In-Natural

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Título original: The Stuff

Año: 1985 (Estados Unidos)

Director: Larry Cohen

Productores: Paul Kurta, Barry Shils, Larry Cohen

Guionista: Larry Cohen

Fotografía: Paul Glickman

Música: Anthony Guefen

Intérpretes: Michael Moriarty (David ‘Mo’ Rutherford), Andrea Marcovicci (Nicole), Garrett Morris (‘Chocolate Chip’ Charlie W. Hobbs), Paul Sorvino (coronel Malcolm Grommett Spears), Scott Bloom (Jason), Danny Aiello (Vickers), Patrick O’Neal (Fletcher), James Dixon (cartero), Alexander Scourby (Evans), Russell Nype (Richards), Gene O’Neill (científico), Catherine Schultz (camarera), James Dukas (trabajador de la compañía del gas), Peter Hock (Minero), Colette Blonigan (madre de Jason), Robert Frank Telfer (padre de Jason), Brian Bloom (hermano de Jason), Harry Bellaver (minero viejo), Beth Tegarden (chica del laboratorio), Ann Dane (anfitriona), Rutanya Alda (psicóloga), David Snell (doctor), Edward Power (ejecutivo), Nick Taylor (ex-agente del F.B.I.), Daniel Antonovich (dueño de tienda), Heidi Miller (chica en franquicia), Marilyn Staley (guía de tour), Adrianne Sachs (ayudante de estudio), John Newton (Howard), Harvey Waldman (portero), Nicolas De Toth (Griswald), Bobbie Burns (secretaria), Gretchen Ullman (receptionista), Jery Hewitt (policía estatal), Lisa Crosby (chica Stuff), Christine Angelica (chica Stuff), Brooke Adams (estrella invitada especial en anuncio de “The Stuff”), Laurene Landon (estrella invitada especial en anuncio de “The Stuff”), Tammy Grimes (estrella invitada especial en anuncio de “The Stuff”), Abe Vigoda (estrella invitada especial en anuncio de “The Stuff”), Clara Peller (estrella invitada especial en anuncio de “The Stuff”)…

Sinopsis: Un minero descubre una extraña sustancia blanca que emana de la tierra. Al probarla, comprueba estupefacto que sabe realmente bien. Poco después, dicha sustancia se está comercializando, como postre, bajo el nombre de “The Stuff”. Con el tiempo, la población empieza a hacerse adicta al consumo de dicho producto, y algunas personas empiezan a experimentar extraños efectos secundarios.

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Larry Cohen en una imagen promocional de la película

Según contaba Larry Cohen, In-Natural (The Stuff, 1985) surgió como un proyecto completamente independiente y que, a partir de su premisa algo disparatada, empezó a buscar financiación hallándola en la New World, la ex-productora de Roger Corman, que le proporcionó el presupuesto completo para realizar la película, y más o menos, le dejó la libertad necesaria para llevarla a cabo. Por otro lado, no sería nada desatinado afirmar que el terror que nos propone el tenaz cineasta en no pocas de sus películas procede de las mismísimas entrañas. En este sentido, con In-Natural tenemos uno de los ejemplos más gráficos. En propias palabras del director neoyorquino: “La idea principal del film es el consumismo y la codicia de las empresas de Estados Unidos, que venden productos dañinos. Precisamente, no era nada raro leer algunas noticias en los periódicos sobre la venta de estos productos[1]. Recordemos que el consumismo —o, lo que es lo mismo, la compra o acumulación de bienes y servicios considerados no esenciales— empieza su temible andadura a lo largo del siglo XX como consecuencia directa del propio capitalismo y la aparición de la publicidad. Y aunque la historia de la película originalmente se centra en la problemática de la venta de productos perjudiciales, a lo largo de los últimos años el consumismo ha ido creciendo de forma vertiginosa, comprometiendo los recursos naturales y la sostenibilidad del planeta, por lo que la cinta ha cobrado una nueva dimensión en este sentido y ahora es más reivindicada que nunca por su mensaje manifiestamente anti-consumista.

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Pero no solo el tema del consumismo se encuentra presente en sus imágenes. En las escenas del chico protagonista junto a su familia, se observa una crítica sobre la proliferación de la comida basura también. La familia va progresivamente apartando, e incluso arrojando a la basura, la comida sana (fruta, zumos, leche o las tostadas) a favor de tan adictivo postre, el cual no es otra cosa que el fiel reflejo de esa comida manipulada, con formas muy inteligentes, en su sabor y olor, para que no pare de ser consumida. Aquí encajaría como anillo al dedo una frase que Mo, el personaje principal, pronuncia: “La gente empieza a comer y pierde el control de la mente”. A este respecto no puede pasarse por alto como la curiosa inclusión de los anuncios comerciales sobre el producto “The Stuff” a lo largo del metraje parece poseer una doble función; por un lado visualiza la escalada imparable del producto en los hogares de los consumidores —además de tener un extraño efecto delimitador en la narración—; por otro, da la sensación de que están dirigidos a nosotros mismos, los espectadores, como hipotéticos consumidores en potencia, invitándonos al mismo tiempo a realizar cierto proceso autorreflexivo. Como simple anécdota cabe apuntar que, un par de años después, en Robocop (Robocop, 1987) aparecerían unos anuncios de semejante estilo, impregnados de un corrosivo y delicioso humor negro, aunque despojados de la pátina más reflexiva.

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No estamos ante la típica película de terror —algo que puede chocar de entrada al espectador—, ya que la aparición de bastantes aspectos humorísticos provoca que podamos también circunscribirla dentro del género de la comedia. El film no mantiene una atmósfera verdaderamente asfixiante ni terrorífica, como por ejemplo sí existe en la admirable ¡Estoy vivo! (It’s Alive, 1974). Se podría apuntar que es un film más cerebral que visceral, en el sentido de que el espectador debe estar más atento que de costumbre para poder percibir esa sátira que cubre a modo de manto todo el metraje. Eso no quita para que la película mantenga gran parte de las constantes del cine de su autor: humor, suspense, cierta desvergüenza, sentido del delirio, crítica, desenfado, diversión o ese toque algo desaliñado. Todo ello al servicio de un divertido cóctel de lo más heterogéneo, donde se dan cita anti-héroe, masas devoradoras, posibles comunistas, empresas voraces, zombis, consumismo, paranoia militar, invasión, etc. Y donde su pátina satírica es precisamente una de las grandes fortalezas de la función.

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Sin ir más lejos, en In-Natural vuelve a aparecer el gobierno norteamericano en el punto de mira de las críticas vertidas por parte de Cohen. Empezando con la F.D.A. (la agencia del gobierno de los Estados Unidos, responsable de la regulación de alimentos y medicamentos entre otros), que ya fuera blanco de las críticas en la citada ¡Estoy vivo! De este modo, se deja caer el poco control que existe en la regulación de los alimentos comercializados —el miembro de la F.D.A., al que da vida Danny Aiello, comenta la existencia de irregularidades y ciertos sobornos, que llega a tildar casi como de algo corriente—. Además, ¿existe mejor forma para reflejar esta falta de control que la de narrar la comercialización de un producto que, una vez extraído del suelo, termina ¡directamente! en los supermercados? Irónicamente, hay algo totalmente cierto en la publicidad del “The Stuff”: ¡No lleva ingredientes artificiales! Pero ni mucho menos es el único palo que se da. También los hay, por ejemplo, dirigidos contra la mala gestión de la guerra de Vietnam por parte de la administración norteamericana, a través de un diálogo entre el joven Jason y el coronel. Da la impresión de que esta pulla es reforzada, poco después, con unas palabras pronunciadas por parte del personaje de Mo, sobre la futilidad de un ejército cuando el enemigo a combatir, de alguna manera, eres tú mismo.

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Para dar vida al personaje protagonista, Mo Rutherford, Cohen volvió a contar con Michael Moriarty tras su entonada colaboración en Q, la serpiente voladora (Q, 1982). Su papel es el de un tipo arrogante, seguro de sí mismo, sobrado y que se vanagloria de haber sido expulsado del F.B.I., así como de ganarse la vida con el espionaje, el sabotaje e incluso el chantaje. Un individuo sin ningún tipo de problema a la hora de admitir lo que hace, y que lo hace por dinero. En definitiva, todo un anti-héroe sureño —no pocas veces podemos entrever sus llamativas botas— directo e irreverente, que sabe ganarse a las mujeres y que se maneja a las mil maravillas con pirañas de todo tipo de tamaños, logrando con ello la simpatía del espectador.

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Junto con él, uno de los personajes más interesantes y divertidos de la película es el coronel Malcolm Grommett Spears, al que da vida de forma muy solvente el actor Paul Sorvino. Militar paranoico, mujeriego y un tanto sobón, se ha retirado junto a su propio ejército a un lugar apartado influido por el temor de una dudosa invasión comunista, mientras se preparan para la llegada de ese día. Su personaje no tiene desperdicio alguno, y posee algunas de las líneas de guion más divertidas, como aquella donde espeta: “Dejaré que este hombre de color hable por la emisora, pero si dice algo sobre el partido comunista o suelta algo en clave, le vuelo la tapa de los sesos”, en relación al personaje de Charlie Chip Chocolate —es curioso que el bueno de Spears no va nada desencaminado—. O aquella donde, después de que Mo le intenta convencer que la comercialización del helado es una artimaña comunista para dominar las mentes norteamericanas, suelta: “Parece un discurso mío en el Día de Acción de Gracias”. O cuando se define de pequeño: “No le gusto a la gente. De pequeño era el más fuerte, listo y guapo pero nada… La gente quiere a alguien débil, porque es como ellos. Vendió —por Nicole— la imagen de esa mierda blanca, ¡ahora véndame a mí!”. Y tiene otras tantas, pero no es cuestión de atiborrar con más citas al estimado lector, y que sea éste el que las (re)descubra.

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Precisamente, tras haber hecho frente al postre viviente, el coronel Spears invita al pueblo norteamericano a través de las ondas hertzianas a rebelarse contra la ingesta y comercialización de tan extraño producto, en un momento que parece evocar vagamente a aquel final esperanzador de La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel, título cuya influencia, dicho sea de paso, se hace extensible a otros aspectos del film, pese a que Cohen llegara a negar semejante posibilidad. Mientras tanto, los insaciables jefazos de la empresa productora de “The Stuff”, quienes ya habían preparado algo nuevo para comercializar —en realidad, el mismo producto con casi el mismo collar, ¿tan idiotas somos los consumidores?—, terminan por recibir una buena dosis de su propia medicina. Parece que, finalmente, el mundo ha vuelto a ser salvado. O quizás no. ¿Quién sabe?

Jesús Mayoral Velázquez de Castro

[1] Larry Cohen. The Stuff of Gods and Monsters, por Michael Doyle. Albany (Georgia), BearManor Media, 2016; pág. 370.

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