Tiburón 3

Tiburón 3-póster

Título original: L´ultimo squalo

Año: 1981 (Italia)

Director: Enzo G. Castellari

Productores: Ugo Tucci, Maurizio Amati

Guionistas: Vincenzo Mannino, Marc Princi, Ramón Bravo [sin acreditar], según una historia de Ugo Tucci

Fotografía: Alberto Spagnoli

Música: Guido de Angelis, Maurizio de Angelis

Intérpretes: James Franciscus (Peter Benton), Vic Morrow (Ron Hamer), Micaela Pignatelli (Gloria Benton), Joshua Sinclair (William Wells), Giancarlo Prete (Bob Martin), Stefania Girolani Goodwin (Jenny Benton), Gian Marco Lari, Chuck Kaufman, Gail Moore, Joyce Lee (Kelly Michaels), Don Devendorf, Bill Eudaly, Bill Starks, Rita Martin, Lance Hilliard, Massimo Vanni         [acreditado como Max Vanders] (Jimmy), Ennio Girolami [acreditado como Thomas Moore] (Matt Rosen), Alessandro Maspes, John Morrison, Joseph Oliveira, Fabio Balini, Paul Costello, Gianluca Donnini, Billy Fields (paramédico), Andrea Girolami, Romano Puppo (Briley), Ellen Winsor…

Sinopsis: La pequeña localidad costera de Port Harbor espera ansiosa la celebración de su regata anual de windsurf. Sin embargo, venido de las profundidades del océano, un gigantesco tiburón blanco acabará por aguarles la fiesta. El escritor especialista en el estudio de los escualos Peter Benton y su amigo Ron Hamer, un curtido cazador de tiburones, serán los únicos capaces de hacer frente a tan temida bestia.

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El estreno de Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975) supuso un notable espaldarazo para una industria hollywoodiense dominada en la década de los setenta, al menos en su primera mitad, por las pretensiones autorales de una nueva generación de realizadores y el inicio de una nueva forma (o de una nueva reformulación a la hora) de hacer y vender películas dentro de los circuitos más comerciales. Aunque no sería hasta dos años después, con la irrupción en las salas de exhibición cinematográfica de la más que mítica y endiosada (en el buen sentido) La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977) de George Lucas, que se acuñara definitivamente el término conocido como blockbuster[1], fue con la cinta del, por aquel entonces, imberbe Steven Spielberg cuando se hizo evidente que los tiros ya iban encaminados hacia una nueva y gloriosa fórmula para el beneplácito y deleite del cine de masas. Una forma de hacer películas que ha perdurado, con sus más y sus menos, en la industria desde entonces donde el objetivo es llenar los cines hasta la bandera. Y es que el inesperado éxito del titánico enfrentamiento entre un grandísimo escualo ávido de carne humana y una pequeña comunidad turística de la Nueva Inglaterra más adinerada cogió a todos por sorpresa, incluidos a sus propios creadores, convirtiéndose en todo un fenómeno social capaz de infundir el respeto por el mar (y la fobia por cualquier tipo de tiburones) a todo hijo de vecino que se iba de vacaciones a la playa en verano (servidor incluido). La acogida y aceptación de la cinta por parte del gran público no sólo supuso el lanzamiento estratosférico de la carrera del director de la futura E.T. El Extraterrestre (E.T. The Extraterrestrial, 1982), además de un nuevo gusto generacional por el cine de entretenimiento, sino que propició la aparición de posteriores secuelas, convirtiendo en (malograda) saga las desventuras y desavenencias de la familia Brody con la especie Carcharodon Carcharias, y, como no podía ser de otra forma, una oleada de filmes que, acogiendo en su seno esa curiosa combinación de cine de catástrofes y monster movie de la que hacía gala la cinta original, la fusilaban sin piedad ni vergüenza alguna. Por lo tanto, de esta forma el “hombre de a pie” (o el “héroe a su pesar”, si lo prefiere el lector) comenzó a enfrentarse a las más variopintas criaturas marinas, cuánto más grandes y peligrosas mejor.

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Imitaciones de Tiburón llegaron de todas las latitudes posibles, como la mexicana ¡Tintorera! (¡Tintorera!, René Cardona Jr, 1977), y copiaban (o reinventaban) con absoluto descaro la fórmula ganadora que alzó a la gloria a Spielberg. De entre todas ellas, centrándonos en los años finales de la década de los setenta -porque los tiburones asesinos son prácticamente un subgénero del cual hay todavía mucha afición (y a las infames producciones del canal SYFY, con la saga Sharknado como principal estandarte me remito)-, podemos encontrar divertidas versiones trash, con pulpo gigante mediante, como Tentáculos (Tentacles, 1977) de Ovidio G. Assonitis, un clásico promotor del cine de explotación setentero, e indirecto responsable de la germinación de un título ochentero perpetrado por un tal James Cameron, o Piraña (Piranha, 1978), ópera prima de un joven Joe Dante respaldado por la producción de un Roger Corman que tampoco pudo resistirse al canto de sirena de la jawsmanía. La aportación de otro grande de la época como Dino De Laurentiis, oportunista como nadie a la hora de fijarse en los éxitos ajenos, puede que sea una de las más notables, pese a no ser el tema que centra este artículo. Y es que Orca: la ballena asesina (Orca: The Killer Whale, Michael Anderson, 1977) atesora una calidad y una espectacularidad que ha logrado resistir notablemente el paso del tiempo, al menos en la opinión de aquel que suscribe estas palabras. Lamentablemente, a pesar de la dirección con oficio de Michael Anderson, el trabajo enorme de Richard Harris en el papel de Nolan, un capitán obsesionado con la caza del gran cetáceo, y la notable banda sonora de Ennio Morricone, la producción de Dino De Laurentiis fue un rotundo fracaso de taquilla. Graciosa resulta la publicidad de la época en la que se aseguraba que esta película acabaría zampándose al Tiburón de Spielberg, en lo que se refiere a recaudación, claro. Tanto la Universal Pictures como Jeannot Szwarc, director de Tiburón 2 (Jaws 2, 1978), quisieron recordar a De Laurentiis que ninguna ballena les iba a hacer sombra. Prueba de ello es la escena del cadáver, a medio devorar, de una orca que el jefe Brody encuentra en una de las playas de la isla de Amity.

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Llegados a este punto, no podemos olvidarnos de toda una industria cinematográfica que hizo su particular agosto haciendo del plagio de los éxitos venidos del otro lado del Atlántico su particular razón de ser. Por supuesto me refiero a todo ese cine de explotación producido y dirigido por nuestros vecinos transalpinos. Y es que, si por algo se caracteriza el cine italiano de explotación, sobre todo el generado a partir de esa misma década de los setenta y desarrollado durante los ochenta, es por la proliferación del cine de género, sobre todo fantástico, fusilando sin pudor alguno las tendencias hollywoodienses más exitosas. Una práctica que facilitaba en gran medida la tarea de llenar las estanterías de esos templos de culto llamados videoclubes, un nuevo y emergente negocio del cine que acercaba aún más si cabe su magia a los espectadores logrando meterla en sus hogares. De entre toda una marabunta de títulos postapocalípticos inspirados en la estupenda Mad Max 2, el guerrero de la carretera (Mad Max 2: Road Warrior, George Miller, 1980), aventuras en exóticas selvas repletas de tribus de antropófagos y películas de zombis de ascendencia romeriana, Tiburón tampoco se salvaría de esta picaresca práctica.

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En 1981, dirigida por un curtido cineasta como es Enzo G. Castellari, se estrenaría L’ultimo esqualo, una nueva versión del éxito de Spielberg venida del país con forma de bota que fusionaba en menos de noventa minutos las dos primeras entregas de la saga de la Universal Pictures, además de incorporar algunos elementos y detalles de la novela homónima de Peter Benchley, de la cual se basaba el filme original. Como era habitual en el momento, la producción contaba con la presencia de actores anglosajones en horas bajas con objeto de intentar meterse en el mercado como si de una cinta americana más se tratara. Nuestro país tampoco fue una excepción y aquí la película de Castellari se estrenó pícaramente como la tercera entrega de Tiburón con el explícito título de Tiburón 3 gracias a la controvertida figura de José Frade, personaje que, además de financiar películas de los más diversos géneros (westerns, musicales o comedias de destape) con su productora “José Frade Producciones Cinematográficas S.A.”, se dedicó al negocio de la distribución con su más conocida empresa por la gran mayoría del fandom del momento, “J.F. films de distribución S.A.”. De esta forma, su compañía trajo a España gran parte (o la práctica totalidad) de un catálogo de títulos de explotación italiana a los que tenía la costumbre de cambiar el nombre con objeto de atraer la atención del poco informado público de la época (recordemos que eso de internet, hace cuarenta años, era poco más que ciencia ficción). Fue así como Frade adquirió los derechos de L’ultimo squalo y la retituló para colarla en el mercado nacional como una falsa secuela llegando a estrenarla en las pantallas de cine españolas en agosto de 1981 acompañada de una potente campaña publicitaria. Cabe resaltar que, con la intención de llegar al máximo de público posible, la película se recortó con el objeto de eliminar todas las escenas explícitamente más violentas (unos seis minutos de gore y casquería hecha con peleles de goma made in Italy que son pura delicia). Dicha práctica conllevó, además de unas más que sustanciosas ganancias que el empresario patrio guardaría en sus arcas a buen recaudo, serios problemas cuando la verdadera tercera entrega de Tiburón llegó a nuestras carteleras dos años después. Y es que la película dirigida por Joe Alves no tuvo más remedio que estrenarse en España como El gran tiburón: Tiburón 3D (Jaws 3D, Joe Alves, 1983). Una cinta que, pese a hacer uso del primitivo 3D como reclamo, es verdaderamente mucho más floja que la de Castellari, aunque eso es otra historia.

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Enzo G. Castellari durante el rodaje de “Tiburón 3”

Enzo G. Castellani, uno de los habituales directores transalpinos de la época capaz de moverse entre géneros con pasmosa habilidad, firma la dirección del filme. Un proyecto al que llegó gracias a la recomendación de su gran amigo Franco Nero. Su experiencia en el rodaje de El cazador de tiburones (Il cacciatore di squali, 1979), protagonizado por el popular actor, le granjeó la simpatía de los productores para llevar a buen término este L´ultimo squalo, cuya acción nos traslada a la ficticia localidad costera californiana de Port Harbor. En vísperas de una popular regata de windsurf que la ciudad alberga anualmente, uno de sus participantes, uno de los favoritos locales, desaparece mientras entrena frente a sus playas. El desdichado deportista ha sido presuntamente atacado por un gran tiburón blanco que merodea por la zona ante el escepticismo de unas autoridades locales más preocupadas por las connotaciones negativas que supondría la cancelación de dicho evento que por la seguridad de sus conciudadanos. Desoyendo las recomendaciones de los expertos en la materia, el escritor Peter Benton (un guiño a Peter Benchley, autor de la novela Tiburón, interpretado por un James Franciscus fusionando en un mismo personaje al Jefe de policía Brody y al oceanógrafo Matt Hooper de la cinta de Spielberg) y el cazador de tiburones Ron Hamer (un sosía del irascible Quint de Robert Shaw al que da cara y voz, mediante un impostado e irreconocible acento irlandés, el actor Vic Morrow, en su primera colaboración con Castellari y en una de sus últimas interpretaciones para el cine antes de fallecer trágicamente dos años después[2]). Por supuesto, la celebración se verá frustrada por la aparición del gigantesco escualo que hará de la festividad su particular festín.

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A partir de ese momento, con una amenaza real a la que todo el mundo ha podido ver, el film se constituye en una sucesión de set pieces en las que sus responsables, gracias a una buena cantidad de imágenes de archivo (bastante poco convincentes, cabría añadir) y el uso de efectos prácticos (tiburones hechos con maquetas y otro a gran escala con una más que sospechosa forma de globo supervisados por Antonio Corridori[3]), convirtiendo a la cinta del director de Keoma (Keoma, Enzo G. Castellari, 1976) en un auténtico greatest hits de las dos primeras entregas de la homóloga saga de la que se nutre. Sin embargo, todo ello, pese a unos medios realmente irrisorios, está realizado con una solidez narrativa envidiable que muchos realizadores ya quisieran dominar. De esta forma, somos testigos de los más variopintos ataques de la criatura (derribo de helicóptero a dentelladas incluido), la participación de adolescentes como mera carne de cañón como viéramos en la entrega oficial firmada por Jeannot Szwarc, un alcalde sin escrúpulos (interpretado por Joshua Sinclair, habitual en la filmografía del romano) mayormente preocupado por su carrera política, descubrimientos de los restos a medio devorar de víctimas que puedan sonarnos de haberlos visto en otro sitio y a dos protagonistas, convertidos en héroes a su pesar, que no sólo tendrán que ver de cerca las fauces del hambriento animal que trastocará sus vidas, sino que se verán impedidos por aquellos que tienen potestad para proteger a sus vecinos, pero que tanto la ambición como la codicia ha mermado sus propios principios de solidaridad.

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Sin embargo, no todo es negativo y no todo es en L’ultimo squalo fusilar sin piedad la gran obra maestra de Steven Spielberg en un intento de seguir su brillante estela, al menos en lo que respecta a su éxito económico. La película de Castellari posee momentos genuinamente propios que curiosamente (y como el mismo director denuncia[4]) aparecerán en la posterior tercera entrega oficial de la saga Tiburón que Universal estaba preparando en aquella época[5]. Son meros detalles, casi insignifiacantes, pero que clama justicia mencionarlos cuando los típicos (y tópicos) prejuicios acerca de la exploitation asoman por parte de crítica y público a la hora de juzgar este producto (de su época). Sobre todo, porque llama la atención que la propia Universal llegase a demandar por plagio la película consiguiendo que se retirara de las (pocas) salas comerciales que la estrenaron en su momento. Y es que cabe señalar que la cinta fue comprada por el famoso productor y distribuidor Edward Montoro. La Film Ventures International, que ya había realizado maniobras parecidas con exploits inspirados en éxitos como El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973) y (nuevamente) Tiburón como Poder maléfico (Chi sei?, Ovidio G. Assonitis, Robert Barrett, 1974) y Grizzly (Killer Grizzly, William Girdler, 1976), respectivamente, estrenó la película protagonizada por Francicus y Morrow en la ciudad de Los Ángeles durante la primavera de 1982 bajo el título de Great White. Solamente en su primer fin de semana se recaudaron cerca de dos millones de dólares. Cuando la Universal, tres semanas después, logró que la cinta se retirara del mercado, el escualo con forma de globo de Castellari había amasado la friolera de dieciocho millones de dólares. Algo que no está nada mal para un producto de este estilo. Según las propias palabras del director, la major alegó que había muchísimas similitudes entre L´ultimo squalo y Tiburón, algo que sería totalmente absurdo negar, pero que sus abogados se centraron en cosas tan obvias como el hecho de la que las esposas de los protagonistas de ambos filmes fueran rubias o que el tiburón atacara a barcos en el mar. Lo más paradigmático del asunto es que posteriormente veríamos en El gran tiburón: Tiburón 3D y Tiburón: la venganza (Jaws: the Revenge, Joseph Sargent, 1987) a escualos que rugen al emerger del agua como el del filme de Castellari, escenas con personas atrapadas en un muelle flotante a merced del sanguinario tiburón o al animal explotando gracias a los explosivos que portan los cadáveres de sus víctimas, atrapadas en sus fauces[6]. Curioso, ¿no? Una gran multinacional fijándose en detalles de una película de explotación que, gracias a sus demandas, no ha disfrutado de una versión doméstica en multitud de países durante muchos años. De hecho, pese a que la cinta ha estado a disposición del público gracias a la red de redes, muchas de las copias piratas que han circulado desde entonces salen de, por ejemplo, ediciones japonesas en laser-disc. En Italia, por ejemplo, no fue publicada en DVD hasta 2007 y en 2011 Amazon la lanzó, bajo descarga digital de unos veinte dólares de precio, en Estados Unidos. Una versión restaurada salió para el mercado americano en 2013[7].

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Pero tampoco nos engañemos, L´ultimo squalo es un producto de su tiempo. No se puede negar que está dirigido con mucho oficio y con pulso, pero que tanto por sus sobreactuaciones, las motivaciones sin sentido de algunos de sus personajes, sus absurdos diálogos, y sus precarios medios nos demuestran que es una película de explotación más en un momento en el que dicha práctica estaba a la orden del día. Una cinta que se hizo con objeto de ganar dinero a rebufo de un gran éxito de Hollywood, aunque con ciertos momentos que la sitúan por encima de la media. Si el resto de entregas de la saga original, así como muchas otras jawsplotations venideras, hubieran atesorado un mínimo de calidad, la cinta de Castellari se hubiera perdido en el tiempo, “como lágrimas en la lluvia” parafraseando a Rutger Hauer en uno de sus papeles más recordados. Un servidor, sin ir más lejos, apenas puede desprenderse de la nostalgia cuando piensa en esta Tiburón 3, título bajo el que la alquiló infinidad de veces en el videoclub de mi barrio. Hubo un tiempo en el que era llegar al establecimiento y buscar esa carátula de un tiburón gigantesco a punto de engullir a una chica haciendo windsurf (fémina que, por supuesto, no aparece en ningún momento). Desde el primer momento, con las imágenes del windsurfista haciendo cabriolas a cámara lenta mientras suena de fondo el popero tema “Hollywood Big Time” de Yvonne Wilkins, siendo testigo de los envites del escualo con la machacona partitura compuesta por los hermanos Maurizio y Guido de Angelis atronando en mi cabeza, disfruto como un niño de esta película. Momentos inolvidables como el de James Franciscus saltando al agua para protegerse de una inexistente explosión o la muerte del personaje de Joshua Sinclair, colgado del helicóptero mientras el tiburón engulle sus miembros inferiores, son pasajes de la historia de mi vida. Todo ello siendo consciente de que la película, siendo lo que es, perdura en la memoria de muchos de nosotros debido a que ninguno de los que llegaron después, contando incluso con más medios, han podido superar al tiburón (globo) de Castellari. Ríanse ustedes, pero es así de cierto.

José Manuel Sarabia

[1] Taquillazo, bombazo o éxito de ventas. Término que se aplica a las películas, al teatro y a veces también a los videojuegos, que denota que son populares o exitosos, normalmente con una producción que conlleva un gran presupuesto y que logran los mejores resultados en taquilla en un tiempo récord.

[2] Como es conocido, el padre de Jennifer Jason Leigh falleció durante el rodaje de En los límites de la realidad (Twilight Zone: The Movie, John Landis, Steven Spielberg, Joe Dante & George Miller, 1983) al ser decapitado por las hélices de un helicóptero que cayó después de una mala maniobra.

[3] Curiosamente ese mismo año desempeñó la misma labor en la película Piraña 2: Los vampiros del mar (Piranha II: The Spawning, James Cameron & Ovidio G. Assonitis [sin acreditar], 1981).

[4] https://cine-resort.blogspot.com/2013/10/enzo-g-castellari.html

[5] Después de descartar una tercera entrega que tendría como título “Jaws 3, People 0”, una comedia al más puro estilo de las spoof movies del momento y que habría sido dirigida por Joe Dante, Universal tomó un camino más convencional volviendo a enfrentar a la familia Brody, en esta ocasión a los hijos del Jefe Brody ya adultos, en un parque acuático.

[6] El cadáver entre los dientes del personaje interpretado por Simon MacCorkindale porta una granada de mano que los protagonistas logran hacer explotar en El gran tiburón: Tiburón 3D.  El personaje de Vic Morrow (que muere arrastrado por la bestia así como el Quint de la novela de Peter Benchley) aparece de nuevo en las fauces del escualo para que el personaje de James Franciscus pueda detonar el cinturón de explosivos que porta en su cintura.

[7] En España contamos con (una defectuosa) edición en DVD comercializada por T-sunami.

Published in: on marzo 10, 2020 at 6:59 am  Comments (1)  
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  1. Reblogueó esto en Weird Sci-Fi Showy comentado:
    El éxito de Tiburón propició la aparición de muchas más amenazas acuáticas que, con mejor o peor fortuna, le dieron su particular mordisco a las carteleras de cine o granjearon popularidad en las estanterías de los videoclubes. “L’ultimo Squalo” (aquí, gracias a José Frade, “Tiburón 3”) de Enzo G. Castellari es un claro ejemplo de ello y, para mí, uno de los mejores exploits (¡qué coño, el mejor!) de la película de Steven Spielberg.
    En el enlace podéis leer unas líneas que le he dedicado al tiburón globo de Castellari. Ya me contaréis que os parece.


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