Svengali

Svengali - póster

Título original: Svengali

Año: 1931 (Estados Unidos)

Director: Archie L. Mayo

Productora: Warner Bros.

Guionista: J. Grubb Alexander, según la novela Svengali (Trilby) de George Louis Du Maurier

Fotografía: Barney MacGill

Música: David Mendoza [sin acreditar]

Intérpretes: John Barrymore (Svengali), Marion Marsh (Trilby O’Farrell), Donald Crisp (el escocés), Bramwell Fletcher (Billee), Carmel Myers (Madame Honori), Luis Alberni (Gecko), Lumsden Hare (Monsieur Taffy), Paul Porcasi (Bonelli), Ferike Boros, Adrienne D’Ambricuort, Yola d’Avril, Henry Otto…

Sinopsis: Svengali es un profesor de música que vive de sablear a los amigos y utilizar en todos los sentidos a las mujeres; a éstas, en particular, las controla por medio de ciertos poderes hipnóticos y telepáticos. Cuando conoce a la dulce Trilby, una modelo que posa desnuda para los pintores, y que posee una magnífica voz, decide que la muchacha ha de ser suya…

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Trilby (o Svengali, como también es conocida) es una muy prestigiosa novela debida a George Du Maurier (abuelo de Daphne, la autora de Los pájaros y Rebeca); de hecho, en los países de lengua anglosajona existe la palabra svengali para definir a las personas que tienen la facultad de dominar a otras. Y de eso trata precisamente esta película: el poder de control que ejercerá Svengali, un despótico profesor de música, sobre Trilby, una muchacha a la que conoce por casualidad.

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John Barrymore era una gran estrella del cine mudo, que en la época de esplendor de la pantalla silente encarnó personajes míticos como el Dr. Jekyll/Mr. Hyde o el capitán Ahab. Con la llegada del sonoro, y antes de declinar su estrella debido al alcoholismo, aún pudo interpretar roles de enjundia. La película, es evidente, está construida única y exclusivamente para lucimiento de Barrymore, que ejerce un alarde interpretativo magistral. Eran los inicios del sonoro, y aunque el actor demuestra poseer una excelente y templada voz -no en vano era una de las luminarias de Broadway- hace uso de sus conocimientos dentro del cine mudo para expresar de un modo impresionante con la mirada. Si bien es cierto que se hace uso del trucaje, por medio de unas lentillas blancas y angostos focos dirigidos a las pupilas del actor, pero el resultado es impresionante, con Svengali poniendo los ojos en blanco para ejercer su control telepático sobre Trilby. En este sentido, cabe también resaltar el inicio, con el despótico profesor de música repudiando a su última amante, y cómo el director recoge las reacciones horrorizadas de la mujer mostrando siempre al hombre de espaldas.

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Es curioso cómo un director como Archie Mayo (1891-1968) ha pasado a la historia del cine como un mero artesano sin personalidad. Debutó en el medio con A Nurse of an Aching Herat (1917), y su último film fue la comedia fantástica El diablo y yo (Angel on My Shoulder, 1946); entre sus películas más famosas figuran El bosque petrificado (The Petrified Forest, 1936), teatral y sobrevalorado lanzamiento a la fama de Humphrey Bogart, o Una noche en Casablanca (A Night in Casablanca, 1946), no de las mejores cintas de los alocados hermanos Marx. Por supuesto, gran parte de su obra es desconocida hoy en día, y no tenemos acceso a sus últimas películas mudas y/o primeras sonoras, donde es muy posible que intentase elaborar filmes más trabajados de lo habitual, en vista de los resultados de este fascinante, absorbente y, sí, hipnótico Svengali.

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Algunas películas de inicios del sonoro sufren el defecto de una cámara estática y un exceso de verborrea. Nada de ello sucede en esta cinta, que avanza con fluidez e interés, con los planos y movimientos de cámara justos, salvo una escena, que por méritos propios ha pasado a formar parte de la historia del cine. Comienza con un primerísimo plano de los ojos en blanco de Svengali; la cámara retrocede hasta mostrar al hombre en medio de su cuarto, pero ahí no acaba: la cámara sigue retrocediendo, sale por una ventana cerrada y con estrechos ventanucos, encuadra a la casa en su integridad, inicia un travelling lateral por los tejados de París hasta localizar una vivienda, avanza hacia ella, se introduce por otra ventana, mostrando a Trilby dormida en la cama, y sigue avanzando hasta finalizar en un primer plano del rostro de la joven. Hoy día, por descontado, un plano así sería facilísimo de elaborar por medios infográficos; lo fascinante es descubrir una imagen así en una película rodada en 1931. Algunos detalles de composición son descubiertos por el ojo atento, pero aún así conmociona ver secuencias de esa índole.

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Así pues, sólo por esa escena, los caligarescos decorados y la magistral interpretación de John Barrymore esta película merece figurar en la galería de grandes clásicos de la historia del cine, en su variante de amores fou.

Carlos Díaz Maroto

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