Scream and Scream Again [tv/vd/dvd/bd: La carrera de la muerte]

Título original: Scream and Scream Again

Año: 1970 (Reino Unido)

Director: Gordon Hessler

Productores: Max J. Rosenberg, Milton Subotsky

Guionista: Christopher Wicking según la novela ¡Gritad, muertos, gritad! (The Disorientated Man) de Peter Saxon

Fotografía: John Coquillon

Música: David Whitaker

Intérpretes: Vincent Price (Dr. Browning), Christopher Lee (Fremont), Peter Cushing (comandante Heinrich Benedek), Judy Huxtable (Sylvia), Alfred Marks (inspector Bellaver), Michael Gothard (Keith), Anthony Newlands (Ludwig), Peter Sallis (Schweitz), David Lodge (inspector Phil Strickland), Uta Levka (Jane), Christopher Matthews  (Dr. David Sorel), Judy Bloom (Helen Bradford), Clifford Earl (sargento Jimmy Joyce), Kenneth Benda (profesor Kingsmill), Marshall Jones (Konratz), The Amen Corner, Yutte Stensgaard (Erika), Julian Holloway (detective Constable Griffin), Nigel Lambert (Ken Sparten), Kay Adrian (enfermera), Edgar D. Davies (Rogers), Rosalind Elliot (Valerie), Leslie Ewin (vagabundo), Lee Hudson (matrona), Gertan Klauber (guardia fronterizo), Olga Linden (Alaia Stevens), Stephen Preston (Fryer), Joe Wadham (conductor del coche policial), Lincoln Webb…

Sinopsis: Una serie de asesinatos de jóvenes mujeres está azotando Londres. El inspector Bellaver está a cargo de la investigación de estos crímenes, cuyas víctimas aparecen sin una gota de sangre en el cuerpo. Mientras, en un país sometido a un régimen totalitario, los duros métodos aplicados por un militar provocan que sea llamado al orden por sus superiores.

Sobre el papel, Scream and Scream Again [tv/vd/dvd/bd: La carrera de la muerte, 1970] se encuentra repleta de alicientes. De entrada, supone la (primera) asociación entre dos de las productoras especializadas en cine fantástico más emblemáticas de la época, la británica Amicus y la estadounidense American International Pictures, más conocida por las siglas AIP. Fruto de ello es el que, sin duda, se erige en su principal reclamo de cara al público: la presencia en su reparto de los tres principales nombres del cine de terror de entonces a ambos lados del Atlántico, los geniales Vincent Price, Peter Cushing y Christopher Lee, aunque, por desgracia, su anunciado protagonismo sea a la hora de la verdad bastante relativo. Por el contrario, por más que su nombre encabece los títulos de crédito, en realidad en ningún momento los tres aparecen juntos en pantalla y los únicos que sí lo hacen, Price y Lee, apenas comparten un plano de un segundo, literalmente[1]. Por otra parte, el cometido de los dos actores ingleses es bastante anecdótico, en especial en el caso de Cushing, cuya intervención se limita a una única escena en la que es presentado su personaje para, acto seguido, ser asesinado. Rodada en un solo día, la participación del actor es tan fugaz que hasta él mismo admitió años más tarde no recordar cuál había sido su papel en la película.

Otro de los atractivos que ofrece Scream and Scream Again es el de contener una especie de relectura del mito de Frankenstein por medio del personaje interpretado por Price, un mad doctor que se dedica a crear seres humanos superiores a partir de restos de víctimas asesinadas. El interés de este componente radica en el hecho de que, una década antes, los dos dueños de la Amicus, los estadounidenses Max J. Rosenberg y Milton Subotsky, hubieran puesto en marcha un primigenia adaptación de la novela de Shelley escrita por el segundo que, tras varios cambios y su marcha del proyecto, acabaría cristalizando en la realización de la magistral La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), punto de partida del reinado dentro del cine de terror de la Hammer y sobre la cual se cimentaría la época dorada del cine fantástico británico. Sobre todo, en vista de que la mayoría de las fuentes coinciden en señalar que fue su controvertida salida de aquel proyecto el que motivó, en gran medida, que el dúo fundara la Amicus y la consiguiente adopción por parte de la productora de un estilo totalmente alejado en sus principales características al de la denominada Casa del Martillo. Empero, tampoco el interés que en un principio pudiera motivar esta circunstancia va más allá de su mero enunciado, debido a los continuos roces que se produjeron desde el primer momento entre Subotsky y el que fuera el director del film, Gordon Hessler.

Como era habitual en las producciones orquestadas por la Amicus, el punto de partida del proyecto se encontraba en la adaptación a la gran pantalla de un original literario, en este caso la novela ¡Gritad, muertos, gritad! (The Disorientated Man, 1966) firmada por Peter Saxon[2]. Para reunir el presupuesto necesario, la firma británica se puso en contacto con la AIP, por entonces muy activa en el Reino Unido. A través de su jefe de operaciones europeas, Louis Heyward, la AIP aceptó la propuesta realizada, aportando trescientos cincuenta mil dólares a condición de que el equipo técnico de la futura película procediera de su compañía. Tras barajar el nombre de Michael Reeves, la AIP acabó imponiendo como director al citado Hessler, quien había realizado para ellos poco tiempo antes en los estudios Shepperton, tradicional centro de operaciones de la Amicus, The Oblong Box [vd: El ataúd; tv/dvd/bd: La caja oblonga, 1969], uno de los intentos de la productora de Samuel Z. Arkoff y James H. Nicholson por prorrogar el éxito del ciclo Poe de Roger Corman, para el que ya había contado con el concurso de los mencionados Vincent Price y Christopher Lee en sus papeles principales.

El actor Marshall Jones ensaya con Gordon Hessler una de las escenas de “El grito de la muerte” ante la atenta mirada de Vincent Price

Pero, como adelantábamos, los encontronazos no tardaron en sucederse. Tras leer el libreto escrito por Subotsky con el título de Screamer, Hessler lo rechazó, reclutando en su lugar al guionista Christopher Wicking, con quien acababa de colaborar en The Oblong Box, para que lo redactara desde cero. El entusiasmo con el que el cineasta acogió el texto que le presentó Wicking queda resumido en sus siguientes palabras: “Hizo un trabajo extraordinario en el guion. Eso era realmente un libro pulp, un libro descartable para leer en el tren. No había nada en él, solo piezas vacías de acción. Pero fue Chris quien le dio un nivel completamente nuevo al usarlo como un proceso político de lo que podría suceder en el futuro. Eso es lo que hizo la película, él es al que se le ocurrió todas esas ideas, pero aun así logró mantener los matices del tipo de novela de pulp fiction[3]. Sin embargo, no todo el mundo estaba tan emocionado con el trabajo del guionista como Hessler. Es paradigmático en este sentido el caso de Price, quien años más tarde llegó a comentar sobre el libreto: “Realmente no sé de qué trataba”[4].

Ni qué decir tiene que este nuevo rechazo a su labor como guionista, curiosamente con un material que volvía a estar relacionado con Frankenstein, provocó un gran enfado en Subotsky. Como consecuencia de ello, el productor se dedicó a boicotear el trabajo de Hessler durante todo el rodaje, en una actitud bastante infantil, todo hay que decirlo. Claro que Hessler pudo tomarse cumplida revancha cuando, ya durante la fase de post-producción, consiguió que la AIP no permitiera a Subotsky montar la película como era su costumbre en las producciones de la Amicus y detentar así un control férreo sobre el producto resultante. Ironías del destino, el trabajo del que fuera su sustituto en estas labores, Peter Elliot, no destacaría precisamente por su calidad, redundando en algunos de los principales defectos que acusa el film. Valga como ejemplo el testimonio de Christopher Lee cuando en una entrevista reveló que en el clímax debía de haberse desvelado que los villanos del film eran extraterrestres, pero como todas las escenas que explicaban este hecho se cortaron antes de alcanzar el montaje definitivo, tal naturaleza quedó sin ser explicada[5].

Dicha declaración resulta de lo más ilustrativa con respecto a la deslavazada e incomprensible narración de la que hace gala el film. A pesar de que la inconexión argumental parece que ya se da en la novela adaptada, lo cierto es que en su traslación a imágenes este rasgo llega a unos niveles que se hace muy difícil pensar que se trate de algo premeditado y no debido a la incompetencia de sus responsables. De este modo, durante sus dos primeros tercios el metraje se desarrolla a partir de tres arcos argumentales paralelos sin aparente relación entre sí. A saber: la investigación policial de los crímenes cometidos por un maníaco que tiene como víctimas a jóvenes muchachas cuyos cadáveres aparecen sin sangre; los expeditivos métodos con los que actúa un militar de un estado totalitario para llevar a cabo sus fines; y las regulares apariciones de un enfermo internado en un hospital al que progresivamente le son amputados cada uno de sus miembros.

Por si no fuera bastante con tan singulares elementos, el desconcierto provocado por la proliferación de personajes y situaciones anecdóticas que no parecen conducir a ninguna parte y la desubicación geográfica que produce el desconocer si lo que vemos ocurre en el mismo país o en varios, es potenciada por la total ausencia de los teóricos protagonistas de la función durante estos compases. Tanto es así que, en la primera hora, tan solo aparecen en una única secuencia, y no de demasiada duración, dicho sea de paso. Esto no tendría que ser negativo, por supuesto, si lo expuesto tuviera atractivo, pero no es el caso. Durante demasiados minutos la narración se centra en una larguísima  e interminable persecución, dejando mientras tanto el resto de tramas en suspenso, y boicoteando con ello la propia evolución del relato. Y así ocurre. Para cuando en el último tramo por fin confluyen los diferentes arcos en liza es ya demasiado tarde, y para esas alturas se ha perdido cualquier interés que aún pudiera existir sobre lo que acontece en pantalla. No solo eso, sino que, además de precipitada, la forma en que es resuelta la historia resulta incongruente debido a los muchos cabos sueltos que quedan por el camino como, por ejemplo, cuál es la relación que une a varios de los personajes principales. Con todo, la palma se la lleva la inclusión a última hora de esa lectura sociopolítica que tanto alababa Hessler en sus declaraciones por medio de unas pinceladas de conspiranoia que, en lugar de provocar inquietud entre la audiencia, como es su propósito, lo único que despierta es hilaridad por impostada.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Tras varios encuentros frustrados, los tres actores terminarían finalmente por coincidir en House of the Long Shadows [vd/dvd/bd: La casa de las sombras del pasado] de Pete Walker, producción de la Cannon donde, además de compartir escena, se añadiría al terceto otro nombre propio del cine de terror clásico como John Carradine.

[2]Originalmente, Peter Saxon era un seudónimo utilizado por W. Howard Baker, pero fue también utilizado por varios escritores que trabajaban en su mismo círculo, caso de Martin Thomas o Stephen Frances. Se cree que The Disorientated Man fue realizada en conjunto por estos tres escritores, aunque otras fuentes apuntan solo al último citado.

[3] En “AIP Memories: An Interview with Gordon Hessler” de George R. Reis, publicado en el portal web dvddrive-in.com (http://www.dvddrive-in.com/hessler.htm).

[4] Citado en “19 Things You Must Know About Scream and Scream Again”, publicado en la web The Sound of Vincent Price (https://www.thesoundofvincentprice.com/19-things-you-must-know-about-scream-and-scream-again/).

[5] En The Christopher Lee film enciclopedia de Robert W. Pohle Jr., Douglas C. Hart & Rita Pohle Baldwin (Rowman & Littlefield, Lanham, 2017), pág. 127.

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