Los diablos del mar

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Título original: Los diablos del mar

Año: 1982 (España)

Director: Juan Piquer Simón

Productor Juan Piquer Simón

Guionistas: Joaquín Grau, Juan Piquer Simón, según la novela de Jules Verne Un capitán de quince años

Fotografía: Juan Mariné

Música: Alfonso Agullo, Alejandro Monroy, Carlos Villa

Intérpretes: Ian Sera (Mark), Patty Shepard (Mrs. Weldom), Frank Braña (Van Hassel), Flavia Zarzo (Jenny), Gabriel [Gaby] Jiménez (Dick Sand), Aldo Sambrell (Negoro), Daryl Tynan-Fahey (Benedito), Gasphar Ipua (Hércules), Ricardo Díaz (Harris), Mimi Roman (Molna), Luis Barboo, Gérard Tichy (capitán Hull), Jaime Segura, Francisca Bamishe, A. Nicolas Bura, Jaime Johnson [acreditado como Jimmy Johnson], Juan Carlos Alarios [acreditado como Charly Alario], Ramón C. Franco, Eddy Munoz, Manuel Gómez-Álvarez, José Luis Moreno, Paco Alvez, Casimiro Roy…

Sinopsis: Un barco que transporta a un grupo de jóvenes de distintas nacionalidades es atacado por una nave pirata comandada por el temido esclavista Van Hassel. Los muchachos logran huir en un bote, siendo rescatados en alta mar por un buque pesquero, cuyo capitán muere poco después en una cacería de ballenas. Queda entonces al mando de la embarcación un joven de quince años que, con ayuda de los rescatados, dirige la embarcación a costas americanas. Sin embargo, tras una tormenta, y debido a un sabotaje, el navío acabará arribando al África negra, donde sus ocupantes deberán enfrentarse a mil y un peligros, entre ellos, un nuevo encuentro con Van Hassel y sus hombres.

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Por más que recuperó con creces su presupuesto, el rendimiento comercial obtenido por Misterio en la isla de los monstruos/Mistery Monster Island (1981) quedó lejos de satisfacer las expectativas que había depositado su director y máximo responsable, Juan Piquer Simón, sobre todo teniendo en cuenta los más de ochenta millones de pesetas que destinó para su confección, cifra esta bastante elevada para los estándares habituales en el cine español de la época. En vista de ello, el cineasta buscó la forma de amortizar la inversión realizada con un proyecto en el que pudiera reciclar parte del material construido para aquella película. Tras barajar varias posibilidades tan jugosas como un crossover que hubiera reunido a los protagonistas de Misterio en la isla de los monstruos con los de su ópera prima, Viaje al centro de la Tierra (1976), optó por basarse nuevamente en la obra de Jules Verne. Después de hacer lo propio con Viaje al centro de la Tierra (Voyage au centre de la Terre, 1864) y Escuela de robinsones (L’école des robinsons, 1882) en los films referidos, en esta oportunidad fusionaría diversos elementos provenientes de Los piratas del Halifax o Bolsas de viaje (Bourses de voyage, 1903) y Un capitán de quince años (Un capitaine de quinze ans, 1873), novela esta última que, curiosamente, ya había sido adaptada a la gran pantalla con anterioridad por nuestra cinematografía —si bien en coproducción con Francia—, de la mano del inefable Jesús Franco con el film homónimo Un capitán de quince años/Un capitaine de quinze ans (1972). Esta nueva versión, sin embargo, llevaría por título el sugerente Los diablos del mar (1982).

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El aludido afán ahorrativo con el que se afrontó el rodaje queda patente en la propia configuración de la película. A pesar de articularse mediante una trama itinerante, el grueso de la historia se desarrolla, a grandes rasgos, en dos escenarios: el barco en el que viajan los protagonistas y la ciudad donde se localiza la base de los esclavistas. Por otro lado, aunque parte de la producción se localizó en parajes naturales de África Ecuatorial y las Azores, la fauna salvajes que desfila por el metraje es visualizada mediante el socorrido uso de tomas de archivo, siendo su presencia fácilmente detectable tanto por la ausencia de momento alguno en el que un actor comparta plano con las fieras mostradas, como por su diferente colorimetría y textura. Sin embargo, pasando por alto estos detalles, lo cierto es que su empleo está muy bien conjuntado con el resto, dando muestras de la habilidad de Piquer Simón para este tipo de reciclajes que tendrían su máximo expresión poco tiempo después en Guerra sucia (1984), film construido en un gran porcentaje a base de la reutilización de tomas y descartes provenientes de Supersonic Man (1979) y de imágenes reales pertenecientes a la visita a España en 1982 del papa Juan Pablo II. Véase al respecto la crucial secuencia de la cacería de ballenas, en la que la combinación de material de stock con planos rodados ex profeso se salda con una escena plena de tensión gracias al trabajado montaje de Antonio Gimeno.

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Ejemplos como el anteriormente expuesto ponen de relieve una de las principales cualidades que atesora la película. Esta no es otra que la capacidad que exhibe para, a base de conocimiento y oficio, sobreponerse a sus limitaciones presupuestarias, ofreciendo un producto con un acabado formal muy por encima de lo que cabría esperar a tenor de las circunstancias. Ello se debe, en gran medida, a la labor del equipo de técnicos de contrastada valía de los que Piquer Simón se rodeó, muy inteligentemente, en la práctica totalidad de su filmografía y en los que residen no pocos de los logros de su cine; los Emilio Ruiz, Francisco Prósper, Gonzalo Gonzalo, Carlo de Marchis, Basilio Cortijo, Colin Arthur, Ricardo Navarrete, Gumersindo Andrés, Pedro del Rey, etcétera. En esta oportunidad, y sin menoscabo de lo ofrecido por otros apartados, junto a la comentada edición de Antonio Gimeno destaca de forma especial un aparente diseño de producción magnificado por la fotografía del gran Juan Mariné, que brinda momentos tan inspirados como la visita del negrero Van Hassel al salón del trono de la tribu de nativos, en la que la iluminación empleada dota a la secuencia de un agradecido hálito fantastique.

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Como no podía ser de otro modo, la austeridad que guió la realización del film también provocó varias inferencias con respecto a las que venían siendo las constantes de la obra de Piquer Simón hasta entonces. Por primera vez en su carrera, el cineasta prescindiría en ella del concurso de elementos fantásticos, con el consiguiente ahorro que tal decisión provocó en la partida destinada a efectos especiales. Del mismo modo, la película tampoco contó con la presencia de algún actor internacional que le brindara cierta repercusión mediática, una carencia que, en cierta medida, es compensada por la participación de dos nombres propios del cine de género europeo; más concretamente, la inolvidable condesa Wandesa Dárvula de Nadasdy de La noche de Walpurgis/Nacht der Vampire (1971), Patty Shepard, y Aldo Sambrell, uno de los secundarios más recurrentes y emblemáticos del spaghetti-western, dentro de un reparto en el que repite la mayoría del elenco de la previa, empezando por el que fuera el actor fetiche de Piquer Simón, un Frank Braña que aparece caracterizado de tal modo que solo le falta el puro para ser la viva imagen de Nick Furia, rasgo este que evidencia la influencia ejercida por el cómic en la película y que se hace extensible al diseño de otros personajes; y siguiendo por la comparecencia de Luis Barboo[1], Gérard Tichy, Gaspar Ipua o Ian Sera, quien de nuevo ostenta el protagonismo de la función.

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Continuando con los paralelismos existentes con la mencionada Misterio en la isla de los monstruos, a la que incluso, en un instante totalmente autoparódico, se le dedica un pequeño guiño mediante la anecdótica aparición del que fuera el coprotagonista de aquella, el británico David Hatton, Los diablos del mar vuelve a estar enfocada de nuevo para el consumo del público infantil-juvenil. Tanto es así que, si como refuerzo al lanzamiento en cines de su predecesora se habían comercializado diversos productos de merchandising destinados a los más pequeños de la casa, en esta ocasión se publicó una novelización de su argumento ilustrada con fotos pertenecientes a la película. Acorde a este planteamiento, Piquer Simón acentúa la carga cómica del conjunto aunque, por fortuna, haciendo gala de un tipo de humor, si no más adulto, al menos no tan reiterativo como en la anterior, a pesar de contar para tal propósito con dos personajes tan estereotipados como el científico patoso y el gordito comilón.

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Por lo demás, Los diablos del mar contiene la práctica totalidad de los rasgos más característicos del cine de su autor, quien, como en él era habitual, realiza un breve cameo como un marinero en los primeros compases. El argumento sigue pues a pies juntillas el esquema narrativo habitual del cine de éste. Tal es el caso de la inclusión de un prólogo en el que se presentan ciertos hechos que serán de vital importancia para el posterior desarrollo de la trama, la simpática ingenuidad de su puesta en escena, o el descarado oportunismo a la hora de añadir elementos provenientes de los títulos de moda en la época, singularizados por el encuentro amoroso en la playa entre los personajes de Ian Sera y Flavia Zarzo en lo que supuso el debut en la gran pantalla de la actriz según es anunciado en los títulos de crédito, mediante el que son saqueados algunos de los pasajes más recordados de la entonces reciente El lago azul (The Blue Lagoon, 1980) de Randal Kleiser, sensación esta que es acrecentada por el relativo parecido físico existente entre Sera y el protagonista de aquélla, Christopher Atkins.

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De esta forma, Piquer Simón echaba el cierre a su Trilogía Verniana, si bien durante años acarició la posibilidad de llevar al celuloide otras novelas del genio francés como Los quinientos millones de la Begún o Los quinientos millones de la princesa india (Les cinq cents millions de la Bégum, 1879), Un descubrimiento prodigioso (Prodigieuse découverte et ses incalculables conséquences sur les destinées du monde, 1867)[2] o Claudio Bombarnac o A través de la estepa (Claudius Bombarnac, 1893), algo que los elevados presupuestos necesarios para poder levantar estos proyectos hicieron inviable. No solo eso, sino que Los diablos del mar también significó el abandono temporal de las coordenadas del género de aventuras juveniles por parte del director. Un terreno este al que ya no regresaría hasta casi tres lustros más tarde con el tríptico formado por La isla del diablo (1995), Manoa, la ciudad de oro (1996) y El escarabajo de oro (1997) —en este caso solo en calidad de productor y guionista—, traslaciones todas ellas de otros tantos autores literarios que compartían el mismo espíritu que sus aquí comentadas películas sobre la obra de Verne, y cuyo fracaso a todos los niveles supusiera el punto y final de la trayectoria del cineasta valenciano.

José Luis Salvador Estébenez

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[1] A modo de curiosidad, cabe señalar que Barboo había también participado una década atrás en la referida adaptación de Un capitán de quince años a cargo de Jesús Franco.

[2] Escrita por François-Armand Audoin y publicada en 1867 por Pierre-Jules Hetzel, y​ erróneamente atribuida a Jules Verne hasta 1966.

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