Treinta años de “Twin Peaks”: La obra magna de David Lynch (I)

Logo series

Dedicado a Fermín Zabalegui, Carlos Pumares, su tocayo Boyero y toda esa gente sin ningún otro talento que poner en duda, enturbiar o negar el de aquel que sí lo tiene.

Twin Peaks-I-1

PREFACIO

Si el mundo no hubiera decidido ponerse de repente del revés por una cosa microscópica que no sabemos bien si está viva o muerta pero sí que decide sobre quién pasa de un estado a otro, estaríamos inmersos en los fastos de la celebración de los treinta años del inicio de la emisión de una serie de televisión llamada Twin Peaks. Obra, sobre todo, de un tal David Lynch, un más que prometedor, consagrado director que, sin saberse demasiado bien por qué –bueno, algo relacionado con Dune y De Laurentiis sí que sabemos– decidió bajar de la primera división que suponía el cine a lo que entonces era la segunda, la televisión. Los eventos presenciales hoy están cancelados y a la espera de buenas noticias, lo bueno de esto es que tenemos tiempo para todo, incluso para la reflexión y el análisis de cosas sin apenas importancia como son ahora mismo el arte y sus creadores. Tratemos de aprovecharlo o, al menos, de malgastarlo con algún sentido.

Twin Peaks-I-2

Aun en días como estos de absoluta suspensión de la incredulidad, la vida se parece mucho a entrar en un cine a ver una película que ya ha empezado y de la que sabes que te vas a ir sin poder enterarte de cómo acaba. Esta alegoría, más allá de su simpleza simbólica, sienta unas reglas de juego que marcan con precisión cómo empieza y cómo acaba la vida fisiológica.

A pesar de ello, los humanos no sólo aceptamos el juego sino que pretendemos ganarlo como si ignorásemos deliberadamente que sus reglas están esculpidas en mármol, como si quisiésemos creer que estas reglas son mutables con sólo ponerle la suficiente voluntad. Quizá por eso, la inmensa mayoría de los cineastas no es fiel a la premisa.

De hecho, la ignoran todo lo que pueden buscando ofrecer sus historias completas, esto es, con inicio, nudo y desenlace. Algo que nos parece lógico porque siempre nos las han contado así, incluso los científicos más racionalistas tratan de dotar al universo de un ‘origen’ con la teoría del Big Bang y tenemos toda una colección de supuestos finales: el del planeta, el del sol, el de la galaxia, la propia muerte entrópica del universo, para que seamos capaces de manejarnos con lo que es difícilmente aprehensible por nuestro intelecto.

Los cineastas, por tanto, no hacen otra cosa que lo que siempre se ha hecho para tratar de explicarnos y explicar lo que está fuera de nosotros. Yendo un paso más allá, procuran partir de inicios completamente adanistas y ofrecer finales cerrados. Los más atrevidos juegan con la estructura, con las elipsis narrativas, con el orden de las piezas, contigo como espectador, obligándote a caminar en círculos, a subirte en una montaña rusa o a perderte en su laberinto, con abrir o cerrar más o menos los inicios partiendo de axiomas preexistentes, de convenciones universalmente aceptadas, con los diferentes cabos de sus nudos, con los finales, con las referencias, el metalenguaje, el reconocimiento implícito o explícito del artificio pero, más tarde o más temprano, todos te acaban dando las piezas necesarias con las que rearmar el puzle básico de la ficción.

¿Qué no decir de los creadores, ya no de películas, sino de series? Confían tan poco en nuestra capacidad de atención, de discernimiento, que, junto al producto, te hacen entrega de instrucciones lo más detalladas posibles para su montaje. En el kit incluyen el pegamento para unir el puzle, el marco para exhibirlo y piezas duplicadas por si pierdes alguna. En su descarga diré que los espectadores tenemos nuestra buena cuota de responsabilidad respecto a esto, ¿o acaso alguien podía permitirse vivir, allá por 2010, sin saber qué hacían en esa isla los osos polares, quién demonios mandaba las provisiones de la iniciativa Dharma o qué pasaba con los famosos numeritos de Lost? Actuando así, buscando satisfacernos, estos y aquellos, cualquiera de ellos, en el mejor de los casos sólo consiguen reflejar la veracidad de lo vivido por momentos y ni siquiera entonces lo harán de manera completa.

David Lynch no es así, él sí es fiel a la máxima y, en consecuencia, consciente de los límites planteados por lo irrebatible. Por ello, la mayoría de las veces renunciará a tratar de contarte una historia cerrada en favor de trasladar a la pantalla la experiencia humana de la forma más completa y de la manera más veraz posible al margen de la narrativa.

Veraz, sí, porque ponernos a debatir aquí si llegamos alguna vez a lo real o si éste existe fuera y al margen de nosotros no procede, pero si nos quedamos con lo básico, lo innegable, lo sentido, lo vivido, esto es, la experiencia humana de vivir, tan importante es la percepción subjetiva de los hechos cotidianos, como lo son los recuerdos que de ellos se aprehendan, como lo son los sueños que de ellos se desprendan y que según las teorías más aceptadas sirven, precisamente, para consolidar eso, los recuerdos, elementos básicos para interpretar de vuelta la realidad percibida; la triqueta perceptiva.

Twin Peaks-I-3

Ya desde la percepción a través de los sentidos se produce el triple impacto sobre lo inconsciente, lo subconsciente y lo consciente de lo sentido así como sus también triquéticas interrelaciones. El hardware emocional básico con el que nacemos –lo inconsciente– nos sirve, podríamos decir, sobre todo para reaccionar ante lo propuesto por la percepción con la que descubrimos, identificamos, clasificamos, codificamos, encontramos patrones, generalizamos y decidimos de manera consciente nuestros posteriores actos. Esa reacción, ese cómo lo sentimos. Esa pulsión también se memoriza, de hecho, de manera mucho más vívida que cualquier otro elemento –conformando lo subconsciente, la memoria emocional– y, en consecuencia, también la soñamos.

Percibimos, sí, y qué estamos percibiendo se apoya sobre la memoria, cómo reaccionamos ante lo que percibimos por primera vez no o, al menos, no sobre la nuestra, no sin que otros por nosotros hayan reaccionado de la manera correcta ante lo percibido. Para que la parte reptil del cerebro, el instinto, lo inconsciente, lo que nos viene de serie y nos da unas pautas sobre cómo reaccionar ante lo agradable o lo peligroso, lo beneficioso o lo dañino, para que esos circuitos impresos llegasen hasta nosotros, han tenido que suponer a nuestros antecesores una ventaja evolutiva que les permitiera reproducirse a ellos y no a los que, percibiendo lo mismo, no reaccionaron igual, no tuvieron la misma pulsión, no lo identificaron como agradable o peligroso, beneficioso o dañino.

En consecuencia, es la reacción inconsciente lo que nos abre el camino a recorrer, es la pulsión básica la que nos pone a cobijo de lo peligroso, de lo potencialmente dañino y por lo que nos dejamos llevar por lo placentero, por lo que aceptamos lo potencialmente beneficioso. En el reverso oscuro de la naturaleza humana está justo lo contrario, ese deseo supuestamente inconsciente que algunos tienen – o todos tenemos de alguna manera– por abocarse a lo peligroso, lo dañino, lo degradante, capaces todos de generar el mismo placer. Es más, capaz de generar un placer más potente que el otro. La explicación a este comportamiento contranatura es sencillo de entender con un sencillo símil: nadie se siente más vivo que aquel que ha estado a punto de morir.

Fisiológicamente hablando, el miedo genera una inyección de adrenalina muy estimulante mientras que superar la situación estresante tiene como recompensa una nueva inyección, ahora de dopamina y endorfinas. Para entendernos: cocaína gratis por pasar miedo, heroína gratis para superarlo una vez el peligro ha desaparecido. ¿Cómo no engancharse a eso?

De esta manera, podemos afirmar que si soñamos en placer, miedo, gusto, asco, amor, odio, alegría, dolor, excitación, repulsión, es porque lo sentimos y lo memorizamos, y si lo sentimos por primera vez es por la pulsión. Podríamos decir, pues, que si sentimos, memorizamos y soñamos es gracias, en primer lugar, a las pulsiones tanto o más que a la percepción de los sentidos en sí. No creo que le extrañe a nadie si digo que David Lynch es el cineasta más dotado para reflejar en la pantalla el mundo de las pulsiones, a mucha distancia del resto.

Con todo lo anterior presente, la experiencia humana individual quedaría así dividida en, al menos, tres capas: la de los fenómenos físicos observados y nuestra reacción instintiva ante los mismos, la de las percepciones que de ellos se conserven a través de la memoria y la de la reinterpretación a posteri de la memoria en la fase REM del sueño o etapa de sueño paradójico, denominada así por la aparente facilidad para despertar que tenemos en esa etapa y por la alta actividad cerebral, cercana a la de la vigilia, sin que nuestros órganos de percepción, los consabidos cinco sentidos, estén activados.

El cerebro, nuestro panel de mandos, trabajando a todo ritmo al margen de los sentidos, ajeno a la realidad inmediata que le rodea, sin herramientas para experimentarla; paradójico, ¿no? ¿Qué cabe pues que esté haciendo? Simulaciones de vigilia y, ¿con qué elementos? Con los de la memoria, declarativa, procedimental o sensorial, pero memoria. Con los recuerdos, ¿con cuáles si no? ¿Le extraña a alguien si oye decir de David Lynch que es el mejor retratista de los sueños en el cine? En cuanto al dominio de lo acontecido en la vigilia… Bueno, hagámosla fácil. Poneos Straight Story y comprobad qué tal se le da.

Todos somos capaces de diferenciar la vigilia del sueño y el pensamiento racional de las ensoñaciones, pero, ¿cómo de necesario para nuestra vigilia y nuestra cordura es, por ejemplo, el pensamiento mágico? ¿Cuánto de real le conferimos al pensamiento fantástico para controlar la situación? ¿Cuánto es capaz de dominarnos uno y otro? ¿Cuánto nos emocionan? ¿Cómo de necesario es para nuestra comprensión de lo que llamamos realidad los símbolos, lo simbólico? ¿Con qué elementos ficticios se nos ponen en funcionamiento nuestras pulsiones más básicas?

Esto refiriéndonos a individuos sanos y funcionales, pero ¿qué ocurre si no lo somos? ¿Cómo funcionan nuestros circuitos si estos resultan dañados? ¿O si no se segregan las sustancias químicas naturales en la cantidad correcta? ¿Qué ocurre con ellos si los inundamos con otras sustancias artificiales tóxicas? ¿Qué ocurre si por nuestras vivencias, comportamientos o hábitos hemos imprimido mal los circuitos de lo que Freud o Jung etiquetaban como lo subconsciente ahora ya muy superado? ¿Qué ocurre cuando hemos asociado a lo que no debíamos nuestro placer, nuestro odio, nuestra vergüenza? ¿Qué ocurre cuando es la sociedad, la estructura exterior, la que se opone a nuestra estructura interior? ¿qué ocurre cuando entra en conflicto lo de los demás con lo nuestro?  ¿Qué ocurre, en definitiva, cuando no todo funciona según lo previsto?

Twin Peaks-I-4

Pues es en esos terrenos, en todos esos terrenos, así como en sus zonas fronterizas y de manera simultánea, es donde mejor se mueve Lynch, donde opera y plantea sus paradojas, el único –que yo conozca– capaz de retratarlos y exponerlos, todos juntos y a la vez, en una pantalla.

Mi amigo en las redes Ramón Torrente a esto lo llama las capas de la cebolla. Yo voy un paso más allá, porque no veo las capas, no veo la separación, a esas capas les falta campo AT –los fans de Evangelion lo entenderán–, porque todo se da en Lynch de manera simultánea, interrelacionada, triquética. Para su análisis reconozco que el símil de las capas de la cebolla resulta muy lúcido y útil, pero para exponer el fenómeno prefiero quedarme con la alegoría visual del propio Lynch comiéndose un donut en la primera promo de la vuelta de Twin Peaks de Showtime. Todo se entiende mejor con un buen ejemplo.

Tras algo más de veinticinco años su teaser fue ese, dieciocho segundos de un total de treinta y dos de David Lynch, embutido en el traje de Gordon Cole, comiéndose un donut con el mítico tema musical de la serie de fondo. Éste es el donut que me interesa, no el de la frase mindfulness de esa suerte de libro de autoayuda que el propio Lynch publicó en su momento –no vamos a hablar de ese pez dorado, no vamos a hablar de ese pez dorado en absoluto, lo vamos a dejar totalmente al margen de todo esto–. Me interesa la alegoría audiovisual y lo que ella encierra, una alegoría que, en su sencillez, entra por dos pero apela a todos nuestros sentidos, a todas nuestras capacidades racionales e irracionales a la vez y en menos de veinte segundos.

Durante esos dieciocho segundos, vemos a David comer un donut, oímos el Falling de Angelo Badalamenti, y podemos tocar la textura del bollo, sentirlo en la boca, saborearlo, incluso olerlo, sentir los dedos pringosos… Y lo hacemos todo a la vez gracias a lo apenas percibido, a la memoria de haberlo comido en alguna ocasión y mientras se nos apela a una de nuestras pulsiones básicas, el apetito, la necesidad de comer que hará que nuestras glándulas salivares se activen por sí solas. ¿No es solo con eso ya de por sí increíble?

¿Que eres de los que odian los donuts? Ok, estará activando tu repulsión, el anverso del gusto, el único según Kant que no puede codificarse en ninguna escala estética ¿Diabético o celíaco quizá? Ok también, apela entonces a otro de tus instintos más primarios, uno de los más necesarios para tu supervivencia, el miedo a lo que para ti es perjudicial.

Eso en lo previsto, en lo común a todos. En lo imprevisto, en lo personal, si tus circuitos memorísticos ordenan otra cosa, quizá asocies el hecho de comerte un donut a la lujuria, a la envidia, a una mala digestión… Quizá para ti bollo y agujero signifiquen otra cosa; si fuente de placer, de dolor o de conflicto interior ya no depende de Lynch en quien puedes ver, además, a Gordon, a él mismo o incluso a otro señor mayor al que se te parezca para bien o para mal.

A mayores, la canción de fondo, melancólica, triste, emocionante de alguna manera por sí misma, hará que tus circuitos se reconecten y asocies, de manera involuntaria, todo lo que te ha hecho sentir la imagen a los sentimientos asociados a esta pieza musical. En el mejor o peor de los casos, ya no serás capaz de comerte un donut sin que, de alguna manera, aquello te ponga triste, nostálgico.

Así mismo, en una capa más superficial, en la del azúcar glaseado, la canción apelará a tu memoria a largo plazo, a todo lo que tuvieras ya asociado a tu experiencia primera con ella y con Twin Peaks, sea ésta positiva o negativa. La indiferencia, al menos yo, no la contemplo, pero seguro que David Lynch sí y de alguna manera que se me escapa. Añadid a todo esto el traje negro, la corbata, la camisa blanca, los viejos archivadores a su espalda, su audífono…Todo eso y más, mucho más, en apenas dieciocho segundos. Fundido a negro de apenas un segundo más con las notas aun flotando y fin de la pieza de Lynch. Apabullante, ¿no? Incluso fantástico.

(A partir de ahí la promo ya no me interesa, ya no es cosa de Lynch, ya es cosa de la cadena. Volviendo del fundido alguien creyó necesario que sobre el Falling eran necesarios cinco segundos, cinco, a todas luces redundantes a mi entender, de la imagen fija del mítico cartel de madera de bienvenida a Twin Peaks procedente del metraje original, otro fundido a negro, se corta la música –esto sí podría haber sido idea de Lynch–, letrero de The Return sin personalidad alguna en la tipografía, logo dinámico de la cadena y fin.)

Twin Peaks-I-5

Además de todo lo contado hasta el momento, el David Lynch cotidiano se trata de un tipo que, en relación con lo no expuesto sobre el pez dorado, está convencido, o así lo declara públicamente al menos, de que buena parte de su pensamiento mágico y de su pensamiento fantástico son por sí mismos reflejo de lo real; de esa realidad que está más allá de los sentidos, de las pulsiones. Esa a la que sólo se puede acceder de manera trascendental, algo que conforma su corpus filosófico-espiritual y que ocupa la centralidad de sus creencias, no se me ocurre una forma mejor de definirlo. ¿No es esto ya de por sí igualmente fantástico?

Yo no creo en nada de esto último, lo reconozco, y como nada de ello es demostrable ni reproducible hoy por hoy por el método científico, es algo en lo que sólo nos cabe eso, creer o no creer, aunque algunos sean capaces de experimentarlo como real, entre ellos David Lynch. Pero aun partiendo del no más radical, sus resultados en el ámbito artístico, cultural y hasta filosófico, además de incontestables, ¿no son notables, sobresalientes incluso, independientemente del vicio de origen? La misma reflexión cabría hacer para interpretar el arte sacro o el surrealista, ninguno de ellos científico, y no les ponemos traba alguna por ello; reconocemos sin más su incontestable valía independientemente de cómo de falsos sean sus apriorismos, ¿no?

Pues de la misma manera, si la obra creada por David Lynch –parta su explicación de la identificación de un patrón defectuoso y falaz o no, al fin y al cabo tratar de explicar un acto creativo no deja de ser una racionalización a posteriori– es de las pocas capaces de alcanzar lo bello, lo sublime y lo siniestro estéticos en una misma pieza y en ocasiones de manera incluso simultánea, ¿no queda certificada per ser su valía? ¿Su forma única de retratar la condición humana? Es más, ¿no puede aseverarse que retrata de manera más fiel, más completa, como se ha tratado de demostrar, que cualquier otra la experiencia humana? Yo digo sí y eso le convierte en un artista único y genuinamente referencial. Y lo lamento, haters, esto no admite discusión.

Twin Peaks-I-6

ODA Y CODA

A tenor de lo expuesto hasta ahora, escribir sobre los detalles de la obra de David Lynch es de todo punto innecesario y redundante. Se escriba lo que se escriba, en el sentido que se escriba y sea quien sea quien lo escriba, huelga. Su obra se experimenta, no se explica. Tanto o más redundante resulta escribir, o hablar siquiera, pues, de su obra más conocida y reconocida a lo largo y ancho del planeta y a través de generaciones y generaciones de fans desde hace ya la friolera de treinta años.

Twin Peaks es, por derecho propio, parte inherente de la cultura popular; y aquí vendría la coletilla “occidental” de no ser por el enorme éxito que también obtuvo, por ejemplo, en países tan lejanos respecto a cualquier parámetro de análisis como lo es Japón. País en el que me atrevo a asegurar que, por primera vez en la historia, una serie de televisión occidental protagonizó una campaña publicitaria completa. No sus actores por ser famosos allí, no sus protagonistas estrellas, ni tan siquiera los mismos personajes de la serie, la serie en sí misma y por sí misma. Una locura.

En aquella entrada en la que hacía una lista de razones por la que no me gustaban las listas ya hablé en parte del fenómeno que la serie supuso. Tenéis mil libros a los que acudir para completar la información que necesitéis al respecto tan innecesarios todos, decía, como esta misma entrada pero que, como mínimo, sirven para dar testimonio de su impacto real en el mundo.

Sobre la influencia que supuso en una larga lista de series primero, películas después, guionistas, directores, productores, realizadores, montadores, actores, músicos y el largo etcétera de profesionales relacionados con el audiovisual más tarde, también tenéis sobrada bibliografía y hay, en activo e incluso retirados, muchos más de los que cualquiera de esos libros sería capaz de listar sólo refiriéndonos a las primeras entregas de la serie, la de los noventa. Nada nos preparó para el impacto producido por la película posterior y menos aún para lo que ha supuesto su retorno. Las consecuencias, auguro, serán imposibles de predecir.

Sobre el influjo personal que supuso para gente de toda raza y condición la serie original primero y la película después, obviamente, no hay registro salvo cuando, por lo que sea, un miembro de ese grupo se convierte en escritor, poeta, cantante, escultor, pintor o perteneciente a cualquier otra disciplina artística capaz de alcanzar proyección pública gracias a la cual hemos ido siendo periódicamente conscientes de que ese pulso seguía vivo.

Su impacto, pues, fue tal que no creo exagerar un ápice si digo que el mundo se puede dividir en dos tipos de personas: las que se han visto influenciadas por Twin Peaks de manera directa y las que aún no saben que han sido influenciadas por ella. Twin Peaks forma parte, por ende, del imaginario y el inconsciente colectivo.

Y esto ya era así antes de que David Lynch –también lo hizo Mark Frost y la cadena que albergaría el evento– cogiera su cuenta de Twitter un 3 de octubre de 2014 a las 5:30 pm y publicase aquel: “Dear Twitter Friends: That gum you like is going to come back in style! #damngoodcoffee”, con el que todos los aludidos empezamos a pellizcarnos compulsivamente para comprobar que, efectivamente, ni ese tweet era un sueño nuestro, ni aquella escena loca que nadie entendió del todo en una habitación con cortinas rojas, suelo negro y blanco zigzagueante, con un enano embutido en un traje rojo hablando y bailando jazz hacia atrás, una chica muy parecida a Laura Palmer pero que no era Laura Palmer y un Dale Cooper envejecido, que sucedía veinticinco años después de los hechos que nos narraba el segundo capítulo de la serie –o en la película que se hizo con el piloto para su distribución en Europa, ya hablaremos de ello; se ve que nadie confiaba en la ABC que nos gustasen las series por aquí, visionarios todos sin duda–, no había sido tampoco sólo un extraño sueño del agente especial favorito del FBI, sino una realidad. Ficticia, obvio, pero que iba a convertir aquel vaticinio de todo punto arbitrario en su origen, no cabe darle otra interpretación, en una profecía autocumplida mágica.

Twin Peaks-I-7

Tras su vuelta en forma de película de dieciocho horas, así lo define su creador, que nos estalló en la cara, hora tras hora, desde mayo de 2017 a septiembre de ese mismo año, ya no es que crea que Twin Peaks forma parte de la experiencia humana; es que creo que la experiencia humana forma parte, una pequeñísima parte, de la inmensidad que supone la preternatural existencia de Twin Peaks. Esa verdad revelada de la que sólo unos pocos elegidos pudimos ser testigos en tiempo real marcará el devenir de la raza humana. Y ese va a ser su grado de influencia en el futuro ya presente.

¿Exagero? Pues… No sé, quizá un poco sí, pero no tanto como para resultar más ridículo que el más elevado de los detractores de Lynch en general y de Twin Peaks en particular. Sirva esta desproporcionada hipérbole mía para opacar en parte la incapacidad manifiesta de estos para reconocerle, al menos, su indudable condición de artista plástico pionero y, como tal, referencial para cualquier creador, y pasar de una vez a meternos en faena.

Twin Peaks-I-8

Continuará…

Ángel Chatarra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s