Howard, un nuevo héroe

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Título original: Howard the Duck

Año: 1986 (Estados Unidos)

Director: Willard Huyck

Productor: George Lucas

Guionistas: Willard Huyck y Gloria Katz basado en el personaje de Steve Gerber para Marvel Comics

Fotografía: Richard H. Kline

Música: John Barry, Thomas Dolby

Intérpretes: Lea Thompson (Beverly), Tim Robbins (Phil Blumburtt), Jeffrey Jones (Dr. Walter Jenning), Ed Gale (Howard), Chip Zien (voz de Howard), Richard Edson (Ritchie), Holly Robinson Peete (K.C.), Dominique Davalos (Cal), Liz Sagal (Ronette), Tim Rose (Howard), Mary Wells (Howard), Peter Baird (Howard), Steve Sleap (Howard), Lisa Sturz (Howard), Jordan Prentice (Howard), Virginia Capers (Cora Mae), Paul Guilfoyle (Welker)…

Sinopsis: Desde un lejano planeta de forma ovoide llega a la Tierra, teletransportado debido a un error de cálculo en un laboratorio espacial, un pato antropomórfico que dice llamarse Howard. Es acogido en casa de Beverly, una joven que es vocalista de un grupo de rock. Cuando el doctor Jenning intenta devolverle a su planeta, una energía diabólica del experimento lo atrapa, transformándole en el terrible Señor de las Tinieblas. Howard será el único que se interpondrá entre esta malvada criatura y la destrucción de la humanidad.

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A nadie le vendrá de nuevas que actualmente, en el seno del denominado género fantástico, se ha instalado confortablemente dentro del imaginario colectivo, echando además unas más que sólidas raíces, un (digamos) subgénero en el que los superhéroes son los principales protagonistas de la función. Sobre todo, los de la editorial que el recientemente fallecido Stanley Martin Lieber -más conocido por su nombre comercial, Stan Lee- llevó a la fama junto a grandes artistas del sector como los insustituibles Jack Kirby o Steve Ditko, entre muchísimos otros: Marvel Comics. La actual popularidad del llamado Universo Cinematográfico Marvel no sólo ha creado una nueva línea de producto -fundamentada en una agotada y reiterada fórmula que paradójicamente no desgasta al público más generalista- para sus actuales propietarios, una Disney cada día más acaparadora del entertaintment mundial, sino que ha creado a un nuevo tipo de fandom que sigue casi con fervor religioso cada una de las nuevas y taquilleras entregas de este nuevo, al menos en el cine, universo de ficción. Sin embargo, la adaptación (no entraremos en detalle en el hecho de si es más o menos fiel al material original) a la gran pantalla de personajes provenientes de las viñetas no la ha inventado Kevin Feige, CEO de Marvel Studios. Desde los albores de la creación de estos héroes de papel allá por los años cuarenta del siglo pasado, su traslación a otros medios -radiofónicos o televisivos- ha sido constante debido a su gran potencial entre el público más joven, a través de seriales radiofónicos, series de televisión y telefilmes que culminaron con el debut por todo lo alto de lo que un servidor considera el zénit de dicho subgénero, la inconmensurable Superman (Superman, 1978) de Richard Donner. Un proyecto no carente de polémica -sobre todo centrado en las difíciles relaciones entre el director de La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976) y los pérfidos productores, Ilya y Alexander Salkind-, pero que demostró que se podía ofrecer un producto serio, verosímil y respetuoso -bastante alejando del tono camp de su precedente más cercano, la naif serie de Batman (Batman, 1966-1968) protagonizada por Adam West- con el que maravillar a grandes y pequeños y, de paso, llenar las arcas de los estudios. Su éxito -sumado al del fenómeno cultural y social que supuso la aparición de los denominados blockbusters– propició todo lo que llegó después, es decir, las posteriores aventuras cinematográficas del Hombre Murciélago que se iniciasen con la trascendente Batman (Batman, 1989) de Tim Burton para continuar con las primeras oleadas, ya en los noventa y primeros dos miles, de adaptaciones de todo tipo de personajes, tanto de Marvel Comics como DC Comics y otras editoriales independientes, que acabarían desembocando en los dos grandes pilares actuales: el aparentemente fallido Universo Cinematográfico de DC y el homónimo y triunfante hasta el momento de Marvel/Disney.

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Sin embargo, la actual notoriedad de la que disfrutan los poderosos Vengadores, nuestro amigo y vecino trepamuros o ese hechicero supremo defensor de nuestro plano dimensional llamado Stephen Strange (el Doctor Extraño para aquellos que llevamos ya un tiempo inmersos entre viñetas) no ha sido exactamente un camino de rosas. Ya desde la década de los setenta Stan Lee dio cuenta del potencial de los mass media y puso de su parte para que muchas de las propiedades intelectuales de la Casa de las Ideas tuvieran su propia adaptación, ya fuera en formato animado como a imagen real, con algo más de pena que gloria. De ahí surgieron aquellas series que muchos de los aficionados más veteranos recordamos con nostalgia. Productos para la pequeña pantalla como aquellos cartoons de la Primera Familia Marvel, los Cuatro Fantásticos, o ficciones televisivas como la protagonizada por el actor Nicholas Hammond haciendo las veces de un bisoño Peter Parker o la creada por Kenneth Johnson -creador también de todo un fenómeno de masas ochentero como fue V (V, 1983-1985)- en la que el famoso culturista Lou Ferrigno daba vida al Increíble Hulk (o La Masa, que es como lo conocíamos aquí en España). Producciones no exentas de cierto éxito, unas más que otras, pero que se quedaban muy lejos de las expectativas generadas en los aficionados al denominado arte secuencial. Durante la década de los ochenta, siempre mirando de reojo las aventuras en celuloide del Hombre de Acero de la distinguida competencia, Marvel no dejó de lado esa voluntad de llevar al cine las andanzas de cualquiera de sus personajes. De ahí surgirían proyectos que nunca llegaron a ver la luz como la película del Hombre Araña de la Cannon (con Tobe Hooper como director en su fase más temprana) o la cinta del Castigador (Vengador [Punisher, Mark Goldblatt, 1989]) protagonizada por Dolph Lundgren y producida por la New World Pictures, aquella productora especializada en el cine de bajo presupuesto fundada en 1970  por el mítico Rey de la Serie B, Roger Corman, que en aquella época era la propietaria de la editorial. Pero, a pesar de todo, el personaje de Marvel Comics que ostenta el honor de haber sido el primero en ser adaptado a la gran pantalla no fue uno de los más icónicos de la factoría de cómics americana. No fue Spiderman, no fueron los Cuatro Fantásticos, no fue el Capitán América, ni siquiera fue la Patrulla X. La primera adaptación Marvel llevada al cine, entendiéndola como super producción propiamente dicha, fue la basada en las aventuras de cierto palmípedo que sí gozó de cierta popularidad -y polémica- en los setenta, pero que nunca ha sido un primer espada dentro del panteón de personajes de La Casa de las Ideas. Me refiero, por supuesto, a Howard, el pato. Curiosamente, yendo de la mano, nada más y nada menos, de todo un grande del cine mainstream, el creador de una de las sagas cinematográficas más influyentes del cine moderno y que más fans -y fanáticos- ha generado dentro del Séptimo Arte, el infatigable George Lucas.

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Howard fue creado por Steve Gerber, una de las voces más críticas dentro del cómic comercial norteamericano, presentándolo en 1973, en el número 19 de la revista Adventure into Fear, una de esas publicaciones con las que la Marvel Comics quería hacerse un hueco en ese nicho de mercado que suponía el terror. Una colección posiblemente menos popular que otras series homólogas como Tomb of Dracula o Werewolf by Night, pero que contó con el protagonismo de dos personajes de creación propia como son el vampiro Morbius y el Hombre-Cosa, the Man-Thing, la versión de La Casa de las Ideas de La Cosa del Pantano que crease Lein Wein para DC Comics[1]. Cuando Gerber, proveniente del underground secuencial, recayó en Adventure into Fear, tomó las riendas de la colección desatando su desorbitada e hiperbólica imaginación, relatándonos como el pantano en el que moraba esta criatura era realmente un nexo de diferentes realidades alternativas con objeto de presentarnos su peculiar visión del terror y la ciencia ficción, siempre desde un prisma en el que destacaba su gusto por lo bizarro y lo weird, lo extraño. Una forma de hacer uso del género siempre con conciencia, con mensaje social y moral, que llegaría a sus cotas más altas en la colección propia de Howard tras su presentación y rápida muerte, por orden del editor marvelita Roy Thomas, en las diversas revistas del Hombre-Cosa, el citado Adventure into Fear número 19 y la primera entrega de The Man-Thing. Sin embargo, la diosa Fortuna debió bendecir la suerte de nuestro pato favorito puesto que la editorial recibió una avalancha de cartas de lectores -recordemos que en los setenta no había redes sociales, ni twitter, ni plataformas de protesta a lo change.org- ávidos de más aventuras de esta versión macarra del Pato Donald[2], de este palmípedo fumador de puros y mal carácter proveniente de DuckWorld.

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Fue de esta forma como consiguió su título propio en 1976, Howard the Duck, y aquí su creador hizo que su criatura fuera el vehículo ideal para poner voz a todas sus protestas y reivindicaciones. Haciendo del pato de las viñetas como altavoz, Gerber tanto podía reírse del medio para el que trabajaba como mostrar su total discordancia con la realidad política de la América que le tocó vivir. Realmente, no podemos hablar de un nivel de transgresión como el del Gato Fritz de Robert Crumb, pero sí que lo rozaba, lo lograba arañar, dentro de los parámetros permitidos por una editorial mainstream como era -y es- Marvel Comics. Habría que añadir que Gerber pudo disfrutar el lujo de ser su propio editor en un momento, los setenta, en el que en Marvel reinaba un cierto caos editorial. Es así como se podía permitir que en la colección de Howard se coqueteara con la incorrección y la crítica sociopolítica del momento se alzara como principal bandera en un producto que, en principio, iba destinado a un público joven. Todo ello salpicado con ese bizarrismo que define perfectamente la obra de Gerber. Es decir, en el discurrir de sus aventuras, Howard se veía envuelto en extraños entuertos, historias de espada y brujería al más puro estilo de la creación más famosa de Robert E. Howard, Conan, se enfrentaba a enemigos tan dispares como el Hombre Nabo, una vaca vampiro, el monstruo de Frankenstein hecho de galleta de jengibre o una rana de gigantescas proporciones, así como luchando por el amor de su interés romántico, su despampanante e inseparable compañera Beverly Switzler. Sinceramente, una delicia de cómic que no podría más que recomendar dado su alto nivel de calidad. Todo ello sin haber mencionado todavía al artista que se hiciera con el apartado gráfico de la colección desde su cuarto número, el increíble Gene Colan, uno de los mejores ilustradores del medio que forjó su estilo personal haciéndolo totalmente reconocible. Un dibujo basado en un espectacular dominio de la figura humana y un brillante uso del claroscuro al que otorgó un dinamismo poco convencional. Sin duda, un placer para la vista.

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La popularidad con la que gozó Howard en los setenta, llegando incluso a tener presencia en la prensa nacional estadounidense gracias a las tiras cómicas dominicales, lo convirtieron en todo un icono en su época. No es de extrañar que un joven y desconocido hasta el momento George Lucas fuera uno de esos aficionados que disfrutaban con las aventuras de este pato venido de una dimensión alternativa. La idea de adaptar las andanzas de Howard a la gran pantalla era algo que el director de La guerra de las galaxias (Star Wars Episode IV: A New Hope, 1977) ya rumiaba durante el rodaje de su segunda película, American Graffiti (American Graffiti, 1973), y fue así como les presentó la idea a sus compañeros de universidad y guionistas de la cinta protagonizada por Richard Dreyfuss, Gloria Katz y Willard Huyck, al enseñarles los tebeos de Howard. El matrimonio Katz/Huyck formó parte de ese grupo de profesionales del medio que se aglutinó alrededor de las figuras de Lucas y de su gran amigo Steven Spielberg, formando una especie de cuadrilla, una suerte de sospechosos habituales, dentro del mainstream de la época. Ciertamente no todos han disfrutado de la misma fortuna ni has saboreado las mieles del éxito. Por un lado, podemos destacar a figuras como Frank Marshall, Kathy Kennedy, Ron Howard o Lawrence Kasdan como aquellos a los que sonrió la providencia, mientras que, por el otro, a Katz y Huyck no les fue tan bien como al resto de sus homólogos. Sin embargo, ambos colaboraron con Lucas, con y sin acreditación en algunos de sus proyectos, llegando a firmar el libreto de la segunda entrega del arqueólogo más conocido del Séptimo Arte, el Doctor Indiana Jones, en Indiana Jones y el Templo Maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984), una cinta con un tono marcadamente muy diferente a las del resto de la saga. Sin embargo, el propósito de llevar a cabo una película sobre el pato más subversivo del arte secuencial no parecía interesar a nadie hasta que, por avatares del destino, los astros parecieron alinearse a mediados de los ochenta. Tras el estreno de la última entrega de las aventuras de Luke Skywalker, El retorno del Jedi (Star Wars Episode VI: Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983), George Lucas se encontraba en una difícil situación económica. Su línea de juguetes de “una galaxia muy, muy lejana” comenzaba a dejar de ser tan lucrativa como antaño y la costosa construcción del Rancho Skywalker, sede de Lucasfilms, sumada a los gastos que devendrían de su inminente divorcio, tenían al famoso magnate del cine agobiado por las deudas. Necesitaba, tanto como el aire que respiraba, un nuevo éxito comercial con el que levantar cabeza. Por su parte, Katz y Huyck seguían empeñados en llevar a cabo esa idea que Lucas les metió en la cabeza una década antes, una película de Howard el pato, y que lamentablemente no lograban vender a ningún estudio. Finalmente apareció una oportunidad con una de las majors con más trascendencia dentro de la historia del cine, la Universal Pictures. Dos de sus figuras más emblemáticas e importantes en ese momento, Sid Sheinberg y Frank Price, dieron luz verde al filme[3] con la única condición, llevados por el afán de emular los éxitos de la competidora Paramount con las andanzas del Doctor Jones, de que George Lucas estuviera involucrado en el mismo. Pese a que éste, en una fase primeriza del proyecto y tras desechar la idea de realizar una cinta de animación (debido a las presiones del estudio), tuvo la intención de que el filme lo dirigiera su amigo John Landis -el cual no estuvo interesado en ningún momento en el mismo-, accedió finalmente a trabajar con sus antiguos compañeros y delegar la dirección en Willard Huyck. Universal no tenía programado ningún blockbuster para el verano de 1986 y todos los participantes tenían la certeza de que con la adaptación de este personaje de cómic apenas conocido por el público de masas coetáneo darían la campanada. Por supuesto, Marvel Comics estaba encantada de que uno de sus personajes, aunque no fuera uno de los más representativos de la editorial, fuera llevado a la gran pantalla con una súper producción de estas características[4].

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La película de Howard el pato nos relataría como, de una forma totalmente misteriosa, nuestro palmípedo protagonista acababa arrastrado involuntariamente desde su apacible mundo, DuckWorld (o Patolandia, como se tradujo en la versión doblada al castellano), hasta nuestro planeta, concretamente en la ciudad de Cleveland, Ohio, un lugar con un aspecto postapocalíptico como pudiéramos haber visto en cintas como Los amos de la noche (The Warriors, Walter Hill, 1979) o Calles de Fuego (Streets of Fire, Walter Hill, 1984). Caído del cielo, aterrizará de la más desastrosa de las maneras en las inmediaciones del local de mala muerte en el que Beverly, una joven cantante, actúa en vivo con su banda, las Cherry Bombs. Tras salvarla de un intento de agresión sexual por parte de dos especímenes de lo que el cine ochentero consideraba como punks, la chica y el pato comenzarán una relación de amistad en la que ambos intentarán averiguar las razones de la llegada de Howard a la Tierra. Todo ello aderezado con ingredientes que van desde la comedia ligera con elementos un tanto salidos de tono para un público infantil, acción desenfrenada, ciencia ficción bizarra y un cierto toque de terror cósmico lovecrafiano (muy light) que convierten a esta producción en un pastiche dotado de esa mixtura de géneros que tan bien funcionó en los ochenta. Por supuesto, la producción de Howard, un nuevo héroe (Howard, the Duck, Willard Huyck, 1986) se concibió como la de un blockbuster, como la de un taquillazo, con la que llenar las arcas de sus implicados y, como diría John Hammond en Parque Jurásico (Jurassic Park, Steven Spielberg, 1993), no se reparó en gastos. Lucas puso a trabajar a la imaginería de su Industrial Light & Magic en los efectos especiales del filme poniendo destacado interés en el aspecto de su figura principal, Howard. No cabe duda que hoy día, como ya pudimos ver en la escena post-créditos de Guardianes de la galaxia (Guardians of the Galaxy, James Gunn, 2014), se haría uso del CGI para intentar hacer real a esta antropomórfica ave de la familia de las Anatinae. Sin embargo, y pese a ejemplos de inserción de elementos notables en producciones de la época como el caballero de la vidriera de El Secreto de la Pirámide (Young Sherlock Holmes, Barry Levinson, 1985) o los títulos de crédito de Dentro del laberinto (Labyrinth, Jim Henson, 1986) -curiosamente también producida por Lucas- dicha técnica, resultante de la aplicación de la infografía y, más específicamente, de los gráficos 3D generados por ordenador en las películas, estaba completamente en pañales. Es por ello que se echó mano de los efectos prácticos de toda la vida y a Howard le daría vida un actor de talla pequeña -combinado con otros especialistas e incluso un niño- dentro de un disfraz. Completaría el atuendo una máscara animatrónica operada a distancia por un técnico, entre los cuales se encontraba Timothy M. Rose, aquel que diera vida al popular Almirante Ackbar, aquel veterano Mon Calamari que liderara el último ataque a la Estrella de la Muerte visto hasta dicha fecha. El actor Ed Gale -quien también diera vida después a Chucky, nuestro muñeco diabólico favorito- sería el encargado de darle gestualidad y movimiento a Howard dentro de un carísimo traje de dos millones de dólares que le dio más de un disgusto durante el transcurso del rodaje[5].

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En lo referente al resto del reparto, podemos destacar en primer lugar la participación de una jovencísima Lea Thompson que acababa de saltar a la fama definitivamente tras su paso por la mítica Regreso al futuro (Back to the Future, 1985) de Robert Zemeckis donde había enamorado a propios y extraños con su interpretación de Lorraine Gaines, la madre del sempiterno viajero temporal Marty McFly. Sin embargo, la carrera de Thompson hasta entonces no deja de ser interesante. Antes de la cinta de Zemeckis, la pudimos ver en la fallida entrega en 3D de la saga Tiburón (El gran tiburón [Jaws 3D, Joe Alves, 1983]) y en la interesantísima cinta de John Millius Amanecer rojo (Red Dawn, 1984) luchando codo con codo con el resto de sus compañeros wolverines contra las fuerzas comunistas en una ficticia invasión soviética a los Estados Unidos de América. La actriz llegaba a la producción de Howard imponiéndose a otras candidatas a su papel como Cindy Lauper o Tori Amos, ya que la voluntad de los productores era que una cantante de verdad pusiera cara al interés romántico de nuestro patuno protagonista. Thompson, la cual interpreta junto al resto de chicas componentes del imaginario grupo The Cherry Bombs -de fuerte semejanza a The Bangles-, tuvo que cantar todas las canciones que el popular músico synth pop Thomas Dolby -famoso en la época por su hit She Blinded Me With Science– compuso para la película. Destacar que junto al soundtrack firmado por Dolby, el score del filme fue encargado a un grande de la música del cine, John Barry. Bajo amenaza de ser doblada en post producción por parte de la Universal, Lea Thompson puso un interés extra en dicho cometido, así como en las coreografías de sus actuaciones con objeto de lo más creíble posible. Sobra decir que logró superar el reto con creces. Junto a ella, otra cara reconocible del cine de la época, la del actor Jeffrey Jones. Él es el malvado de la función y encarna al Dark Overlord -Señor de las Tinieblas del Universo-, una especie de fuerza primigenia de destrucción al más puro estilo lovecrafiano con forma de escorpión de proporciones titánicas -animada con stop motion por toda una institución de la técnica, Phil Tippet- que acabará poseyendo el cuerpo del personaje interpretado por el popular actor.  Sin duda, la década de los ochenta fue el cénit de su carrera antes de que su vida privada y sus más que polémicas y cuestionables filias sexuales la enturbiaran y la condenaran prácticamente al ostracismo. Visto en notables producciones como Amadeus (Amadeus, 1984) de Milos Forman o la simpática Bitelchús (BeetleJuice, 1988) de Tim Burton, muchos recordamos su papel como el incansable director Edward R. Rooney en Todo en un día (Ferris Bueller’s Day Off, 1986), una de las imprescindibles comedias adolescentes del grandísimo John Hughes. Y completando el resto del elenco, tenemos a un desconocido, por aquel entonces, Tim Robbins en un papel que viene a ser un histriónico comic relief y que el protagonista de Cadena Perpetua (The Shawshank Redemption, Frank Darabont, 1994) recuerda[6], entre risas, que le permitió trabajar para George Lucas, algo que propició su posterior participación en el film Cinco esquinas (Five Corners, Tony Bill, 1987), así como también le proporcionó un buen dinero con el que producir varias obras de teatro.

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En cuanto a la película propiamente dicha, se debe señalar en primera instancia que nos encontramos ante uno de los muchos productos que surgieron en la década de los ochenta que no se ajusta a un solo género, sino que hace de su mixtura al respecto seña de identidad. De esta forma, y sobre todo en este tipo de producciones con aspiraciones a reventar taquillas, era habitual ver cintas que combinaban sin pudor alguno el terror o la ciencia ficción con la comedia ligera o familiar con objeto de rebajar las calificaciones por edades[7] y, por consiguiente, que un mayor número de personas tuvieran acceso a la película. No dudo que la intención inicial de sus responsables fuera esa, pero Howard, un nuevo héroe no acaba de situarse en esa franja. El filme de Huyck se sitúa en una especie de tierra de nadie debido a que, por un lado, es demasiado absurda, infantil, naif como para tomársela en serio por parte de un público adulto mientras que, por el contrario, hay elementos, bromas y chanzas demasiado subidas de tono como para que un niño no sólo pueda comprenderlas (algo que daría totalmente igual si lo extrapolamos a cualquier producción de Pixar, por ejemplo), sino verlas. De hecho, durante la totalidad del metraje parece que la cinta no encuentra su lugar, dando como resultado dos partes totalmente diferentes. La primera mitad vendría a ser una especie de esas comedias picantes -pasada por un filtro en el que solamente seremos testigos de los bizarros desnudos patunos del inicio- que abundaban en los videoclubes, donde las bromas subidas de tono y el lenguaje soez se superponían al resto. Ya sea en el pub de los punks, cuando nuestro pato palpa el muslo de una fémina en plenos preliminares sexuales en un callejón, el episodio en el que Howard intenta picotear el trasero de su funcionaria laboral en la oficia de empleo o la escena del precario trabajo de nuestro protagonista en una sauna prostíbulo[8] son estampas tan propias de productos semejantes de la época tipo Porky’s (Porky’s, Bob Clark, 1981) o Los incorregibles albóndigas (Meatballs, Ivan Reitman, 1979), que se hace un tanto cuesta arriba la asimilación infantil de los mismos. Todo ello sin mencionar el coqueteo, el juego de seducción, existente entre el personaje de Lea Thompson y su palmípedo compañero. Para la posteridad quedará la escena en ropa interior de la actriz que encarnó a la madre de Marty McFly dejando de lado toda implicación moral y zoofílica que pueda extraerse y a las que un servidor apenas da importancia debido a que nos encontramos ante una obra de ficción en la que el tono empleado hasta el momento da pie a una guasa de tales características[9]. Sin embargo, después la cinta toma la directa y se mete de lleno en lo que sería una cinta de aventuras y acción con ciertos toques de horror muy lights. Toda la parte final, digna del terror cósmico de H.P. Lovecraft, desemboca en una serie de set pieces muy dinámicas -como toda esa larga secuencia de la persecución policial al ultraligero dirigida por la segunda unidad comandada por Joe Johnston o el enfrentamiento final con el Señor de las Tinieblas del Universo entre un Howard ataviado con unas estrafalarias ropas que pueden recordar al Doctor Who interpretado por Tom Baker y el monstruo magníficamente animado con stop motion– que confieren a la cinta un ritmo trepidante que nada tiene que envidiar a otros productos mejor considerados por el fandom.

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Si nos centramos en el material original en el que se basa la cinta, muchas de las críticas de aquellos que llegaban fascinados por la obra de Gerber se centraban en el aparente desvío respecto al cómic. La película producida por Lucas se aleja formalmente de la historia de las viñetas para encontrar su propio camino. Toma los elementos más intrínsecos del personaje -viene de otro mundo, es un extraño en el nuestro- además de detalles más bien nimios como, por ejemplo, el del “cuack-fu” despojándolo del sentido crítico que poseía en los cómics de Steve Gerber para convertirlo en un elemento de guasa, en un chiste. Cierto es que todo ese componente de crítica social y política explícito en el tebeo de los setenta no lo encontramos en primera línea. No es el objetivo de la película. La cinta de Huyck tiene el principal cometido de entretener y llenar salas de cine, no denunciar sucesos como el Watergate, la violencia en las películas de artes marciales o la política editorial de las grandes factorías de entretenimiento secuencial norteamericanas. Pese a ello, podemos encontrar, no sé si llamarlo componente de protesta, pero sí una cierta voluntad de mostrar las catastróficas consecuencias de la coetánea carrera armamentística y espacial en plena Era Reagan entre los Estados Unidos y la URSS, así como los peligros de la experimentación con fuerza desconocidas. Pero, claro, todo de una forma tan diluida entre chistes de patos, alusiones sexuales entre especies y bromas zafias que difícilmente podríamos tomárnoslas en serio. Tan en serio como otro tema que se toca de forma superficial como es el aterrizar de lleno en la vida adulta, en la fase de las responsabilidades y la presión externa, sobre todo familiar, a la hora de encauzar una vida que se adecue a los estándares sociales. Howard no es sólo un outsider en nuestro planeta, sino que en el suyo también se encuentra igual de desplazado. Es difícil dar credibilidad total a estas ideas si dos minutos después una joven sexy en ropa interior se abalanza sobre un pequeño actor metido dentro de un animatrónico disfraz de pato. Pero son ideas válidas que están ahí y ahí perduran.

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Como todos sabemos, Howard un nuevo héroe fue un fracaso. Su presupuesto se estimaba entre los treinta y cuatro y treinta y seis millones de dólares. En Estados Unidos solamente logró recaudar dieciséis millones pese a que pensaban que contaban con un pelotazo. De cara a su distribución por el resto de mercados, se optó por añadir la coletilla de “Un nuevo héroe” sustituyendo a “The Duck” con intenciones mercantilistas debido al desconocimiento del personaje por parte de los espectadores europeos, así como el hecho de que fuera un pato alejara aún más al potencial público. De hecho, incluso en los pósteres promocionales los personajes humanos aparecían en primer término mientras que a Howard se le relegaba a un segundo y ensombrecido plano. Lamentablemente, a nivel mundial, tan sólo veintiún millones más subieron al marcador. De este modo, la cinta que tenía que solucionar los problemas financieros de George Lucas se hundió y el creador del Universo Star Wars tuvo que desprenderse de muchas de sus propiedades y activos. Entre ellos, una recién inaugurada división de animación por ordenador de Lucasfilm, que Steve Jobs adquirió por un precio muy superior a su valor de mercado, como favor a su amigo Lucas, y que acabó convirtiéndose en Pixar Animation Studios. Pese a todo, pese a su fracaso, pese a que ese año los Razzies se cebaran con la cinta del pato Howard, la película disfruta actualmente de un status de peli de culto que no deja indiferente a nadie. O la amas o la odias. Y esos son sentimientos de los que pocas producciones puedan presumir. De hecho, incluso Lea Thompson que, durante mucho tiempo se arrepintió de haber participado en la producción, se pasea por convenciones de cómics y les dice a los fans que le encantaría poder dirigir un remake de la película de Willard Huyck. Howard, un nuevo héroe es un producto que no tiene igual y que sólo se podía haber realizado en la época en la que se hizo. No es sólo una película de culto, sino una película que se adelantó a su época. Una obra maestra del cine trash con la que un servidor se maravilla con cada visionado. Larga vida a Howard.

José Manuel Sarabia

[1] Ambos personajes, tanto La Cosa del Pantano como Man-Thing, tiene orígenes muy parecidos. Ambos eran científicos que, trabajando en secreto para desarrollar fórmulas con objeto de mejorar la biología humana, acaban convirtiéndose en un monstruo antropomórfico de origen vegetal. Sus primeras apariciones datan del mismo año, pero con un espacio de tiempo tan pequeño que hace descartar la idea de plagio. Man-Thing apareció por ver primera en el número uno de Savage Tales (Marvel Comics), con fecha de mayo de 1971, mientras que La Cosa del Pantano hacía lo mismo en el número 92 de la colección The House of Secrets (DC Comics) de julio del mismo año. ¿Casualidad? Se suele decir que Len Wein y Gerry Conway, co-creadores de La Cosa del Pantano y Man-Thing respectivamente, eran algo más que conocidos y que mantenían una relación y trato frecuente. Es probable que, en una de sus tertulias, intercambiaran opiniones acerca de la posibilidad de éxito de un monstruo de tales características. Sin embargo, el monstruo del pantano más antiguo de la historia del cómic y del que beben tanto la criatura de DC como la de Marvel se llamó The Heap, apareciendo en la revista Airboy, propiedad de Hillman Periodicals, en 1942 y fue creado por Bill Woolfolk y Carmine Infantino.

[2] La Casa del Ratón Mickey consideraba que Howard era una zafia parodia del Pato Donald. La cosa llegó tan lejos que Disney se querelló contra Marvel demandando que Howard fuera rediseñado y que llevara pantalones. Finalmente, un acuerdo entre ambas partes enfriaba los ánimos y una cláusula impuesta por Disney impedía que el personaje pudiera cambiar de aspecto sin su consentimiento.

[3] Cuenta la leyenda que Sheinberg y Price tuvieron una discusión a golpes tras el fracaso de la película. Ninguno de los dos quiso asumir la responsabilidad de haber dado luz verde al proyecto. Frank Price, responsable de grandes éxitos tanto para Columbia como para Universal, abandonó el estudio meses después.

[4] Las aspiraciones de Marvel de llevar a uno de sus personajes al cine se reducía al proyecto de la Cannon de Spiderman. Menahem Golan y Yoram Globus, dueños y señores de la Cannon Films se hicieron con el personaje por 225.000 dólares en el 85 con la intención de hacer una película. En un primer momento, el proyecto recayó en las manos de Tobe Hooper. Para horror de Stan Lee, la película se parecía más al concepto de La Cosa del Pantano (recientemente adaptada por Wes Craven en aquel momento) que al del Trepamuros de toda la vida que todos conocemos. Peter Parker, un fotógrafo que se gana la vida como puede, ya no recibe el mordisco de una araña, sino que es víctima de una radiación creada por un villano de turno, un mad doctor llamado Zork. Peter acabará convirtiéndose en una araña gigante que tendrá que luchar contra las hordas de mutantes creadas por el malo para la ocasión.

[5] Los prostéticos utilizados para cubrir el cuerpo de las hasta ocho personas que se metieron en el disfraz de Howard eran realmente molestos y dificultaban la movilidad. Ed Gale llegó a quejarse de que los guantes utilizados para emular las “manos” de Howard le provocaron lesiones en los dedos. La máscara animatrónica -la primera utilizada sin cables- también tenía grandes inconvenientes. El primero de ellos era que reducía drásticamente la visibilidad. El pequeño actor tuvo que memorizar sus movimientos debido a que no veía por donde caminaba. Tampoco se escuchaba su voz. Es por ello que la voz de Howard se añadió finalmente en postproducción siendo el actor Chip Zien quien diera voz a nuestro palmípedo protagonista. La voz y el movimiento del pico de la máscara no se corresponde en muchos momentos del metraje.

[6] Declaraciones del actor en: https://www.mandatory.com/culture/942359-interview-tim-robbins-perfect-day-howard-the-duck

[7] Es curioso comprobar que, mientras en los Estados Unidos la película obtuvo una calificación PG13, es decir, para niños menores de 13 años bajo la supervisión de un adulto, en nuestro país fue recomendada para todos los públicos.

[8] Gerber fue separado de su criatura por culpa de una sauna. Marvel Comics sustituyó a Steve Gerber por el guionista Marv Wolfman cuando el primero incluyó una casa de masajes (sauna, prostíbulo, como queramos llamarlo) en una de las tiras de prensa dominicales del personaje. Pese a que no se mostraba nada explícita ni gráficamente, Marvel recibió varias protestas de grupos conservadores y religiosos y tomó tal determinación con el creador de Howard. El incluir la sauna en la película es un guiño a esta historia.

[9] Pese a ello, recordemos en el cómic Howard y Beverly mantienen una relación romántica.

Published in: on agosto 26, 2019 at 6:04 am  Comments (1)  
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  1. Reblogueó esto en Weird Sci-Fi Showy comentado:
    ‘Howard, un nuevo héroe”, una de mis películas favoritas de todos los tiempos. En La abadía de Berzano podéis leer unas líneas que le he dedicado a esta palmípeda criatura creada por Steve Gerber y llevada al cine gracias a George Lucas, dando como resultado una cinta de culto total. Espero que sea de vuestro agrado.


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