponible en plataformas digitales; y la crítica, por supuesto, la ha revalorizado una vez más al cabo de los años. Pero a Douglas, al terminar el rodaje, más que el peso del film de cara a la taquilla o a la crítica, lo que de verdad le seguía quemando por dentro era no haber podido interpretar en el cine a McMurphy.

Alfonso & Miguel Romero

[1] No era una idea del todo original, ya que en 1968 se había rodado una adaptación de la novela de Stevenson dentro de los parámetros del spaghetti-western con Entre Dios y el diablo/Anche nel west c’era una volta Dio, coproducción entre Italia y España dirigida por Marino Girolami y protagonizada por Gilbert Roland y Richard Harrison.

[2] Recuperado por Quentin Tarantino -quien lo ha incluido en los repartos de Django desencadenado (Django Unchained, 2012), Los odiosos ocho (The Hateful Eight, 2015) y Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time in … Hollywood, 2019)-, el inquieto Bruce Dern volvió a ser aclamado por crítica y público en 2013 por su interpretación de un anciano con alzhéimer en la aplaudida Nebraska (Nebraska) de Alexander Payne.

[3] Extraído de su autobiografía El hijo del trapero (Ediciones Grupo Z, 1988).

[4] Recordemos el monumental cabreo que cogió el Duque con Fred Zinnemann a raíz de la desmitificación que se apreciaba en Solo ante el peligro (High Noon, 1952), respondiendo -de forma algo tardía- con Río Bravo (Rio Bravo, 1959) de Howard Hawks. O, ya en los setenta, la carta que le escribió a Clint Eastwood tras el estreno de Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973), mostrando su disgusto con la película y su desacuerdo con la visión del western que mostraba en sus películas el protagonista de la “Trilogía del dólar”.

[5] Burt Lancaster y Kirk Douglas trabajaron juntos en siete filmes y, al parecer, el segundo siempre profirió un cierto amor-odio profesional hacia el primero. John Frankenheimer, que los dirigió en Siete días de mayo (Seven Days in May, 1964), comentaría que Douglas tenía muchos celos de su colega.

[6] El personaje fue creado expresamente pensando en el actor James Stacy. Sería el agente de Kirk Douglas quien le pidió a éste como favor que le diera trabajo en el film. Estrella televisiva, Stacy había tenido un terrible accidente en septiembre de 1973 mientras iba en moto con una chica: un conductor borracho les propinó un leve golpe, la muchacha falleció en el acto mientras el actor perdía la pierna y el brazo izquierdos. Su carácter se agrió y se hizo insoportable. Durante el rodaje de Los justicieros del Oeste fueron constantes sus enfrentamientos con Douglas, discutiendo más que sus personajes en la ficción.

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