The City of the Dead [tv/dvd: El hotel del horror]

Título original: The City of the Dead

Año: 1960 (Reino Unido)

Director: John [Llewellyn] Moxey

Productores: Donald Taylor, Max J. Rosenberg [sin acreditar]

Guionistas: George Baxt según una historia de Milton Subotsky

Fotografía: Desmond Dickinson

Música: Douglas Gamley

Intérpretes: Dennis Lotis (Richard Barlow), Christopher Lee (Alan Driscoll), Patricia Jessel (Elizabeth Selwyn / Mrs. Newless), Tom Naylor (Bill Maitland), Betta St. John (Patricia Russell), Venetia Stevenson (Nan Barlow), Valentine Dyall (Jethrow Keane), Ann Beach (Lottie), Norman MacOwan (reverendo Russell), Fred Johnson (el Mayor), James Dyrenforth (dependiente de la gasolinera), Maxine Holden (Sue), William Abney (policía), Andy Alston, Ted Carroll, Rodney Dines, Nickolas Grace, Anthony Lang, Terry Sartain, Gerry Wain…

Sinopsis: Una estudiante de historia llega al pueblo de Whitewood, en Nueva Inglaterra, donde a finales del siglo XVII se ejecutaron a varias personas por practicar la brujería. El tema todavía pervive en cuentos y leyendas populares de la zona que la joven quiere investigar para completar su tesis. Pero al llegar a la pequeña población se percata de que sus habitantes se comportan de un modo extraño, como si ocultaran algún oscuro secreto, no tardando en descubrir en sus propias carnes los motivos…

Durante demasiado tiempo, The City of the Dead [tv/dvd: El hotel del horror, 1960] ha sido únicamente recordada por ciertas cuestiones secundarias que nada tienen que ver con su auténtica valía como obra cinematográfica. Por un lado, por su anticipación a varios de los hallazgos más recordados de dos films trascendentales en el devenir del cine de terror rodados aquel mismo año; La máscara del demonio (La maschera del demonio, 1960) de Mario Bava y Psicosis (Psycho, 1960) de Alfred Hitchcock. Aparte de compartir una similar estética, singularizada por una espectacular fotografía en blanco y negro y formato panorámico, de la primera adelanta el prólogo ambientado siglos antes que el grueso del relato, en el que una bruja es ejecutada maldiciendo a sus verdugos con la promesa de regresar de entre los muertos para llevar a cabo su venganza. En cuanto a la película del maestro del suspense, la similitud reside en el hecho de que la que en un principio se presenta como la protagonista de la historia –joven, rubia y con el pelo corto, para más inri―, acabe siendo asesinada una vez llegado el ecuador del metraje, mientras pasa la noche en un siniestro hotel ubicado en una localización remota, lo que propiciará la llegada al lugar de su hermano para investigar lo sucedido[1].

Otros de los aspectos que habitualmente se ha destacado de la películaes la de ser la primera producción en tierras británicas de los norteamericanos Max J. Rosenberg y Milton Subotsky, quienes tan solo un par de años más tarde fundarían en las Islas la Amicus Productions[2], compañía recordada por los aficionados por su especialización en la confección de films de episodios y principal competidora en los terrenos del terror que tuvo en aquel país la hegemónica Hammer durante los tres siguientes lustros. Basada en una historia del propio Subotsky, quien desempeñaba el lado creativo del dúo y que asumió asimismo la producción ejecutiva del film[3], lo cierto es que The City of the Dead esboza no pocos de los rasgos principales que caracterizaran la aproximación al género de la futura productora. En especial, su frontal oposición a la fórmula en la que había basado su éxito la Casa del Martillo, bien sea por el comentado uso del blanco y negro en detrimento del color que fuera uno de los más explotados atractivos de los films de la temática producidos por su rival o, sobre todo, su muy distinto tratamiento de la violencia.

Si en su momento uno de los aspectos más revolucionarios de las reinterpretaciones que la Hammer hiciera de los monstruos clásicos de la Universal había sido su nivel de grafismo, lo cual le costó algún encontronazo con la censura, en este caso los escasos momentos violentos que se dan cita en el metraje son solventados por medio de la elipsis. Así, la imagen en la secuencia inicial de la bruja consumiéndose entre las llamas es sustituida por el rostro del profesor Driscoll narrando ensimismado la escena a su grupo de alumnos[4]. Con todo, mucho más conseguida se antoja la segunda de estas elipsis, localizada en la muerte de Nan Barlow, la teórica protagonista, víctima de un sacrificio ritual a manos de un grupo de satanistas. Mientras la muchacha forcejea con sus captores tumbada en un altar, la cámara muestra a la líder de la secta empuñando una daga con la intención de clavarla en su pecho. En el momento que el puñal baja hacia el cuerpo de la joven, la imagen es encadenada con otra que sigue la trayectoria de un cuchillo, pero que en este caso se hunde en medio de una tarta, dando paso los gritos de desesperación de la sacrificada por los de júbilo que exclaman los asistentes a una fiesta de cumpleaños.

Aunque por fortuna esta situación se está corrigiendo de un tiempo a esta parte, es una lástima que durante muchas décadas los árboles no hayan dejado ver el bosque y The City of the Dead haya sido reducida de forma sistemática a la simple condición de rareza, cuando, sin embargo, posee los elementos suficientes para, si bien no considerarla una obra maestra, sí que, al menos, uno de los títulos más valiosos y reivindicables del cine de terror de su época. Quizás su principal baluarte se encuentre en la fuerza que exhibe la puesta en escena de John [Llewellyn] Moxey en lo que significó su debut en la gran pantalla tras dar sus primeros pasos en la televisión, medio éste en el que, no obstante, desarrollaría la mayor parte de su carrera a posteriori; en especial por su inspirado trabajo de cámara, basado principalmente en el juego con luces y sombras de ecos expresionistas que lleva a cabo su fotografía en combinación con el uso de niebla artificial, recurso este empleado en un principio para disimular las carencias presupuestarias con las que fue realizada la película, pero que acaba por contribuir de forma decisiva a la configuración de una atmósfera irreal y onírica ―que muchos autores han querido emparentar con el mundo literario de H. P. Lovecraft― en aquellas escenas que se desarrollan en Whitewood, el apartado pueblo dominado por los satanistas. Fruto de ello son un buen puñado de momentos plagados de una tremenda plasticidad, entre los que destaca la escalofriante imagen en plano general vista por Nan a través de la ventana de un grupo de encapuchados atravesando entre la niebla el desvencijado cementerio de la localidad mientras entonan un siniestro canto a coro, formando una estampa que, en más de un sentido, retrotrae a la de nuestra Santa Compaña.

Ahora bien, más allá del acierto estético y atmosférico que supone, el que las calles de Whitewood aparezcan siempre sumidas en una espesa y perpetua niebla otorga al lugar un aura fantástica, dando la sensación de que, verdaderamente, se encuentra situado en una dimensión distinta a la del resto del mundo. Una teoría que es alimentada a través de numerosos diálogos, situaciones y actitudes a lo largo del relato. Por ejemplo, durante su trayecto en automóvil hasta Whitewood, donde acude a investigar para sus estudios los vestigios de la quema de brujas llevadas a cabo allí tres siglos antes, Nan recoge en el camino a un autoestopista que, en realidad, es uno de los cabecillas del culto satánico. Pues bien, al recorrer las oscuras y solitarias callejuelas del pueblo a su llegada, la joven se cerciora de que todas las construcciones con las que se topan datan de la época de los colonos, por lo que comenta: “Me siento en el siglo XVII”, a lo que el hombre contesta con ambigüedad: “Aquí el tiempo se ha detenido”. Poco después, y ya instalada en la posada local, Nan decidirá salir a dar una vuelta. Durante el paseo, la joven se cruza con varios transeúntes que se giran a su paso mostrando una mezcla de recelo e incredulidad ante su presencia. Una actitud que es resumida por la muchacha al penetrar en la tienda de antigüedades que regenta otra recién llegada, quien resulta ser la nieta del sacerdote de Whitewood: “Aquí todos actúan como si estuvieran en otro mundo”. Por si aún quedaran dudas sobre la verdadera naturaleza del lugar, no está de más recordar que, cuando alertados ante la falta de noticias, su hermano y su novio traten de localizar a Nan poniéndose en contacto con la posada en la que se hospedaba, la telefonista les informe de que dicho establecimiento no existe. En principio cabría suponer que se refiere a su presencia en el listín telefónico, pero lo cierto es que la dueña de la posada aparece después utilizando un teléfono…

A la creación de este singular clima de extrañeza y pesadilla tampoco es ajena la duplicación de acciones que se suceden en el lugar, como si, efectivamente, este no estuviera sujeto a las reglas del tiempo, como sugiere el diálogo mencionado más arriba por uno de los personajes. Al fin y al cabo, muchos de los habitantes de Whitewood son, en realidad, los mismos brujos que lo poblaban en el siglo XVII y que han prolongado su existencia más allá de los límites naturales gracias a sus pactos con el Maligno, transformándose en una especie de vampiros cuyas víctimas aparecen sin una gota de sangre y que solo pueden ser destruidos por la imagen proyectada de la cruz cristiana. De este modo, tras la muerte de Nan, la historia diríase que comienza de nuevo, repitiéndose momentos que ya hemos visto con anterioridad, como si nos encontráramos ante un relato cíclico. Así, a su regreso a Whitewood tras haber ido a la gran ciudad a interesarse por la suerte corrida por Nan ante su extraña desaparición, la regente de la tienda de antigüedades recogerá al mismo autoestopista que la joven anteriormente, quien de nuevo desaparecerá como por arte de magia una vez llegados a su destino. Más tarde, mientras investiga lo sucedido, Richard Barlow repetirá un recorrido idéntico al de Nan por las neblinosas calles de la población, despertando las mismas reacciones entre los lugareños y yendo a parar, de nuevo, a la referida tienda de antigüedades, donde mantiene una conversación con la dependienta muy similar al que antes tuvo su hermana. Aunque tal vez el momento más emblemático en este sentido se encuentre en el accidente automovilístico que sufre el novio de Nan de camino a Whitewood, cuando de forma inexplicable se presente ante sus ojos la imagen de la bruja carcajeándose mientras se encuentra atada a la pira vista durante el prólogo.

Ejemplos como estos ponen de relieve la capacidad para sugerir y generar inquietud que posee la película, pero también el conflicto que anida en su interior. Como en otros tantos films sobre brujería, el relato de The City of the Dead ilustra la oposición entre modernidad y atavismo o, lo que es lo mismo, entre el escepticismo científico del mundo moderno y las creencias ancestrales del antiguo. Un antagonismo que no solo subyace a nivel argumental, sino que es potenciado a través de la puesta en escena. Véase en este sentido la mencionada elipsis del asesinato de Nan, que contrapone dos muy distintas reuniones sociales de cada uno de los mundos en liza; esto es, el sacrificio ritual del culto satánico y la celebración de una fiesta de cumpleaños; o el contraste que se produce entre la música jazz que suena en los respectivos automóviles de Richard y el novio de Nan durante su viaje a Whitewood, con los coros siniestros que acompañan a los satanistas en los planos insertados entre medias.

En esta tesitura, no parece pues casual, ni mucho menos, que el culto de los brujos se localice en un remoto lugar que, como hemos visto, permanece anclado en el tiempo. Como muy acertadamente apunta Tonio L. Alarcón: “El laberinto de catacumbas que existe por debajo de la posada de la Sra. Selwyn/Newless sugiere, al respecto, la existencia de una civilización mucho más antigua que la nuestra, que ha sobrevivido de forma subterránea (literal y metafóricamente), escondiendo sus auténticos orígenes al mundo exterior”[5]. No obstante, este atavismo no se trata de algo aislado, sino que también se encuentra latente en el mundo moderno, en este caso representado por el profesor Driscoll, quien resultará ser la mano derecha de la revivida señora Selwyn al frente de la secta satánica, si bien en su vida en la ciudad se cuide de mantener las formas, camuflando su verdadera cara.

Siguiendo por esta senda, tampoco parece fortuito que, en el lado contrario, cada uno de los hermanos Barlow, la una estudiante y el otro científico, encarnen las diferentes ópticas con las que el mundo actual mira a este tipo de cultos: con curiosidad antropológica, creyéndoles algo del pasado, caso de Nan, quien, recordemos, acude a Whitewood para ampliar sus estudios; o negando directamente su existencia, como hace Richard, quien al serle mostrado por el novio de su hermana una ilustración de un sacrificio ritual en un libro sobre brujería, afirmará tajantemente: “Eso ya no existe”. La película sugiere así la idea de que gran parte de la fuerza de estos movimientos reside, precisamente, en que en la actualidad la mayoría piensa que ya no existen. Tal y como llega a decir el cura de la pequeña población ante las reticencias de Richard a aceptar que los lugareños sean adoradores de Satán, como él le afirma, “El demonio nunca ha sido tan poderoso como hoy”.

La presencia del sacerdote sirve también para recalcar otro tema bien ligado al enfrentamiento entre modernidad y atavismo que plantea la película, y que se encuentra de lo más presente a lo largo de su metraje: la otredad, pilar por antonomasia de cierto cine terrorífico. Ya hemos comentado las reacciones que despierta entre los habitantes de Whitewood la presencia de forasteros en su pueblo (en su mundo), o como, en distinto sentido, el profesor Driscoll oculta su verdadero ser en su vida diaria. Es decir, mientras que los integrantes de la sociedad moderna muestran en todo momento su auténtica naturaleza, al representar lo que ellos entienden por normalidad, los miembros del culto satánico en cambio tratan de pasar desapercibidos disfrazando su verdadero ser en su relación con el mundo exterior para poder así pasar inadvertidos y, por tanto, sobrevivir, algo que, por otra parte, es reflejado de forma literal por la idea ya expuesta de que lleven a cabo sus rituales a escondidas en el subsuelo de sus casas, es decir, por debajo de su aparente fachada.

No debe extrañar entonces que los dos únicos ciudadanos de Whitewood que no practican el satanismo y que, por tanto, encarnan al diferente en la localidad, carezcan significativamente de ciertos sentidos, ya sea la muda sirvienta de la posada que trata de avisar a los visitantes de la realidad de lo que acontece allí, o el sacerdote ciego, símbolo de la resistencia de la sociedad avanzada en ese entorno pagano, quien culpabiliza al diablo de haberle quitado la vista, por más que no sea descartable que el causante haya sido su propio dios, para aliviarle de presenciar lo que ocurre ante sus ojos. Una idea esta, dicho sea de paso, que sería recuperada cuatro años más tarde por el propio Subotsky ya en el seno de la Amicus para el desenlace de uno de los segmentos que componen la fundacional Doctor Terror (Dr. Terror’s House of Horrors, 1964), aquel protagonizado por Christopher Lee como un altivo crítico de arte que acabará perdiendo la vista por parte de la mano amputada con vida propia de un pintor al que había humillado con uno de sus despiadados comentarios, perdiendo así uno y otro la capacidad para continuar desempeñando sus respectivos trabajos.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Más desapercibidos han pasado en cambio los paralelismos que la película mantiene con otros dos celebrados films posteriores. De este modo, y reformulando un tropo muy asumido del cine gótico, en su viaje hacia el apartado lugar en el que habita el terror, los protagonistas hacen parada en una pequeña gasolinera donde les aconsejaran que no continúen su camino, tal y como ocurre en La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, Tobe Hooper, 1974), mientras que la presencia de un anciano sacerdote ciego retrotrae al del análogo e inquietante personaje encarnado por John Carradine en La centinela (The Sentinel, Michael Winner, 1977).

[2] Llegados a este punto, no está de más cuestionarse si los referidos puntos en común a nivel argumental existentes entre The City of the Dead y Psicosis no son, en realidad, fruto de la posible influencia que en la presente pudiera haber ejercido la novela original en la que se basaba el film de Alfred Hitchcock, obra de Robert Bloch, quien con posterioridad desarrollaría una activa labor como guionista para la Amicus.

[3] Subotsky también fue el responsable del remontaje con el que la película fue estrenada originalmente en los Estados Unidos con el título de Horror Hotel. Esta versión carece de aproximadamente dos minutos respecto a la original, redundando tales cambios en la supresión de algunos diálogos, si bien en un principio la idea del productor era incluir metraje procedente del film canadiense rodado en 3D The Mask [tv: La máscara, 1961], temeroso de que, al estar la película filmada en blanco y negro, no resultara atractiva para la audiencia de su país.

[4] Dicho personaje es interpretado por Christopher Lee, anunciando así otra peculiaridad que se convertiría en moneda común en las producciones de la Amicus, como fue la recurrente contratación de actores y técnicos procedentes de la Hammer.

[5] En su reseña de The City of the Dead  del nº 403 de Dirigido por… (Barcelona, septiembre de 2010), pág. 75.

4 comentarios en “The City of the Dead [tv/dvd: El hotel del horror]

  1. Muy interesante la reseña, José Luis, como todas las que escribes..Esta peli la adquirí hace unos años en una edición espantosa -hoy la he estado buscando, pero se debe haber marchado a Withewood-, con una calidad de imagen paupérrima y en 4:3 (Creo que el original tenía un formato de 1.85, y hay un blu ray de Uk que está en 1.78, aunque dicen que da un poco igual porque la calidad es excelente).
    Si la has visto en un blu ray extranjero, dime qué te ha parecido.

    Sobre Moxey… era un muy buen director de actores y sabía crear excelentes atmósferas con poca pasta. Tiene una filmografía llena de títulos a descubrir. Un saludo.

    1. Muchas gracias Enrique. Imagino que la edición que yo tengo es la misma que la tuya. No obstante, por Youtube corre alguna versión que está bastante bien de calidad, en inglés por supuesto, por si te sirve de orientación.

      Y sí, Moxey era un artesano bastante competente. Es una pena que se centrara en la tele, porque viendo esta peli queda claro que talento no le faltaba. Aunque, bueno, tampoco es que en televisión lo malgastara. Ahí está su díptico sobre “El estrangulador nocturno” para demostrarlo. 😉

  2. A ver si con un poco de suerte editan esa edición de Blu ray editada en Uk. Al parece tiene un montón de extras apasionantes. Moxey solo dirigió The night stalker, la de El estrangulador fue de Dan Curtis.
    Estoy de acuerdo, su carrera en cine podría haber sido más jugosa, pero te recomiendo, si no las has visto, telefilmes como Alambradas de cristal, La presencia del diablo, Ghost story: a new house, o Acoso homicida (Pero hay más, este chico es un filón). Escritas por gente como Matheson, Stefano o Sangster. 🙂

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