Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto

Título original: Things to Do in Dever When You’re Dead

Año: 1995 (Estados Unidos)

Director: Gary Fleder

Productores: Jonatham McHugh, Cary Woods

Guionista: Scott Rosenberg

Fotografía: Elliot Davis

Música: Michael Convertino

Intérpretes: Andy Garcia (Jimmy “el Santo” Tosnia), Christopher Lloyd (“Pedazos”), William Forsythe (Franchise), Bill Nunn (“Viento fácil”), Treat Williams (Bill “el Crítico”), Jack Warden (Joe Heff), Steve Buscemi (“Señor Shhh”), Fairuza Balk (Lucinda), Gabrielle Anwar (Dagney), Christopher Walken (“el Hombre del Plan”), Michael Nicolosi (Bernard), Bill Cobbs (Malt)…

Sinopsis: Jimmy “el Santo” ha dejado atrás su vida delictiva y lleva un negocio que hace aguas. Su exjefe le propone un último trabajo de lo más sencillo. Para llevarlo a cabo Jimmy reúne a su antigua banda, pero todo sale mal y el capo mafioso pone precio a sus cabezas.

Hoy en día Harvey Weinstein se ha convertido en una de las personas -o personajes- de Hollywood más odiadas, y eso que no le falta competencia. Ya mucho antes que estallaran todos sus escándalos sexuales, Peter Biskind le dedicó a éste y a su hermano Bob -ambos al frente de Miramax- muchas páginas del recomendable libro Sexo, mentiras y Hollywood: Miramax, Sundance y el cine independiente (Anagrama, 2006), donde arremetía contra ambos, su compañía, sus directores, etc. Dejando a un lado la censurable y despótica forma de ser y actuar del señor Weinstein, hay que reconocer el importante papel que jugó Miramax -y especialmente desde que contó con el respaldo de la Disney- durante los noventa, apostando tantas veces por un cine de calidad.

Para hacer frente a los gastos, también crearon una subsidiaria, la Dimension Films, con el propósito de facturar películas más comerciales -sobre todo thrillers y de terror-, y así poder disponer siempre de fondos para sus proyectos más arriesgados y ambiciosos. Ayudaron a renovar y volver a poner de moda, entre otros, el cine de gánsteres con títulos como el que hoy nos ocupa, Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto (Things to Do in Denver When You’re Dead, 1995), que supuso el primer –y, aún a día de hoy, el más destacable- largometraje realizado por Gary Fleder, un director que ha desarrollado casi toda su carrera en la televisión y cuyos trabajos apuestan por la comercialidad-. Aunque el apartado que destaca con luz propia dentro del film es el libreto de Scott Rosenberg, antiguo compañero de clase de Fleder, también en uno de sus más tempranos guiones.

En su libro Images in the Dark: An Encyclopedia of Gay and Lesbian Film and Video (Titan Books, edición revisada y ampliada de 1996), Raymond Murray acusaba a Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto de homófoba, especialmente cuando el capo le recrimina a Jimmy por su nuevo negocio y su socio gay -interpretado por William Garson, quien también encarnara un personaje homosexual en la teleserie Sexo en Nueva York (Sex and the City, 1998-2004)-. Y cierto es que no son pocas las negativas alusiones que se hacen a los gays y a la sodomía, algo por otro lado nada alejado de la fama de los Weinstein[1].

Tras su paso por el festival de Sundance, la crítica señaló la influencia que Quentin Tarantino, el enfant terrible del cine usamericano de los noventa, tenía sobre la cinta realizada por Fleder. El guionista declaró a la revista Empire en su defensa: “Es realmente injusto tanto para el género como para Quentin decir que es él quien actualmente manda en el cine de gánsteres”[2], mientras que Fleder alegaba al respecto que el libreto de su película estaba escrito mucho antes que se estrenara Reservoir dogs (Reservoir Dogs, 1992). Reconozcamos que su largo título, uno de los más cool de la década, lo sacó de una canción de Warren Zebon -quien dio su permiso a condición que ésta sonase durante los títulos de crédito-, así como el apodo de Jimmy “el Santo” estaba inspirado en el tema Lost in the Flood de Bruce Springsteen, pero eso tampoco le resta mérito.

A su favor, Rosenberg -quien escribió el guion en dos semanas- creó un puñado de personajes memorables, con ese grupo de perdedores, entrañables pero perdedores, alejados de los estándares de glamour de las viejas películas de la mafia: Jimmy[3], el antiguo matón que quiere ir por la senda correcta y lleva un negocio que resulta un fracaso[4]; Lucinda (Fairuza Balk), la joven prostituta yonki tan amiga de éste; “Pedazos” (Christopher Lloyd), enfermo de lepra que ejerce de proyeccionista de una sala X; o Franchise (William Forsythe), que es lo que en Estados Unidos llaman white trash, ya que, con un montón de hijos y otro en camino, considera una suerte trabajar como encargado en un parque de caravanas, donde además de un mísero sueldo puede disponer gratis de una de éstas. Algunos de los personajes más que pintorescos son ya de puro cómic, casi diríase extraídos de las tiras de Dick Tracy, como Bill “el crítico” (Treat Williams), uno de los colegas de “el Santo” y cuya cabeza no rige muy bien; el “Señor shhh” (Steve Buscemi), un asesino tan silencioso como letal, capaz, aunque no lo parezca a primera vista, de acabar él sólo con toda una banda de gangstas; o el jefe mafioso al que simplemente se refieren como “el hombre del plan” (Christopher Walken en uno de esos papeles que tanto le gustan y tan bien se le dan); tetrapléjico en silla de ruedas, sólo puede mover la testa -Bill dice de él que “es sólo una cabeza, una puta cabeza”- y necesita siempre a su lado a una enfermera personal (Jenny McCarthy, la simpática playmate que llegó a ser presentadora de MTV y fuera durante muchos años compañera sentimental de Jim Carrey). Si bien es cierto que la presencia de Buscemi o Walken no deja de recordarnos al cine del realizador de Pulp Fiction (Pulp Fiction, 1994), también es verdad que ambos intérpretes solían trabajar por entonces para Miramax. Pero lo que sí es muy Tarantino -ya se puede poner Rosenberg en cruz- son las dos escenas del apartamento de Bill “el crítico”, cuando Jimmy va a avisarle que abandone la ciudad, y cuando finalmente llega el “Señor shhh” para acabar con él -al que recibirá con toda la artillería pesada al grito de “¡¡Tú Japón, yo Godzilla!!”-.

Jimmy, que intenta llevar una vida normal acorde a las leyes, tiene aspiraciones de éxito: sueña con tener un yate -“copas de yate” es una de las expresiones que dicen entre ellos- y conoce a una chica bien (Gabrielle Anwar) que podría ser su ticket a un futuro mejor, pero esos planes no van a salir a pedir de boca. Es un buen tipo, le apodaron “el santo” porque nunca mató a nadie, como el veterano Jack Warden -ejerciendo de coro griego- les comenta una y otra vez tanto a los visitantes de la cafetería donde se reúnen como a la cámara -al público-; y así, cuando tras la desastrosa misión el capo le brinda la oportunidad de salvar el pellejo si abandona la ciudad, éste decidirá quedarse y ayudar a sus amigos, a los que “el hombre del plan” pretende exterminar de la manera más dolorosa –alforfones (buckwheats en el original), otro término que acuña Rosenberg en una jerga para el que se inspiró en la usada en la guerra de Vietnam, en la de los moteros, más algunas expresiones de su invención-. Pero Jimmy fue una vez un gánster, y uno muy peligroso -lo que queda claro cuando va a por el cliente que le ha pegado a Lucinda-, y una vez que todos sus compañeros han sido eliminados, sabiendo que él es el siguiente y tampoco puede acercarse al inválido capo, urdirá un cruel plan para darle a éste donde más le duele.

Hubiera sido el final perfecto para una cinta que se pretendía referencial -con esas citas a Casablanca (Casablanca, 1942) de Michael Curtiz en los labios del protagonista- a la par que novedosa en su género, pero el guionista no podía terminar la cinta así, y finalmente reúne a Jimmy “el Santo” con sus amigos en su soñado yate en una onírica y desconcertante escena. Jimmy, haciendo alusión a su apodo y sabiendo que su destino es seguir a sus colegas -y que ya el título del film nos ha aclarado de antemano-, procura antes de irse al otro barrio dejar grabado un video para que se le entregue a Lucinda, el único personaje que podrá rehacer su vida en otra parte, escapando de la ruina moral que le depara aquella maldita ciudad.

Fleder seguiría en el cine comercial con las bien conocidas El coleccionista de amantes (Kiss the Girls, 1997), según una novela de James Patterson -y apuntándose a la moda de los super-psychokillers a lo Seven (Seven, 1995) de David Fincher, Morgan Freeman incluido-, Ni una palabra (Don’t Say a Word, 2001), Infiltrado (Impostor, 2001) –donde volvía a unir fuerzas con Rosenberg, que esta vez adaptaba a Philip K. Dick- o El jurado (Runaway Jury, 2003) – otra con final desconcertante de cuando estaba tan de moda llevar al cine a John Grisham-. Aunque, como tantos de su generación -entre ellos el mucho más reputado (por méritos propios) John Dahl-, Fleder acabaría principalmente al frente de muy variadas series de televisión, si bien muy de vez en cuando vuelve a la gran pantalla, como hizo con El protector (Homefront, 2013), cuyo libreto escribió Sylvester Stallone para su amigo Jason Stathan y con la Millennium de por medio.

Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto no fue ningún éxito[5], funcionando mejor en el videoclub y las emisiones catódicas que en su pase por salas. Una cinta que destaca, además de por su guion y por una acertada e inspirada dirección -un estilizado, a la par que directo, ejercicio de estilo por parte de Fleder-, por un sólido reparto que le da el punto justo a sus personajes más allá de los arquetipos, con ironía pero sin caer en la parodia. Y es que una película tan original, que además pondría a la capital de Colorado en el mapa, merecía en estos tiempos en que se reivindica cualquier menudencia, al menos haber generado un cierto culto[6]. Tiempo al tiempo.

Alfonso y Miguel Romero

[1] Kevin Smith, que se dio a conocer y desarrolló los primeros catorce años de su carrera profesional tras las cámaras en el seno de Miramax y Dimension, es otro al que los dedos acusadores señalan de homófobo y, principalmente, lesbianófobo, dada la cantidad de chistes y situaciones que plantea en su filmografía -y no de forma muy positiva precisamente- respecto al colectivo LGTB.

[2] Polygram, DeLaurentis, Spelling Films, Live Entertainment y muchos otros abrazaron en los noventa esta nueva oleada revisionista y renovadora de cine negro que abría Quentin Tarantino al comenzar la década, ofreciéndonos títulos tan dispares -algunos, por supuesto, más conseguidos que otros- como Sospechosos habituales (The Usual Suspects, 1995) de Bryan Singer -que comparte varios puntos en común con la cinta de Fleder-, Lazos ardientes (Bound, 1996) de los hermanos Wachowski, o Suicide Kings (Suicide Kings, 1997) de Peter O’Fallon.

[3] Interpretado por el cubano Andy Garcia, que tras el éxito de Cuando un hombre ama a una mujer (When a Man Loves a Woman, 1994), de Luis Mandoki, se encontraba en el mejor momento de su carrera, encadenando un papel protagonista detrás de otro.

[4] Se trata de una empresa donde los enfermos terminales graban en vídeo un último adiós a su familia. Un detalle que Rosenberg incluyó por la muerte de su padre, víctima de cáncer.

[5] La fría acogida de la película en Estados Unidos propició que su estreno en otros países se demorara. En el nuestro, por ejemplo, tardó más de un año en llegar a las carteleras.

[6] Pongamos como ejemplo que en un libro tan completo como Neonoir. Cine negro americano moderno (T&B Ediciones, Jesús Palacios ed., 2011), tanto Fleder como su película sólo aparecen nombrados en una ocasión y es en el capítulo La vida es cine: el neo(barroco)noir de Quentin Tarantino, escrito por José Havel, concretamente en su último apartado, titulado Apéndice: La generación post-Tarantino.

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