Uncle Sam [tv/dvd: Muerto el 4 de julio]

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Título original: Uncle Sam

Año: 1996 (Estados Unidos)

Director: William Lustig

Productor: George G. Braunstein

Guionista: Larry Cohen

Fotografía: James A. Lebovitz

Música: Mark Governor

Intérpretes: Christopher Ogden (Jody Baker), David ‘Shark’ Fralick (Sam Harper), Leslie Neale (Sally Baker), Bo Hopkins (sargento Twining), Matthew Flint (diputado Phil Burke), Anne Tremko (Louise Harper), Isaac Hayes (sargento Jed Crowley), Timothy Bottoms (Donald Crandall), William Smith (Major), Tim Grimm (Ralph), P.J. Soles (Madge Cronin), Tom McFadden (Mac Cronin), Zachary McLemore (Barry Cronin), Morgan Paull (alcalde), Richard Cummings Jr. (Dan), Robert Forster (congresista Alvin Cummings), Frank Pesce (Barker), Jason Adelman (Jesse Colbert), Laura Alcalde, Raquel Alessi, Abby Ball (Rick), Stanton Barrett (Clete), Mark Chadwick (chico sobre zancos), Chris Durand (sargento), Taylor Jones, Desirae Klein, Jason Lustig (enterrador), Joseph Vitare (capitán kuwaití), Steve Moramarco, Jonathon Stearns, Gary Viggers, Peter Fullerton (grupo musical), Greg Bronson, Howard Kremer…

Sinopsis: Sam Harper es un militar estadounidense que es hallado entre los restos de un helicóptero en combate del ejército derribado en Kuwait por fuego amigo. Su cuerpo es trasladado a su ciudad natal, donde la noticia de su muerte es acogida con alivio por su esposa y su hermana debido al carácter violento de Sam. El único que lamenta su pérdida es su sobrino Jody, quien le admira como a un héroe, hasta el punto de pretender seguir sus pasos cuando sea mayor. Sin embargo, el tío Sam le descubrirá su verdadera cara cuando emerja de su féretro para sembrar el terror durante las celebraciones del 4 de julio.

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Uncle Sam [tv/dvd: Muerto el 4 de julio, 1996] supuso la cuarta y, a la postre, última de las colaboraciones entre William Lustig y Larry Cohen, con el primero nuevamente encargándose de la dirección y el segundo como guionista. Lo más curioso del caso es que, echando un vistazo a sus componentes, es muy difícil no pensar en el film en cuestión como una especie de sucedáneo de la saga “Maniac Cop” que había ocupado las tres anteriores asociaciones de sus responsables. Puede que en semejante configuración tuviera que ver, y mucho, el deseo de ambos de desquitarse de su controvertida salida de la franquicia original durante la tercera y, por el momento, última entrega de las andanzas del policía no muerto Matt Cordell, creando un personaje análogo con el que poder repetir y prolongar el éxito obtenido con aquel. Sea como fuere, de lo que no hay duda es de los evidentes paralelismos existentes entre uno y otro. Sin ir más lejos, también aquí el psicópata personaje al que alude el título de la película es un representante de las fuerzas de seguridad estadounidenses que inicia una oleada de crímenes entre aquellos conciudadanos a los que, se supone, debería proteger. Claro que el parecido no es solo conceptual, y también alcanza a otros detalles muy concretos. Por ejemplo, al igual que ocurre en el film inaugural de la trilogía de “Maniac Cop”, en ningún momento del metraje se llega a aclarar si el despiadado asesino es un zombi que ha regresado de la tumba o si, por el contrario, fue dado por muerto cuando en realidad no lo estaba. Eso por no hablar de que su desfigurado aspecto es prácticamente idéntico.

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Así las cosas, la principal novedad que presenta el personaje protagonista de Uncle Sam con respecto a su predecesor es que, en lugar de un agente de policía, en esta oportunidad se trata de un militar, veterano de la Primera Guerra del Golfo, entre otros conflictos armados, trasladando con ello la acción desde los escenarios nocturnos de la turbulenta Nueva York hasta los de una pequeña población del país y su idílica representación del American way of life. Una variación que, en principio, puede antojarse inane, pero que en su esencia revela el cambio de enfoque con el que está planteada esta nueva película. Y es que si a lo largo de la dilatada trayectoria de Larry Cohen como director y/o guionista una de sus características más reconocibles es la presencia de comentarios sociales en buena parte de su obra, en este caso dicho rasgo acaba por erigirse en la auténtica razón de ser de la propuesta. En este sentido, resulta bastante ilustrativo (por evidente) de las verdaderas intenciones manejadas por la película el que su serial killer particular lleve a cabo sus sangrientas correrías durante el 4 de julio, día de la fiesta nacional de los Estados Unidos, y que lo haga ataviado como “el tío Sam”, ese anciano con barba y pelo blanco que viste con chistera y levita, por lo general con los colores de la bandera de las barras y estrellas, que representa la personificación del espíritu nacional estadounidense desde prácticamente su nacimiento como país y que habitualmente ha sido empleado por la Casa Blanca en tiempos de conflicto para llamar a sus jóvenes a filas o solicitar la colaboración de sus ciudadanos en el sostenimiento y financiación de su maquinaria de guerra.

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Como es fácil de deducir a tenor de lo expuesto, el objetivo perseguido por Cohen con ello es el de lanzar una ácida mirada al patriotismo estadounidense desaforado y su desmedida devoción por su ejército en una época de lo más sensible en este sentido, tras el mandato de George Bush padre y justo antes de la llegada de George Bush hijo al Capitolio o, lo que es lo mismo, en el periodo comprendido entre la Primera y la Segunda Guerra del Golfo. Una crítica que es iniciada ya desde los potentes títulos de crédito, ilustrados con imágenes de archivo de actos públicos protagonizados por el tío Sam a lo largo de las últimas décadas y que alcanza toda su dimensión con el personaje de Jody, el joven sobrino del veterano militar protagonista, llamado significativamente Sam en obvia analogía. De este modo, si en su película In-Natural (The Stuff, 1985) era un chiquillo el primero en alertar sobre la verdadera naturaleza del adictivo yogur sobre el que versaba el relato, en Uncle Sam el cineasta neoyorquino vuelve a utilizar un personaje infantil como motor narrativo de la historia, al menos durante su primera parte, aunque en esta ocasión como personificación de las conductas denunciadas. De este modo, al conocer el fallecimiento de su tío en acto de combate, algo que le convierte en un héroe según afirma el militar que comunica la noticia a la familia, Jody no esconderá su admiración y orgullo hacia él, hasta el punto de anunciar su decisión de seguir sus pasos y alistarse en el ejército tan pronto como tenga la edad necesaria para hacerlo. “Pienso cumplir todo lo que el Presidente me ordene, porque él sabe lo que hace”, llega a pronunciar en off con rotunda firmeza, en una plasmación de ese patriotismo ciego sobre el que la película trata de alertar.

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Frente a la idealizada imagen que su sobrino tiene de él, Sam es dibujado por su hermana y esposa como un egoísta, maltratador y alcohólico que encontró en las fuerzas armadas el lugar ideal para dar salida a su carácter violento y su ira, en una nada inocente asociación. Por si hubiera alguna duda, el personaje encarnado por Isaac Hayes, un lisiado (física y emocionalmente) veterano de la Guerra de Corea que con sus historias de honor y gloria fue el responsable de que Sam ingresara en el ejército, se encarga de reafirmarlo al exclamar: “Los héroes no existen, solo hombres que pierden la razón en medio de la batalla. Cualquiera en su sano juicio intenta salvar el pellejo. Pero de repente surge un lunático fuera de control enloquecido y, si por un milagro no llega a morir, le ponen una medalla”. No por casualidad, este rol es el encargado de representar la forma de pensar de Cohen. Es él el que habla del sinsentido de la guerra y el que, de algún modo, sintetiza el espíritu de la cinta cuando, al comentario de Jody de sus dudas sobre cuál cuerpo alistarse, le responda: “Quítate esas ideas de la cabeza, muchacho. Esto ya no es como antes, cuando sabíamos contra quién luchábamos: Hitler, Hirohito o Mussolini. Sabíamos lo que teníamos que hacer y porqué. Hoy todo es un lío. Nadie entiende ni los motivos ni los porqués”. Todo un ataque frontal a la política intervencionista de los Estados Unidos que cobra su verdadero significado en la siguiente escena, con el comentario que el novio de la madre de Jody hace a uno de los asistentes al funeral de Sam en alusión no explícita a la Primera Guerra del Golfo. “Lo trágico es que todo fue por el petróleo, para que unos árabes pudieran conservar sus grandes fortunas. Esos pobres soldados se sacrificaron por nada”. Más claro, agua.

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No obstante, y dejando a un lado apuntes irónicos del tipo que el helicóptero en el que se encontraba Sam fuera derribado por fuego amigo, a pesar de lo comentado Cohen se guarda mucho de caer en el maniqueísmo. Por el contrario, muchas de sus ideas están presididas por cierta ambigüedad, haciendo que, si por un lado arremeten contra el patriotismo exacerbado, por otro también alude a aquellos que no respetan a su país. Así, aunque en un primer momento las víctimas de los crímenes sean responsables de actitudes antipatrióticas tan poco peligrosas como la de un joven que espía a una chica desnuda a través de una ventana mientras se encuentra disfrazado de Tío Sam, entre la lista de asesinados se encuentran también otros personajes de conductas más censurables, entre los que podemos citar al novio de la madre de Jody, quien se vanagloria de eludir impuestos por medio de triquiñuelas legales o un senador que solo actúa pensando en los réditos electorales y no en el bienestar de sus electores. Siguiendo por esta senda, tampoco puede pasarse por alto la crítica que puede percibirse a la banalización en la que ha caído la celebración del 4 de julio, reducida a una mera fiesta en la que comer chuletas, mirar fuegos artificiales y participar en carreras de sacos, y despojada por tanto de su original significado.

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Dividida en dos mitades bien diferenciadas, en la primera de ellas el guion de Cohen se dedica a desarrollar concienzudamente los caracteres de los personajes principales y, con ellos, su discurso. Una minuciosidad y mimo que contrasta con la rutina y convencionalidad que se apodera de su segunda parte, en la que la película abraza los modos del más formulario slasher, limitándose básicamente a la concatenación de las diferentes escenas de muertes. Si bien cabe reconocer el atractivo que posee la carga simbólica que tienen muchos de los asesinatos, ya sea por el uso que el militar da al mástil de la bandera para ahorcar a una de sus víctimas, el disfraz de Abraham Lincoln que porta el novio de la madre de Jody cuando es ejecutado o que el citado senador perezca a causa de la detonación de los fuegos artificiales, lo cierto es que a la hora de la verdad la plasmación de este tipo de escenas que en teoría debieran ser uno de los platos fuertes de la función carecen de garra y chispa. Buena muestra de ello es que la muerte más potente de todo el conjunto, aquella en la que el tío Sam atraviesa por la espalda con una bandera de los Estados Unidos el cuerpo del sheriff que ahora sale con su esposa, está directamente tomada de otra película de Larry Cohen, A Return to Salem’s Lot [tv/vd/dvd: Regreso a Salem’s Lot, 1987], donde el protagonista encarnado por Michael Moriaty emplea idéntico método para acabar con el juez que dirige la comunidad vampírica en la que transcurre la historia, y que a su vez recuerda poderosamente el modo en que es abatido el peligroso delincuente del clásico Semilla de maldad (Blackboard Jungle, Richard Brooks, 1955)

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En primera instancia, y más allá de la aparición durante este segundo tramo de esos elementos incongruentes tan habituales en los trabajos de su guionista, representados por el niño ciego e inválido que mantiene una especie de conexión mental con el asesino sin que se sepa muy bien porqué, la responsabilidad de semejantes resultados cabría atribuírsela a la labor de William Lustig en su condición de traductor en imágenes del libreto pergeñado por Larry Cohen. Aunque en descargo del director de Maniac habría que realizar un par de consideraciones. En primer término, el bajo presupuesto del que dispuso una producción que fue estrenada directamente en el mercado doméstico, con todo lo que ello conlleva, y que se deja sentir en el look visual que exhibe el acabado formal de la película. Pero, sobre todo, por las dificultades que tuvo que afrontar el cineasta durante la post-producción del film. En sus propias palabras: “Mis inversores impugnaron el contrato y se negaban a pagar los gastos extras de los actores. Un desagradable abogado de Beverly Hills se puso en contacto con [George] Braunstein el productor y conmigo y nos obligó a interrumpir cinco semanas el montaje. Durante ese período el abogado que defendía nuestros intereses se hizo con una carta que obligaba a nuestros inversores a cumplir con sus compromisos. Volvimos a la sala de montaje, pero ya solo teníamos un mes para terminar la película. (…) Estábamos muy desmoralizados, y nuestro presupuesto era verdaderamente exiguo: no pensamos en otra cosa que en terminar cuanto antes y olvidar definitivamente esa película tan desgraciada”1.

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Ni qué decir tiene que tan accidentadas circunstancias influyeron en la negativa valoración que el cineasta hacía de Uncle Sam en esa misma entrevista: “Para siempre será la historia de una decepción, porque pensaba hacer de ella un buen ejemplo de entretenimiento, y en cambio quedó en un aborto de película, en una película a medio hacer”2. Es muy posible que las consecutivas frustraciones con las que se habían saldado sus participaciones en la tercera entrega de “Maniac Cop” y en el título que nos ocupa fuera determinante en el hecho de que desde entonces Lustig no haya vuelto a ponerse detrás de las cámaras, reorientando su carrera a partir de entonces al mundo de la edición videográfica por medio de su trabajo como productor ejecutivo del prestigioso y especializado sello Blue Underground, en el que se dedica a la recuperación, restauración y publicación en las mejores condiciones posibles de exponentes del cine de género de los sesenta, setenta y ochenta, con especial predilección por el italiano. Nada raro teniendo en cuenta que esta Uncle Sam está dedicada a la memoria de Lucio Fulci, fallecido en aquel mismo 1996, y cuya película Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (Paura nella cittá dei morti viventi, 1980) es homenajeada en el plano final con el que se cierra la cinta, en el que, como ocurría en aquella, la imagen al ralentí del rostro de un personaje infantil acaba por congelarse, “partiéndose” por medio de una animación el fotograma en varios fragmentos, como si de un vidrio se tratara, hasta pasar a negro.

José Luis Salvador Estébenez

1 “Entrevista” a Lustig realizada por Loris Curci e incluida dentro del libro coral Cohen & Lustig, tercer número de la colección de la Semana de Cine Fantástico y de Terror (Donostia Kultura, San Sebastián, 1998); págs. 167-168.

2 Ibid; pág. 168.