Crónica de Cutrecón IX

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Suma y sigue. Se ha convertido casi en una tradición que un servidor comience cada nueva crónica del Festival Internacional de Cine Cutre de Madrid-Cutrecón aludiendo al crecimiento experimentado por la propuesta con respecto a años anteriores. Pero lo cierto es que, una vez más, este fue uno de los aspectos más destacados que nos dejó su novena edición, celebrada entre los pasados 29 de enero y 2 de febrero. No obstante, en esta ocasión se trató del aumento del número de sesiones o actividades paralelas, reducidas este año a la presentación de un libro y la realización en directo del podcast “Tiempo de culto”, en ambos casos celebradas en Omega Center, sede habitual del certamen para este tipo de eventos. Incluso, puestos a comentar, hay que apuntar en el debe de esta edición la meda redonda que servía de encuentro entre invitados y espectadores que solía tener lugar en la jornada del viernes. Por el contrario, si hubo algo que quedó de relieve en esta Cutrecón fue el incremento de su número de espectadores, a tal punto de colgar el cartel de «no hay billetes» en la práctica totalidad de sus sesiones. Un ejemplo de lo más ilustrativo a este respecto se encuentra en la maratón del sábado celebrada en el Auditorio de la Casa del Reloj y dividida en dos tandas de tres títulos. Mientras que en años anteriores las primeras proyecciones habían contado con aproximadamente media entrada, en esta edición ya se habían repartido todas las localidades antes de comenzar el pase de la primera película. Claro que dicha circunstancia no se limitó únicamente a las sesiones gratuitas, sino que también se repitió en aquellas de pago, la mayoría de las cuales agotaron las entradas disponibles, algunas, además, varios días antes de que diera inicio el certamen, hecho este inédito hasta la fecha si la memoria no me traiciona.

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Fotografía de la pequeña exposición de la versión cinematográfica de “Super Mario Bros” que acogió Omega Center dentro del marco de Cutrecón

Paradójicamente, una de las proyecciones que menor afluencia de público registró fue, precisamente, la encargada de inaugurar esta novena edición, la cual tuvo como protagonista al film de controvertida producción Dangerous Men (2005). Nada menos que veintiséis años, se dice pronto, tardó en completar el rodaje de esta cinta de acción su director, el exiliado iraní Jahangir Salehi, en arte John S. Rad. Ni qué decir tiene que tan dilatada realización, en la que fue variando el equipo técnico y artístico inicialmente previsto a medida que el tiempo pasaba, se deja sentir en el acabado final de un producto plagado de escenas inconexas, personajes que aparecen y desaparecen por arte de magia, un sentido del erotismo mostrenco, arcos argumentales que no llevan a ninguna parte y una trama inconsistente que, literalmente, se va inventando a sí misma sobre la marcha. Por si no fuera poco, todo ello es acompañado por una machacona y repetitiva banda sonora, obra también del tal Rad, que rara vez se adecua al contenido de las imágenes a las que sirve de apoyo. Ahora bien, a pesar de lo disparatado del conjunto, lo cierto es que, más allá de algunos momentos puntuales, a decir verdad se echa a faltar un mayor grado de locura, siendo en líneas generales un título tremendamente aburrido. Algo que no fue óbice para que su propuesta funcionara muy bien entre la audiencia congregada, a juzgar por el modo con el que vociferó, jaleó y tatareó cada minuto de su metraje. Por cierto que, a modo de curiosidad, la presentación de Dangerous Men contó con la participación de Darío Adanti, historietista y co-fundador de la revista satírica Mongolia, junto a los tradicionales maestros de ceremonias del festival, su director Carlos Palencia y la cómica Vera Montessori.

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Dado pues de forma oficial el pistoletazo de salida de esta novena edición de Cutrecon, la programación continuaba con una segunda jornada dividida en dos bloques. A eso de las cuatro y media de la tarde Sala Equis se estrenaba como sede del certamen con el pase de Killer Barbys (1996) en honor de la homenajeada con el premio Applehead Jess Franco de este año, Silvia Superstar, quien respondió a las preguntas de los asistentes antes y después del film. En su intervención previa, la cantante y líder del grupo Killer Barbies reflexionó sobre cómo las expectativas que se crearon en su momento, debido a la presencia en el reparto de un Santiago Segura que acababa de lograr el Goya por su papel en El día de la bestia (1995), el protagonismo de su propio grupo, por entonces en la cima de su popularidad gracias a la utilización de uno de sus temas en el anuncio de un conocido refresco, y el regreso de Jesús Franco a la dirección tras varios años de ostracismo, acabaron por perjudicar a la película. «Intentaron venderla en su momento como si fuera una superproducción, la película del año, y la gente se confundió. Cuando iba a verla decía: “¿Qué es esto?”». Una afirmación que aquellos que vivimos de cerca el estreno del film podemos dar fe que es cierta. Y es una pena, porque, a pesar de su mala fama, posiblemente sea el mejor trabajo de la última etapa de Franco, en especial por el sentido de la atmósfera y la fuerza que poseen no pocas de sus imágenes durante su primera parte, por más que, a la larga, y como es moneda común en la práctica totalidad de la obra de su responsable, vaya perdiendo fuelle a medida que la desidia se apodera de su director y se acumulan los detalles de humor típicamente franquiano que terminan por romper con el tono.

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Greg Sestero (en el centro) durante el coloquio que sucedió al pase en Sala Equis del documental que rodó como apoyo al lanzamiento de su libro “The Disaster Artist”

Y de uno de los invitados de este año pasábamos a otro con la aparición en Sala Equis de Greg Sestero, coprotagonista de la célebre The Room (2003) y, sin duda, el principal nombre propio de esta novena edición de Cutrecón. Lo hacía para presentar el pase del documental que realizó como apoyo al lanzamiento de su libro The Disaster Artist, una pieza que, según comentó Carlos Palencia, ha sido vista en contadas ocasiones, siendo prácticamente inédito. En él, Sestero entrevista a varios de sus compañeros en The Room para que den testimonio de lo caótico de aquel rodaje y de la controvertida personalidad de su responsable, el inefable Tommy Wiseau. De escasa duración, aproximadamente una media hora, el documental se sigue con interés y cuenta con el valor de ser el primero en documentar todo lo que rodeó la realización de The Room de boca de sus principales implicados, si bien padece en comparación con el mucho más completo e incisivo Room Full of Spoons (2016), visto en este mismo marco hace ahora cuatro años. Terminada la proyección, Sestero se sometería a las preguntas de los asistentes, circunstancia esta que repitió en todas y cada una de las sesiones que protagonizó, antes de realizar una sesión de firmas en la que también se pudieron adquirir diversos productos de merchandising relacionados con su obra.

Cutrecon-Silvia Superstar

Ya por la noche, el Palacio de la Prensa acogía el plato fuerte de la jornada con la denominada “Dinoxploitation”, una sesión doble formada por dos películas de delirantes argumentos protagonizadas por dinosaurios. Aunque, antes, Cutrecón escenificaría ante una sala repleta la entrega a Silvia Superstar del Premio Applehead Jess Franco, que recibió de manos del popular actor Carlos Areces. Tras ello, llegaba el turno del primero de los films programados, The Velocipastor (2018), cuyo tráiler se ha convertido desde su lanzamiento en todo un fenómeno viral que acumula más de doscientas mil visualizaciones en YouTube. El motivo de semejante éxito se halla estrechamente ligado a su singular trama. Y es que, como su título ya deja entrever, The Velocipastor narra las peripecias de un sacerdote con la capacidad de transformarse en dinosaurio. Como se puede deducir a tenor de semejante sinopsis, el planteamiento de la película escrita y dirigida por Brendan Steere navega por las aguas de la autoparodia, combinando momentos logrados con otros en los que las escenas se alargan de forma innecesaria, si bien su escasa duración de hora y diez minutos facilita que en ningún momento su desarrollo llegue a aburrir.

Tammy & the T-Rex

Mucho mejor sabor de boca dejó la segunda película de la noche, Tammy and the T-Rex (1994), en opinión de quien esto escribe uno de los mejores títulos vistos a lo largo de esta edición de Cutrecón, el cual fue proyectado en su reciente versión restaurada vista en el pasado Festival de Sitges dentro de la sección “Seven Chances”, que recupera todo el gore eliminado por los productores para su estreno original con el objetivo de llegar a una audiencia más amplia, especialmente la juvenil. Una pretensión en la que fracasaron estrepitosamente, dado el sonoro batacazo que la película cosechó en su momento en taquilla. Nada raro, visto lo visto, puesto que muchos de sus gags humorísticos, sobre todo en su primera parte, están basados en gran medida en el empleo del gore, por lo que sin su concurso muchas de estas secuencias quedaron desnaturalizadas, perdiendo consecuentemente mucho del potencial de esta gamberra comedia romántica preñada de personajes estrafalarios que parodia el cine teen característico de la época, mediante la peculiar historia de amor protagonizada por una bella joven interpretada por Denise Richards y un tiranosaurio robótico al que se le ha trasplantado el cerebro de su fallecido novio que en su encarnación humana tiene los rasgos del fallecido Paul Walker. Una temática, por cierto, la de historias de amor entre señoras y dinosaurios, que es todo un subgénero literario de gran tradición en Estados Unidos, sorprendentemente.

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Greg (en el centro) presentando el pase de “Best F(r)iends: Volume 2” en Cutrecon

Para el viernes, la organización consagró toda su programación a mayor gloria de su invitado estrella de este año, el mencionado Greg Sestero, con la proyección en el Palacio de la Prensa de tres de sus películas. A eso de las siete de la tarde abría fuego el primer volumen de Best F(r)iends, el díptico escrito, producido y protagonizado por Sestero, y que ha supuesto su reencuentro en la gran pantalla quince años después de The Room con Tommy Wiseau. Vista ya en la pasada edición de Cutrecón, esta primera mitad se acerca al thriller con ribetes noir para narrar la extraña historia de amistad que se fragua entre el extravagante dueño de una funeraria y un vagabundo, explotando la química existente entre los mencionados Wiseau y Sestero. Pero si este primer volumen todavía se toma en serio a sí mismo, su conclusión, proyectada acto seguido, tira directamente por el desbarre y el disparate puro y duro. Nada malo, en un principio, si no fuera porque su pretendido sentido del humor rara vez funciona, viéndose además penalizado por el evidente alargamiento al que es sometida su trama, lo que se traduce en una evidente morosidad narrativa, quién sabe si con el fin de reunir el metraje necesario para convertir en dos films lo que en origen solo era uno. Tampoco ayuda que las apariciones del personaje de Wiseau sean más bien escasas, con todo lo que ello implica, y que las pocas veces que lo haga sea, en realidad, interpretado la mayoría de las veces por un enmascarado Sestero, según este desveló durante la ronda de preguntas y respuestas que mantuvo con los asistentes.

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Momento de la proyección de “The Room”

Superadas las doce de la noche, la jornada del viernes se cerraba con el que se presentaba desde un principio como uno de los puntos álgidos de esta edición, el pase de The Room con la presencia de su actor coprotagonista en la sala. Acorde a la expectación despertada, la organización es esforzó en hacer de la sesión algo inolvidable. Por ejemplo, durante los prolegómenos el propio Sestero dramatizaría junto a dos miembros del público varias páginas de la primigenia versión del guion de la película, que sirvió como calentamiento a la proyección, en la que, siguiendo el ritual que acompaña a cada pase de The Room, la audiencia tiró cucharillas (de papel) y globos a la pantalla, previamente repartidos a la entrada, al tiempo que recitaba en voz alta los diálogos más delirantes de este, en teoría, drama de fuerte carga misógina, dicho sea de paso.

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Cola de acceso al auditorio de la Casa del Reloj durante la maratón del sábado

Siguiendo con la costumbre, el sábado era la jornada escogida para la tradicional Maratón celebrada en el Auditorio de la Casa del Reloj y que, respondiendo al leitmotiv de este año, estuvo formada por películas de terrores marinos. A las diez de la mañana arrancaba con lo que ya es un clásico, la proyección de uno de los cochambrosos exploits de films de animación de la Disney perpetrados por la productora alemana Dingo Pictures. Esta vez le tocó el turno a La leyenda de la Atlántida (Atlantis, der verlorene Kontinent, 2001), su particular respuesta, por decir algo, a Atlantis: El imperio perdido (Atlantis: The Lost Empire, 2001). Por lo demás, la película responde punto por punto al estilo acuñado por la firma germana. A saber: planteamiento infantiloide en el peor de los sentidos, un diseño de personajes y escenarios propios de un niño de tres años y un acabado técnico de lo más pobre y chapucero, si bien cabe reconocer que su animación es bastante más fluida que en la mayoría de sus hermanas, tal y como adelantó Cacaman en la presentación del pase. Le siguió Little Hero, título internacional de la producción taiwanesa de artes marciales Zhu Ge Si Lang da dou shuang jia mian (1978), basada, según parece, en un popular cómic en su país de origen. Consecuencia de ello es el agradable toque pulp que ofrece la película mediante el concurso de toda una fauna de hombres-animales, si bien su desarrollo se limita a una interminable concatenación de escenas de luchas que, a la larga, acaban aburriendo al más pintado. Por último, esta primera parte de la maratón se completaba con Sting of Death (1966), prototípica producción de Serie B de la época a cargo de uno de sus directores más emblemáticos, William Grefé. Dirigida claramente al público joven, lo que queda constatado con sus ramalazos pop, e influenciada por clásicos como La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon, 1954), la película responde al nivel medio acostumbrado en este tipo de films, tanto a nivel argumental como por su pobreza de medios. En realidad, gran parte de la comicidad que despertó su visionada estuvo originada por el especialmente inspirado libre subtitulado de sus diálogos, con mención especial a la del ska interpretado por Neil Sedaka que se incluye en el metraje y que algunos seguimos tatareando horas después.

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El monstruo de “Sting of Death” saludando a los asistentes tras la finalización del pase de la película

Después de un pequeño receso de aproximadamente una hora, que la mayoría aprovechamos para comer y reponer fuerzas, a eso de las tres y media de la tarde la maratón se reanudaba con Lobsteroids (1986), supuesta comedia de aires amateurs sobre unas langostas asesinas mutantes trufada de innumerables actuaciones musicales metidas con calzador en poco más de una hora de duración verdaderamente insufrible, debido a su ausencia de ritmo y desarrollo dramático o algo parecido. La cosa mejoró bastante dentro de lo que cabe con la siguiente, Plankton (1994), oscuro film italiano de ciencia ficción que fusiona ciertas características del slasher con el cine de horrores subacuáticos, dentro de una trama en la que no es difícil rastrear la huella de títulos como Piraña 2, Humanoides del abismo, La cosa o Posesión infernal, entre otros. Acreedor de un recalcitrante machismo típicamente latino, su despliegue de una variada y vistosa galería de efectos especiales, que abarca desde la infografía a la stop-motion, junto a su adscripción a ciertos esquemas narrativos de sobra asimilados por los espectadores familiarizados con este tipo de propuestas, contribuyó a que su visionado fuera más o menos llevadero. Algo similar puede aplicarse a la encargada de clausurar la maratón, Shark Attack 3: Megalodon (2002), película distribuida en España en formato doméstico con el título de Terror en el abismo y que debe su fama a los numerosos memes a los que ha dado pie su uso de unos efectos especiales no demasiado pulidos. Más allá de eso, se trata de la típica película de tiburones de bajo presupuesto. Moderadamente entretenida, lo único que desentona, aparte de los elementos por los que es conocida, es por la torpeza supina que evidencia su protagonista femenina a lo largo de la función.

Super Mario Bros

Ya en la sala 1 del Palacio de la Prensa, la jornada continuaba con la sesión bautizada como “Impact Game”, protagonizada por la adaptación a imagen real de Super Mario Bros que orquestara la industria hollywoodiense a principios de los noventa. Una oportunidad de revisionar en pantalla grande el film protagonizado por Bob Hoskins, John Leguizamo y Dennis Hopper, que fue acogida con los brazos abiertos por un público en el que no faltaron aquellos que acudieron ataviados como los principales personajes del popular videojuego. Claro que eso no quita para que el visionado de la película sirviera para reafirmar el porqué de la mala fama que acompaña a esta desde su ya lejano estreno. Al contrario de lo que ocurriera hace un año con el Street Fighter de Steven De Souza, el tiempo no ha hecho más que acentuar las deficiencias de Super Mario Bros. (Super Mario Bros., 1993). Ya no es que sus parecidos con el original que supuestamente adapta sean prácticamente nulos, salvo en sus aspectos más superficiales; es que como obra cinematográfica en sí misma, queda lejos de cumplir con los mínimos exigibles, debido entre otros motivos a su imposible pretensión de dirigirse a un público infantil al tiempo que luce un diseño de producción de aire vanguardista, en verdad el único aspecto rescatable dentro de tan anodino conjunto. En principio, el pase del film debía de haber contado con la presencia de su codirectora, Annabel Jankel, cuya anunciada visita fue cancelada la semana previa al inicio del certamen sin que trascendieran los motivos. Sin embargo, gracias a las nuevas tecnologías, la cineasta pudo, vía Skype, dar paso al film, y responder a las preguntas de la audiencia en el coloquio que tuvo lugar tras la proyección. Es una lástima, así las cosas, que la práctica totalidad de los participantes estuvieran más interesados en hacer gracietas que en trasladar auténticas inquietudes sobre la película, demostrando una preocupante falta de respeto hacia alguien que se había tomado la molestia de atenderlos a miles de kilómetros, para que la terminaran preguntando chorradas.

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Annabel Jankel dando entrada a la proyección de “Super Mario Bros”

Para finalizar el sábado, la sesión golfa nos tenía reservada la que a la postre se reveló como una de las mayores sorpresas de esta edición de Cutrecón: Tetsudon: The Kaiju Dream Team (2017). Ya lo había avisado varias veces en los días previos Carlos Palencia al bromear diciendo que esta edición del festival se había hecho para poder proyectar este título. Pese a estas palabras, algunos recelábamos de lo que pudiera deparar el pase de este singular proyecto llegado desde Japón y formado por veintiocho cortometrajes cómicos en torno al kaiju eiga, es decir, las películas de monstruos gigantes que iniciara Japón bajo el terror del monstruo (Gojira, 1954), sobre todo conociendo el particular sentido del humor bizarro que suele gastar el cine fantástico de bajo presupuesto realizado en el país del sol naciente. Pero hay que reconocer que no podíamos estar más equivocados. Aunque el conjunto no escapa a la irregularidad propia de un producto de sus características, su nivel medio es más que positivo, atesorando varios segmentos notables que basculan desde el humor escatológico a la crítica social. Entre ellos, podemos citar el dirigido por el también especialista de efectos especiales Yosihiro Nishimura, en el que su propio realizador, junto a Sion Sono, versionean el mítico “Blowin’ in the Wind” de Bob Dylan para arremeter contra ciertos aspectos de su país, o aquel otro con el que se cierra el film y que supone una sentida reivindicación del kaiju eiga frente a aquellos que lo consideran algo infantil.

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Repitiendo el esquema de las últimas ediciones, la mañana del domingo estuvo reservada a “Documentrash”, la sección más cinéfila del festival que, un año más, volvió a celebrarse en el Auditorio de la Casa del Reloj con entrada gratuita. En esta ocasión, el programa doble propuesto estuvo formado por los documentales In Search of the Last Action Heroes (2019) y The Insufferable Groo (2018). El primero, centrado en el cine de acción de la década de los ochenta, regresaba a Cutrecón después de que el pasado año su coproductor y coguionista, Timon Singh, ofreciera en esta misma sesión un pequeño adelanto, además de comentar la dificultad que habían encontrado para contar con el testimonio de las principales figuras del estilo, léase Arnold Schwarzenneger, Sylvester Stallone o Jean Claude Van Damme, quienes finalmente no han participado en el proyecto. Unas ausencias que son compensadas por un auténtico aluvión de testimonios de muchos protagonistas de aquella corriente, tanto delante como detrás de las cámaras, conformando un completísimo trabajo que, junto a su objeto de estudio principal, también se ocupa de abordar otros temas adyacentes pocas veces tratados, caso del papel de las bandas sonoras en este tipo de películas. Paradójicamente, esta exhaustividad es también el principal talón de Aquiles de la propuesta, ya que su duración de más de dos horas provoca que, llegados a cierto punto, el interés decaiga, máxime al tratarse de un documental a base de entrevistas. En cuanto a The Insufferable Groo, aborda la figura de Stephen Groo, acreedor de una filmografía cercana al centenar de títulos, con diversas adaptaciones de populares franquicias incluidas entre ellos, y realizados con una evidente escasez de medios y equipos amateurs. Su intento de poner en pie su primera película profesional para la que quiere contar con el concurso del cómico Jack Black es el punto de partida que nos pone tras los pasos de quien, en un primer momento, se presenta como un friki obsesionado con rodar y que ha hecho de ello el centro de su vida, pero que poco a poco, a medida que le acompañamos en su viaje, deja entrever las muchas sombras que ocultan su carácter y personalidad, desde el punto de vista familiar como del, digamos, profesional.

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Carlos Palencia y Cacaman fueron este año los encargados de presentar la maratón del domingo

Por la tarde, la sala 0 del Palacio de la Prensa volvía a ser el lugar escogido para la última de las sesiones de esta novena edición que, bajo el nombre de “Crocotón”, estuvo compuesta por cuatro películas protagonizadas por cocodrilos. Para que no hubiera dudas, la maratón arrancaba con Cocodrilo asesino (Killer Crocodile, 1989), uno de los muchos títulos manufacturados por la imitativa industria italiana a rebufo de Tiburón (Jaws, 1975) de Steven Spielberg. En este caso, de forma literal, además, ya que no es difícil localizar las similitudes que el film dirigido por Fabrizio de Angelis mantiene con el clásico que toma como modelo. A nivel argumental, por supuesto, ya que nos encontramos ante “una serie Z insultante, chapucera y sin inquietud”, en palabras de nuestro compañero Carlos Díaz Maroto. Cocodrilo asesino daba paso a Crocodile Fury (1988), producción de la temible firma hongkonesa Filmark que reutiliza gran parte del metraje de la película tailandesa Kraithong 2 (1985) junto a nuevo material rodado presuntamente exprofeso. O en teoría, ya que el fruto resultante es un monumental batiburrillo sin pies ni cabeza con grandes reptiles, brujas, vampiros chinos y soldados occidentales con una trama ininteligible, donde los distintos arcos argumentales dispuestos se desarrollan de forma paralela sin lógica aparente y sin llegar a confluir en ningún momento. Un despropósito absoluto, en definitiva, que gran parte del público terminó aplaudiendo en pie a su finalización.

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En este ambiente la maratón rebasaba su ecuador con Tresspass (2019), reciente producción china bautizada para la ocasión como Crocodile Raiders debido a la presencia entre sus personajes de una clon asiática de Lara Croft. Un ejemplo del modo en el que el film en cuestión entremezcla elementos y géneros en un pastiche aburridísimo, a pesar de que a sus protagonistas no les paren de suceder cosas, y que solo fue animado por las irremediables bromas que algunos de los asistentes hicieron con el corona virus, aprovechando que la premisa argumental son unos experimentos biológicos fallidos en medio de la jungla que ha mutado a los cocodrilos de la zona en gigantescas bestias sedientas de sangre. Llegados a este punto, la “Crocotón” y, con ella, esta novena edición del certamen, encaraba su tramo final con la proyección de la última película, cuya identidad la organización había mantenido en secreto. Una vez desvelada, la película sorpresa resultó ser Cocodrilo (Chorake, 1979), otra nueva respuesta a Tiburón, en este caso de Tailandia, que al parecer toma a su vez material de la producción surcoreana Agowa gongpo (1978)[1]. Pese a ello, la película está realizada con una cantidad de metraje no mayor de la de un corto, lo que motiva que el montaje se dedique a repetir planos y secuencias enteras con el fin de alcanzar una duración estándar. No solo eso, sino que para hacer aún más psicotrónica la experiencia, muchas de sus imágenes están tomadas desde ángulos propios del cine experimental, que por más que en ocasiones consiguen crear composiciones atractivas, la mayoría del tiempo no dejan discernir qué es lo que ocurre en pantalla. De semejante modo se echaba el telón a esta Cutrecón 2020, aunque durante la presentación de Cocodrilo Carlos Palencia y Cacaman ya nos habían emplazado al público presente a la edición del próximo año, dedicada a las obras maestras del cine cutre, y en la que el certamen celebrará su décimo aniversario.

José Luis Salvador Estébenez

Fotografías: Juan Mari Ripalda

[1] A modo de curiosidad, hay que señalar que el director de Cocodrilo, Sompote Sands, es el mismo de Kraithong 2, la película empleada para dar forma a Crocodile Fury. Una coincidencia que, bien mirada, hace bueno aquel dicho de “quien roba a un ladrón…”

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