Cromwell, el rey de los bárbaros

Cromwell rey de los bárbaros

Título original: The Sword and the Sorcerer

Año: 1982 (Estados Unidos)

Director: Albert Pyun

Productores: Brandon Chase, Marianne Chase, Mark L. Rosen

Guionistas: Tom Karnowsky, John Stuckmeyer, Albert Pyun

Fotografía: Joseph Mangine

Música: David Whitaker

Intérpretes: Lee Horsley (Talon), Kathleen Keller (Alana), Simon McCorkindale (Mikah), Richard Lynch (Cromwell), Richard Moll (Xusia), Anthony De Longis (Rodrigo), George Maharis(Machelli), Robert Tessier (verdugo), Jeff Corey (Craccus), Joe Regalbuto (Darius), George Murdock (Quade), Reb Brown (Phillip), Nina van Pallandt (Malia), Anna Bjorn (Elizabeth), Joseph Ruskin (Malcolm), Russ Marin(Mogullen), Earl Maynard (Morgan)…

Sinopsis: El temible Cromwell está decidido a tomar el reino de Ed-Han, sabiamente gobernado por el Rey Ricardo. Para asegurarse la victoria, Cromwell logra engañar al horrible hechicero Xusia, quien, tras milenios de castigo, pretende aprovechar la situación para recuperar el poder perdido. Cromwell consigue su objetivo, toma Ed-Han, pero embargado de odio ejecuta a la familia real, salvo el heredero, el joven Talon, que escapa de una muerte segura. Tiempo después Talon regresara a Ed-Han al frente de una tropa de mercenarios, decidido a tomar partido por un grupo de insurgentes, capitaneados por una bella muchacha y su hermano, quienes pretenden plantar cara a un Cromwell desquiciado por el poder…

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Corría 1982 cuando John Milius dirigía, a partir de un guión de Oliver Stone, Conan el bárbaro (Conan the Barbarian,1982), adaptación del personaje creado en 1932 para la literatura popular, o pulp, por Robert E. Howard y aparecido originalmente en la mítica revista Weird Tales, una de las grandes publicaciones de aquellos años de la Depresión, donde revistas impresas con mal papel pero realizadas por escritores de indudable nivel, intentaban hacer olvidar a los americanos los desmanes de la crisis financiera iniciada en 1929. Producida por el italiano Dino De Laurentiis, Conan el bárbaro pasa por ser la adaptación canónica del personaje a la gran pantalla, más que nada porque su secuela oficial, producida dos años después y dirigida por un Richard Fleischer andando ya hacia el tramo final de su carrera como cineasta, Conan el destructor (Conan the Destroyer, 1984), resulta mucho más ligera que su predecesora, aunque tampoco haya que dejarla de lado.

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El hecho es que Conan el bárbaro supuso todo un éxito comercial que impulsó una fiebre de películas de espada y brujería en los cines y videoclubes de medio planeta. La cosa empezó en América con un título como El Señor de las bestias (Beastmaster, Don Coscarelli, 1982), pero productores tan astutos, por no decir en ocasiones rapaces (y tan atentos a las modas), como Roger Corman, se subieron al carro con suma rapidez, con el claro objetivo de no perder el tren produciendo El último guerrero (Deathstalker, James Sbardellati, 1983), coproducción entre Estados Unidos y Argentina, rodada en parajes de este último país. Su éxito derivó en diversas secuelas, cada vez de menor interés.  En ese mismo año, 1983, en España, el director Matt Cimber se pone tras las cámaras para rodar otra coproducción, la hispanoestadounidense Hundra (Matt Cimber, 1983), suerte de Conan femenina encarnada por la rubia Laurene Landon, habitual del cine de Larry Cohen.

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Y ustedes se preguntarán, ¿y los italianos? Pues los italianos, solos o en régimen de coproducción, también frecuentaron las aventuras de espada y brujería, con bárbaros encarnados por émulos con mucho menos carisma que el bueno de Arnie, pero igualmente orgullosos de mostrar sus bíceps. La verdad es que hay para dar y tomar, pero si podemos indicar algunos títulos que, si bien no brillan por su calidad cinematográfica, sí lo hacen por los responsables de su realización.

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Aristide Masaccesi, en arte Joe D´Amato (aunque en este caso dejó su seudónimo más habitual por el de David Hills) abrió el fuego con la inigualable (es un decir) Ator el poderoso (Ator l’invincible, 1982),  un Conan de baratillo en el que el muy soso Miles O’Keefe intenta resultar convincente no ya como héroe, que fracasa por completo, sino como actor. La película no deja de ser un cúmulo de tópicos del género, todos ellos repasados sin atisbo creativo alguno, pero ciertos toques terroríficos malsanos, muy propios de su director, así como las sugestivas presencias de Sabrina Siani, efímera estrella del subgénero, y una habitual del cine de D´Amato como Laura Gemser, hacen que al final el conjunto, al menos para el que suscribe, no se haga mortalmente aburrido. Su éxito, básicamente a nivel videográfico, propició una secuela, Ator el invencible (Ator l’invincibile II, 1984) de la que es mejor correr un tupido velo.

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Un director como Lucio Fulci, maestro del terror más contundente y hemoglobínico, tampoco pudo dejar de lado este tipo de cine, aportando a la cosecha una pieza indudablemente propia de su estilo, aunque no figure dentro de sus obras “mayores”, si se me permite la expresión. Me refiero a La conquista de la tierra perdida/Conquest (1983), coproducción a tres bandas entre Italia, México y España, donde se rodó la película. Protagonizada por un Jorge Rivero con melena postiza y un Andrea Occhipinti con cara de no saber dónde se ha metido, La conquista de la tierra perdida es un pasatiempo que funciona muy de tanto en tanto, y en donde Fulci no puede dejar de lado su gusto por las escenas de calibre más escabroso, la casquería marca de la casa, pero al igual que ocurre con la práctica totalidad de la producción de espada y brujería hecha en Europa, ésta funciona a partir de elementos, de clichés, que Milius puso EN la pantalla en su seminal película sobre el bárbaro howardiano, y que Fulci, como tantos otros directores del cine de género europeo, copiaba por inercia y porque consideraba que era lo que el público iba a ver.

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Ahora bien, si hay una película que, aún sin ser una adaptación directa de su obra,  en mi opinión supo capturar muy bien el espíritu de los relatos de Robert E. Howard, su esencia aventurera, su espíritu de fantasía, esa es, sin duda, Cromwell, el rey de los bárbaros (The Sword and the Sorcerer, Albert Pyun,  1982). Filmada en plena oleada de pseudoconans de toda clase y condición, Cromwell, el rey de los bárbaros es una película que en su momento quedó algo descolgada de los títulos que resiguieron la moda de la espada y brujería a primeros de los ochenta. El hecho de ser un fracaso comercial en su día, que además provocó que los planes de una secuela quedaran del todo abortados y el hecho de estar filmada por un director como Albert Pyun, dueño y señor de productos de género de serie B, cuando no Z, han hecho de ella una especie de rara avis que de un tiempo a esta parte ha ido quedando algo olvidada, aunque en su día se convirtió en toda una obra de culto y muchos la consideran el mejor trabajo de sus director tras las cámaras, tarea ésta no muy complicada debo añadir.

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A partir de un guión escrito a seis manos entre el propio Pyun,  Tom Karnowsky y John Stuckmeyer (estos dos últimos han desarrollado posteriormente una amplia actividad tanto en cine como en televisión, pero en funciones de productor o productor ejecutivo, siendo ésta su única labor en la escritura de guiones), Cromwell, el  rey de los bárbaros nos relata una historia de aventuras y venganza al mejor estilo del pulp de espada y brujería, en donde tenemos al héroe con un pasado dramático, marcado por la violencia de ver cómo asesinaban a su familia, pero que aún así mantiene el tipo con sorna en las situaciones más complicadas; Talon (Lee Horsley) se las verá contra el hombre que mató y usurpó la corona de su padre el Rey Ricardo, Cromwell  (Richard Lynch), quien logró sus propósitos gracias a la ayuda de un hechicero sacado de la mejor tradición de un Robert E. Howard o un Clark Ahston Smith, Xusia (Richard Moll), que posteriormente es traicionado por el taimado Cromwell, que no tiene interés alguno en deberle nada a una brujo como ese.  La aparición de dos hermanos, Mikah y la bella Alana, que pretenden recuperar el reino, permitirá al bueno de Talon cumplir justa venganza, aún a costa de padecer tortura y tener que luchar tanto contra el tramposo y malvado de Cromwell como contra las artes de magia negra de Xusia, sin olvidar la presencia de la mano derecha de Cromwell, Machelli, quien digamos que parece tener sus propios objetivos en todo este asunto. Suerte que Talon cuenta con la ayuda de su tropa de mercenarios, quienes se encargarán de servir de apoyo a su jefe cuando las cosas se compliquen para él, así como de sus habilidades con una espada de, ojo al dato, triple filo, un arma que le otorga cierto aire de James Bond de tiempos inmemoriales.

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Pyun dirige toda esta historia desde planteamientos que, a primera vista, nos pueden recordar a un típico y tópico telefilme, al episodio piloto de una serie televisiva de primeros de los ochenta. La presencia de actores de trayectoria eminentemente catódica como Lee Horsley, Kathleen Beller o Simon McCorkindale bien pueden dar esa idea. Pero algunos golpes de violencia, ciertos toques como en el tramo final, donde Talon asume en solitario la lucha contra el grueso de las fuerzas de Cromwell en una estampa muy propia de ilustración de revista pulp o de cómic marveliano, ponen de manifiesto que el director de origen hawaiano, dentro de sus evidentes limitaciones, tuvo algunos chispazos de creatividad visual ciertamente dignos de consideración. Por otro lado, las prestaciones interpretativas de ese actor nacido para ser malvado llamado Richard Lynch, hacen que cuando éste aparece, ese tono, esa energía de cine barato pero honesto, acabe tomando el control de una cinta que, de haber contado con algo más de medios, puede que no tuviese nada que envidiar al Conan filmado por Milius poco tiempo antes, pues el guion ofrece elementos que la hacen no superior, pero muy similar en cuanto a intenciones y resultados.

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Cabe comentar que Cromwell, el rey de los bárbaros supuso el debut como director del  Albert Pyun. Nacido en 1954, Pyun despertó notable interés con este primer trabajo tras las cámaras. Un interés que fue apagándose a medida que su carrera quedó plenamente anclada en la filmación de productos de escasa entidad. A finales de los ochenta recaló en una Cannon Films que se encontraba en sus últimos estertores. Allí filma Los centinelas (Dangerously Close, 1986), Alien from L.A. [vd/dvd: Alien from L.A., 1988] y se responsabiliza de terminar ese desaguisado que es Viaje al centro de la Tierra (Journey to the Center of the Earth, 1988), película empezada por Rusty Lemorande pero que había quedado en dique seco por los ya habituales problemas financieros que acuciaban a la compañía. Curiosamente,  su último filme para la Cannon es Cyborg (Cyborg, 1989), vehículo para el lucimiento de un Jean Claude Van Damme en ciernes, de cuya postproducción es apeado por Menahem Golan y Yoram Globus al quedar descontentos con su montaje. Será Van Damme quien se haga cargo de la película y se responsabilice de remontarla estrenándose con gran éxito, algo que Pyun detesta, pues él tuvo poco que ver, por no decir nada, con ese montaje. Tanto es así que años después realizó su propia edición con el fin de dejar claras las cosas, con escaso éxito por otro lado. A partir de ahí su carrera deambulará siempre en los territorios del cine de clase B, extremadamente B. Puede que muchos fans aún recuerden que dirigió Capitán América (Captain America, 1990), primera adaptación al cine del personaje de la Marvel, cuyo rodaje estuvo plagado de contratiempos derivados de los problemas de financiación que por aquel entonces sufría Menahem Golan (con quien había firmado la pipa de la paz, por poco tiempo), los cuales provocaron que la cinta acabara estrenándose en vídeo o en algunos sitios ni tan siquiera eso. Y algunos entusiastas del videoclub recordarán la simpática Dollman [vd: Dollman, 1991], producción de la Full Moon de Charles Band salvada por lo entrañable de su trama de ciencia ficción y la presencia de un Tim Thomerson tan carismático como siempre.

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Para terminar, tal y como he indicado más arriba, las intenciones de los responsables de Cromwell, el rey de los bárbaros eran hacer una secuela, la cual es anunciada a bombo y platillo en los títulos de crédito finales. Dado que la película no rindió en taquilla lo suficiente, el proyecto se desestimó. Pero en 2010 Albert Pyun pudo quitarse la espina filmando Tales of an Ancient Empire, especie de secuela espiritual de aquella, que cuenta con el protagonismo de Kevin Sorbo y la intervención de un avejentado pero aún pleno de energía Lee Horsley encarnando a un personaje que, aunque llamado “El extraño”, está claro que es un Talon en su ocaso como aventurero y mercenario. Lamentablemente, la película no ha contado con estreno en España, ni tan siquiera en plataformas digitales o televisiones tipo La Sexta, muy dada a emitir productos de este calibre los sábados por la tarde. O que suele repetirlos aleatoriamente y cortados.

Josep Manel Rosell  Subirats

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