La tía Alejandra

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Título original: La tía Alejandra

Año: 1979 (México)

Director: Arturo Ripstein

Productora: Estudios Churubusco Azteca S.A.

Guionistas: Delfina Careaga, Sabina Berman según una novela de Delfina Careaga

Fotografía: José Ortiz Ramos

Música: Luis Hernández Bretón

Intérpretes: Isabela Corona (Tía Alejandra), Diana Bracho (Lucía), Manuel Ojeda (Rodolfo), María Rebeca (Martita), Lilian Davis (Malena), Adonay Somoza Jr. (Andrés), Yaco Alva (boticario), Juan José Espinoza, María Barber (recepcionista casa de socorro), Humberto Vilches, Ignacio Retes (doctor), Ana María Hernández (abuela), Cecilia Leger (vecina), Inés Murillo (vendedora de flores), María Antonieta Murillo (vendedora de velas)…

Sinopsis: Tras la muerte de su madre, a la que ha cuidado durante toda su vida, la tía Alejandra llega a la casa de su sobrino, en la que vive junto a su mujer y sus tres hijos. La llegada de la anciana significa la solución a los problemas financieros que arrastra la familia debido a su fortuna heredada. Pero, sin embargo, la presencia de la mujer coincidirá también con el inicio de una serie de inexplicables accidentes que acabarán por cobrarse la vida de varios de los miembros de la casa.

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Arturo Ripstein pasa por ser uno de los directores más reputados e importantes del cine mexicano de los últimos cincuenta años. Alumno de Luis Buñuel, del que fue ayudante en El ángel exterminador (1962), respetado por la crítica y ganador de prestigiosos festivales, es lo que se dice un autor cinematográfico. Es por ello que, en el contexto de una obra poblada por melodramas barrocos y adaptaciones de célebres referentes literarios, la existencia de un film como La tía Alejandra (La tía Alejandra, 1979) supone poco menos que una rara avis. No solo eso, sino que su pertenencia al género terrorífico ha propiciado que su alcance haya sido poco menos que minusvalorado en favor de otros títulos de su artífice más sujetos a  la ortodoxia. Y eso, a pesar de tratarse de uno de los exponentes más interesantes surgidos en el seno del cine fantástico azteca.

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No obstante, la atipicidad de La tía Alejandra no se limita a la filmografía de su responsable, sino que también se hace extensible al cine de terror de la época, por más que su propuesta conecte con los aires renovadores que por aquellas mismas fechas directores como Carlos Enrique Taboada y Juan López Moctezuma venían insuflando a la cinematografía genérica de aquel país. En este sentido, resulta cuanto menos paradójico que a causa de su temática se la haya considerado de forma habitual una suerte de respuesta autóctona a la coetánea oleada de cintas de contenido satanista que encabezara El exorcista (The Exorcist, 1973). Máxime, cuando, frente el efectismo que impusiera como canon la película de William Friedkin, la película de Ripstein basa su potencial en la sobriedad narrativa, erigiéndose en un perfecto exponente de cómo el cine de terror no necesita del concurso de aparatosas secuencias para conseguir su cometido.

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En sintonía con este planteamiento, el director de Profundo carmesí (1996) despoja a sus imágenes de cualquier tipo de adorno o artificio, decantándose para ello por una puesta en escena en teoría funcional y sencilla, en la que proliferan los planos sostenidos de encuadres abiertos, pero rica en detalles y simbolismos. Quizás la mejor muestra de la ingeniosa simpleza de la realización de la que hace gala Ripstein se encuentra en el inteligente uso que hace de la pista de sonido como medio para generar tensión. Es paradigmática a este respecto la secuencia en la que la anciana del título acude a un puesto de un mercado a comprar una serie de extraños productos, entre los que se encuentra el esqueleto de un lagarto. Aunque las imágenes muestran la escena con todo lujo de detalles, el hecho de que el ruido de fondo impida que se escuche la conversación que mantiene Alejandra con la tendera y, con ello, la posible utilidad que pudieran tener semejantes potingues, otorga al momento una inquietud que en otras circunstancias sería imposible de lograr.

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Ejemplos como el expuesto dan buena cuenta de cómo con pocos elementos Ripstein va alimentado un clima de extrañeza, cimentado sobre la inquietud, la ambigüedad y el poder de sugerencia de los diálogos, actitudes y gestos —cf. cuando en una de las primeras escenas uno de los niños de la casa le pregunta a Alejandra cuántos años tiene, esta le contesta que su edad es de mil años; una respuesta que en un principio se antoja sarcástica, pero que más adelante se verá que no lo es—, que a la larga se traduce en la creación de un suspense in crescendo. Todo ello es arropado por una atmósfera cerrada, malsana y siniestra, a la que contribuye el que apenas existan secuencias alejadas de las inmediaciones de la casona en la que transcurre el relato. Aunque quizás el principal valor que atesora el conjunto se encuentra en el trabajo de los actores, en particular el de una inmensa Isabela Corona que sabe dotar de los matices necesarios al nada fácil papel protagonista. Véase al respecto los gritos desgarrados y casi inhumanos que profiere cada vez que su personaje es atacado o no se sale con la suya, capaces por sí solos de poner los pelos de punta.

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Pero, con ser efectivo, el alcance de La tía Alejandra va más allá de su primigenia condición de relato terrorífico. Su mezcla de horror y cotidianidad propicia que, tras su fachada argumental, pueda percibirse una atinada y jugosa metáfora en torno a la institución familiar. Al fin y al cabo, no es difícil asimilar a esa, en apariencia, desvalida viejecita acogida por unos familiares que se descubrirá una bruja como una personificación del viejo modelo familiar centrado en el respeto por las tradiciones, las apariencias y, sobre todo, la religión, que trata de perpetuar su legado inculcando sus valores a las nuevas generaciones, representadas en última instancia y de forma significativa por Martita, la hija menor del matrimonio, la cual acabará por convertirse en el objeto del enfrentamiento entre Alejandra y la madre de la niña. No se trata pues de la arquetípica lucha entre el bien y el mal, sino una confrontación entre modernidad y atavismo, como demuestra el hecho de que la primera en recelar sobre la auténtica personalidad de la recién llegada sea la hija mayor, estudiante de química o, lo que es lo mismo, representante de la óptica racionalista, quien no por casualidad viene a significar la némesis científica de las prácticas esotéricas de la tía. Tanto es así que al conocer la naturaleza de sus estudios, la bruja ofrecerá su ayuda a la joven, dejando entrever de este modo sus conocimientos sobre una materia que no le es ajena.

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De este modo, antes que hacer el mal o causar el terror, el verdadero objetivo de la bruja en la historia es la de detentar una posición dominante en su nuevo hogar, ya sea por las buenas o por las malas. Así, si en un primer momento la anciana se vale de su poder económico para asegurarse un lugar de poder en la casa, al aliviar con él los problemas financieros que arrastra la familia, una vez deje de esconder sus extrañas conductas procederá a eliminar uno por uno a todos los miembros del clan que recelen de su presencia, haciendo buena aquella máxima del ojo por ojo y diente por diente. La tía Alejandra supone así una especie de cáncer parasitario que viene a destruir desde dentro a la familia que la ha amparado, idea esta que es plasmada mediante la aparición de esas manchas que se extienden por las desnudas paredes de la casa a medida que la anciana va desplegando sus poderes y que en cierto modo remiten a cierto detalle de “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe.

José Luis Salvador Estébenez

Published in: on septiembre 9, 2019 at 5:54 am  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Por favor, ¿alguien puede decirme la fecha de nacimiento de Lillian Davis?
    Muchas gracias!


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