Tarzán y el tesoro kawana

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Título original: Tarzán y el tesoro kawana

Año: 1975 (España)

Director: José Truchado

Productora: Profilmes

Guionista: José Truchado

Fotografía: Francisco Sánchez

Música: Tradicional nativa de Costa de marfil

Intérpretes: Richard Yesteran [José Luis Ayestarán] (Tarzán), Loreta Tovar [acreditada como Loreta Tower] (Caroline), Carlos Tristán (Parker), Frank Braña (Jack), Isabel Luque (Elisabeth), Luis Induni (Berenson), Cris Huerta (Christopher Malcolm), Antonio Rebollo [acreditado como Tony Skios]…

Sinopsis: El profesor Parker, su hija Caroline y el aventurero Jack encabezan una expedición al interior de África. En principio, su objetivo es científico, aunque en realidad lo que persiguen es apoderarse unos enormes brillantes ocultos en el territorio de la tribu de los kawana. Pero además de enfrentarse a los aborígenes, los expedicionarios también deberán hacerlo con Tarzán.

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Hacia finales de los sesenta el cine de género europeo vivió una oleada de títulos de aventuras selváticas protagonizada por personajes ideados a imagen y semejanza de Tarzán, la popular creación de Edgar Rice Burroughs, tanto masculinos como femeninos. Aunque esta práctica no era para nada nueva en el cine del Viejo Continente, localizándose varios precedentes a comienzos de los cincuenta —y, de hecho, esa costumbre ya venía de la literatura pulp y del cómic—, dicha eclosión estaría estrechamente ligada al cierre con Tarzán y el niño de la jungla (Tarzan and the Jungle Boy) en 1968 de la franquicia sobre el rey de los monos producida por Sy Weintraub y que, salvando las distancias, venía a ser la heredera de las míticas películas de Johnny Weismuller, lo que animaría a que numerosos realizadores del viejo continente se lanzaran a crear sus propios sucedáneos aprovechando el vacío existente y dando forma a un movimiento que igual que apareció desapareció sin dejar ni rastro. Aunque en términos cuantitativos fue la industria italiana la que se mostró más activa en la realización de este tipo de productos, nuestro país tampoco fue ajeno al fenómeno, manufacturando la nada despreciable cantidad de siete títulos, si bien algunos realizados en régimen de coproducción con Italia.

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Con la salvedad, por razones obvias, del díptico sobre la amazona Kilma que dirigiera Miguel Iglesias Bonns, los representantes españoles contarían con la particularidad respecto a sus émulos trasalpinos de bautizar originalmente con el nombre de Tarzán a sus personajes protagonistas, debido a una mayor laxitud de los derechos de autor del personaje en nuestro país. Un ciclo que se cerraría con Tarzán y el tesoro kawana (1974), segunda parte del díptico dedicado al personaje por la mítica Profilmes, e iniciado un año antes con Tarzán y el misterio de la selva (1973). De ella retomaría al encargado de dar vida al hombre mono, José Luis Ayestarán, en arte Richard Yestaran, figurante y especialista que, sin ir más lejos, prestaría su físico al superhéroe titular de Supersonic Man (1979), si bien su mayor logro se encuentre en haber sido el doble de acción de Arnold Schwarzenegger en la magistral Conan el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982) de John Millius. Junto con Ayestarán, el resto del reparto se nutre en sus papeles principales de varios habituales del cine de género español de la época, caso de Loreta Tovar —acreditada como Lorena Tower— e Isabel Luque por la parte femenina, y los ubicuos Frank Braña, Luis Induni y Cris Huerta, por la masculina.

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A pesar de tratarse del debut tras las cámaras de su director y guionista, el hasta entonces actor José Truchado, la película no escapa del planteamiento derivativo latente en el resto de aportaciones patrias al cine del rey de la jungla. Algo que es enunciado desde la nimia y arquetípica peripecia argumental propuesta, con el aludido grupo de expedicionarios tras la pista del tesoro que da título a la película, entre los que no faltarán las traiciones y deslealtades por hacerse con el botín una vez este sea localizado y recuperado, mientras que Tarzán ocupa un papel pasivo en la historia, como guardián de la selva y desfacedor de entuertos. Como se puede ver, todo de lo más manido y previsible. Tanto es así que el único elemento que escapa de lo rutinario de la propuesta consiste en el hecho de que, al contrario de sus congéneres, su rodaje se llevara a cabo en tierras africanas. Más concretamente, en localizaciones naturales de Costa de Marfil.

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Sin embargo, lo que en un principio debiera interpretarse como algo positivo, lejos de jugar a favor de la película acaba por erigirse en un verdadero hándicap. Y es que, de forma premeditada o no, consciente o inconscientemente, el afán de sus responsables por sacar partido del plus de realismo que otorgaba la filmación en verdaderos parajes africanos —y que les llevó a poblar la banda sonora con auténticos ritmos marfileños grabados in situ—, hacen del desarrollo de Tarzán y el tesoro kawana una interminable sucesión de exóticas danzas tribales, planos en la selva y nativos saludando a cámara, carentes de cualquier función dramática, ya no digamos narrativa, cuya proliferación acerca al conjunto al terreno del documental más que al del cine de ficción al que teóricamente pertenece. La cosa llega al punto de que la película tenga el raro mérito de estar narrada en su mayoría a base de planos recurso, quedando relegada la trama argumental propiamente dicha a un tercio del metraje, y eso siendo generosos.

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Ni qué decir tiene que esta concentración de la trama repercute en que esta sea apenas esbozada de un modo burdo y superficial, carente no solo de una mínima progresión dramática, sino siquiera de la más elemental definición de los personajes, en la mayoría de los casos intercambiables unos con otros. El único esfuerzo en este sentido se encuentra en la inclusión al comienzo y el final de la cinta de sendas intervenciones en clave humorística de un mono (¿será Chita?), a modo de narrador de la historia. Una idea que, bien mirada, puede verse como un adelanto del surrealismo que protagonizarán las dos colaboraciones de Truchado con Antonio Ozores a finales de los ochenta, las comedias paródicas El equipo Aahhgg (1989) y Canción triste de… (1989), con las que a la postre se cerraría su filmografía como director. No obstante, lo más probable es que el concurso de dichas escenas obedeciera a un desesperado intento de estructurar y conferir algo de coherencia a tan amorfo desaguisado, por más que en última instancia su presencia lo único que haga es elevar el ya de por sí elevado nivel de psicotronía reinante.

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En vista de lo expuesto, cabe preguntarse a qué hay que achacar la responsabilidad de tan desastrosos resultados. ¿Se debe a la posible inexperiencia de su novel director, o a las consecuencias derivadas de las dificultades a las que pudo enfrentarse su rodaje? A decir del testimonio de José Luis Ayestarán, la culpa la tendría la escasez de medios dispuestos para la confección de la película. “El presupuesto era fatal. El guion era maravilloso, pero luego no se pudo hacer nada”, explicaba en la entrevista publicada en el canal de Youtube “The Running Ham”[1]. Como muestra, el también culturista pone el caso de una escena en la que Tarzán debía pelear contra el cocodrilo que atacaba al personaje interpretado por Loreta Tovar mientras esta se bañaba en un río, y que hubo de ser abortada una vez el reptil de cartón piedra construido a tal efecto entró en contacto con el agua y se deshizo. El problema es que dicha escena pervive en el montaje definitivo, con la ausencia, claro está, de los planos de la refriega entre Tarzán y el cocodrilo, creando una sensación de lo más ridícula, con el rey de la selva sacando del río a la chica ante la amenaza que se deduce de la repetida inclusión de imágenes de unas crías de cocodrilos bastante inmóviles, dicho sea de paso.

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Ejemplos como este ponen sobre la mesa la falta de rigor de la que hace gala un subproducto que parece confeccionado con la única máxima de aprovechar el (escaso) material disponible. No dudo de las posibles carencias presupuestarias con que fue acometido el rodaje de una película que, al fin y al cabo, estaba ideada con la única lógica que hacer buena aquella máxima capitalista de lograr el mayor rendimiento con la menor inversión posible, como, por otra parte, era habitual en buena parte del cine de género español de aquellos años; pero en ningún caso tal circunstancia puede justificar por sí misma la absoluta incompetencia que arroja el producto resultante. Por mucho que se quiera, poco tiene que ver la escasez de medios con el destartalado acabado que luce una puesta en escena que parece improvisada sobre la marcha, lo oligofrénico de su arrítmico montaje, el dudoso sentido del humor que revela la inclusión de primeros planos de simios durante ciertas escenas a modo de observadores como contrapunto cómico de la acción mostrada o incongruencias argumentales del tipo de un Tarzán que, si por un lado se dedica a perseguir y expulsar a los cazadores furtivos que se atreven a adentrarse en sus dominios, por otro no tiene el menor inconveniente en contribuir con el tráfico de marfil, haciendo entrega de dos colmillos de elefante a un misionero “para que pueda comprar comida a los niños” (sic), sacados de no se sabe muy bien dónde.

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A tenor de lo expuesto no resulta extraño que el recientemente fallecido José Antonio Pérez Giner, máximo responsable de Profilmes junto con Ricardo Muñoz Suay, calificara en diversas ocasiones a Tarzán y el tesoro kawana como la película que más le avergonzaba[2] de entre los más de cien títulos en los que intervino ocupando diferentes funciones a lo largo de su dilatada trayectoria. Una declaración que, viniendo de quien viene, da una idea muy ilustrativa de la (falta de) calidad del film que nos ocupa.

José Luis Salvador Estébenez

[1] https://www.youtube.com/watch?v=sBoy67sG4vI

[2] En entrevista de Víctor-M. Amela publicada en la contraportada del diario La Vanguardia el 5 de septiembre de 2008.

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