El Mariachi

El Mariachi

Título original: El Mariachi

Año: 1992 (México, Estados Unidos)

Director: Robert Rodríguez

Productores: Robert Rodríguez, Carlos Gallardo

Guionista: Robert Rodríguez

Fotografía: Robert Rodríguez

Música: Eric Guthrie, Chris Knudsone, Álvaro Rodríguez, Cecilio Rodríguez, Mark Trujillo

Intérpretes: Carlos Gallardo (Mariachi), Reinol Martínez (Azul), Peter Marquardt (Moco), Consuelo Gómez (Dominó), Jaime de Hoyos (Bigotón), Ramiro Gómez (Cantinero), Jesús López (viejo secretario), Luis Baró (asistente de Dominó), Oscar Fabila (The Boy), Poncho Ramón, Fernando Martínez (ratas de Azul), Manuel Acosta, Virgen Delgado, Juanita Vargas, Yolanda Puga (guardaespaldas), Walter Vargas, Roberto Martinez (prisioneros), Jaime R. Rodríguez, Luis Cadena, Afredo Martínez, Gerardo Jáquez, Mario Mata, Daniel Delgado, Rosendo Ortíz, César Cadena, José Salinas, Robert Santoyo, Sabas Pérez, Guadencio Martín, Juan Garcia, Máximo Martín, DiFonso Quezada, Manuel Vejor (hombres de Moco), Alfredo Cisneros (teclista), Alejandro Peña (Piña / Loco), Israel Reyes (Taco), Clara Scott (manicura de Moco), María Castillo, Samuel Quiroz, Roberto Delgado (carceleros), Fermín Barrón (conductor de autobús escolar), H.B. (Pit Bull), Tito Tortuga (La Tortuga)…

Sinopsis: Un joven que se gana la vida actuando en diferentes lugares llega un pueblo de la frontera mexicana al mismo tiempo que un peligroso matón, cuya intención es asesinar al narco del lugar. Ambos responden a la misma descripción: visten de negro y portan un estuche de guitarra. Las coincidencias entre los dos hombres crearán confusión entre los criminales del lugar. El inocente mariachi se verá atrapado en un fuego cruzado en el que su vida correrá gran peligro.

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Peinando servidor ya algunas canas, siempre he pensado que haber nacido en el mismo año en el que nació el punk, es decir, 1977, me permitió tener la oportunidad de sentir la fantasía y la magia del cine de entretenimiento de los ochenta desde la inocente mirada de un niño, así como de poder vivir desde la piel de un adolescente los excesos del cine mainstream de la siguiente década de los noventa, con todo lo bueno o malo que ello pueda conllevar. Esa pulsión teenager que, para bien o para mal todos hemos vivido, nos llevaba a la voluntad de querer experimentar nuevas sensaciones al margen de las grandes superproducciones hollywoodienses destinadas a reventar las taquillas del momento. Aquellos de nosotros que en dicha época teníamos afición al Séptimo Arte e inquietud, no sólo de formar nuestro criterio sino de enriquecerlo un poco más, tuvimos la oportunidad y el privilegio de ser testigos en primer término de las criaturas hechas de celuloide de una nueva oleada de cineastas llegada, como de costumbre, del país de las barras y las estrellas. Un grupo de directores noveles que, además de descubrirnos a otros tantos similares de multitud de nacionalidades distintas que conformaban su particular cinefilia, venían a ser una versión “dos punto cero” de aquellos realizadores a los que en los setenta se les colgó la etiqueta del “Nuevo Hollywood”. El legado de los Coppola, Scorsese, De Palma y compañía, que en su momento quisieron pasar página en lo que al modelo estructural imperante en La Meca del Cine (el famoso system studio), se perpetuaba con este relevo generacional con las figuras de jóvenes recién llegados a la industria con ganas de comerse el mundo. Podríamos quizás considerar Sexo, mentiras y cintas de vídeo (Sex, Lies, and Videotape, Steven Soderbergh, 1989) el film fundacional que supondría el resurgir o el fortalecimiento de un nuevo cine independiente como referencia a considerar tanto para los espectadores como para la crítica. Junto a Soderbergh, aparecieron unos tantos otros -sobre todo con su presencia en los diversos festivales dedicados a ello- como (¿los ahora quizá un tanto desaparecidos?) Wayne Wang, Todd Solondz o Richard Linklater, entre otros, aunque seguramente el público más generalista recuerde al personaje que prácticamente aglutinó -dada su trascendencia y buenas maneras a la hora de venderse a sí mismo- la responsabilidad de ser -más bien parecer- la figura referencial (¿cabría decir omnipresente?) de esta (no tan) nueva forma de hacer cine. Me refiero, por supuesto, al infatigablemente e histriónico Quentin Tarantino.

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El director de Reservoir Dogs (Reservoir Dogs, 1992), todavía muy vigente dentro del panorama cinematográfico actual gracias a su última película, Érase una vez en Hollywood (Once Upon A Time in Hollywood, 2019), prácticamente se erigió como icono representativo de este movimiento de cineastas salidos de la nada que en un breve espacio de tiempo deleitaron al público con visiones frescas y audaces del ya antiguo arte de contar historias. Pero, como he comentado más arriba, Tarantino no fue el único. La figura de Robert Rodríguez, responsable de la cinta que hoy nos ocupa, es similar a la del director de Knoxville. A diferencia del caso de Tarantino, Rodríguez creció lejos del epicentro de la industria del cine, concretamente en la localidad tejana de San Antonio, desarrollando su gusto -y amor- hacia ese cine de explotación que el bueno de Quentin recomendaba tras el mostrador del Video Archives, el videoclub en el que trabajaba, y que posteriormente podríamos ver como referencia e influencia absoluta en el trabajo tras las cámaras del joven realizador tejano. Una visión muy personal que tanto lo emparentaba como los diferenciaba de sus queridos compañeros de la Generación X. Una forma de vivir el cine, de sentirlo, de concebirlo, que lo convierte en una voz un tanto distinta -y diferenciada- a la del resto. El cine entendido como espectáculo y entretenimiento sin dejar de mirar el pasado (sobre todo, al pasado más Serie B -y Z en algunas ocasiones-) con todo el peso sobre los hombros de una persona, él mismo. Y es que Rodríguez es un auténtico hombre orquesta. Escribe, produce, dirige, compone la música… Algo que lo acerca enormemente a la figura del director que él mismo afirma que prendió la chispa de su necesidad de hacer películas, el maestro John Carpenter. Tras el visionado de 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, 1981), siendo niño, tuvo claro que a eso era precisamente a lo que se quería dedicar. Tal es el caso de su debut con El Mariachi (El Mariachi, 1992), película de bajo presupuesto filmada en México con la que, por motivos de extrema necesidad, rodó como un auténtico “One Man Crew Director” demostrando su profundo amor por las cintas de acción ochenteras -con las aventuras de Snake Plissken en todo momento en la mente del espectador gracias al subfusil MAC-10 que su protagonista porta tanto en el póster como en algunos momentos de la película- y los spaghetti-westerns vistos aquí como dos claras influencias clave. Una cinta que es/fue esencialmente una bofetada al ostentoso aparato hollywoodiense dejando sobradamente demostrado que con voluntad y talento se puede hacer una gran película sin necesidad de cobijarse bajo la sombra de un estudio con solera ni un desorbitado presupuesto.

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La semilla, el origen y las circunstancias del rodaje de El Mariachi son ya prácticamente legendarias. Ríos de tinta se han vertido sobre ellas e incluso el propio Rodríguez lo recogió todo en su libro “Rebelde sin pasta”, un diario en el que detalló minuciosamente el proceso de creación, producción, rodaje y posterior repercusión de su film. Una película rodada por un imberbe chaval de apenas veinte y pocos años contando con un escuálido presupuesto de siete mil dólares, en su mayoría obtenidos de una forma un tanto curiosa. Pero retrocedamos un poco en el tiempo para intentar adentrarnos en la propia idiosincrasia de su director, Robert Rodríguez, el tercero de diez hermanos en el seno de una familia americana-mexicana de cuarta generación. Nunca fue un gran estudiante. De hecho, no pudo entrar en primera instancia en la escuela de cine de Austin, Texas, debido a que sus calificaciones eran demasiado bajas. Desde pequeño, el joven Robert desarrolló su amor por el cine, gustándole todo tipo de películas, desde los musicales de la Metro-Goldwin-Mayer hasta la filmografía de Alfred Hitchcock. Su madre, Rebeca, enfermera de profesión, lo llevaba junto al resto de sus hermanos a ver los viejos títulos de los hermanos Marx y de Buster Keaton. Sin embargo, otros géneros también fascinaron al joven Robert desatando su pasión por las cintas de acción, la ciencia ficción, las pelis de vaqueros y los cómics. Su don para el dibujo, su inquietud hacia el aprendizaje y su desbordante imaginación germinaron en la figura del gran narrador en el que finalmente se acabaría convirtiendo. Porque si Robert Rodríguez es algo, es que es un notable narrador (algo que incluso lo asemeja un poco más al citado Carpenter). Primero con cámara Súper 8, para luego pasarse a la edición rudimentaria en cinta de vídeo, el director de Desperado (Desperado, 1996) logró desarrollar un tosco método de trabajo que lo forzaba a planificar al detalle -normalmente en su cabeza- cada puesta en escena para rodarlo todo en una sola toma (lo contrario significaba gastar un dinero extra que normalmente no tenía). Sus pequeños cortometrajes los ideaba siempre teniendo en cuenta los recursos con los que contaría. De esa forma no se complicaba la vida y es por ello que su familia aparecía siempre como protagonista en cada uno de sus trabajos de esta temprana fase de su carrera. Por lo visto, sus pequeñas historias se convirtieron en algo popular en la escena estudiantil secundaria que vivió, ganando con ellas algunos premios en diversos certámenes. Precisamente uno de ellos, Austin Stories, fue el que le permitió entrar definitivamente en la Universidad y, paralelamente, financiar su posterior corto, Bedhead (1991), y parte del rodaje de El Mariachi gracias a las dotaciones económicas ganadas en los festivales de cine a los que lo presentó. Ya en Bedhead podremos notar el gusto de Rodríguez por un lenguaje cinematográfico que lo asemejaba enormemente al del arte secuencial de los cómics -en aquella época Rodríguez publicaba una tira semanal en una publicación de la facultad donde cursaba sus estudios titulada Los Hooligans, nombre con el que bautizara después su propia productora-. El resto del dinero necesario para rodar las aventuras del joven e inocente mariachi interpretado por Carlos Gallardo, vestido de negro y con la funda de su guitarra en la mano en la fronteriza localidad de Ciudad Acuña lo consiguió de una forma radicalmente distinta que, por supuesto, no sólo llamó la atención a crítica, público e industria, sino que se hizo uso de ella como un elemento más del marketing de la época. Para conseguir ese dinero, Rodríguez recurrió a una fuente de ingresos peculiar, es decir, se sometió a un estudio clínico, a una investigación médica en la que se prueban tratamientos, equipos o medicamentos en personas con tal de obtener conclusiones para su aplicación o comercialización. Lo mismo hizo en el pasado para financiar Bedhead (probó durante un fin de semana un gel cicatrizante para el cual lo sometieron a cortes en las manos) y, para la ocasión, se internó durante cuatro semanas en un laboratorio farmacéutico en el que voluntariamente se convirtió en una cobaya humana probando un tratamiento experimental con un medicamento que teóricamente reducía el colesterol (y se lo redujo, ha manifestado el tejano más de una vez entre bromas). Un mes que, por un lado, le permitió escribir el guion de su película y, por el otro, conseguir unos tres mil dólares con los que poder sufragar -junto a los premios en metálico ganados por su cortometraje y el dinero conseguido por su socio, Carlos Gallardo, con la venta de una finca familiar- los gastos generados por su humilde producción.

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La figura de Carlos Gallardo, aquel que finalmente pusiera cara al pobre mariachi que se vería envuelto por una encarnizada lucha de narcos (en la ficción, por supuesto), es también importante y fundamental en esta historia que estamos contando. Ambos se conocieron durante la adolescencia y el mexicano, originario de Ciudad Acuña -donde rodaban en verano sus pequeños proyectos-, se convirtió prontamente en el compinche habitual de todas sus aventuras fílmicas. Adorador absoluto del trabajo de Rodríguez, le ayudó colaborando con el tejano en todo lo que pudo. La suerte le sonrió cuando fue contratado como ayudante de producción de la adaptación cinematográfica de la popular novela Como agua para chocolate (Como agua para chocolate, Alfonso Arau, 1992), la película de mayor presupuesto producida en México hasta el momento. Rápidamente invitó a su colega a reunirse con él, no sólo para que pudiera vivir en primera persona cómo se hacía una película, sino para que grabara un pequeño documental a modo de making of mostrando los entresijos de dicho rodaje. No hace falta añadir que, ni corto ni perezoso, Rodríguez llevó consigo una copia en cinta de Bedhead, pudo conocer a Laura Esquivel (autora de la novela y guionista en la película), recibir un importante feedback positivo por parte de Alfonso Arau respecto a su cortometraje y documentarse todo lo posible en lo referente a una producción cinematográfica y lo que la rodea. Todo ello con intención de llevar a cabo su sorprendente plan. Lamentablemente, la escuela de cine no sólo le supuso una decepción, sino que lo llevó a la conclusión de que allí sólo aprendería a hacer cine siempre y cuando dispusiera de un gran presupuesto y un equipo que le respaldara en todo momento. Pero, ¿qué pasa cuando no dispones de medios para llevar a cabo un proyecto? La universidad formaba técnicos, pero no formaba creativos. No te entrenaba para salvar cualquier obstáculo, grande o pequeño, que pudiera hacer acto de presencia durante un rodaje. Por fortuna, su experiencia adolescente como realizador amateur lo había curtido en mil batallas, a diferencia de sus compañeros de aula. Sin embargo, era consciente de que le faltaba todavía un gran trecho por recorrer y, siendo la experiencia un grado, muchas “horas de vuelo” por delante. De ahí surgió la idea de hacer una serie de películas con las que poder foguearse antes de poder alcanzar su sueño, es decir, poder hacer una película de verdad para el cine independiente americano. De esta forma rescató de un cajón una antigua idea en la que un mariachi portaba su estuche de guitarra repleto de armas. “Mi motivación para escribir El Mariachi fue muy sencilla y realmente me abrió los ojos. De repente se me ocurrió: en lugar de escribir dos guiones y después tirarlos a la basura, ¿por qué no rodarlos con presupuestos realmente bajos? De ese modo, al tiempo que ejercitas tus facultades como escritor, ejercitas también tus cualidades de cineasta. Resolví hacer eso con El Mariachi. Escribiría dos guiones, ambos acerca del mismo personaje, pero los filmaría con un presupuesto muy, muy bajo, por mi cuenta y riesgo. Después los vendería al mercado de vídeo en español, donde, aunque no valiesen nada en absoluto nadie del negocio del cine los vería, lo cual sería lo mismo que tirarlos a la basura, con la diferencia de que me pagarían por ellos. Después escribiría y rodaría mi tercer guion, la tercera entrega de la serie de los mariachis. La vendería también en el mercado en español, pero si me salía tan bien como yo pensaba… Escribir y dirigir sucesivamente tres películas me proporcionaría tanta experiencia y confianza que podría utilizar las mejores escenas de la trilogía, o la Versión III completa, como cinta de demostración y así conseguir dinero para una película de verdad -como, digamos, Sexo, mentiras y cintas de vídeo o Reservoir Dogs– e irrumpir en el mundo del cine independiente norteamericano como si nunca en la vida hubiera hecho nada[1]. Palabras que denotan, no sólo la capacidad -necesidad- recicladora de Rodríguez, sino también una personalidad ambiciosa y en constante proceso de aprendizaje. Pese a que su “Trilogía del Mariachi” vería la luz posteriormente de una forma radicalmente distinta, su intención inicial, la de hacer un tríptico de las aventuras de su anónimo mariachi, se acercaba bastante a la misma que muchos años atrás su adorado Sergio Leone realizase con las de su cowboy sin nombre, protagonista que encarnara Clint Eastwood en la famosa “Trilogía del Dólar”.

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La producción no fue sencilla. Un rodaje de tres semanas en Ciudad Acuña que no pudo durar más porque sus responsables tenían la obligación de devolver la cámara de 16 milímetros que les habían prestado para ello, una vez descartado totalmente grabarla en 35 milímetros. Una película donde Rodríguez era todo el equipo. Salvo actuar -cosa que no pudo llevar a cabo porque no había nadie más para hacer de operador de cámara-, el director de Machete (Machete, 2010) escribió, produjo y dirigió su primera película. Gallardo, coproductor y protagonista de la cinta, se ocupó tanto de la logística como de conseguir las localizaciones y otros recursos tales como las armas que la policía del pueblo tuvo a bien de prestarles -siempre bajo supervisión- para poder rodar las escenas de tiroteos. El resto de pistolas, revólveres y subfusiles eran, como no podía ser de otra forma, de juguete y los impactos de bala siempre acertaban en el pecho porque no se disponía de otra faja ortopédica para proteger al individuo que se prestaba a recibir los tiros. El reparto no estaba integrado por actores profesionales, sino por amigos y conocidos del joven binomio Rodríguez-Gallardo. La experiencia como rata de laboratorio de Robert Rodríguez no sólo le rentó los célebres tres mil dólares a modo de contraprestación, sino que también contribuyó a darle cara al malvado de la función. El fallecido Peter Marquardt fue su compañero de habitación en la clínica y, durante su estancia, hicieron buenas migas debido a sus similares gustos en cuanto a cine y literatura se refiere[2]. Rodríguez tenía pensado desmarcarse del habitual narco mexicano y a su villano lo veía como un narco gringo -un norteamericano que en su tierra no tenía futuro, pero que al otro lado de la frontera había podido forjar su nombre y leyenda- al que todos llamaban Moco[3]. Marquardt ni era actor ni hablaba español, pero nada de eso importaba. A problemas difíciles, soluciones prácticas. Unas simples gafas de sol y varias chuletas con los diálogos escritos diseminadas por el set de rodaje para que su amigo pudiera leerlas y solucionado. El vestuario era el propio de los intérpretes y si, como en el caso de Reinol Martínez -aquel que ponía rostro al peligroso matón llamado Azul-, no disponía de la prenda necesaria, pues se le prestaba del propio armario del director[4]. El protagonista tampoco tocaba la guitarra, por lo que un auténtico y pluriempleado mariachi local fue el encargado de componer las dos canciones que presumiblemente Gallardo interpretaba en la película. Las escenas se rodaban en una sola toma, solamente se repetían en caso de imperiosa necesidad, puesto que suponían tirar el celuloide que pagaban a precio de oro[5]. Todo se hacía como si de una película muda se tratase. Rodríguez grababa posteriormente los diálogos con su grabadora de cassettes y un micrófono para poder sincronizarlo después en postproducción. Si el sonido era difícil de sincronizar, metía un pequeño plano con tal de que voz e imagen casaran perfectamente. La mascota de Carlos Gallardo, el perro que aparece en la película, le vino fenomenal para ello. Estos actores, cuando no se les tenía que grabar, ayudaban a Rodríguez en otros menesteres tales como empujar la silla de ruedas desde la cual Rodríguez rodaba las escenas en movimiento. Como podrá comprobar el lector, un rodaje muy, pero que muy low cost donde no cabía lugar para el más mínimo lujo[6]. Auténtico cine de guerrilla, como puede apreciarse en las escenas de exteriores donde podemos ver la vida normal del resto de habitantes del pueblo que tuvieron que convivir con tal peculiar rodaje que pronto se ganó la antipatía de algunas de las personalidades “ilustres” del lugar, algo que Rodríguez supo remediar incorporando a sus principales detractores en el metraje del film[7].

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Carlos Gallardo y Robert Rodríguez (de espaladas) en el rodaje de una escena de “El Mariachi”

Afortunadamente, el rodaje se cumplió en el tiempo previsto y la fase de postproducción, pese a ser agotadora por lo rudimentario de su metodología, acabó con una copia de la película lista y dispuesta a que cualquier productora dedicada al mercado del vídeo en español estuviera dispuesta a pagar los treinta mil dólares que sus responsables se habían dispuesto a sacar por ella como mínimo[8]. Tras una improductiva serie de entrevistas con productoras latinas, la suerte y el buen ojo de Rodríguez lo llevó a tocar la puerta de la ICM, la International Creative Management, donde recordó haber tenido contacto gracias a un abortado encuentro entre cineastas de Texas, en el cual él mismo estaba invitado por los buenos resultados y críticas de Bedhead. La agencia de Robert Newman (agente de personalidades tales como Spike Lee, Francis Ford Coppola, Guillermo del Toro o Martin Scorsese), deslumbrada ante el talento mostrado por Rodríguez en su película, accedió a mover la cinta por Hollywood. El resto forma parte ya de la leyenda. El Mariachi puso de patas arriba el mercado. Las grandes majors pujaban salvajemente, con cifras verdaderamente astronómicas, por la ópera prima (grabada en 16mm y pasada directamente a vídeo) de un desconocido, mientras que su responsable, sin ver de momento un triste dólar en su bolsillo, quedaba perplejo y desencantado a partes iguales de la maquinaria hollywoodiense. Finalmente, Rodríguez fichó por Columbia, pero es que incluso la Disney de la época luchó con uñas y dientes por su película[9]. El director de The Faculty (The Faculty, 1998) acabó convirtiéndose en una especie de mascota de las multinacionales, en el nuevo niño bonito de Hollywood y en uno de los abanderados de ese nuevo “cine independiente” (de los noventa), junto a su gran amigo Quentin Tarantino, personaje al que conoció durante el periplo de El Mariachi en los Festivales de Telluride y Toronto, pese a las reticencias de Rodríguez de que su criatura se estrenara en salas de cine. La respuesta del público y crítica fue tan entusiasta -incluso el prestigioso Roger Ebert elogió la película- que llevo a la Columbia a invertir más de setenta y cinco dólares en inflar la película de 16 milímetros en los que se rodó originariamente a 35 milímetros. Sólo en la publicidad se invirtieron más de ochocientos mil. La cinta funcionó como un tiro convirtiéndose, una vez sumados los resultados del mercado doméstico, en un producto muy rentable. Rodríguez no podía remediar el esbozar una sonrisa cuando le preguntaban cosas como “¿Dónde aprendió a hacer películas? ¿En la escuela?”. El futuro responsable de cintas como las de la saga Spy Kids no podía sino responder algo como “No, esto no me lo enseñaron en la escuela. Ni esto ni nada práctico. Mi escuela fue la necesidad”.

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En lo que se refiere a la cinta propiamente dicha, cabe advertir al espectador que, a estas alturas y por diversos motivos haya podido dejar pasar por alto el visionado/disfrute de El Mariachi, nos encontramos ante la primera película de un director novel que decide embarcarse en la realización de un filme por pura determinación. El debut en el formato largo de Robert Rodríguez es una cinta modesta, llevando el término low cost a su máxima expresión. Poco dinero, pero mucha pasión por lo que se hace. Hay tantos destellos de grandeza en su realización, en su ritmo o en el lenguaje cinematográfico mostrado durante gran parte del metraje que es imposible no alabar un trabajo tan bien realizado y con tan pocos medios. Por supuesto que la cinta tiene sus taras y sus fallos, pero acaban eclipsados por muchas de las estampas que el realizador tejano nos planta frente a la cara. Su ritmo y su pulso narrativo lo convierten en un cómic a imagen real. Sus escenas de acción, al más puro estilo hongkonés -muy de moda en la época y por el cual muchos de nosotros pudimos tener conocimiento del cine de acción de dicha región y de directores como John Woo-, refrendan dicha idea. Sus personajes, pese a no estar interpretados por actores profesionales, están bien construidos sobre las cuatro pinceladas de clichés sobradamente establecidos en el seno de la ficción más generalista. Roles del western crepuscular que hemos podido ver en multitud de productos del género. El malo malísimo, el antihéroe misterioso o la chica en apuros no son nuevos para el espectador y aquí no se pretende innovar al respecto. De hecho, no hay más pretensión que la de construir una historia con la que entretener al respetable. Apenas hay tiempos muertos, El Mariachi es pura energía. Es esa pulsión teenager citada al principio. Es puro punk rock. El equivalente a cualquiera de los temas de tres acordes de Los Ramones, por ejemplo, con los que no puedes parar de llevar el ritmo con el pie. Breve, pero repleta de movimiento. Prácticamente imposible de quedarse sin ganas de más cuando los títulos de crédito hacen su aparición. Por suerte, tenemos ese remake/secuela titulado como Desperado, en el que Rodríguez, ya con un presupuesto mil veces superior, pudo resarcirse de todo aquello que, por falta de recursos, no pudo mostrarnos en su debut tras las cámaras. Estruendosa explosión incluida. Robert Rodríguez, contando ya con una dilatada trayectoria, acabaría refinando su estilo, pero sin dejar de lado todo aquello que ya pudimos ver en su primera película: ese gusto por la Serie B, por el humor negro y por entretener por encima de todas las cosas proporcionando al espectador contenidos excitantes, diferentes y viscerales.

José Manuel Sarabia

[1] Rodríguez, Robert; “Rebelde sin pasta”, Ediciones B, 1996. Pags. 16-17

[2] Entre el equipaje que Robert Rodríguez llevó a Pharmaco se encontraba un ejemplar de la novela “La zona muerta” de Stephen King. Curiosamente Peter Marquardt llevaba también uno.

[3] Rodríguez llamó a todos los personajes de la película con motes/apodos. De esta forma, salvo el protagonista del cual no sabremos nunca el suyo, el resto del elenco respondería a sus respectivos apodos.

[4] Curiosamente, Reinol Martínez (Azul) no tenía una camisa negra y su personaje, por cuestiones del guion, debía ir vestido de negro. Rodríguez tampoco tenía ni camisa ni camiseta negra, pero pudo prestarle la camiseta azul marino que Martínez viste en la película.

[5] Gallardo y Rodríguez decidieron que rodarían en 16 milímetros con la cámara que les prestaron y que, tanto por necesidades presupuestarias como para agilizar y facilitar su montaje, se pasaría directamente a cinta de vídeo.

[6] El único elemento del atrezo que supuso un lujo fue la bañera con pies del apartamento de Dominó que consiguieron prestada del rodaje de Como agua para chocolate.  Rodríguez, a su vez, se quedó con ganas de incorporar una explosión, pensado que le daría el empaque definitivo a la cinta. Sin embargo, finalmente no pudo ser.

[7] Tanto el dueño de la cantina -aquel que nunca contrataría a un mariachi porque disponía de una orquesta al completo gracias a su piano electrónico- como el regente del hotel en el que se hospeda el protagonista eran los presentadores de los noticiarios locales que estaban hablando mal de la película. Rodríguez les dio el papel para que dejasen de hacerlo.

[8] Robert Rodríguez tenía la teoría de que si su cortometraje Bedhead, de ocho minutos de duración, había costa ochocientos dólares, una película de una hora y media costaría alrededor de nueve mil dólares (a cien dólares el minuto). Si querían recuperar su dinero y realizar otra película debían conseguir veinte mil dólares. Pidiendo treinta mil dólares tenían margen para regatear con las distribuidoras.

[9] Rodríguez no vio con malos ojos la puja de Disney hasta que uno de sus ejecutivos planteó la idea de rehacer la película introduciendo más detalles de la “cultura mariachi” y sus ritos, como si de una antigua civilización indio-americana se tratara. No es de extrañar que el director de El Mariachi saliera espantado de dicha reunión.

Published in: on octubre 23, 2019 at 6:09 am  Comments (1)  
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  1. Reblogueó esto en Weird Sci-Fi Showy comentado:
    Aprovechando que el próximo viernes 1 de noviembre organizamos la Charla + Proyección de El Mariachi de Robert Rodríguez en el Casal Solleric de Palma, dentro del programa de la edición de este año de Còmic Nostrum Festival Internacional de Mallorca, os dejo aquí un artículo escrito por servidor para La Abadía de Berzano, el mejor blog para cinéfagos sin complejos de la red de redes!
    Más info del evento: https://www.facebook.com/events/462456037687926/


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