One Cut of the Dead

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Título original: Kamera o tomeru na!

Año: 2017 (Japón)

Director: Shinichirô Ueda

Productor: Koji Ichihashi

Guionista: Shinichirô Ueda

Fotografía: Takeshi Sone

Música: Nobuhiro Suzuki

Intérpretes: Takayuki Hamatsu (Takayuki Higurashi), Yuzuki Akiyama (Aika Matsumoto), Harumi Shuhama (Harumi Higurashi), Mao (Mao Higurashi), Kazuaki Nagaya (Kazuaki Kamiya), Hiroshi Ichihara (Kasahara), Manabu Hosoi (Manabu Hosoda), Sakina Asamori [acreditada como Sakina Iwaji], Takuya Fujimura, Ayana Gôda, Manabu Hosoi, Satoshi Iwagô, Kyôko Takahashi, Yoshiko Takehara, Tomokazu Yamaguchi, Shuntarô Yamazaki, Miki Yoshida, Shin’ichirô Ôsawa…

Sinopsis: Un déspota y perfeccionista hasta el extremo director y su equipo filman una película de zombis de bajo presupuesto en una instalación militar abandonada. El rodaje se convertirá en una pesadilla cuando sean atacados por los mismos muertos vivientes que hasta el momento sólo existían en la ficción.

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En el seno de un subgénero tan trillado como el zombi sería raro que, a estas alturas, se nos pueda ofrecer novedad alguna o reformulaciones inéditas hasta el momento en cualquiera de sus vertientes. Las historias donde esos cadáveres que se levantan convertidos en muertos vivientes antropófagos son el principal leitmotiv, ya sea en su faceta más sobrenatural -independientemente de las coletillas of the dead o living dead que porten-, así como en esa otra variable paralela donde los seres humanos son infectados por una misteriosa enfermedad virulenta (artificial o no) que los convierte en irascibles seres ávidos de carne fresca, nos han regalado grandes momentos desde que el grandísimo George A. Romero dejase de lado al zombi haitiano carente de voluntad por el más peligroso e irracional caníbal de paso sosegado aparecido en su particular adaptación de la novela Soy leyenda de Richard Matheson, la seminal y ya mítica La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968). Durante el medio siglo transcurrido desde su estreno hemos podido ver como los muertos acababan con el mundo tal y como lo conocemos, así como hemos sufrido por la supervivencia de los maltrechos vestigios de nuestra imperfecta sociedad. Hemos sido también testigos de cómo el hombre ha sucumbido a sus instintos más primarios (a la barbarie que Robert E. Howard, creador de Conan, consideraba intrínseca a nuestra condición) con tal de no caer víctima del contagio. Hemos visto zombis e infectados de toda condición, lentos y veloces, causar estragos en la población y salir victoriosos al enfrentarse a nuestras fuerzas del orden, a nuestros ejércitos e incluso a tiburones. La fortuna cosechada por las criaturas pergeñadas por Romero causó ese típico efecto llamada que procuró tanto las posteriores secuelas de su propia saga (en la cual trabajó casi hasta el final de sus días) como la multitud de cintas imitadoras que, con el claro objetivo de rascar algunas de las migajas de su éxito -entre ellas todos esos maravillosos exploits europeos que tanto nos maravillan-, nos ofrecían otras formas de ver cómo la humanidad sucumbía ante un nuevo e impuesto establishment.

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A imagen y semejanza de lo que ha podido ocurrirle al terror en general, el subgénero zombi no ha sido ajeno, en algunos casos, a su fusión con la comedia. De hecho, existe un término acuñado para esas películas que combinan humor y muertos vivientes al que se denomina como zombedy. En realidad, una zombedy no es más que una comedia con zombis de por medio. Podríamos considerar como la primera de su clase a la estupenda película que dirigiera Dan O’Bannon a mediados de los ochenta, El regreso de los muertos vivientes (The Return of the Living Dead, 1985), una cinta que divierte y espanta a partes iguales, al igual que su secuela a la que dio lugar tres años después. En ellas se presentan los tropos, lugares comunes y clichés del género con meras intenciones cómicas y sin más pretensión que robarnos alguna carcajada (pese a que algunas de estas historias poseen varias capas de lectura y más de un mensaje críptico con ácida voluntad reivindicativa y crítica). Una de las zombedys más populares y queridas por el gran público es sin duda Shaun of the Dead (2004) de Edgard Wright, aquí traducida con el vergonzante título de Zombies Party. Surgida a raíz de la nueva moda en Hollywood por el cine de zombis de principios de los dos mil gracias a taquillazos como Amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, Zack Snyder, 2004) o Resident Evil (Resident Evil, Paul W.S. Anderson, 2002), la cinta de Wright era una divertidísima crítica a nuestra sociedad actual bajo esa pátina de película de zombis.

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Así como ocurría, por ejemplo, con las spoof movies, ese subgénero que tan popular entre el público hicieron las famosas Aterriza como puedas (Airplane, David Zucker, Jim Abrahams, Jerry Zucker, 1980) o Top Secret (Top Secret, David Zucker, Jim Abrahams, Jerry Zucker, 1984), el componente paródico que contienen estas zombedys trae consigo un ejercicio de metaficción en el cual los personajes de dichas cintas como Zombies Party o la posterior Bienvenidos a Zombieland (Zombieland, Ruben Fleischer, 2009) son plenamente conscientes de que el apocalipsis y los muertos vivientes han sido tratados dentro de la cultura popular y que tanto los filmes de George A. Romero como toda la mitología que se creó a su alrededor existen. De hecho, ese conocimiento les permite poder enfrentarse al peligro que les rodea pese a que, en la mayoría de las ocasiones, ese no sea el eje central de unas tramas que tienen que ver más con el crecimiento personal o el pensamiento crítico hacia un estado de conformismo en el que nos hemos acomodado, que con el terror propiamente dicho. Ejemplos de este tipo de películas, además de los ya citados, los encontramos en cintas como la canadiense Fido (Fido, Andrew Currie, 2006), la coproducción hispano-cubana Juan de los muertos (Alejandro Brugués, 2011) o REC 3 (Paco Plaza, 2012). Este año, desde países totalmente remotos el uno del otro, nos han llegado dos propuestas que a priori parecen querer etiquetarse dentro de esta vertiente del cine zombi. La primera de ellas es la peculiar comedia (no apta para el público más generalista) que firma el no menos peculiar Jim Jarmusch, Los muertos no mueren (The Dead Don’t Die, 2019) mientras que la segunda es la protagonista de esta reseña, la nipona One Cut of the Dead (Kamera o tomeru na!, Shinichiro Ueda, 2017). Una cinta de bajo presupuesto que, gracias al boca a boca y a su gran acogida en diversos festivales, ha logrado llegar a las carteleras de muchos países, incluido el nuestro.

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Sin embargo, no quisiera, ni es mi intención siquiera, tildar de engañosa la campaña de marketing que envuelve a la cinta de Ueda cuando se la denomina como una nueva comedia de zombis puesto que, pese a que sí es una comedia y (teóricamente) hay muertos vivientes de por medio, se acerca muchísimo más a otras propuestas a simple vista muy diferentes como The Disaster Artist (The Disaster Artist, James Franco, 2017) o, sobre todo, la magistral ¡Qué ruina de función! (Noises Off!, 1992) de Peter Bogdanovich que a las mencionadas zombedys anteriormente. La obra de Shinichiro Ueda, director de larga trayectoria en el campo del cortometraje y seguramente curtido a la hora de tratar con escuálidos recursos, hace uso del subgénero zombi para deleitarnos con un ejercicio meta -subrayando y repitiendo el término “meta” todo lo que queramos, puesto que encontraremos múltiples capas de lectura a lo largo de su metraje- cinematográfico muy logrado. El director nipón nos ofrece un canto de amor no sólo al cine, sino al esfuerzo que conlleva hacer cine. Y no sólo eso, ya que la cinta lleva el concepto del metacine, es decir, hablar de cine dentro de cine, a un nuevo nivel en el que ni los títulos de crédito escapan de ello. Por otro lado, es harto complicado explayarse en ese sentido debido a que arruinaría la sorpresa de todo espectador que todavía no se ha enfrentado a los escasos 95 minutos de duración de One Cut of the Dead. Una exposición en la que se recomienda encarecidamente no saber nada -nada de nada- de la película. La experiencia se verá beneficiada exponencialmente no sólo por lo original de su resultado, sino también por el talento y el ingenio demostrados. Eso no quita para que la andadura comercial de la película de Ueda no haya sido fácil. Recordemos que su presupuesto de 27.000 euros es prácticamente calderilla. Pero aún así, gracias a la complicidad de su público (gente que arrastraba a otra gente a cualquiera de las tres pequeñas salas de todo Japón donde consiguió estrenarse) y a su periplo por festivales, cosechando las simpatías de crítica y púbico y haciéndose a su vez con galardones tales como Premio del Público y Mejor Director del Fantastic Fest o el premio a Mejor Película en la Semana de Terror de Donostia, entre muchos otros, ha demostrado que tirando de imaginación e inventiva se puede hacer una buena película -muy original añadiría- sin necesidad de grandes presupuestos cubriendo sus espaldas.

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One Cut of the Dead se estructura en tres actos bien diferenciados y abre con un larguísimo plano secuencia de unos treinta y siete minutos que demuestra sobradamente la pericia sus responsables. Durante esa primera media hora podremos ver lo que se nos promete en los eslóganes promocionales, es decir, la grabación de una película de Serie B de muertos vivientes que es interrumpida por un auténtico apocalipsis zombi. Volviendo al aspecto metaficcional de la película, es curioso que en este largo plano en un solo corte – dándole sentido al “one cut” del título, que aquí nada es gratuito- no sólo podremos ver ese rodaje, sino que lo que propiamente se nos muestra en pantalla, al salpicarse con la propia sangre de los intérpretes -e incluso apareciendo una mano limpiando la pantalla- le confiere ese aire documental propio del found foutage. Parece el documental, el making of, de un rodaje de una película de zombis que se ve interrumpida por el ataque de los muertos vivientes. Sin entrar en detalles si el plano está o no falseado, durante su duración veremos todos esos tropos y homenajes al subgénero. Un segmento en apariencia sencillo, rodado con pulso y en el que pequeñas pinceladas denotan que algo se nos oculta. En el supuesto de no saber nada, de no haber indagado en la naturaleza de la cinta, al aparecer los títulos de crédito que dan conclusión a esta caótica mini historia de aspecto totalmente low cost podemos sentirnos confusos. Si el espectador ha llegado hasta ahí, ese es el momento de agarrarse a la butaca del cine porque comienza lo mejor. A partir de este momento la película toma una dirección totalmente distinta a la que nuestras expectativas hayan creado para que veamos algo diferente, original, con un reparto (en su mayor parte semi profesional) totalmente entregado y muy divertido. Hay que tener en cuenta que, como buen producto proveniente del país del Sol Naciente, tanto el humor como el histrionismo propio de la cultura japonesa, tan diferente al que acostumbramos en Occidente, harán acto de presencia. Sin embargo, si somos capaces de entrar en su juego, el disfrute está más que garantizado.

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En definitiva, no puedo ocultar mi satisfacción tras visionar One Cut of the Dead. Un soplo de aire fresco no sólo para el género, sino para el cine en general, puesto que bajo esa apariencia de comedia de terror se esconde otra cosa. Una cosa que denota originalidad, pericia tras la cámara, un equipo comprometido con un proyecto -que no pongo en duda que realmente tuvo que ser tan difícil de llevar a cabo como el que se nos plantea durante su metraje- y que demuestra sin pudor alguno que “cine de bajo presupuesto” no es sinónimo de mal cine. Ya les gustaría a los responsables de muchas de las grandes súper producciones que aterrizan semanalmente en nuestras carteleras arañar la calidad que atesora esta pequeña joya que ya se encuentra en disposición de convertirse en un título de culto (sus más de treinta millones de dólares recaudados, de momento, en todo el mundo la avalan para ello).

José Manuel Sarabia

Published in: on septiembre 23, 2019 at 6:07 am  Comments (1)  
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One CommentDeja un comentario

  1. Reblogueó esto en Weird Sci-Fi Showy comentado:
    One Cut of the Dead es una de esas joyitas destinada a convertirse, por méritos propios, en una cinta de culto. Tras un exitoso periplo por festivales de todo el mundo, la peli ha logrado estrenarse en muchos países, incluido el nuestro. Podéis leer mi crítica de la película de Shinichiro Ueda en La Abadía de Berzano!!!


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