Necrológica de Eduardo Fajardo

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Durante los pasados 3 y 4 de julio se vivieron momentos aciagos para el cine de género español. Y es que con escasas horas de diferencia nos dejaban tres de sus nombres más emblemáticos, a diferentes niveles. A la mediatizada muerte de Arturo Fernández y la de José Luis Merino, de la que ya nos hacíamos eco por aquí el pasado viernes, se le unía la de Eduardo Fajardo, quien fallecía a los 94 años de edad la madrugada del jueves en México, donde residía a caballo con Almería. Con él se va uno de los actores más prolíficos de nuestra escena, como atestiguan un abultado curriculum formado por más de ciento ochenta películas, setenta y cinco obras de teatro y más de dos mil intervenciones televisiva. Fue también, además, presidente del sindicato de actores. Una extensa trayectoria en la que destaca su trabajo dentro de las coproducciones de género que emprendiera nuestra industria desde mediados de la década de los sesenta hasta comienzos de los ochenta, y de las que el actor se convertiría en uno de sus intérpretes más característicos, alcanzando una fama a nivel internacional entre los seguidores de este tipo de cine.

Eduardo Fajardo nació el 14 de agosto de 1924 en la localidad pontevedresa de Meis. No obstante, cuando apenas cuenta con ocho días de vida su familia se traslada a La Rioja, donde Eduardo pasará su juventud, primero en Gimileo y después en Haro. Tras el fallecimiento de su padre, su madre funda una fábrica de productos lácteos en Santander, donde el futuro actor cursa el Bachillerato. Y es en la capital cántabra donde contrae el veneno de la interpretación, por lo que decide marchar a Madrid con tan solo dieciocho años para hacer realidad sus sueños. Sus primeros pasos en la profesión los hace como actor de doblaje, actividad que compagina con sus estudios para la carrera de leyes que, aunque finaliza en 1945, nunca llega a ejercer. Poco a poco va haciéndose un hueco en la profesión y, así, a sus labores de doblador se le une su entrada en las tablas escénicas como actor dentro de la compañía de María Fernanda Ladrón de Guevara. Por cierto que, como curiosidad, Fajardo contaba que le dieran el carné profesional obligatorio para trabajar como actor en el teatro tuvo que mentir y poner que era más mayor, ya que en aquel momento no tenía la edad mínima necesaria.

Eduardo Fajardo-Luis Prendes

Luis Prendes y Eduardo Fajardo en un fotocromo promocional de “Balarrasa”

Sin abandonar estas dos labores, su entrada en el mundo del cine se produce en 1946 en la película Dulcinea, si bien su primer papel importante no llega hasta un año después con Héroes del 95, film basado en la figura de Eloy Gonzalo. Poco después, la entonces todopoderosa CIFESA le contrata en exclusiva por un periodo inicial de un año que acabarían por prorrogarse hasta cuatro. En este tiempo, Eduardo interviene incorporando roles secundarios en algunos de los mayores éxitos del cine español del final de la Posguerra, caso de Don Quijote de la Mancha (1947), Locura de amor (1948), Alba de América (1951) o La leona de Castilla (1951), sin olvidar su participación fuera del abrigo de la popular compañía en Balarrasa (1951). Por su fuera poco, en este tiempo funda también su propia compañía teatral, que mantendría durante dos años, y continua como actor de doblaje. Y es, precisamente, ejerciendo esta última faceta cuando se produce un hecho que le cambiaría la vida. Él lo recordaba así: “cuando me encontraba en los Estudios Chamartín doblando la película Othello, alguien preguntó por ese joven que estaba doblando la voz de Orson Welles. Le dijeron que era un tal Fajardo, que llevaba pocos años en el cine. Este señor quiso conocerme y me invitó a cenar. En aquella cena me ofreció un contrato para irme a Méjico. Estuvimos hablando varios meses y al final decidí irme para allí[1].

Eduardo Fajardo-Esposa

Eduardo Fajardo junto a la que fuera su esposa, la también actriz Carmelita González

Eduardo Fajardo llega a México en 1953 con la intención de rodar una película sobre Hernán Cortes que finalmente no acaba por materializarse en previsión de los posibles problemas que podían surgir entre las diferentes ópticas española y mexicana sobre el personaje. Pese a lo que podría augurar este mal comienzo, lo cierto es que el actor español no tarda en hacerse un hueco en la industria del país azteca, debutando con Tehuantepec (1954), en la que coincide con Katy Jurado. No es la única gran estrella de la edad dorada del cine mexicano con la que coincide durante aquellos años. También lo hace con María Félix, Arturo de Córdova o el cantante Pedro Infante, quien fue el padrino de uno de sus hijos. No solo eso, sino que dentro de su faceta personal contrajo matrimonio con la popular actriz Carmelita González, con la que tuvo dos hijos y de la que después se separaría. En cuanto a su trayectoria profesional en el país norteamericano, que además de cine también comprendió teatro, radionovela y televisión, destaca su participación en dos clásicos mayúsculos del cine fantástico mexicano: La llorona (1960) y, sobre todo, la excepcional Macario (1960).

Eduardo Fajardo-Paco Martínez Soria-La ciudad no es para mi

Junto a Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”

Tras enviudar de su segunda esposa, Eduardo decide entonces regresar a España. Estamos a mediados de los sesenta, una época en el que nuestro cine está atravesando una de sus épocas más fecunda en lo que a la realización de número de films se refiere, alentado por la fiebre de las coproducciones con terceros países adscritas a la política de géneros. Aunque el actor frecuenta toda clase de estilos, desde comedias –La ciudad no es para mí (1966), Cuatro noche de bodas (1969)-, hasta películas de terror –El diablo se lleva los muertos/Lisa e il diabolo (1970) , La mansión de la niebla/Quando Marta urlò dalla tomba (1972), La cruz del diablo (1975)-, pasando por cintas de ciencia ficción –Trasplante de un cerebro/Crystalbrain, l’uomo dal cervello di cristallo (1970), Espectro (Más allá del fin del mundo) (1978)-, de euroespías –3S3, agente especial/Agente 3S3, massacro al sole (1966), 087, misión Apocalipsis/ Missione apocalisse (1966)-, de supercriminales –Asalto a la corona de Inglaterra (Come rubare la corona d’Inghilterra, 1967)-, bélicas –El largo día del águila/La battaglia d’Inghilterra (1969)-, giallos Una maleta para un cadáver/Il tuo dolce corpo da uccidere (1970), Coartada en disco rojo/I due volti della paura (1972), L’assassino è costretto ad uccidere ancora (1975)-, y hasta de gánsteres –Tiempos de Chicago/ Tempo di Charleston – Chicago 1929 (1969), ¡Viva América!/La vera storia di Frank Mannata (1969), Homicidios en Chicago (1969)-, si hay un género en el que Eduardo Fajardo se especializaría este es, sin duda, el del entonces populoso eurowestern. Tanto es así que entre 1965 y 1973 participa en casi una treintena de películas pertenecientes al estilo, donde desempeña por norma general roles de villano. Para no repetirse, el actor comentaba que para dar forma a este tipo de papeles se inspiraba cada vez en la psicología de un animal distinto.

Eduardo Fajardo-Django

Eduardo Fajardo como el Mayor Jackson en “Django”

De los distintos spaghetti-westerns en los que interviene, destaca por derecho propio uno de los títulos capitales del subgénero, la magistral Django (1966), donde daría vida a uno de sus papeles más recordados, el del racista Mayor Jackson. Una película de la que, por cierto, Eduardo Fajardo guardaba una curiosa anécdota, que a punto estuvo de terminar en desgracia: “El director Sergio Corbucci me puso la cámara delante y me dijo: ahora en este momento entra el bandido tal y lo van a matar, tú sólo tienes que mover los ojos. Yo iré disparando para que primero mires a tu derecha. Él metido en situación, no se dio cuenta y disparó pegándome todo el fogonazo en los ojos. Estuve quince días sin poder ver, y creyendo que no volvería a ver más[2]. Pese a este incidente, la colaboración entre el actor y el cineasta se prolongaría a lo largo de los años, lo que posibilitó que Fajardo formara parte del reparto de otros títulos tan destacados del spaghetti-western como Salario para matar/Il mercenario (1968), Los compañeros/Vamos a matar, compañeros (1970) o ¡Qué nos importa la revolución!/Che c’entriamo noi con la rivoluzione? (1972). Otra película a destacar dentro de sus andanzas por el western mediterráneo es El bandido Malpelo/ Il lungo giorno della violenza (1971), al contener uno de los escasos papeles protagonistas para la gran pantalla de toda su carrera.

Eduardo Fajardo-La Barraca

Como Tío Barret en “La barraca”

Lejos de resentirse, el final de la edad dorada del cine de género europeo a comienzos de los ochenta no repercutió en el febril ritmo de trabajo que venía desarrollando Eduardo Fajardo desde mediados de los sesenta. Algo a lo que contribuyó su participación en varias series producidas por Televisión Española que aún a día de hoy gozan de una gran popularidad, caso de Curro Jiménez (1976-1977), La barraca (1979), Los gozos y las sombras (1982), Tristeza de amor (1986) o Turno de oficio (1986). De ellas, guardaba un especial cariño a su papel de Tío Barret en La barraca, hasta el punto que llegó a bautizar a una de sus casas con el nombre de la novela de Vicente Blasco Ibáñez. Junto con sus apariciones en el medio catódico, el actor retoma su labor de doblador, mostrándose especialmente activo en los doblajes que se producen de forma masiva con la eclosión del video, y sin dejar de lado su trabajo para la gran pantalla. Fruto de ello es su aparición en títulos como Polvos mágicos (1979), La invasión de los zombies atómicos/ Incubo sulla città contaminata (1980), Hundra (1983), El exterminador de la carretera/Il giustiziere della strada (1983), Mordiendo la vida (1986) o Hermano del espacio/Fratello dello spazio (1988), tardía respuesta a ET, el extraterrestre (E.T. The Extraterrestrial, 1982) en clave cristiana, en la que Fajardo aparecería acreditado con el seudónimo de Edward Hamilton y que a la postre se convertiría en su último papel para la gran pantalla.

Eduardo Fajardo-homenaje

En los últimos años el actor había perdido la movilidad en sus piernas, por lo que debía de desplazarse en silla de ruedas. En la imagen, en una de sus últimas apariciones públicas, durante el homenaje que le brindó a finales de diciembre del pasado año el Almería Western Museo del Cine

Retirado en Almería, de donde era su última esposa, Fajardo dedicó sus últimos años de vida a un proyecto escénico inclusivo para personas discapacitadas llamado “Teatro sin barreras” que desarrolló en la provincia andaluza desde 2002. Mientras tanto, también tuvo tiempo de recibir numerosos homenajes por su trayectoria, entre los que figuran la Orden del mérito con la que le condecoró Juan Carlos I, la placa y medalla Ignacio de Monfort que le fue entregada en el Palacio Presidencial por parte del gobierno mexicano o la primera estrella del paseo de la fama de Almería, entre muchos otros. No obstante, los reconocimientos más importantes para él eran las cinco calles que llevan su nombre, repartidas en Almería, Roquetas de Mar, Mojacar, Málaga y Gimileo. Y es que, al final, “el villano no era tan villano”, como él mismo dijo en el emocionado discurso con el que agradeció el homenaje que le tributaba el Almería Western Museo del Cine el 29 de diciembre del pasado año.

Descanse en paz.

José Luis Salvador Estébenez

Eduardo-Fajardo

[1] Declaración extraída de “El hombre que siempre estuvo aquí”, entrevista realizada por Luis Alberto Cabezón García y publicada en el número 8 de “Belezos: Revista de cultura popular y tradiciones de La Rioja” (octubre de 2008), páginas 64-71.

[2] Ibídem.

Published in: on julio 7, 2019 at 2:24 pm  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Brillante obituario y brillante carrera la de Eduardo Fajardo. D. E. P.

  2. Se va uno de los grandes del spaghetti.
    DEP.


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