Superman IV: En busca de la paz

Título original: Superman IV: The Quest for Peace

Año: 1987 (Estados Unidos)

Director: Sidney J. Furie

Productores: Yoram Globus, Menahem Golan

Guionistas: Lawrence Konner, Mark Rosenthal, a partir de una idea de Christopher Reeve

Fotografía: Ernest Day

Música: Paul Fishman, Alexander Courage, John Williams

Intérpretes: Gene Hackman (Lex Luthor), Christopher Reeve (Superman/Clark Kent), Jackie Cooper (Perry White), Marc McClure (Jimmy Olsen), Jon Cryer (Lenny Luthor), Sam Wanamaker (David Warfield), Mark Pillow (Nuclear Man), Mariel Hemingway (Lacy Warfield), Margot Kidder (Lois Lane), Damian McLawhorn (Jeremy), William Hootkins (Harry Howler), Jim Broadbent (Jean Pierre Dubois), Stanley Lebor (general Romoff), Don Fellows (Levon Hornsby), Robert Beatty (presidente de los EEUU)…

Sinopsis: La carrera armamentística entre las principales potencias del mundo es un tema ajeno a los quehaceres de su principal protector, Superman, hasta que un niño decide enviarle una misiva de ayuda convencido de que solamente el Hombre de Acero posee la capacidad y el poder para poder acabar con una amenaza de tales características. Tras deliberarlo, el último hijo del planeta Krypton anuncia su propuesta de acabar con todas las armas nucleares en una vista especial a la sede de las Naciones Unidas. De esta forma, recorrerá el planeta con objeto de incautar todos los misiles y lanzarlos posteriormente al Sol. Lex Luthor, recientemente fugado de prisión, se aprovechará de la noble iniciativa de nuestro héroe en la consecución del proceso genético de creación de una criatura capaz de derrotar a Superman, Nuclear Man.

“El rodaje empezó de forma muy prometedora. En mi primer día en el set, íbamos a hacer una secuencia con efectos de vuelo Gene Hackman y yo. Algo increíble. Estábamos en un descapotable rollo años treinta y, Superman, interpretado por Christopher Reeve, genial, vuela debajo del coche y se nos lleva en el aire. Hoy en día se haría con pantalla verde. Tendrías mucha suerte si terminas dentro del coche. Pero en aquel tiempo todo se hacía a lo práctico. Así que cogieron una de esas enormes grúas de construcción y levantaron el coche sobre cuarenta, cincuenta pies en el aire, con Christopher vestido de Superman. Yo estaba en el cielo: trabajar con Gene Hackman y encontrarme con Christopher Reeve. Y encima Superman se me llevaba volando en el coche. Pero pronto me di cuenta de que, conforme avanzaba el rodaje, las cosas iban a peor. Se les acababa el dinero, cosa que desconocía. Me fijé en pequeños detalles, como que el catering iba siendo cada vez más y más pobre. Y las secuencias llevaban menos tiempo cada día. Utilizábamos accesorios que no valían nada. Pero yo seguía encantado y trabajar con Gene Hackman fue muy divertido. Aunque también me volvía loco, porque Lex Luthor estaba creando un villano llamado Hombre Nuclear, y Gene Hackman pronunciaba «nu-cue-lar». Durante una de las escenas le corregí, estando metido en el personaje. Y tiene mérito que no se pusiera como Popeye Doyle. Creo que eso se quedó en el montaje final, aunque hace años que no veo la película”[1]. Declaraciones deJon Cryer, Lenny Luthor en el film.

Considerado como el primer cómic de superhéroes de la historia, el número uno de la revista Action Comics presentó en sociedad al famoso último hijo del planeta Krypton en junio de 1938 (si nos atenemos a la fecha de publicación que aparece en su portada). Una historieta de dos páginas que cambiaría el rumbo del devenir del entretenimiento para masas, desbancando a la novela pulp en favor del arte secuencial por parte de la chavalería de la época. Creado por Jerry Siegel y Joe Shuster, dos jóvenes de origen judío, como otros tantos colegas de profesión, ambos eran ávidos aficionados a la ciencia ficción de la literatura de baratillo del momento, apasionados lectores de publicaciones tales como Amazing Stories o Science Wonder Stories con las que dieron rienda suelta a su imaginación ignorando la futura importancia que cobraría su trabajo. Superman inauguró así lo que los entendidos suelen denominar como la Edad de Oro de los cómics de los superhéroes. Estadounidenses, por supuesto. Pese a parecer, a tenor de la gran popularidad del personaje, que todo fue miel sobre hojuelas, desde su creación hasta que la National Periodical Publications (nombre de la editorial que más tarde se formaría parte de la mainstream DC Comics) comprara el personaje trasladando sus aventuras al papel, el proceso creativo que rodeó al hombre de acero fue más bien complicado a partir de que sus autores lo dieran forma en 1932. Sin embargo, su posterior aceptación por parte del público es ya tan legendaria como parte de la cultura popular contemporánea.

Superman es indiscutiblemente un icono reconocible por cualquier persona, de cualquier edad, en cualquier rincón del mundo. Tras su estela llegaron muchos más héroes en pijama con objeto de saciar las ansias de más aventuras de su público (llenando también las arcas de sus editores, por supuesto, conformando una próspera -pero injusta con sus autores- industria a su alrededor). Sin embargo, fue Superman el que sentó las bases para la creación de estos nuevos héroes modernos. Un nombre pegadizo, un uniforme vistoso, un logo estampado en su pecho, formidables poderes (o en su defecto, grandes habilidades físicas y/o intelectuales), su propio y personal sentido de la justicia al que añadir un buen panteón de villanos sobre el que poder aplicarlo en un entorno fantástico o de ciencia ficción, son algunas de las claves de un éxito que, a pesar de que hoy día están más que asumidas en el imaginario colectivo de los aficionados, eran inéditas en el momento de su creación. Como ya he anotado, otros llegarían después, incluso ganándose el favor del público en su detrimento, pero Kal-El siempre estaría ahí como aquel que cambió la forma de contar historias. Como siempre estaría también el afán por trasladar sus aventuras a otros medios, siendo los de acción real, ya fueran televisivos o cinematográficos, los más preminentes.

Desde The Adventures of Superman, título que recibió el primer serial radiofónico, hasta la inocente y naif serie de televisión protagonizada por el malogrado George Reeves en los cincuenta, pasando tanto por su primera película, Superman and The Mole Men (Lee Sholem, 1951) o por la impresionante serie de cortos de animación producida por los estudios de Max Fleischer en la década de los cuarenta, no sería hasta finales de los años setenta que, así como rezaba la frase promocional de la época, creyéramos que un hombre realmente podría volar. Y es que fue con la espectacular Superman, el film (Superman, the Movie, 1978) de Richard Donner que se asumieron riesgos inéditos hasta el momento[2] en un finalmente fructuoso intento de llevar a la gran pantalla, en el marco de una gran superproducción de Hollywood, las aventuras de un personaje de un considerado medio menor como era entonces el cómic. La cinta de Donner no sólo supuso un gran éxito, sino que, a semejanza del trabajo de Siegel y Shuster, sentó también las bases de las futuras adaptaciones de otros héroes del noveno arte asociando indiscutiblemente la figura de Superman a la imagen del actor que lo encarnó, Christopher Reeve (imagen que pervive todavía en la mente de un servidor, debo añadir).

Sin embargo, esta nueva andadura del último hijo de Krypton en el celuloide no carece de un background interesante repleto de anécdotas, héroes y villanos que han hecho correr muchos ríos de tinta a lo largo del tiempo. Intentemos resumirlo en unas pocas líneas, ya que no es el tema principal de este texto, señalando el hecho de que los artífices de la fiesta que supuso la primera película formal del Hombre de Acero fueron dos productores, padre e hijo, Ilya y Alexander Salkind, con magníficas aptitudes para los negocios del cine, acompañadas de una absoluta carencia de escrúpulos que prácticamente los emparentaría con el savoir faire del mismísimo Lex Luthor de la cinta que produjeron. Las discrepancias entre Donner y los Salkind, la suplantación del primero por otro director como Richard Lester, realizador firmante de las más interesantes intervenciones de los Beatles en el cine así como poseedor de la capacidad de hacer secuelas con escenas desechadas de películas anteriores[3], o como los productores fueron dilapidando la herencia recibida del primer filme en su intento de franquicia infantilizando el tono serio, verosímil, de un producto en apariencia para niños pero que traspasaba fronteras generacionales y que solamente el director de La profecía (The Omen, 1976) ha sabido imprimir satisfactoriamente hasta el momento, forman ya parte de la historia del séptimo arte.

Y es así como nos encontramos en la segunda mitad de la década de los ochenta. Una década con el fenómeno blockbuster plenamente asentado y en el que cada año todos los estudios presentan proyectos con los que intentar reventar salas comerciales y batir récords de recaudación. En su intento de sacarle todo el jugo a la franquicia, los Salkind, conscientes de que tras una fallida tercera entrega que, pese a no funcionar nada mal en taquilla, la crítica no dudó un ápice en fusilar (por su marcado tono camp, su acercamiento al slapstick y porque parecía más una película de Richard Pryor con Superman de invitado que una aventura más del Hombre de Acero), unido al desastroso experimento que supuso su spin off, Supergirl (Supergirl, Jeannot Szwarc, 1984), cinta que no logró recaudar ni la mitad de su presupuesto, decidieron soltar las riendas de su antaño tan preciada propiedad. Considerada por ellos como una fuente ya agotada, iniciaron las negociaciones con Warner con objeto de sacar al menos algo de provecho con la devolución de los derechos del personaje. Sin embargo, Warner, volcada en otros proyectos, no estaba muy por la labor de alargar la vida cinematográfica de Superman. Afortunada o desgraciadamente (según se mire), una pequeña productora independiente especializada en cine de acción y explotación de serie B, pero también capaz de coquetear con las majors en las carteleras con algunos de sus títulos más serios, entró en juego.

Dudo mucho que a estas alturas tengamos que presentar a la Cannon Films y a sus principales artífices, los famosos primos Menahem Golan y Yoram Globus, pero podemos señalar que, en ese momento, buscaban deseosos cualquier propiedad intelectual con la que poder, permítaseme la expresión, “dar un pelotazo” con objeto de paliar el difícil momento económico en el que se encontraba la casa de las “pelis de Chuck Norris”. Los primos iniciaron un primer intento, en lo que a competir con las grandes superproducciones de Hollywood se refiere, con la incomprendida cinta de Tobe Hooper, Lifeforce. Fuerza vital (Lifeforce, 1985). La película del director de La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974) supuso un gran fracaso de taquilla -solamente recuperó once de los veintiséis millones invertidos en ella- que desestabilizó las cuentas de la Cannon, a lo que también habría que sumar las escandalosas cifras con las que se pagaron a grandes estrellas, como Sylvester Stallone, para que protagonizara otros tantos fracasos comerciales de la compañía. De ahí que se mostraran interesados en las adaptaciones del mundo del cómic (precediendo a Superman, ya habían barajado proyectos -uno de ellos del propio Hooper- para llevar al cine las aventuras del Hombre Araña) o de un inédito, en aquel momento, universo de las figuras de acción con el filme Masters del universo (Masters of the Universe, Gary Goddard, 1987).

En resumidas cuentas, los famosos primos, aquellos que vendían sus películas en Cannes ataviados con un chándal y enseñando sólo unos carteles, estaban en el momento y en el lugar adecuado cuando se les presentó la oportunidad de hacer negocios con Warner para llevar a cabo una nueva entrega de las aventuras de Superman. No obstante, tal vez los ejecutivos de Warner no sabían -o sí, a saber- en qué manos depositaban no sólo una licencia de tanto calado, sino la friolera de treinta y seis millones de dólares para conformar el presupuesto de la cinta, muy lejos, por cierto, de los cincuenta y cinco millones que costó la primera entrega de 1978. Sobra decir que, con ese dinero, Cannon no sólo tapó algunos agujeros en su balance de cuentas, sino que seguramente produjo algunas de las más de cincuenta producciones que tenían en marcha entre 1986 y 1987. En definitiva, el modus operandi acostumbrado de una productora avezada a caminar siempre por el filo de la navaja.

A diferencia de los Salkind, Golan y Globus jugaban en otra liga muy distinta en lo referente a los negocios y al cine, pero en su descargo siempre tuvieron clara la línea continuista a la hora de acercarse a la empresa de intentar ganar dinero con una nueva entrega de las aventuras del Hombre de Acero. Es por ello que prevaleció por encima de todo el intentar hacerse con los servicios tanto de los directores que pasaron por la franquicia, como de las caras más importantes de su reparto. Como he comentado con anterioridad, el buen hacer de Christopher Reeve en el pasado asoció su imagen indisolublemente a la de Superman. Para muchos, servidor incluido, no ha habido ningún intérprete mejor para encarnar al último hijo de Krypton. Sin duda, los primos debieron tener un pensamiento similar. Pese a ello, tanto Richard Donner -suponemos que absorto en sus tareas como director de la cinta que daría comienzo a la saga Arma Letal, además de aún dolido por el trato recibido en su momento tras el éxito de un proyecto en el que se dejó la piel diez años atrás- como Richard Lester cerraron sus puertas a la Cannon. No obstante, Christopher Reeve sí que se mostró más receptivo, recayendo sobre sus hombros gran parte del esfuerzo en lo que a levantar el proyecto se refiere. Por supuesto, un esfuerzo que el actor negoció previamente con los primos. Entre las exigencias del actor estaba su voluntad de estar más implicado en el proyecto. Reeve deseaba ser tomado en cuenta a la hora de la toma de decisiones, así como firmar la historia de esta nueva entrega e incluso poder dirigirla.

Finalmente, a cambio de aparecer en el film, Reeve llegó a un “beneficioso” trato por el que no sólo el argumento correría de su cuenta, sino que también tendría a su cargo la segunda unidad del rodaje con la promesa de dirigir la siguiente entrega de la saga, amén de conseguir financiación para un proyecto más personal y serio, que pese a su popularidad no conseguía sacar adelante, y que se materializaría en la muy interesante El reportero de la calle 42 (Street Smart, Jerry Schatzberg, 1987), la cual supuso la primera nominación al Oscar para el veterano Morgan Freeman. De esta forma, el neoyorquino se comprometió a reclutar al resto del elenco original. Jackie Cooper y Marc McClure, Perry White y Jimmy Olsen correspondientemente, debieron ser faciles de convencer, ya que ambos habían estado presentes en las películas anteriores (de hecho, McClure participó incluso en la película de Supergirl, a diferencia de Reeve que tenía previsto un cameo, pero que por diferencias con los Salkind terminó por abortar). Más difícil, al menos en apariencia, parecía que Margot Kidder y Gene Hackman volvieran al redil. Máxime cuando ambos manifestaron sin cortapisas su descontento por el trato dado por los anteriores productores a Richard Donner. Hackman rechazó de plano aparecer en Superman III (Superman III, Richard Lester, 1983) y Kidder, manteniendo obligaciones contractuales, tuvo una presencia meramente testimonial como particular castigo por parte de los Salkind, siendo sustituida por la actriz Annette O’Toole[4] en el papel de interés romántico de Superman, encarnando a su antigua amiga de la infancia en Smallville, Lana Lang. Sin embargo, nada más prosaico que el habitual “golpe de talonario” de los primos incorporó a ambos intérpretes en la nueva entrega de las aventuras del Hombre de Acero. Hackman no podría dejarlo más claro en sus declaraciones: “Acepté retomar el papel de Lex Luthor porque empezaba a tener hambre”.

Las riendas del proyecto recayeron en las manos del británico Sidney J. Furie, director de sobrado oficio que venía de firmar un clásico de videoclub como Águila de acero (Iron Eagle, 1986), una aventura adolescente con chavales que pilotan cazas F16 y con la figura de Louis Gosset Jr. como su instructor. Sin embargo, antes que él, aparte de a los mencionados Donner y Lester, la dirección de Superman IV: En busca de la paz (Superman IV: The Quest for Peace, 1987) fue ofrecida a Paul Verhoeven y Wes Craven. Mientras que el holandés no dio respuesta, Craven, que ya tenía cierta experiencia en la adaptación de personajes de cómic gracias a la irregular La cosa del pantano (Swamp Thing, 1982), sí que llegó a mantener alguna conversación al respecto, rechazando finalmente ponerse tras las cámaras por discrepancias creativas con su protagonista. Así que Furie tuvo que lidiar no sólo con un altivo Christopher Reeve, en constante tensión con sus compañeros de reparto, sobre todo con una Margot Kidder a la que se nota que su buena estrella la había abandonado; sino con los interminables recortes presupuestarios que los mandamases de la Cannon impusieron. Recordemos que Warner puso sobre la mesa treinta y seis millones, esperando que los primos aportasen nueve más. No sólo no se aportó más dinero, sino que el presupuesto final de la película se quedó en unos escuetos diecisiete millones de dólares que, además de provocar la desbandada del equipo técnico y de efectos especiales de las entregas anteriores (incluida Supergirl), empobrecieron el resultado final del filme.

Las declaraciones de Reeve al respecto son ilustrativas de la paupérrima situación de un rodaje que, para abaratar costes, se trasladó a los modestos estudios de Cannon Elstree en la británica localidad de Milton Keynes. El actor afirmó que el rodaje: “se vió entorpecido por recortes en el presupuesto y en todos los departamentos. Cannon tenía casi treinta proyectos en marcha al mismo tiempo y Superman IV no recibió ninguna consideración especial. Por ejemplo, Konner y Rosenthal escribieron una escena en la que Superman aterriza en la calle 42 y camina hacia las Naciones Unidas, donde da un discurso. Si hubiera sido una escena de Superman, la habríamos rodado en la calle 42. Dick Donner habría coreografiado a cientos de peatones y vehículos y habría filmado a gente mirando por las ventanas siguiendo a Superman como si fuese el flautista de Hamelin. En su lugar, tuvimos que rodar en un polígono industrial en Inglaterra mientras llovía, con poco más de cien extras, ningún coche y una docena de palomas para ambientar. Incluso si la historia hubiera sido brillante, no creo que pudiéramos haber satisfecho a la audiencia con esta aproximación”. La escena a la que Reeve hace referencia es claramente reveladora. El departamento artístico debió pensar que diseminando las típicas bocas de incendio americanas y un puesto de perritos calientes, el público creería a pies juntillas que aquello era realmente la neoyorquina calle 42.

La trama de Superman IV: En busca de la paz es aparentemente de ingenua sencillez, pero también subyace una idea muy interesante: ¿por qué los superhéroes no ponen solución a las amenazas reales del hombre como especie? ¿Por qué no median entre los conflictos entre naciones? No es algo nuevo y algunos autores han intentado transitar por este terreno tan resbaladizo en el que la balanza siempre oscila entre las buenas intenciones y el inevitable (e involuntario) autoritarismo por parte de los héroes. Como muestra de ello vienen a mi cabeza las historias escritas por el escocés Mark Millar para la serie The Authority o la novela gráfica Emperador Muerte de David Michelinie, relatos en los que, tanto unos bienintencionados metahumanos como uno de los villanos más carismáticos de la ficción comiquera, deciden acabar con todos los males que asolan nuestro planeta de forma expeditiva atentando contra el libre albedrío que todo humano debería poder disfrutar como derecho fundamental de nacimiento. En la cinta de Furie no hay espacio para interpretaciones más sesudas que la de la buena voluntad de un niño que decide pedirle a Superman, escribiéndole una carta al Daily Planet, que acabe con la carrera armamentística de un mundo enmarcado en un estado de alerta por miedo a un ataque nuclear, muy propio del clima de Guerra Fría que a punto estaba de finalizar, pero tan presente en la cultura americana que trascendió en recurrentes argumentos en las ficciones de la época. Lex Luthor no podría ser más claro en uno de sus diálogos: Nadie quiere la guerra, sólo mantener viva la amenaza”.

Kal-El, reticente en primera instancia a inmiscuirse en los asuntos de los humanos (así como su padre biológico -o el espíritu de su padre biológico- le ordenase antaño), acabará accediendo a la petición del pequeño decidiendo tomar cartas en el asunto con el total beneplácito de las Naciones Unidas. Unas naciones que, a diferencia de posteriores encarnaciones cinematográficas del personaje como Batman vs Superman: El amanecer de la justicia (Batman vs Superman: Dawn of Justice, 2016) de Zack Snyder, no ven la intromisión del kryptoniano como un peligro, sino como una bendición. De esta forma, Superman decide incautar todos los misiles nucleares de las distintas naciones para lanzarlos posteriormente al Sol. Será la propia estrella de nuestro sistema, aquella que le otorga con sus rayos sus fantásticos poderes, la que facilitará el nacimiento de la nueva némesis de nuestro héroe. Un ser creado a partir del material genético extraído de uno de sus cabellos en combinación con la radiación que emana del astro rey llamado Nuclear Man. Por supuesto, detrás de todo no podría estar otro que Lex Luthor, el único capacitado para llevar a cabo un plan tan malévolo como sofisticado (aunque aquí la sofisticación riñe directamente con los ropajes con los que Lex se nos presenta en pantalla).

Recientemente fugado de la cárcel gracias a la ayuda de su sobrino Lenny, interpretado por un jovencísimo Jon Cryer[5] ataviado como si de un extra del 2015 de Regreso al futuro 2 (Back to the Future 2, Robert Zemeckis, 1989) se tratara, Luthor conseguirá introducir en el interior de una de las ojivas nucleares que el Hombre de Acero lanzará al sol el cóctel genético que propiciará el nacimiento de Nuclear Man, una especie de clon maligno de Superman, pero que por motivos presupuestarios no tendría la apariencia de Christopher Reeve, siendo interpretado finalmente por un desconocido Mark Pillow, en la primera de sus tres apariciones en el medio, de clara inspiración en el Ivan Drago de Rocky IV (Rocky IV, Sylvester Stallone, 1986) y que un servidor imagina que seguramente no pudo interpretar Dolph Lundgren porque estaba de camino a Eternia vestido solamente con el taparrabos de He-Man. Cabe señalar que al Nuclear Man de Mark Pillow lo hemos podido volver a ver en el segundo número de la actual serie regular en cómic de Superman escrita por Brian Michael Bendis en un intento de guiño a los lectores más veteranos, que supongo deben ser los mayoritarios.

Siempre llamó mi atención el hecho de que, salvo el propio Lex Luthor y el General Zod, ningún villano del habitual panteón de enemigos de Superman apareciera nunca en sus películas. Nuclear Man, por supuesto, es un personaje creado exprofeso para la película. Sin embargo, a todos los lectores de cómics de la época en la que se estrenó esta cuarta entrega de Superman nos extrañó en demasía que su adaptación a las viñetas fuera muy distinta de lo que pudimos ver en los cines. Debo recordar que hubo un tiempo, ya lejano, en el que las editoriales de cómics habituaban a publicar adaptaciones al medio de las películas de sus personajes. Eran básicamente otra herramienta de promoción de sus propiedades intelectuales fundamentadas en esa traslación al celuloide en una época en la que las películas de superhéroes no eran tan habituales como ahora. Este tipo de productos solía lanzarse junto al estreno de las pelis (o, en su defecto, en fechas muy cercanas) basándose en versiones del guion cinematográfico susceptibles de cambios de última hora. Este cómic, en cuyos créditos podemos ver nombres como los de Don Heck, Curt Swan o Dick Giordano, ofrece una historia bastante distinta a la de la cinta dirigida por Sidney J. Furie.

Volvamos a incidir en el tema presupuestario, en los escuetos diecisiete millones de dólares con los que se pretendía hacer una secuela de Superman y en la Cannon Films. El “My way” en ruso que entona el cosmonauta Misha al inicio de la cinta es revelador. Esta película se haría de otra manera, a la manera de los primos judíos. La falta de dinero en una película es generalmente un drama. En una cinta en la que los efectos especiales son fundamentales, una catástrofe. La edición en Blu-Ray de 2006 contiene como material adicional prácticamente media hora de escenas eliminadas, a medio editar, donde los efectos rozan el bochorno. Entre esas escenas podemos comprobar cómo, en la sala de montaje, se prescindió tanto de una primera y fallida versión de Nuclear Man (interpretado por Clive Mantle, el traidor al Norte y a los Stark en Juego de Tronos, Gran Jon Umber) inspirada en el villano de nombre Bizarro de las viñetas, así como de la treta del segundo Hombre Nuclear con la que casi consigue que la U.R.S.S. y Estados Unidos comiencen una hipotética Tercera Guerra Mundial. Se dice que se tuvo que meter tanta tijera que, del primer pase de prueba de ciento treinta minutos, la cinta se quedó en los noventa que se vieron en los cines. Y se nota. Se nota mucho, sobre todo en la segunda mitad del filme donde se dan por supuestas muchas cosas, entre ellas la enfermedad por radiación que sufre Clark, y las elipsis narrativas campan a sus anchas.

Esta carencia de holgura presupuestaria también se hace patente en la cantidad de escenas cotidianas con las que se nos presentan el Daily Planet y nuevas situaciones e interrelaciones entre los distintos personajes. Además de la eterna historia de amor entre Lois Lane y Superman, aparece un nuevo interés romántico en la vida de Clark Kent al que pone rostro la actriz Mariel Hemingway, nieta del famoso escritor y hermana de la también actriz y modelo Margaux Hemingway, con la que coincidió en Lápiz de labios (Lipstick, Lamont Johnson, 1976). Hemingway y Reeve protagonizan auténticos momentos muertos en el transcurso del metraje con intención de ofrecernos un escarceo amoroso que, a semejanza del primer Nuclear Man, se quedaría en la sala de montaje. La esperpéntica sesión de aerobic en un gimnasio o la cita doble son muestras de como tirar minutos sin contar apenas nada. Además, la escena de la doble cita es capaz de arrancar una sonrisa al respetable solamente por lo absurdo de la idea. He de reconocer que revisionándola no pude evitar acordarme de una escena protagonizada por Antonio Banderas en la película de Fernando Trueba, Two Much (1995). En ella, Banderas desdobla su personalidad a imagen y semejanza de Superman (sin poderes, pero sí con gafas) intimando a la vez con dos mujeres, hermanas para más inri. Tal y como hace Reeve, nuestro paisano entra y sale de plano cambiando de rol cada vez que vuelve a asomar la cabeza. Trueba aseguró en su momento que quería rendir un sentido homenaje al cine de Billy Wilder. En cambio, un servidor apostaría a que Superman IV: En busca de la paz estaba en su mente durante el rodaje de la película que enamoraría a nuestro malagueño más internacional con la actriz Melanie Griffith.

Para ir acabando, me gustaría señalar que toda idea negativa alrededor de la cinta que he podido destacar tiene como denominador común resto el tema del presupuesto (o carencia del mismo) de la producción de la Cannon. Sin dejar de lado la simpleza de su argumento o ciertas actuaciones histriónicas y/o ridículas de algunos miembros de su reparto, la cuarta entrega de Superman es principalmente denostada por el público debido a su cutrez. No nos vamos a engañar, la factura de la película está al nivel de subproductos como Supersonic Man (Juan Piquer Simón, 1980). No obstante, me resisto a no apreciar aspectos positivos de la misma. Uno de ellos, ya comentado, es el subyacente mensaje acerca de la potestad de una entidad superpoderosa en nuestras propias decisiones como especie. Otro mensaje interesante que refleja la cinta es el concerniente a los medios de comunicación y a la manipulación de los mismos. Un tema de rabiosa actualidad en los tiempos que vivimos. El Daily Planet es adquirido por un sosia de Rupert Murdoch que decide hacer del periódico un medio sensacionalista faltando a la verdad y a la obligación de informar de forma objetiva (como si eso existiera en la prensa escrita). Por supuesto, el ideal romántico del periodista veraz se impondrá a la subjetividad y parcialidad periodística más propia del mundo real, pero no deja de ser interesante que en un producto destinado a los niños se intente levantar ese tipo de reflexiones.

Y enlazándolo con ese potencial público infantil al que la cinta iba dirigida, ¿de haber contado con más presupuesto, hubiera resultado una mejor película? Si nos atenemos a la evolución cinematográfica de esta saga en concreto, notamos que partimos de un acercamiento más adulto para llegar a la infantilización total (con damiselas en apuros que sobreviven en el espacio incluidas). El tratamiento slapstick de la secuela precedente por parte de Richard Lester no desentona demasiado con el de esta cuarta entrega. La trama de Superman III es tan inocente y naif como la de Superman IV. Si en una vemos el miedo al progreso, en esta tenemos presente el miedo a la humanidad (o a la falta de ella). Por supuesto, todo aderezado con batallas, explosiones, poderes ridículos (e inventados para la ocasión como la mirada levanta ladrillos o esos rayos ópticos capaces de adelantar la cocción de un pato en el horno). El tono no desentona, valga la redundancia, con esa voluntad de los Salkind de hacer un producto tan camp como lo fuera el Batman de Adam West en los sesenta. Ese aspecto paródico que contravino demasiadas veces a un Richard Donner absorto en crear una obra maestra y unos productores que sólo querían la rentabilidad de su inversión gastando el mínimo. Incluso así, si la cinta de Donner nos crea la diatriba de creernos el hecho de que volando a velocidades luz en dirección contraria a la rotación de la Tierra se puede viajar al pasado, la película de Furie nos mete con calzador un forzado eclipse solar sin ninguna reacción negativa sobre nuestro planeta. ¿La diferencia entre ambas? El tratamiento, por supuesto.

Sobra decir que Superman IV: En busca de la paz fue un estrepitoso fracaso en taquilla. Su primer fin de semana en carteleras la posicionó en una más que loable cuarta posición -por detrás de Robocop (Robocop, Paul Verhoeven, 1987) o Juerga tropical (Summer School, Carl Reiner, 1987), para hundirse solamente una semana después de su estreno. Por supuesto, la crítica se cebó con la cinta e incluso tuvo dos nominaciones a los Razzies de ese año, en concreto los destinados a peores efectos especiales y peor actriz secundaria para Mariel Hemingway. Sus quince millones de recaudación acabaron con las expectativas de una nueva entrega, tanto dirigida por Reeve como por Albert Pyun, cerrando esta etapa cinematográfica del personaje hasta el estreno en 2006 de Superman Returns (Superman Returns, Bryan Singer, 2006) y formalizándose la despedida de Christopher Reeve del personaje que le diera fama[6]. En cuanto a la Cannon, Superman IV: En busca de la paz fue un clavo más en el ataúd de la productora antes de caer definitivamente con otro fracaso comercial como fue Masters del universo. Los primos siguieron en el negocio, cada uno por separado, haciendo del cine de bajo presupuesto su personal tarjeta de presentación. Pero esa es otra historia.

                                                                                                     José Manuel Sarabia

[1] https://geeksofdoom.com/2013/05/14/superman-iv-was-a-disaster-from-the-start-according-to-co-star-jon-cryer

[2] Recordemos que la adaptación precedente de un superhéroe, tanto a la televisión como al cine, fue el Batman de Adam West, que, pese a la popularidad que atesoró durante su emisión, estaba muy lejos de ser una superproducción.

[3] Durante el montaje de Los tres mosqueteros: Los diamantes de la reina (The Three Musketeers, Richard Lester, 1973), los Salkind se dieron cuenta de que con el material rodado restante daba para realizar otra película totalmente estructurada. De esta forma, todo ese material sobrante se convertiría en Los cuatro mosqueteros (The Four Musketeers, Richard Lester, 1974), ello sin mediar palabra con ninguno de los intérpretes. La batalla legal entre los actores y los productores acabó con la instauración de una cláusula que prohibiría tales acciones y que recibiría el curioso nombre de “cláusula Salkind”.

[4] Muchos años después la actriz se convertiría en la madre del joven Clark Kent en la serie televisiva Smallville (Smallville, 2001-2011).

[5] Cryer, curiosamente interpreta al personaje de Lex Luthor en la actual serie de Supergirl (Supergirl, 2015-…).

[6] Reeve participó en dos episodios entre las temporadas dos y tres de la serie Smallville. Allí dio vida a Virgil Swan, un científico millonario confinado en una silla de ruedas. Obsesionado por encontrar vida extraterrestre logra que sus satélites capten un mensaje de las estrellas: el mensaje en idioma kryptoniano que Jor-El y Lara incluyeron en la nave que trajo al bebé Kal-El en su viaje de Krypton a la Tierra.

Un comentario en “Superman IV: En busca de la paz

  1. Reblogueó esto en Weird Sci-Fi Showy comentado:
    Defensor de las causas perdidas que es uno, aquí os dejo un artículo sobre la película que marcó la última intervención del grande Christopher Reeve como Superman. ‘Superman IV: En busca de la paz’ es fácil de defenestrar, pero también es injusto.Algunas cosas buenas tiene. Podéis leerlo en La Abadía de Berzano, el blog de los cinéfagos más desprejuiciados.

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