Bosque maldito

Bosque maldito

Título original: The Hole in the Ground

Año: 2019 (Irlanda, Bélgica, Finlandia)

Director: Lee Cronin

Productores: Conor Barry, John Keville

Guionistas: Lee Cronin, Stephen Shields

Fotografía: Tom Comerford

Música: Stephen McKeon

Intérpretes: Seána Kerslake (Sarah), James Quinn Markey (Chris), Kati Outinen (Noreen Brady), David Crowley (profesor), Simone Kirby (Louise Caul), Steve Wall (Rob Caul), Eoin Macken (Jay Caul). Sarah Hanly (Lil Jones), Bennett Andrew (doctor), James Cosmo (Des Brady), John Quinn (detective), Miro Lopperi (“cosa”), Stevie Greaney, Chloe Grogan, David McMahon..

Sinopsis: Sarah y su hijo Chris acaban de mudarse desde la ciudad a una pequeña población rural, instalándose en una aislada casa situada junto al bosque. Un día, tras discutir con su madre, el pequeño se adentra en el bosque cayendo aparentemente en un extraño agujero. Sin embargo, cuando regresa, Sarah comienza a albergar la idea de que el niño que ha vuelto no es en realidad su auténtico hijo.

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Una comparación muy evidente, o muy forzada, puede arruinar la experiencia personal de acercarse a cualquier manifestación artística. Entre la obra comparada y la que se compara siempre surge una dicotomía en la que una de las dos sale necesariamente mal parada: está el modelo original, que impone unas pautas, y luego el sucedáneo, que siempre tiene un regusto a marca blanca. A la primera se la intuyen méritos, mientras que las virtudes de la segunda sólo lo son en la medida en que se ponen en evidencia con los del objeto de culto. Las comparaciones son siempre odiosas porque conducen al prejuicio, predisponen al espectador (vamos a particularizar esa manifestación artística en un producto cinematográfico), y por lo general laminan la identidad de lo comparado.

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Bosque maldito (The Ground in the Hole, 2019) se ve afectado por esa injusta maldición (y maledicencia). El marketing se esfuerza por venderla como la Hereditary (Hereditary, Ari Aster, 2018) de 2019, dando así a entender que, como mínimo, esta película alcanza el nivel de aquella. Pero para que este axioma resulte eficaz tiene que basarse en un hecho incontrovertible: ¿es Hereditary efectivamente un buen ejemplo? O mejor dicho: ¿Es Hereditary el ejemplo (a seguir)? Dejaremos esa apasionante incógnita a merced del gusto y la conciencia de cada cual. A esta reseña, sentimos comunicarlo, no le interesa el frentismo ni el morbo; en ella sólo se citarán ejemplos cuando ayuden a la contextualización, no a la tendenciosidad. Por ese motivo iremos mucho más allá de Hereditary: existe tanto cine de terror previo que se puede hablar de ciertas tendencias.

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Por ejemplo: de madres e hijos. La maternidad es un tema muy querido dentro del género. El bagaje del lector seguramente recordará a madres en potencia o acto que han luchado encarnizadamente por defender a su progenie de fuerzas oscuras o de las sombras proyectadas por sus propios miedos. Sin afán globalizador, ahí tenemos a la frágil Mia Farrow de La semilla del diablo (Rosemary’s Baby, Roman Polanski, 1968), pero también a las madres desesperadas de The Babadook (The Babadook, Jennifer Kent, 2014), El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007) o Ouija 2 (Ouija 2, Mike Flanagan, 2016). La joven Sarah O’Neill (Seána Kerslake) se une ahora a ese club. Su personaje apenas aporta nada al prototipo de abnegada madre con problemas que se aferra a su hijo Chris (James Quinn Markey) como a un clavo ardiendo: bajo su desquiciamento se percibe el miedo real a ser una mala madre, a no saber estar en deuda con su pequeño por lo que ha sido seguramente un divorcio traumático. Bien llevado, y explorado, el tema de la maternidad puede dar para mucho en una película de terror y, de paso, como sucede en las buenas, para contar alguna que otra verdad sobre la vida. El insípido guión de Cronin hace que este tema sea sólo un punto de partida, la idea que ha dado lugar a la película, y por tanto su pretexto pero no su contingencia.

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En algo sí tiene razón el prejuicio o el marketing capcioso: Bosque maldito tiene en qué parecerse a otros títulos contemporáneos en su propensión por jugar con la ambigüedad. Cunde la impresión, tras ver algún que otro largometraje del género (incluso de manera no sistemática), que entre los creadores actuales hay un cierto deseo, o desesperación, por no resultar evidente al espectador. El cineasta suele jugar al despiste, al ratón y al gato, olvidándose en este toma y daca de una regla no escrita fundamental: nada nuevo hay bajo el sol. Lo que puede parecer muy rompedor resulta no ser más que una vuelta de tuerca de la vuelta de tuerca. Este defecto le pasa, y lastra, a Bosque maldito: en ese intento por la sorpresa, por no caer (como es muy de agradecer) en el burdo susto de tren de la bruja que es connatural en las producciones terroríficas más torpes, se enreda sobre sí misma, se lía, y no termina por llegar a ninguna parte. Al final, todo lo que ocurre es lo que nos decía nuestra intución desde el principio. Como en Trayectoria de búmeran de Agatha Christie, la solución estaba en nuestra primera sospecha.

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Véase que esta reseña, sin pretenderlo, ha caído en el defecto que antes denunciaba (la comparación), aunque con un matiz: lo deducido, que no interpretado o intuido, pues no hay lugar para ninguna de esas experiencias sensoriales, se ha debido tanto a un somerísimo conocimiento de las normas actuales que rigen un género en perpetua e histérica búsqueda de renovación (pretensión que no deja de ser hilarante cuando todavía en 2019 el slasher sigue funcionando bajo las reglas de 1978) como a la propia ineptitud de Lee Cronin, su debutante director.

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Cronin pertenece a esa generación, ya extensa, de directores que han pasado por una escuela. Su estilo técnico es impecable: la factura de su fotografía, el acabado de su iluminación, las aristas de su banda sonora… Todos los detalles grupales que conforman una película, y que no son competencia exclusiva de un director, pero en los que éste tiene la última palabra, funcionan bien, porque hoy los cineastas salen de sus clases de cine como si hubiesen cursado un MBA: bien preparados en la teoría y en su aplicación práctica. Lo malo, para ellos, es que la realidad tiene poco que ver con el ambiente de las aulas. Sus clases hoy día suelen ser los cortometrajes, lo que supone una formación perversa, por distorsionada: preparar un corto no tiene mucho que ver con hacer una película, a pesar del convencimiento de que la única diferencia entre uno y otra se deba a su duración; que se lo digan a Andy Muschietti. Bosque maldito, presentada en Sundance, meca del cine independiente, a principios de este año, es una una película cuyo visionado no molesta pero tampoco hechiza, preciosa, y vacua. Entretenida pero sin personalidad: un producto enlatado de los que enseñan a cocinar en los mejores MBAs.

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El cine de terror puede ser ambiguo y hacer de esa ambigüedad una herramienta, pero nunca puede pretender hacer de ella un fin. Cuando se confunde el continente por el contenido termina sucediendo como en Bosque maldito: que a fuerza de querer ser lo que no es termina siendo aquello a lo que no quiere parecerse. Esto es, al enésimo film con monstruo innecesario. Alguien debería decirles a los futuros cultivadores del terror cinematográfico que aprendan de Stan Winston y su magnífica Pacto de sangre (Pumpkinhead, 1988): el monstruo no da menos miedo por aparecer a cámara desde el principio. Es más, identificarlo a veces sirve para aumentar nuestro nivel de amenaza o alarma, y nos ahorra además mucho tiempo muerto. Pero qué vamos a saber nosotros sin ponernos a prejuiciar una película que aspira a distanciarse de todas las que, en el fondo, no puede evitar semejarse.

Joaquín Torán

Published in: on julio 19, 2019 at 5:58 am  Dejar un comentario  
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