Aquí mando yo

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Título original: Aquí mando yo

Año: 1966 (España)

Director: Rafael Romero Marchent

Productor: Arturo González

Guionista: Vicente Escrivá, según la obra teatral Yo quiero de Carlos Arniches

Fotografía: Julio Ortas

Música: Manuel Parada

Intérpretes: Manolo Codeso (Juan), Gloria Milland (Elisa), Carlos Lemos (Don Cecilio), Pedro Porcel (Don Plácido), Rafael Hernández (Tori), Antonio Cintado (sargento de la Guardia Civil), Mery Leyva (Domi), Goyo Lebrero (Candora), Dina Loy (Inés), Gracita Morales (Gregoria), Mario Morales (Ernesto), Charo del Río (Marcela), Antonio Iranzo (hombre de la escopeta), José Sepúlveda (Don Manuel), Erasmo Pascual (Ramírez), Manuel Arbó (trabajador de la estación), Manuel Galiana, Miguel Merino (polizones en el tren), Alberto Reixa, Juan Antonio Elices (ancianos del pueblo), Alberto Solá (Sr. Celes), Joaquín Burgos (Requejo), Luis Zorita (dependiente de la farmacia), Carlos Vasallo (mozo de la tienda), Pedro Fenollar (Sr. Paco), Pilar Gratal, Rafael Romero Marchent (empleado almacén de arroz), Ángel de Andrés (Guardia urbano)…

Sinopsis: Juan es un repartidor de almacén que se gana la vida con un motocarro alquilado. Su prioridad es su madre, quien trabaja como asistenta y costurera. Un día, harto de las penurias que atraviesa junto a su madre en Madrid, decide visitar a su padre, quien no le ha reconocido, para solucionar su situación. Para ello viaja hasta al pueblo en el que vive su progenitor, quien es el principal hacendado de la localidad. Como es de esperar, a su llegada Juan se encuentra con una gran hostilidad. Sin embargo, él no está dispuesto a rendirse…

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Durante sus primeros años como realizador, la dedicación de Rafael Romero Marchent al género wéstern puede decirse que fue total. Desde 1965, año de su debut con Ocaso de un pistolero/Mani di pistolero, hasta 1972, en el que rueda la que fue su despedida de la corriente (al menos de forma momentánea) con Un dólar de recompensa/La preda e l’avvoltoio, de las doce películas rodadas por el madrileño en este tiempo, once pertenecen a la temática. La única excepción la encontramos en el que fuera su tercer film, la comedia Aquí mando yo (1966), cuya dirección asumió, precisamente, para evitar ser encasillado como realizador de un género determinado. Así lo explicaba a Antonio Gregori en la entrevista incluida en el monumental El cine español según sus directores: “En aquella época era muy peligroso que te encasillaran y si hacías tres o cuatro westerns seguidos ya no pensaban en ti más que como director de western. Así que, cuando me ofrecieron hacer una comedia, un género totalmente distinto, me apeteció mucho el cambio”[1].

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Planteada como vehículo para el lucimiento de su actor protagonista, un Manolo Codeso que realizaba así su primer papel principal para el cine sin la compañía de sus hasta entonces inseparables Zori y Santos, Aquí mando yo toma como base la pieza teatral Yo quiero ―según figura en la ficha del film en la base de datos del ICAA, ese fue su título de rodaje[2], escrita en 1936 por Carlos Arniches, cuya obra venía siendo regularmente adaptada por el cine español de la época, especialmente a raíz del consecutivo y muy diferente éxito cosechado por la versión de El padre Pitillo (1955) dirigida por Juan de Orduña con Valeriano León en el papel principal y guion de Manuel Tamayo (ahí es nada), y la personal obra maestra de Juan Antonio Bardem Calle Mayor/Grand Rue (1956).

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Pese a sus orígenes escénicos, la traslación a la gran pantalla del texto de Arniches efectuada por Rafael Romero Marchent dista mucho de ser teatral. Por un lado, debido a su dominio técnico, donde destaca la elegancia que otorga a las imágenes el uso del formato Superscope, en la que fue la única película de su director fotografiada en blanco y negro a lo largo de carrera. Y por otro, por el hecho de que gran parte del rodaje se desarrollara en escenarios naturales, con todo lo que ello implica. Una circunstancia que, no obstante, dificultó el rodaje del film a decir de las declaraciones de su responsable: “Fue una de las primeras películas que rodamos en interiores naturales porque, normalmente, en el cine se rodaba todo en estudios con decorados. (…) Sin embargo, se encarecieron mucho los decorados y tuvimos que buscar interiores naturales, en lugar de rodar en el estudio. Esto trajo, también, la complicación del doblaje porque al rodar en la calle y en interiores naturales no estaban preparados acústicamente o pasaban, continuamente, vehículos de todo tipo”[3].

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Pero mientras Aquí mando yo cumple con creces en su apartado técnico, no se puede decir lo mismo en su valoración como película propiamente dicha. De entrada, sus posibles cualidades son penalizadas por un evidente error de casting. Y es que, por muy buena fe que se le ponga, es difícil creer que Manolo Codeso, quien para entonces había cumplido los cuarenta años, de vida a un mozalbete que en la ficción se dice que tiene la mitad de su edad real. Por si fuera poco, a esto hay que añadirle que la encargada de interpretar a su madre sea Gloria Milland, en la que supuso su segunda y última colaboración a las órdenes de Rafael Romero Marchent quien, por cierto, hace un cameo al inicio de la película: es el que responde la llamada telefónica del personaje de Codeso al almacén de arroz, que tan solo contaba con veintiséis años en aquel tiempo, esto es, catorce años menos que su supuesto vástago. Y así ocurre. Por mucho que la actriz italiana aparezca caracterizada con unas prominentes canas, en ningún momento resulta probable que pueda ser la madre del personaje de Codeso, asaltando la duda en los planos que ambos comparecen juntos quién es realmente la madre y quién el hijo, cuando no pensar en otro tipo de relaciones afectivas no basadas en la consanguineidad dados los constantes piropos sobre su belleza y figura que le dedica él a ella.

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Pero las cosas no se acaban aquí, y esta falta de verosimilitud también se extiende a su, por otra parte, predecible desarrollo argumental. Si el protagonista consigue su objetivo de la reconciliación paternal, logrando que, pese al rechazo inicial, todos le acaben abriendo su corazón gracias a su empeño y tesón, no lo es tanto por la evolución propia de lo visto en pantalla, como porque, simple y llanamente, es lo que aparece escrito en el guion. Aunque lo peor quizás sea la total inoperancia que exhibe el conjunto en su primigenia condición de comedia. A pesar de contar en su reparto con cómicos del renombre de Gracita Morales en su sempiterno papel de chacha o el propio Codeso, su sentido del humor carece de chispa y raramente funciona, siendo lo único salvable en este apartado las intervenciones de los dos catetos peones a los que dan vida con su habitual buen hacer los característicos Goyo Lebrero y Rafael Hernández.

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Por el contrario, antes que por su teórica comicidad, la película destaca (para mal) por los sensibleros y catequistas arranques melodramáticos cortesía de Vicente Escrivá, especialista en tales lides desde sus tiempos como guionista para CIFESA. A este respecto, no está de más recordar que el personaje protagonista, un pardillo acostumbrado a que todo el mundo lo pisotee, comenzará a tener valor para imponer su voluntad tras pedírselo en oración a la Virgen, un episodio que ignoro si se encontraba presente en el original de Arniches, pero que, en cualquier caso, no es el único de similar calado que se desperdiga a lo largo del metraje.

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Así las cosas, lo más interesante de Aquí mando yo se encuentra en lo que permanece en segundo plano. Más en concreto, en el panorama que dibuja de la España de la época, tan alejado de la imagen idílica que se pretendía dar del país desde el régimen franquista. Algo en principio sorprendente, habida cuenta de los antecedentes de algunos de sus responsables, en particular de su referido guionista. De este modo, si el periodista y político catalán Joaquím Amat-Piniella escribía a propósito de una representación de la obra de Arniches por parte de la compañía de Valeriano León en una crónica publicada el 17 de junio de 1936 en El día que “el protagonista es un retrato exacto de aquel personaje un poco chulesco, que vive como una comadreja, sin otra formación que la de las aflicciones de la vida, que tanto se producen en los barrios populares de la capital de la República”[4], la traslación a celuloide de esa misma obra teatral treinta años después sirve para mostrar la desigualdad, corrupción y clasismo que aún pervivía en el sistema social de la España profunda.

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Como no podía ser de otra forma, este componente se manifiesta durante la estancia del protagonista en el pueblo al que ha ido a buscar a su padre, quien resulta ser el cacique local, y que contrasta con el buen trato e, incluso solidaridad, que el tal Juan recibe en Madrid, donde incluso puede increpar a un guardia de tráfico sin que le ocurra nada. Así, a su llegada a la localidad, la elevada posición social del progenitor, junto al hecho de que éste no le reconozca como hijo, hará que el joven se encuentre con la oposición a su permanencia de las principales fuerzas vivas del lugar (el encargado del apeadero del ferrocarril, el sargento de la Guardia Civil… ¡y hasta el cura!), no se sabe si por estar a sueldo del amo local o por miedo a sus posibles represalias. Con todo, mucho más indicativo en este sentido es cierto diálogo que el rol interpretado por Antonio Iranzo le dice al cacique sobre unas lindes que tienen en disputa: “He pensado que no me conviene estar a resultas de un juez que a lo mejor es más amigo suyo que mío”. Un descarnado testimonio de lo más revelador sobre la supuesta imparcialidad del sistema judicial franquista que, al mismo tiempo, revela hasta qué punto tales situaciones estaban asumidas y normalizadas por los ciudadanos de la época.

José Luis Salvador Estébenez

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[1] En El cine español según sus directores (Cátedra, Madrid, 2009), pág. 366.

[2] http://infoicaa.mecd.es/CatalogoICAA/Peliculas/GetPdf?Pelicula=13850

[3] Op. Nota cita 1.

[4] En http://www.memoria.cat/amat/content/yo-quiero-de-carlos-arniches

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