It’s Alive III: Island of the Alive [vd/dvd: La isla de los vivos]

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Título original: It’s Alive III: Island of the Alive

Año: 1987 (Estados Unidos)

Director: Larry Cohen

Productor: Paul Stader

Guionista: Larry Cohen

Fotografía: Daniel Pearl

Música: Laurie Johnson

Intérpretes: Michael Moriarty (Stephen Jarvis), Karen Black (Ellen Jarvis), Laurene Landon (Sally), James Dixon (teniente Perkins), Gerrit Graham (Ralston), Macdonald Carey (juez Watson), Neal Israel (Dr. Brewster), Art Lund (Dr. Swenson), Ann Dane (Dr. Morrell), William Watson (Cabot), C.L. Sussex (Hunter), Patch Mackenzie (Robbins), Rick Garia (Tony), Carlos Palomino, Tony Abatemarco (cubanos), Gladys Portugues, Joanne Lara (camareras), Bobby Ramsen, Jill Gatsby, Kevin O’Connor, John Woehrle, Lauri Riley, Marilyn Staley, Mitchell Edmonds, Elizabeth Sanders, Richard Duggan, Steven Alan Green, Kathleen Conway, Lynda Clark, Dan Rycerz, Edward Shils, Charles Vandergrift III, Jackie Swanson, Katja Crosby, Paul Stader Jr., Michael Reingold, Dawn Wildsmith…

Sinopsis: Por orden judicial, todos los bebés mutantes nacidos por el empleo de un producto anticonceptivo son enviados a una isla desierta. Años después, Stephen Jarvis, el padre de uno de los niños, es contratado por un grupo de científicos que deciden cazar a uno de ellos en la isla para analizarlos, estudiarlos y ver cómo evolucionan.

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Larry Cohen había conocido al veterano André de Toth (1913-2002) durante la colaboración de ambos en El cóndor (El condor, 1970, John Guillermin), en la cual Cohen era el guionista y De Toth el productor. Desde entonces ambos hombres se mantenían en contacto y en muy buena relación, y a mediados de los 80 andaban juntos tramando un remake de la película más famosa del cineasta de origen húngaro: Los crímenes del museo de cera (House of Wax, 1953). En esta ocasión, André de Toth iba a ejercer (de nuevo, como en El condor) de productor, y la dirección y el guion iban a ser de Cohen, que proponía una historia muy parecida a la de la película original que protagonizó Vincent Price, solo que añadiendo elementos de meta-cine, ya que en esta ocasión el escultor de las figuras de cera fabricaba muy realistas figuras de grandes estrellas de Hollywood, como Marilyn Monroe o Humphrey Bogart, según contaba el propio Cohen en su biografía en forma de entrevistas Larry Cohen: The Stuff of Gods and Monsters (BearManor Media, 2015). Intentaron venderle la idea a Warner Bros, propietaria de los derechos de la película de 1953, pero el estudio no estuvo interesado, con lo que éste pasó a la larga lista de proyectos nunca realizados. En cambio, los ejecutivos de la productora de Burbank le propusieron a Cohen una colaboración con Warner Home Video, su división de producciones directas para el mercado doméstico a la que le interesaba sobre todo distribuir secuelas. Cohen aceptó, a condición de que le financiasen no una, sino dos películas, que rodaría prácticamente en paralelo. Y de ese acuerdo surgieron tanto A Return to Salem’s Lot [vd/dvd: Regreso a Salem’s Lot, 1987] como It’s Alive III: Island of the Alive [vd/dvd: La isla de los vivos, 1987]. No era la primera vez que Larry Cohen mutualizaba dos rodajes, ya en 1984 lo había hecho con Special Effects [tv/vd/dvd: Efectos especiales] y Sin salida (Perfect Strangers). En palabras del cineasta: “con lo que estaban pagando por película, la única manera de que te salieran los números era venderles dos procurando que a ti te costase hacerlas solo como una y media[1]. Así que ambas duplas coinciden en la reutilización de buena parte de reparto, equipo técnico e incluso localizaciones.

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Si iba a volver al mundo de bebés mutantes, tenía que ser para darle a la historia una conclusión”, dice Cohen en la antecitada biografía, y eso es exactamente La isla de los vivos. Retomamos la historia unos años después de donde la dejamos en It Lives Again [vd/dvd: Sigue vivo, 1978]. Las medidas de “contención” al fenómeno del nacimiento de bebés monstruosos no han funcionado, se entiende que las feroces criaturas han continuado viniendo al mundo, y que la opinión pública ya está perfectamente al corriente. El prólogo de la película, que es una de sus mejores escenas, lo resume estupendamente: una mujer va a dar a luz en un taxi con ayuda de un policía, que nada más ver al recién venido al mundo, justo antes de morir, grita con horror: “¡Es uno de ellos!”. El miedo se ha extendido entre la población, las familias afectadas se sienten señaladas, y salen acusatoriamente en televisión como si fueran culpables de un pecado. Mientras tanto, un caso ha llegado ya a los Tribunales: frente al Estado representado por la fiscalía (Gerrit Graham, el inolvidable Beef de El Fantasma del paraíso) que pide sacrificar a los mutantes como animales rabiosos, Stephen Jarvis (Michael Moriarty), el padre de uno de estos niños mutantes, defiende su inocencia y su derecho a la vida como bebés. El juicio es con diferencia la mejor escena de la película, la más icónica, la única que realmente recuerdas cuando han pasado muchos años desde que viste la película. El fiscal trata de valerse de un cruel ardid: trae al propio hijo de Jarvis a la sala, y le reta a que “si es su inocente bebé”, que lo coja. Pero el tiro le sale por la culata, ya que Jarvis, en un momento de claro entendimiento y compenetración con la criatura, consigue manejarla y convencer al juez (experimentado, excelente y muy característico secundario Macdonald Carey) de su inteligencia e indefensión, y consigue que éste dictamine su derecho a la vida: en lugar de matarlos, se les transportará a un islote desierto en donde vivan y crezcan en libertad, sin que nadie se meta con ellos, pero sin que puedan hacer daño tampoco.

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El 2 de octubre de 1985 había muerto Rock Hudson, convirtiéndose en la primera estrella internacional que moría víctima del SIDA, y aquello había puesto la enfermedad en la portada de todos los medios, que hasta entonces lo habían tapado, en cierta medida, por ser una enfermedad que parecía afectar solo al “submundo”. Lo que muestra la primera media hora de La isla de los vivos es el comentario de Larry Cohen acerca de lo que está viendo a su alrededor. Los padres de los bebés mutantes representan a los enfermos de SIDA, sobre los que la sociedad, temerosa al no saberse todavía demasiado sobre la enfermedad y su contagio, aplica un cordón sanitario a base de discriminación y hostilidad. Hay un momento en que Stephen Jarvis entabla una relación con una prostituta (la scream queen Laurene Landon). Todo va bien, ella está disfrutando de la compañía del hombre, su cara le resulta familiar, pero él es actor de comerciales, por lo que tal vez se deba a eso. Entonces, de pura casualidad averigua que él es el Stephen Jarvis “padre del monstruo”, y su actitud cambia. Aterrada, se desespera al pensar que ha mantenido sexo con él (¿puede acaso lo de tener hijos monstruosos ser contagioso?), y le acusa de degenerado. “Degenerado”, la acusación que se les lanzaba a las víctimas del SIDA cuando todavía había sectores ultracatólicos que pensaban que se trataba del castigo ideado por dios para sodomitas y viciosos.

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La salomónica solución judicial en sí, carente de espíritu jurídico verosímil, asemeja a la práctica histórica de aislar a los enfermos en leproserías. En una encuesta realizada en los Estados Unidos a mediados de los 80, casi el 50% de la población creía conveniente que los enfermos de SIDA tuvieran tratamientos en alas aparte en los hospitales. Y porcentajes muy similares señalaban que tendrían serias reticencias si tuvieran que trabajar con alguien enfermo con este síndrome. Como alegato en favor de aquellas personas, diré que por entonces aún no se conocía el grado de dificultad exacto de propagación de la enfermedad, y había toda clase de leyendas sobre contagios por besos, por compartir vasos o por haber rozado la herida de un enfermo con la piel desnuda. Hoy sabemos que nada de eso contagia el SIDA, pero el ser humano es tan peligroso cuando no sabe que cuando es vil. En La isla de los vivos Stephen Jarvis lo ha perdido todo, marcado como un apestado, proscrito para siempre. No falta tampoco el comentario crítico sobre la mercantilización del sufrimiento y la vida privada, tanto en los programas televisivos de tipo talk show (no es difícil imaginar los carteles sobreimpresos, tan típicos de estos formatos, que le pondrían desde producción a un hombre con la historia de Stephen Jarvis) como en el mercado editorial que busca las memorias con salseo o carnaza.

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Lamentablemente, todo esto que merece la pena de It’s Alive III tiene lugar en sus primeros veinticinco minutos de metraje, el tramo que sigue la línea sucesoria sobre lo visto en Estoy vivo y Sigue vivo, con sus subtextos sociales y escenas tan emblemáticas como el prólogo, el juicio o Jarvis con la prostituta. A partir de ese momento, la película entra en barrena y no vuelve a recuperarse, resistiéndose a cualquier intento por mi parte de rescatar alguna idea que pudiera resultar de interés, o alguna escena que pudiera suscitar emoción.

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Los bebés crecen en su particular “Parque Jurásico”, no en vano ambas películas se filmaron en la misma isla del archipiélago hawaiano: Kauai. Unos tipos pagados por la farmacéutica y encabezados por el siempre característico William Watson, actor especializado en villanos que además vivía por entonces en Hawai, tratan de buscar a las abandonadas criaturas con muy malas intenciones, en la que es una de las peores y más tontas escenas de toda la película. Naturalmente, encuentran una muerte merecidamente atroz. A continuación, nos enteramos de que el juez que puso a salvo a los mutantes ha fallecido, y a raíz de eso también desde el gobierno se plantean una expedición a la isla, solo para comprobar cómo va todo. A este viaje se apunta nuestro protagonista, por supuesto. Una vez allí, en otra escena nuevamente muy tonta, los mutantes acaban con la expedición y les roban el barco, con papá Jarvis (no olvidemos, uno de los monstruos es su hijo) de prisionero/invitado. Los mutantes se dirigen a Florida, cuando lleguen a la costa sin duda habrá un baño de sangre, y solo el protagonista podrá evitarlo, con alguna ayuda totalmente inesperada.

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Lo primero que pierde el tono en la película es el género, que deriva vagamente hacia el cine de aventuras ligeras con ráfagas gore cuando atacan los monstruitos, y abrazándose a un sentido del humor negro que permanece exacerbado todo el metraje, mucho más que en las anteriores películas. Este sentido del humor descansa esencialmente en el personaje protagónico de Jarvis y su continuo sarcasmo, sustanciado en una interpretación de Michael Moriarty muy pasado de rosca, lejos de su excelente papel en La serpiente voladora (Q, 1982). Michael Moriarty sería la mejor encarnación del héroe “coheniano”, llegando a colaborar con el director hasta en cinco ocasiones. A La serpiente voladora le había seguido In Natural (The Stuff, 1985), y también estaba en Regreso a Salem’s Lot, la película hermanada con La isla de los vivos. La quinta colaboración ya fue mucho después, en el episodio de la serie Masters of Horror que dirigió Cohen: Trayecto al infierno (Pick Me Up, 2005). Dice Moriarty que le gustaba trabajar con Larry Cohen sobre todo por su sentido del humor, que era al parecer muy parecido al suyo. En La isla de los vivos, Cohen le deja hacer lo que quiera, incluso cantar sin venir a cuento (Michael Moriarty tiene como principal afición, o como segunda carrera, la música), y el actor abusa, seguramente consciente de que el material que tiene entre manos es malo, y tratando al menos de sacarle diversión. El resultado dista mucho de lo que probablemente era su idea, y su personaje acaba resultando un tanto cargante.

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La isla de los vivos falla estrepitosamente justo en todas las escenas en la susodicha isla. El pulso aventuresco no lo tiene, y tampoco funciona como monster movie, ya que los mutantes parecen extras de un capítulo de la serie original de Star Trek. Aunque en el primer tramo de la película se conserva el diseño de Rick Baker para los bebés de las anteriores películas, cuando éstos crecen son reemplazados por enanos culturistas con prótesis y mucho maquillaje. Cuentan siempre la misma anécdota, de cómo uno de estos especialistas casi se ahoga en la escena en que uno de los mutantes ataca a Neil Israel (que aquí es actor, pero al que conocíamos como director de “clásicos” como Loca academia de conductores o guionista de Escuela de genios o Loca academia de policía) mientras se baña en una catarata: el peso de las prótesis bajo el agua tiró del hombre hacia abajo, y al final fue el propio Israel quien en lugar de víctima, tuvo que bucear para rescatarlo. Respecto a las escenas en las que las criaturas son bebés, por otro lado, aquí están resueltas mediante secuencias en stop-motion, de un nivel técnico muy dudoso, más bien burdo, pero no exento de (involuntaria) gracia.

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Imperdonablemente no mencioné todavía a la estrella más importante de la película: Karen Black (La trama de Hitchcock, Pesadilla diabólica, Invasores de Marte versión Hooper, Trilogía de terror, etc). Este descuido mío se debe a que en realidad aquí su papel es meramente secundario. Seguramente porque era la que tenía el caché más caro (más que Moriarty, por ejemplo), tiene pocas escenas en toda la película. Y todavía existe un montaje de la película en el que aún falta una de ellas (y la escena de Moriarty con Laurene Landon también es más corta). Aquí, de rubia, interpreta a la ex mujer de Stephen Jarvis, madre por lo tanto de uno de los monstruos. Personaje poco elaborado, entendemos que está en una especie de bloqueo, entre el dolor y la culpa, del que no sale hasta la escena final. Otros actores cuyas caras pueden sonarnos (y recuerden que ya mencioné a Macdonald Carey) es el de James Dixon, el único actor que sale en las tres películas de la serie interpretando al mismo policía. Y como anécdota, tiene un cameo Elizabeth Sanders, la esposa de Bob Kane, el creador de Batman.

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El final es un correcalles, con mutantes no tan malos como cabría esperarse, y un desenlace insólitamente feliz (dentro de lo que cabe), que rompe con la tendencia de las anteriores películas y nos deja con una imagen de esperanza. El papel que juega Cuba en cierto momento de la trama, por cierto, todavía no me lo explico. Según el propio Larry Cohen: “La película habla de cómo juzgamos y decidimos quién es el enemigo. Este es bueno, ese es malo. (…) Esta idea está alineada con la intervención de los cubanos, que se supone que son los malos, son peligrosos. A los estadounidenses nos cuentan todo el rato que son nuestros enemigos.” Hasta cierto punto, compro la idea: el gobierno cubano vendría a ser una suerte de analogía de aquello que, como los propios bebés mutantes o como sus familiares, nos hacen sentir amenazados por meros prejuicios. Pero al mismo tiempo, el mismo hombre que en sus películas pone en duda al sistema y sus agentes, parece venir a indicar que tal vez estamos siendo injustos respecto a esos mismos agentes precisamente en el caso totalitario de un régimen como el cubano. ¿O es que, señor Cohen, solo tiene críticas y escepticismo con los sistemas democráticos?

En conclusión: La isla de los vivos da perfectamente la medida de lo mejor de Larry Cohen en su primer tercio, y de lo peor en el resto; pero en cualquier caso cierra una historia que habíamos empezado a conocer trece años antes.

Javier Ludeña Fernández

[1] Todas las declaraciones del presente texto están sacadas del citado Larry Cohen: The Stuff of Gods and Monsters.

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