Dos hombres van a morir

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Título original: Dos hombres van a morir/Ringo, il cavaliere solitario

Año: 1968 (España, Italia)

Director: Rafael Romero Marchent

Productores: Eduardo Manzanos, Mario Caiano [sin acreditar]

Guionista: Mario Caiano según una historia de Eduardo Manzanos [en la versión española]

Fotografía: Emanuele Di Cola

Música: Francesco De Masi, Manuel Parada

Intérpretes: Peter Martell [Pietro Martellanza] (capitán Bly), Piero Lulli (Daniel G. Samuelson), Dyanik Zurakowska [acreditada como Dianik] (Lucy Corbett), Paolo Herzl (“Kid”), Armando Calvo (Bill Anderson), Jesús Puente (Mayor Corbett), José Jaspe (Zachary Hutchinson), Giuseppe Fortis (González), Antonio Pica (sheriff), Ángel Menéndez (juez Grant), Frank Braña, Guillermo Méndez, Luis Barboo, Alfonso de la Vega, Juan Antonio Peral (miembros de la banda de Bill), Alfonso Rojas (Stockwell, el minero), Joaquín Burgos (notario), Miguel del Castillo (ranchero), Pedro Fenollar (Thomas, el barman de Springfield), Mario Morales, Joaquín Parra, José Sepúlveda   (barman de Puebla), Jesús Tordesillas (líder mormón)…

Sinopsis: Una banda de soldados confederados renegados tiene atemorizados a los habitantes de la localidad de Springfield, en Missouri, debido a sus continuos robos. Por ello, las fuerzas vivas de la localidad deciden solicitar los servicios de la agencia de detectives Pinkerton. Al mismo tiempo, aparece en Springfield el capitán Bly, un antiguo oficial del ejército nordista que va tras los pasos de la banda, para lo cual recibirá la inesperada ayuda de otro forastero recién llegado a la localidad llamado Dan. El objetivo de la pareja es intentar detener a la banda antes de que sean atrapados y ahorcados por la ley, en especial a Kid, el miembro más joven de los forajidos, con el que Bly parece mantener una relación de amistad…

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Como quiera que no hay dos sin tres, y nunca mejor dicho, tras Dos pistolas gemelas/Una donna per Ringo (1966) y Dos cruces en Danger Pass/Due croci a Danger Pass (1967), Rafael Romero Marchent volvía a incursionar en los terrenos del wéstern con Dos hombres van a morir/Ringo, il cavaliere solitario (1968). Pero además de para constatar la curiosa atracción que el cineasta madrileño parecía sentir hacia el número dos a la hora de bautizar las versiones españolas de sus películas, quién sabe si influenciado por la referencia numérica que acompañó a los wésterns dirigidos por su hermano Joaquín en su estreno en Italia a raíz del éxito obtenido en aquel país por Tres hombres buenos/I tre implacabili (1963), y que, en cierta medida, Rafael prolongó en las denominaciones escogidas para Un par de asesinos/Lo irritarono… e Sartana fece piazza pulita (1970) y, ya fuera del género, Un par de zapatos del ’32/Qualcuno ha visto uccidere… (1974), el film en cuestión también termina de configurar varios rasgos que, a partir de entonces, serían recurrentes en la filmografía del realizador dentro del wéstern. Por ejemplo, el hecho de rodearse de un grupo habitual de intérpretes, en especial en los roles secundarios, donde característicos como Luis Induni, Frank Braña, Piero Lulli o Raf Baldassarre conformarían el núcleo de sus repartos, lo cual le emparenta, una vez más, con el cine de su hermano, quien también gustaba de contar con una compañía estable de actores en la que, dicho sea de paso, coincidiría más de un nombre.

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Aunque esta circunstancia ya se venía dando en sus trabajos previos, es aquí cuando se manifiesta de un modo más evidente, al repetir gran parte del elenco de la mencionada Dos cruces en Danger Pass, a lo que a buen seguro no es ajena su cercanía temporal. Realizada apenas unos meses después de aquélla, el film que nos ocupa repite así gran parte de su reparto. Peter Martell –quien otra vez se descuelga con una interpretación que deja mucho que desear-, Armando Calvo, Jesús Puente o Dianik Zurakowska encabezan de nuevo los primeros puestos de un listado en el que, incluso, Antonio Pica retoma el papel de sheriff que ya desempeñara en la anterior. Esta reincidencia interpretativa es acompañada por la coincidencia de escenarios ya vistos en los films anteriores, debido a que el grueso del rodaje se localizó nuevamente en el poblado Golden City de Hoyo de Manzanares, a tal punto de repetir tiros de cámara y composiciones visuales ya empleados anteriormente en escenas similares de su predecesora, como ocurre en la pelea que tiene lugar en la puerta del saloon, creando con ello cierta sensación de familiaridad ante sus imágenes.

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No obstante, si hay un elemento que cabe destacar de Dos hombres van a morir por encima del resto, debido a su crucial importancia en la posterior evolución de la trayectoria de su responsable, es que sea el primer exponente de su trayectoria en el que Rafael acusa de una forma meridiana la influencia que comenzaba a ejercer el modelo leoniano en su concepción del género, y que a partir de entonces se iría incrementando progresivamente en sus posteriores títulos, aunque sin abandonar del todo la hondura psicológica y el tratamiento dramático y fatalista de (alguno de) los personajes marca de la casa. La película adopta así un estilo muy cercano al del spaghetti, patente en no pocos de sus ingredientes, comenzando por un argumento que se articula en torno a la alianza que se establece entre un enigmático pistolero, del que más tarde sabremos que le mueven motivos familiares, y una especie de bounty killer, para dar caza a un grupo de bandidos. El evidente parecido que esta trama guarda con el de La muerte tenía un precio/Per qualche dollaro in più (1965), desarrollada asimismo de forma itinerante, es acentuado por otros muchos detalles, caso de la radical disminución en la relevancia de los escasos roles femeninos dispuestos, relegados a una función meramente funcional, o la falta de moral que acusan muchos de los personajes, incluso los positivos. Sirva de muestra el interpretado por Piero Lulli, quien comenta con una sonrisa en la boca que durante la Guerra de Secesión alternó su lealtad entre los dos bandos, vendiendo caballos a unos y proporcionándoles información a los otros.

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Pero, como no podía ser de otro modo, esta aproximación a los modos del spaghetti no solo se limita al fondo, sino también a la superficie. Desde el primer momento la cinta apuesta por potenciar los momentos de acción, convirtiendo sus primeros minutos en una sucesión de atracos, persecuciones y emboscadas. Del mismo modo, durante su mayor parte la narración abandona la intensidad y gravedad que había caracterizado a Ocaso de un pistolero/Mani di pistolero (1965) o Dos cruces en Danger Pass en favor de un tono ligero, especialmente presente en el desarrollo de la relación de camaradería que nace entre sus dos protagonistas, y que por momentos parece preludiar la inminente irrupción del fagioli western. A este respecto nótese el parecido que guarda la llegada del personaje de Piero Lulli a la población en la que se ubica el arranque de la historia, dormido borracho a lomos de su caballo, con la descansada forma de viajar del personaje encarnado por Terence Hill en la homónima Le llamaban Trinidad (Lo chiamavano Trinità…, 1970). Por último, a todo lo apuntado hay que añadirle, además, un incremento en el nivel de violencia, singularizado por la aniquilación perpetrada hacia la mitad del metraje por los forajidos de un grupo de mormones entre los que se encuentran algunos niños.

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Llegados a este punto, resulta pertinente reflexionar sobre cuánto de este acercamiento por parte de Rafael Romero Marchent a las constantes del spaghetti wéstern fue consecuencia de su propia evolución como cineasta, y cuánta estuvo motivada por las exigencias del mercado. En este sentido no está de más llamar la atención sobre el detalle nada casual de que la película fuera estrenada en Italia como Ringo, il cavaliere solitario[1] -denominación que  a grandes rasgos conservaría en su distribución internacional-, título del todo ilógico, ya que ningún personaje se llama Ringo, ni hay ningún cavaliere solitario, dado que los dos protagonistas actúan en todo momentos juntos ―aunque, a decir verdad, tampoco es que el título español tenga mucho sentido―. Así las cosas, lo más razonable es pensar que con ello se trataba de beneficiarse del descomunal éxito que había cosechado el díptico dirigido por Duccio Tessari y protagonizado por Giuliano Gemma formado por Una pistola para Ringo/Una pistola per Ringo (1965) y El retorno de Ringo/Il ritorno de Ringo (1965), como apunta Rafael de España en su imprescindible Breve historia del western mediterráneo (Ediciones Glénat, S.L., Barcelona, 2002); sobre todo si tenemos en cuenta que no era la primera vez que una película de Rafael Romero Marchent sufría similar metamorfosis para su desembarco en tierras trasalpinas. Recordemos que dos años antes Dos pistolas gemelas había corrido análoga suerte al ser bautizada en Italia como Una donna per Ringo.

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Quizás por ello, en Dos hombres van a morir aún se pueden detectar ciertos ecos de la forma de entender el género que había caracterizado a los exponentes realizados hasta entonces por sus dos principales responsables, es decir, el productor Eduardo Manzanos y Rafael Romero Marchent. El sello del primero puede percibirse en la pequeña intriga desarrollada durante los primeros compases sobre la verdadera identidad tras la que se esconden el agente enviado por la compañía Pinkerton para detener a los criminales y el habitante de la ciudad que actúa como enlace de estos, componente este tan caro de la mayoría de los wésterns españoles realizados antes de la llegada de Leone, en especial en los producidos por Manzanos. En cuanto a su director, su habitual estilo se encuentra principalmente representado por el personaje que sirve de motor narrativo a la historia, Kid, un joven que, como es habitual en las películas del género de Rafael, es llevado al camino de la violencia por sus sentimientos de odio y venganza, en este caso hacia los unionistas. “Quizás si no hubiera sido tan joven cuando nuestra guerra, si hubiera podido luchar contra esos miserables nordistas cuando matar no era un delito, ahora sería distinto: no sentiría este odio”, llega a afirmar ante su amada como justificación para su entrada en una partida de soldados sudistas renegados que se dedican a perpetrar robos bajo el mando de Bill Anderson, personaje que, dicho sea de paso, se inspira en un guerrillero confederado que existió en la realidad[2].

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Pero además de proporcionarle una mayor riqueza al relato, el que la historia transcurra en los años posteriores a la Guerra Civil estadounidense hace que ciertos detalles puedan extrapolarse a la situación de la España de la época, en la que aún resonaban las fracturas abiertas por nuestro conflicto armado, repitiendo de algún modo algo que ya se daba en Dos cruces en Danger Pass. De todos ellos, el más significativo es el mensaje de reconciliación fraternal por encima de ideologías que puede extraerse de su desenlace, cuando se descubra que dos de los personajes principales son, en realidad, hermanos, que han vivido hasta entonces enfrentados por su pertenencia a bandos opuestos. Sin embargo, el innegable atractivo de apuntes como este no evita que la valoración final de la película se vea penalizado por su indefinición, resultante de la singular mezcolanza de las distintas vertientes convocadas. Es más, a pesar de que su desarrollo resulta en todo momento entretenido debido a la fluidez con la que se suceden los acontecimientos, lo cierto es que a lo largo de su visionado permanece la sensación de que los distintos arcos argumentales que se van abriendo sobre la marcha no tienen más función que la de hacer avanzar la historia, lo que provoca que a la larga los aspectos dramáticos del conjunto queden relegados en un segundo plano en pos de la acción pura y dura.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Este cambalache de títulos va unido a un baile en los nombres implicados en la ficha técnica de la película dependiendo del país, triquiñuela ésta bastante recurrente en las producciones con participación de Eduardo Manzanos, de cara a cubrir los cupos establecidos por la administración para ganar la consideración de coproducción y beneficiarse así de las ventajas fijadas para este tipo de films. Entre los cambios que se dan en esta ocasión, y dejando a un lado la consabida inclusión de Manzanos como argumentista en la versión española, el más significativo es la distinta acreditación como autor de la música a Manuel Parada o Francesco de Masi dependiendo del país al que esté dirigida la copia. La respuesta a la incógnita nos la ofrece el especialista Ron B. Sobbert, al descubrir que el tema principal de Dos hombres van a morir es el mismo utilizado un año antes en otro eurowestern, Quince horcas para un asesino/15 forche per un assassino (1967), cuya banda sonora está firmada por De Masi en solitario. Para complicar aún más las cosas, en algunas bases de datos, en lugar de Rafael Romero Marchent, figura como director su guionista, el también realizador Mario Caiano, hijo a su vez del coproductor del mismo nombre que corrió con la parte italiana del film. Preguntado al respecto por Antonio Gregori en El cine español según sus directores (Cátedra, Madrid, 2009) ―pág. 366―, atribuyéndole a la película, no obstante, el nombre de El rancho de la muerte, título con el que Dos hombres van a morir se llegó a distribuir en España en los tiempos del VHS, Rafael Romero Marchent confirmaba de forma tajante su autoría: “La dirigí yo y así la tengo registrada en la Sociedad de Autores. Lo que sucede es que Mario tenía un hijo que se llamaba como él y quería que figurara su hijo como director para seguir dirigiendo películas en Italia. Pero vamos, la dirigí yo y Mario Caiano fue un colaborador mío”. Es decir, que este tipo de chanchullos no solo se daban en España.

[2] William T. Anderson fue un guerrillero confederado apodado como “Bill sangriento” o “Bill, el sanguinario” por la brutalidad que demostró en sus acciones contra soldados y simpatizantes de la Unión en los estados de Missouri y Kansas, aunque, a diferencia de como ocurre en la película, el personaje real murió durante la guerra. A modo de curiosidad, cabe añadir que Dos hombres van a morir no ha sido la única película que se ha hecho eco de sus andanzas. Que tengamos constancia, también aparece en el wéstern dirigido y protagonizado por Clint Eastwood El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales, 1976), donde es encarnado por John Russell.

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