Garringo

Título original: Garringo

Año: 1969 (España, Italia)

Director: Rafael Romero Marchent


Productor: Norberto Soliño

Guionistas: Joaquín Luis Romero Marchent, Giovanni Scolaro, Arpad DeRiso [en la versión italiana]

Fotografía: Aldo Ricci

Música: Marcello Giombini

Intérpretes: Anthony Steffen (Garringo), Peter Lee Lawrence (Johnny), Solvi Stubing (Julie), José Bódalo (Klaus), Raf Baldassarre (Damon), Luis Marín (Pete, cazarrecompensas), María Salerno [acreditada como Marta Monterrey] (Nancy Grayson), Barta Barri (Wilson), Antonio Molino Rojo (Harriman), Rossana Rovere (Sarah), Lorenzo Robledo (Tom, ayudante del sheriff), Luis Induni (Dr. Grayson), Guillermo Méndez (esbirro de Johnny), Frank Braña(Bill), Xan das Bolas (Potter), Beni Deus (padre de Johnny), Tito García (Ted), Rafael Hernández (militar), A. Lawrence (Johnny de niño), Ángel Menéndez, Alfonso Rojas (coroneles), Mario Morales (telegrafista), José Moreno (Fred), Maribel del Pozo (Julie de niña), Carlos Romero Marchent (Bob), Santiago Santos (amigo de Sam y Bill)…

Sinopsis: Cuando era un niño, Johnny presenció como su padre, oficial del ejército, era asesinado por otro militar acusado de traición. Criado como un hijo por un granjero, Johnny creció obsesionado con el manejo de las armas. Ya de adulto, es un infalible pistolero que se dedica a matar soldados como venganza, lo que motiva que el ejército decida mandar tras él al violento teniente Garrringo para capturarle.

Si en ¿Quién grita venganza?/I morti non si contano (1968)Rafael Romero Marchent había terminado de perfilar su personal aproximación a los modos del euro-wéstern, en su siguiente película, Garringo (1969), tal estilo alcanzaba su total madurez con una película en la que cristaliza todo el aprendizaje acumulado en los títulos previos. Lo hacía en un sentido literal, además. Y es que, en más de un sentido, Garringo se erige en una especie de compendio y resumen de la andadura de su responsable hasta el momento, dado el número de elementos presentes en sus incursiones anteriores en el género que son recuperados para la ocasión, como si el grueso de su obra fuera una especie de borrador en continua evolución a decir de la tendencia del director a recuperar ingredientes de un film a otro. Sin ir más lejos, en esta oportunidad el conflicto de base es prácticamente una trasposición literal salvo ligeras variaciones del de Dos cruces en Danger Pass/Due croci a Danger Pass (1967), con el trauma que ejerce en uno de los protagonistas el haber sido testigo del asesinato de su progenitor cuando era un niño, lo que provoca que, una vez llegado a la edad adulta, solo viva para vengarse de aquellos a los que culpabiliza de la muerte de su padre. Incluso, también emula en cierto sentido la elipsis con la que en su predecesora se visualizaba el paso de niño a adulto del personaje, que en este caso pasa de observar como el hombre que le ha acogido practica su puntería con el revólver contra soldados de juguetes a ser él el que dispara a auténticos militares de carne y hueso.

En la que fue su segunda colaboración con Rafael tras Uno a uno sin piedad/Ad uno ad uno… spietatamente (1968), dicho personaje es interpretado por Peter Lee Lawrence en un papel que explota el contraste entre su aspecto aniñado y angelical y el proceder despiadado del rol que interpreta que ya se daba en los compases finales del citado film. Junto con él, el dúo protagonista se completa con Anthony Steffen, quien repetía de nuevo a las órdenes del cineasta tras la mencionada ¿Quién grita venganza?, esta vez en su icónica encarnación de hierático pistolero letal con el revólver con la que pasaría a los anales del género. Uno y otro representan así a la némesis de su adversario. Si Johnny se dedica a asesinar a cuanto soldado tiene la desgracia de cruzarse en su camino como consecuencia del trauma que arrastra por haber presenciado siendo niño como una escuadra militar ejecutaba a su padre acusándole de traición, el personaje incorporado por Steffen, quien da nombre a la cinta, es un teniente enviado tras sus pasos por el ejército, tan implacable e inmisericorde en su tarea como el hombre al que le ha sido encomendado capturar lleva a cabo la suya.

A través de este enfrentamiento, el film trata de articular una reflexión acerca del ejercicio de la violencia y de su aceptación según venga de un lado u otro de la justicia. En el fondo, ni Garringo ni su oponente son tan distintos en sus acciones. Ambos son dos asesinos cuya frialdad a la hora de ejecutar a sus enemigos roza, cuando no entra de lleno, en los terrenos de la psicopatía. Así las cosas, el único rasgo que les diferencia son las motivaciones que se esconden detrás de sus actos. Mientras que los crímenes de Garringo parecen estar socialmente aceptados al producirse en el nombre de la ley, los de Johnny no disfrutan de coartada moral alguna a pesar de responder a un sentimiento tan humano como la venganza. Un conflicto que es en buena medida resumido durante la conversación que mantienen un convaleciente Garringo y el padre adoptivo de Johnny, quien resulta ser el sheriff de la localidad a la que el militar ha llegado malherido tras una refriega con uno de los compinches de su objetivo y que le ha acogido en su casa hasta que cure de sus heridas. Así, cuando el anfitrión le recrimine a su huésped el que haya disparado contra un hombre indefenso, situación de la que ha tenido noticia por boca de su hijastro, este acabará justificando su modo de actuar con las siguientes palabras: “¿Sabe, sheriff, la de vidas decentes que peligran cuando hay un asesino suelto?”

La alargada sombra de El sabor de la venganza/I tre spietati (1963)vuelve de esta forma a proyectarse en la contribución genérica de Rafael, al contraponer la pasionalidad del ojo por ojo con la labor de la justicia, tal y como ocurría en aquel film mediante los dos hermanos protagonistas. Aunque en este caso desde un primer momento la película muestra los reprobables actos cometidos tanto por Johnny como por Garringo, a ojos del espectador los del primero pueden llegar a ser entendibles al surgir como respuesta a una agresión previa que marcó de manera irremediable la vida del muchacho. Sin embargo, los del segundo resultan del todo punto inaceptables, al ponerse a la misma altura de aquellos a los que persigue, no dudando en maltratar a mujeres o ejecutar prisioneros si ello es preciso con tal de lograr su cometido, lo cual, además, resulta de lo más inquietante al tratarse de un servidor de la justicia. Esta dualidad se refleja en la representación iconográfica que se hace de uno y otro y que conecta con la visión que de ellos tienen en un principio el resto de los personajes principales; si Johnny aparece en todo momento vestido de forma elegante e impoluta, dando así una imagen de persona respetable, Garringo en cambio luce un aspecto descuidado, siempre embutido en la misma ropa polvorienta y con barba de varios días, lo que le hace asemejarse a cualquiera de los bandidos que el mismo persigue. Resulta significativo en este sentido que, una vez descubierta la verdadera cara de Johnny por su entorno cercano, este aparezca por última vez sucio, tirado en el suelo y con la camisa manchada de sangre. 

Cabe precisar que, sin que sirva de precedente, la palpable influencia que ejerce la mencionada El sabor de la venganza en la configuración de la película, y que se hace extensible al dilema moral al que se verá empujado el padre de adoptivo de Johnny al tener que escoger entre la lealtad a su hijo y la responsabilidad propia de su cargo, tiene en esta ocasión disculpa, debido a la participación como guionista del director de aquélla, Joaquín Romero Marchent[1], quien volvía así al cine de su hermano desde la lejana Ocaso de un pistolero/Mani di pistolero (1965). A él cabe responsabilizar de que los aspectos psicológicos de la historia resulten más trabajados de lo que había sido norma en los trabajos inminentemente anteriores de Rafael, lo cual se traduce en unos personajes ricos en matices. Algo que se hace palpable en especial en lo concerniente a Johnny, tras cuya fachada de sádico sanguinario se esconde, en realidad, un hombre traumatizado por la muerte de su padre, tal y como se encarga de demostrar en la escena en la que suplica y lloriquea ante sus asesinos pidiendo clemencia, dejando claro con ello que no es más que un chiquillo asustado, inconsciente del verdadero alcance de “sus travesuras”.

Pero, por desgracia, no todo en el guion firmado por el mayor de los Romero Marchent junto al italiano Giovanni Scolaro se encuentra al mismo nivel. Por el contrario,  su labor se ve aquejada por la falta de concreción con la que acaba por materializar las muchas ideas sugestivas apuntadas, pero que, en la mayoría de los casos, no son llevadas hasta las últimas consecuencias, quedando apenas perfiladas, quién sabe si por no repetir soluciones ya vistas en otras películas previas de los hermanos. Por ejemplo, a lo largo de su desarrollo el libreto va empujando con precisión matemática a sus dos protagonistas hasta una encrucijada sentimental que, a la hora de la verdad, no llega a producirse. Por otra parte, el alimentado duelo entre ambos que debiera resolver el conflicto subyacente brilla al final por su ausencia, huyendo cobardemente por la calle de en medio con un anticlimática resolución que más parece un pegote añadido a última hora que el desenlace originalmente concebido. En su descargo habrá que decir que parte de la responsabilidad de estos defectos también recae en la dirección de Rafael, que, si bien a nivel formal raya a gran altura, no sabe sacar todo el jugo a muchas de las situaciones planteadas, lo que se traduce en que, tras un inicio soberbio en el que son presentados todos los componentes del relato, la narración vaya perdiendo poco a poco intensidad a medida que encara su desenlace.  

Ello hace que los resultados de Garringo dejen un sabor agridulce pensando en lo que puso ser y no fue dado el potencial que poseían sus ingredientes, pero que no quita para que sea un título en verdad estimable. Tanto es así que muchos aficionados no dudan en señalarlo como la cima de la obra de su director e, incluso, el mejor spaghetti wéstern jamás realizado por un español, en el sentido estilístico del término. Sin entrar a valorar la veracidad de tan entusiastas apreciaciones, lo cierto es que, por encima de sus apuntadas deficiencias, el film se encuentra plagado de numerosas bondades que lo elevan por encima del nivel medio dentro del género. Entre sus muchos aciertos, cabe mencionar cierto hallazgo que ha sido ya destacado por infinidad de comentaristas. Me refiero a la emblemática imagen de la tumba del padre de Johnny cubierta por los galones que su hijo va arrancando sistemática de las guerreras de los soldados que asesina, cuya fuerza narrativa es tal que, por sí sola, vale toda la película.

José Luis Salvador Estébenez

[1] A modo de curiosidad, hay que indicar que en Garringo participaría el clan familiar de los hermanos Romero Marchent al completo. Así, además de la labor de Joaquín, hay que añadir la habitual presencia en el reparto de Carlos, siendo la encargada del montaje su hermana Ana María ―al menos, así se la acredita en la versión española―, en lo que significó su segunda y última colaboración con Rafael tras la comedia Aquí mando yo (1966).

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