El último boy scout

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Título original: The Last Boy Scout

Año: 1991 (Estados Unidos)

Director: Tony Scott

Productores: Joel Silver, Michael Levi

Guionistas: Shane Black, Greg Hicks

Fotografía: Ward Russell

Música: Michael Kamen

Intérpretes: Bruce Willis (Joe Hallenbeck), Damon Wayans (Jimmi Dix), Chelsea Field (Sarah Hallenbeck), Noble Willingham (Sheldon Marcone), Taylor Negron (Milo), Danielle Harris (Darian Hallenbeck), Halle Berry (Corey), Kim Coates (Chet), Bruce McGill (Mike Matthews), Chelcie Ross (Senador Baynard)…

Sinopsis: Joe Hallenbeck es un investigador privado en horas bajas marcado por su pasado. Antaño fue uno de los más importantes agentes del servicio secreto norteamericano, carrera que se truncó al enfrentarse a un senador corrupto. Jimmy Dix es una estrella de fútbol caída en desgracia al verse inmerso en un supuesto escándalo de drogas. Dos tipos totalmente distintos que unirán fuerzas al verse involucrados en un caso de corrupción, promovido por altas esferas del deporte y la política.

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La Navidad, época propicia para estar en familia o con nuestros amigos. Unas fiestas ideales para el recogimiento, las reuniones, seguir las tradiciones, las copiosas comidas y cenas o compartir muchos momentos inolvidables con nuestros seres queridos. Como aficionado (entre otras muchas cosas) al Séptimo Arte, apenas se me ocurren opciones mejores para compartir con aquellos que te rodean que el visionado de esas películas que bien saben cómo llegarnos directamente a la “patata”. Estoy convencido de que todos nosotros tenemos una o varias cintas que, además de no cansarnos nunca de revisitar en cualquier momento del año, visionamos en tan señaladas fechas, ya sea solos o acompañados de parejas, amigos o mascotas. Mientras que las cadenas televisivas tampoco se cansan de repetir esos grandes clásicos tales como ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderfull Life, Frank Capra, 1946) o Siete novias para siete hermanos (Seven Brides for Seven Brother, Stanley Donen, 1954), seguro que muchos de vosotros haréis lo mismo con las tradicionalmente navideñas Gremlins (Gremlins, Joe Dante, 1984), Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, Tim Burton, 1990) o La jungla de cristal (Die Hard, John McTiernan, 1989), por poner alguno de los ejemplos más típicos que suelo encontrar en cualquiera de los muros de mis redes sociales a finales de año. Como el tema en común de este especial de La Abadía de Berzano es la Navidad, hoy toca hablar de ello y servidor tiene como costumbre fuertemente arraigada la de desempolvar de la videoteca alguno de mis filmes favoritos de las décadas de los ochenta y noventa, que suelen transcurrir en días próximos a la visita del viejo Santa Claus, escritos por Shane Black. Un tipo que, antes de la estrepitosa llegada al candelero del histriónico Quentin Tarantino, fuera considerado como uno, sino el que más, de los guionistas más influyentes de Hollywood, así como el mejor remunerado por su trabajo.

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Originario de Pittsburgh, el joven Shane Black desarrolló a una tierna edad gran afición por el género negro, sobre todo el hardboiled, esa variante más violenta y explícita de la novela negra alejada de los cánones (digamos) más puristas del noir y normalmente protagonizada por personajes algo más extremos que el popular Phillip Marlowe chandleriano. Historias de asesinatos desenvolviéndose en enrevesadas intrigas criminales repletas de eróticas escenas, femme fatales a las que no conviene quitarles el ojo de encima e investigadores privados de esos que disparan primero y preguntan después. El traslado de la familia Black a la ciudad de Fullerton, en California, durante su secundaria propició que pudiera cursar sus estudios universitarios, especializados en cine y arte dramático, en la Universidad de California de Los Ángeles, popularmente conocida por su acrónimo, UCLA. Allí conocería a una importante figura para su posterior carrera, su gran amigo Fred Dekker, futuro director de míticas cintas como El terror llama a su puerta (Night of the Creeps, 1986) o Una pandilla alucinante (Monster Squad, 1987), ésta última con guión del mismo Black. Fue Dekker quien convenciera a nuestro protagonista de que intentara entrar en el mundillo del cine a través de la escritura de historias, una vez comprobadas las extraordinarias dotes de Black para ello, dejando de lado sus aspiraciones interpretativas. Con poco más de veinte años, Shane Black lograba vender el guion que marcaría el paso a toda la posterior producción de acción blockbusteriana hollywodiense. Me refiero, por supuesto, al libreto que acabaría convirtiéndose en Arma Letal (Lethal Weapon, 1987), película que elevaría al estrellato a Mel Gibson y finalmente dirigida por un curtido artesano del oficio como es Richard Donner y producida por Joel Silver, uno de los más importantes gurús del blockbuster ochentero y noventero que ese mismo año también participó en la gestación de otro importantísimo título para la ciencia ficción y para la carrera de un tal Arnold Schwarzenegger, Depredador (Predator, John McTiernan, 1987)[1].

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Con las aventuras de los detectives Riggs y Murtaugh, Black llevó al terreno de la acción su particular reformulación de un subgénero como el de las buddy movies; es decir, esas historias protagonizadas por personajes dotados de fuertes personalidades confrontadas que se suelen centrar en el crecimiento y desarrollo de su amistad y en cómo ambos finalmente resuelven diversas adversidades. Un tipo de tramas en las que el sexo femenino prácticamente es eliminado del cuerpo narrativo y que tradicionalmente se aplicaba al género de la comedia. No es que fuera algo totalmente original, ya que encontramos, por ejemplo, un precedente en el filme protagonizado por Nick Nolte y Eddie Murphy, Límite 48 horas (48 Hrs, 1982) de Walter Hill. Sin embargo, la principal diferencia entre ambas películas parte de las reacciones humorísticas de los personajes protagonistas ante los momentos de mayor tensión en el relato de Black, mientras que en el de Hill las pinceladas de humor son prácticamente mínimas. Por otro lado, Shane Black demuestra, sin pudor alguno, su gusto por el género negro más clásico, en lo estructural de su relato, y a ello aplica no sólo elementos cómicos sino algunas piezas más de su cosecha que acabarán por convertirse en pautas habituales en toda su carrera: excelentes diálogos rápidos y cargados de humor negro, palabras malsonantes, cinismo e ironía, así como sus giros imposibles e impensables en la trama y sus quijotescos protagonistas en eterna búsqueda de redención[2]. Arma Letal fue un gran éxito, tanto para Warner Bros como para sus responsables, acabando convirtiéndose en una fructífera saga[3] y Black encontró las puertas de Hollywood abiertas y dispuestas a comprar sus ideas a golpe de talonario. Y es así como un guion escrito en los ratos muertos del rodaje de Depredador se convertiría en el mejor pagado hasta el momento (rápidamente desbancado posteriormente por el de Instinto básico [Basic Instinct, Paul Verhoeven, 1992]). Un millón setecientos cincuenta mil dólares fue la friolera cantidad que se embolsó Shane Black por un libreto que acabaría materializándose, con mil y una reescrituras mediante[4], en una de las cintas de acción más icónicas de los noventa, El último boy scout (The Last Boy Scout, Tony Scott, 1991).

Nos situamos en la ciudad de Los Ángeles, el entorno ideal para todo relato noir que se precie. Una urbe presente desde los orígenes del género. Confrontada a la verticalidad de otras ciudades como Nueva York o Chicago, la capital californiana (y segunda más poblada de todos los Estados Unidos) es el entorno perfecto para perderse en su inmensidad, en sus bajos fondos, en esos sórdidos bares situados en medio de ninguna parte o en la diversidad de su cultura urbana. Una auténtica jungla de asfalto donde el pez grande se come (o mejor dicho, devora sin piedad) al pequeño. Un lugar en el que tras los ganadores se esconden miles de historias de perdedores. Una metrópoli donde todo código de honor o valores morales son susceptibles de desaparecer tras tirar de la cadena del inodoro. No hay lugar para los idealistas, para los héroes, puesto que la ciudad acabará con ellos. Y ahí, como en prácticamente todos los relatos de Shane Black, comenzará la acción con un espectacular prólogo, precedido de unos créditos noventeros a más no poder a ritmo del pegadizo tema dedicado al fútbol americano ‘Friday night’s a great night for football’ interpretado por Bill Medley, en el que un profesional de dicho deporte, enloquecido por las deudas y amenazas de sus acreedores, acaba, en mitad de un partido, con la vida de algunos de sus rivales así como con la suya propia ante la atónita mirada de compañeros y público. Una de esas secuencias para la posteridad con la lluvia como principal protagonista, ofreciendo un ambiente más opresor si cabe al añadir esos saturados entornos azulados y neblinosos muy propios de la estética de su director, Tony Scott. El fallecido hermano menor de Ridley acabaría por especializarse en este tipo de blockbusters en la época desde que recayera en sus manos un proyecto rechazado por el mismísimo John Carpenter con el título de Top Gun: Ídolos del aire (Top Gun, 1986).

Tras esta primera escena, escena que no sólo marcará la primera de las intrigas del metraje, se nos presentarán a los protagonistas del relato. Dos tipos, dos perdedores, que, a pesar de sus claras diferencias, de que han sido fagocitados por un cruel sistema, por la inmisericorde realidad, se resisten a dejar de lado sus convicciones y códigos de honor. Por un lado, Joe Hallenbeck, interpretado por un Bruce Willis en estado de gracia que hará de este personaje su bandera, es un investigador privado venido a menos. Fuera de lugar en un mundo de avanza más rápido que él mismo, su pasado, como en la mayoría de los personajes escritos por Black, marca su presente. Antaño brillante agente del servicio secreto, condecorado por recibir una bala destinada al presidente, cayó en desgracia el día que salvara a una jovencita de las lascivas zarpas de un depravado senador. Sin perder tanto el orgullo como la compostura, Hallenbeck, con su cigarrillo colgando de la comisura de los labios, se regodeará en su soledad y aislamiento aferrado a una botella de whisky. Respondiendo al esquema del típico héroe chandleriano, pese a las miserias que lo rodean, siendo un inadaptado despreciado por su propia familia, sigue siendo un idealista, un fiel creyente y defensor de la justicia. En definitiva, es el último boy scout en una sociedad totalmente corrompida. Su mirada cínica hacia todo lo que le rodea siempre le proporcionará una rápida respuesta. Una réplica tan punzante como irreverente. Y es que si algo caracteriza a Joe Hallenbeck es la inmensa cantidad de one liners que suelta a diestro y siniestro. Cosa que, combinado con el gran carisma de un actor como Bruce Willis, lo aúpa sino aún más al Olimpo de los grandes personajes que nos ha dado este veterano actor. Lástima que este tipo de rol, el del agente de policía paria, Willis lo adoptara para su popular John McClane, dejando totalmente eclipsado a Hallenbeck, a esta versión moderna, algo menos elegante, de los Phillip Marlowe y/o Sam Spade de Raymond Chandler y Dashiel Hammett respectivamente. Una reformulación made in Shane Black de los clásicos del noir en clave de ácida comedia negra.

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En el otro lado tenemos a Jimmy Dix, un juguete roto del futbol profesional que ha sufrido en sus propias carnes los estragos del negocio del deporte. Otro héroe caído en desgracia por los excesos y las drogas. Decepcionado, amargado, no hay apenas lugar para la esperanza en su mirada hacia el mundo que le rodea a excepción de su novia, Cory, abatida a tiros en mitad de la calle. Interpretado por Damon Wayans, cómico y actor de larga trayectoria al que hemos podido ver interpretando a la versión televisiva de Roger Murtaugh en la serie Arma Letal (Lethal Weapon, 2016-2019), Dix se nos presenta con una personalidad radicalmente distinta a la de Hallebeck. Diferencias de forma, pero no de fondo, ya que el personaje de Wayans es tan quijotesco como el de Willis. Salvo por el hecho de que ha permitido que la corrupción que le rodea se haya apoderado de él, con excepción de algunos destellos de héroe que nos deja entrever y que, con la (involuntaria) ayuda de Hallebenck, acabará por situar en primer término en pos de esa cruzada compartida por la búsqueda de la propia redención. Ambos desarrollarán paralelamente una relación de camaradería mientras se afanan en resolver esos casos distintos, aparentemente no relacionados entre sí, que convergerán en un explosivo (literalmente) desenlace donde el sentido del cine entendido como espectáculo de los excesos, una tónica del blockbuster de esa década, hace acto de presencia.

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Como en toda cinta escrita o dirigida por Black, nuestros protagonistas danzarán por las calles de la envilecida ciudad de Los Ángeles tras una trama criminal relacionada con el mundo del deporte profesional que incluso salpica a las altas esferas. Todo ello amenizado con el estilo característico de su director, Tony Scott, donde habrá lugar para sus planos picados y contrapicados imposibles, rostros sombríos iluminados por la llama de la cerilla que enciende sus cigarrillos, esa peculiar estética de azules y naranjas saturados, atmósferas neblinosas, escenas de acción impactantes, atronadores y crudos tiroteos, y grandes y aparatosas explosiones (muchas) con música de Michael Kamen de fondo. Ciento un minutos de trepidante acción en una cinta muy entretenida de la cual podemos también destacar de entre su reparto (además de las breves participaciones de unos desconocidos, en ese momento, Halle Berry o James Gandolfini[5]) a las actrices que interpretan a la malograda familia de Joe Hallenbeck: Chelsea Field y Danielle Harris. A nivel personal, siempre me ha sorprendido que la carrera de Chelsea Field no haya llegado a mayores, ya que es una de esas actrices que lo tienen prácticamente todo para poder triunfar el Hollywood; es decir, presencia en pantalla y buen oficio. Sin embargo, se la suele recordar por haberle puesto cuerpo y cara a Teela, el popular personaje femenino de la serie de juguetes de Mattel, los Masters del Universo, en la película homónima producida por Cannon Films. Danielle Harris tampoco necesita de mucha presentación para todos aquellos amantes del cine de terror. Actualmente musa del género de horror, la pequeña Danielle debutó en el cine como la sobrina del celebérrimo Michael Myers, el boogieman que el Maestro John Carpenter nos presentara en su imprescindible La noche de Halloween (Halloween, 1978). En El último boy scout es la irascible e insoportable hija de Joe Hallenbeck. Una niña -¿hemos comentado ya que la presencia de niños es característica propia de todo relato escrito por Shane Black?- con gran facilidad para meterse en líos y con unas aptitudes para el dibujo y la perversión de iconos navideños. Su dibujo de “Satán Klaus” es, sin duda, uno de los momentos más recordados con la cinta y posiblemente el único elemento de conexión con la Navidad de toda la película. La Navidad siempre está presente en la obra de Black. En El último boy scout (1991), pese a no ser tan explícita como en Arma letal o Kiss Kiss Bang Bang (Kiss Kiss Bang Bang, Shane Black, 2005), por ejemplo, todo indica que la acción transcurre próxima a tan estimada festividad. Como habitante de una localidad en la que el clima invernal tan sólo nos brinda dos semanas de frío (y muchas veces ni siquiera coinciden con la visita de Papá Noel), no me sorprende que las gentes de California reciban el nacimiento del niño Dios en manga corta. Ese clima caluroso y opresivo del que “gozan” en Los Ángeles le sienta como anillo al dedo a todo relato de género negro donde la ciudad es uno más de los protagonistas -caso también de la cinta que nos ocupa- y no siente clemencia alguna por aquellos que la transitan.

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En definitiva, sé que a la cinta de Tony Scott no le falta ni defensores, ni detractores. Yo me encuentro entre los del primer grupo, ya que El último boy scout no sólo me parece una cinta más que entretenida, sino también una reformulación, una revisión, una actualización, un homenaje o como lo queramos llamar del mejor género negro, pero en clave de comedia y con las formas de una buddy movie de acción. Puede que la trama sea lo de menos. Y diría que en realidad lo es, ya que lo que de verdad importa, lo que de verdad confiere empaque al producto final, son los brillantes diálogos escritos por Black. Diálogos ágiles, punzantes, divertidos… La película, como he comentado, está repleta de one liners (tales como el impagable: “si me vuelves a tocar, te mato”, “Estoy a dos metros de usted, puede que llegue y puede que no, pero si vuelve a llamarla puta saldré de dudas” o “Todo el mundo te odia. Ellos se lo pierden. Sonríe, cabrón”) que, conjugados con la presencia en pantalla del mejor Bruce Willis, haciendo las veces por vez primera de ese tipo de personaje que hizo popular, han hecho las delicias de todo aficionado al género. La cinta de Scott responde también a los parámetros de una década llena de excesos donde normalmente primaba la espectacularidad de lo visual sobre la historia, pero que gracias al toque maestro de Shane Black, aquí tiene calidad en ambas vertientes: la acción es apabullante y rodada con el suficiente oficio como para dejar la boca abierta del respetable ante tanto fuego de artificio y las palabras que profieren los personajes tienen la capacidad de acabar de desencajar las mandíbulas a golpe de carcajada de los espectadores. Sin duda, una pequeña joya que muchos guardamos como oro en paño en nuestros corazoncitos de fans y una muestra inequívoca de cuánto gustaba molar en los noventa.

José Manuel Sarabia

[1] Joel Silver se llevó de la mano a Shane Black al rodaje de Depredador. Silver necesitaba un guionista de apoyo, por si fuese necesario hacer cambios sobre la marcha del guion de los hermanos Thomas. Sin embargo, Shane sólo accedió a participar si se le daba un papel en el reparto. De esta forma encarnó al operador de radio Hawkins, primera de las víctimas del depredador y aficionado a hacer chistes sobre la vagina de su novia.

[2] Las historias de compañeros, las buddy movies, son una constante dentro de la filmografía de Shane Black. Como excepciones encontramos el libreto de Una pandilla alucinante y el de su secuela no oficial (o al menos en la opinión de aquel que suscribe estas palabras) Depredador (The Predator, Shane Black, 2018).

[3] La saga de Arma letal ha dado hasta el momento cuatro filmes, todos dirigidos por Richard Donner y protagonizados por Mel Gibson y Danny Glover, así como una serie de televisión que consta de tres temporadas. Black se bajó de la saga en su segunda entrega tras una discusión con los productores acerca del destino de Riggs. En su libreto, el personaje interpretado por Mel Gibson moría. Warner no accedió a ello.

[4] El rodaje de El último boy scout no es recordado de forma grata por algunos de sus responsables, entre ellos Shane Black y Tony Scott. Éste último llegó a confesar que tuvo que acatar muchas de las órdenes de Joel Silver y Bruce Willis, producidas por sus constantes cambios sobre la marcha del libreto original de Black, bajo amenaza de despido o impago de su salario.

[5] Gandolfini disfrutaría de un papel algo más extenso (y acreditado) en la siguiente película de Tony Scott, Amor a quemarropa (True Romance, 1993), cinta con Quentin Tarantino en sus créditos en calidad de guionista y cuya estética bebe mucho de la de El último boy scout.