La boda o la vida

Título original: La boda o la vida

Año: 1973 (España)

Director: Rafael Romero Marchent

Productor: Eduardo Manzanos

Guionistas: Rafael Romero Marchent, José Luis Navarro

Fotografía: Emilio Foriscot

Música: Gregorio García Segura

Intérpretes: Manuel Codeso  (Carlos Regueiro), La Polaca (Patricia), Carlos Romero Marchent (Álvaro), Alejandro de Enciso (León), Nuria Gimeno (Marta), Paloma Moreno (Elena), José Luis Uribarri, Marujita Díaz, Eduardo Calvo (cura), Xan Das Bolas (concursante suplente), José Luis Sáenz de Heredia, Jesús Tordesillas, Fabián Conde, Morenito de Talavera, Miguel del Castillo…

Sinopsis: Elena está embarazada y Carlos, el futuro padre, no cuenta con medios económicos para poder casarse con ella. Como aún le faltan dos años de carrera, la solución está en un concurso televisivo que ofrece sustanciosos premios a quien sepa contestar con acierto preguntas sobre los años cuarenta. Patricia, la hermana mayor de Elena, moviliza a toda la familia para someter a Carlos un intensivo plan de estudios.

Seis años después de su primer encuentro en Aquí mando yo (1966), Rafael Romero Marchent y Manolo Codeso volvían a coincidir como director y actor, respectivamente, en La boda o la vida (1972). No obstante, al contrario de como había ocurrido en su anterior asociación, esta vez el cómico gaditano no detentaría el protagonismo absoluto de la función, sino que lo compartiría con La Polaca, más la “colaboración especial” de Marujita Díaz, estando la película, en realidad, proyectada al servicio de las dos folclóricas. Resulta bastante revelador a este respecto que el concurso a lo largo del metraje de Marujita Díaz se limite a la ejecución de varios números musicales, sin que medie por su parte intervención alguna en el argumento dispuesto, lo que pone de relieve hasta qué punto nos encontramos ante un producto preconcebido sin más objetivo que el de procurar el lucimiento de sus estrellas protagonistas, por encima mismo de sus dispositivos narrativos y dramáticos. Algo que, ni qué decir tiene, acaba por reflejarse en el saldo final arrojado por el conjunto.

No obstante, a pesar de su condición de vehículo “al servicio de”, terreno este al que ya para entonces no era ajeno Rafael Romero Marchent y en el que se inscribirían no pocas de sus posteriores propuestas, en La boda o la vida podemos rastrear la huella de su director en numerosos elementos. Sin ir más lejos, su punto de partida entronca con la importancia que los vínculos familiares detentaron por lo general en las ficciones realizadas por el cineasta madrileño, aquí representada por la movilización de tres hermanas junto a sus respectivos novios para conseguir que uno de los chicos se haga con el sustancioso premio de un concurso televisivo en el que ha sido seleccionado para participar y obtener así la estabilidad económica que le permita afrontar su boda con la menor de las hermanas, a la que ha dejado en estado de buena esperanza.

El que dicho concurso verse sobre los años cuarenta es empleado por el realizador para incluir varios homenajes y autorreferencias. Por ejemplo, el que dedica en forma y fondo al veterano Jesús Tordesillas, junto al que había trabajado como actor y director, quien comparece en el concurso como invitado para preguntar al protagonista sobre los premios del Sindicato Nacional del Espectáculo de 1940, entre cuyos galardonados, precisamente, figura él mismo como mejor actor por La malquerida (José López Rubio, 1940). Un modus operandi que se repite poco más tarde, en este caso con la inclusión de un fragmento de La mies es mucha (1949), en el que, junto a Fernando Fernán Gómez, aparece el propio Rafael Romero Marchent durante su época de actor. Una escena esta que, dicho sea de paso, cuenta con la presencia del director del referido film, un divertido e irónico José Luis Sáenz de Heredia que protagoniza uno de los mejores momentos de la película cuando, tras formularle la respectiva pregunta y comprobar que el concursante se ha quedado traspuesto mientras veía el extracto reproducido de La mies es mucha, se dirige a él y le despierta diciéndole: “No es usted el primer espectador que se duerme en una película mía. Yo lo entiendo muy bien”.

José Luis Uribarri y José Luis Saénz de Heredia en “La boda o la vida”

Esta proliferación de insertos de imágenes de archivo pertenecientes a corridas de toros, encuentros deportivos y escenas de films españoles de la década de los cuarenta ha llevado a algunos comentaristas a tachar a La boda o la vida de nostálgica con aquellos tiempos. No se puede negar lo certero de tales afirmaciones e, incluso, podríamos ir un poco más allá y extrapolar ciertos instantes de la cinta a la realidad sociopolítica de la España de entonces, como aquel en el que Patricia, la hermana mayor de las hermanas, se disculpa ante su novio por la mano dura y disciplina militar con la que dirige la vida familiar aludiendo: “No tengo vocación para cabo de varas, pero aquí hacía falta un jefe”. No obstante, en su descargo habrá que decir que una de las evidentes intenciones perseguidas por sus responsables es la loable reivindicación de determinadas personalidades y hechos del ámbito de la cultura y el deporte prácticamente olvidados tres décadas más tarde.

No solo eso, sino que la película tampoco oculta otros aspectos más controvertidos de la sociedad española de los años retratados. Así, para ambientar al concursante en su materia de estudio, la jefa del clan familiar decidirá en un momento determinado que todos se comporten como si vivieran en 1942, sacando así a relucir las duras condiciones de vida durante la posguerra mediante la alusión a las restricciones de luz y agua, la falta de suministros como café, gasolina o tabaco, la existencia de cupones de racionamiento o el estraperlo. Incluso, también incide en otras cuestiones que seguramente para aquellas alturas el régimen franquista prefería olvidar, caso de su estrecha amistad con la Alemania nazi, expuesta con diáfana claridad durante el concurso cuando se interpela por la identidad del político extranjero que presenció la confirmación de la alternativa en Madrid del torero Pepe Luis Vázquez en 1941, a lo cual el personaje interpretado por Manolo Codeso responde con total naturalidad que fue “Heinrich Himmler, jefe de las S.S. nazis”, lo que contrasta con el comentario que anteriormente realiza el rol encarnado por Carlos Romero Marchent al novio de Patricia a propósito del carácter dictatorial de la muchacha: “Te vas a casar con el lugarteniente de Hitler”, le dice.

Frente a ejemplos como los expuestos, en los que subyace la evolución experimentada por nuestra sociedad a lo largo de aquellas tres décadas, la película en cambio obvia cualquier comentario sobre otros aspectos que, sin embargo, permanecían inamovibles. Más en concreto, la evidente prevalencia de ciertas convenciones morales que se deducen de su propia premisa y que, tanto antes como en el momento del rodaje del film, provocaban que el ser madre soltera estuviera mal visto, por lo que el futuro padre de la criatura se veía obligado a pasar por la vicaría para reparar “su falta”[1]. De este modo, el alcance de estos apuntes no va más allá del terreno anecdótico, sin que su presencia consiga otorgar mayor interés a una película que acaba siendo víctima de sus propios condicionantes conceptuales. Aunque en un primer momento Rafael Romero Marchent parece lograr cierta armonía, guardando un equilibrio entre los muy diferentes componentes en liza, a medida que avanzan los minutos esta acaba por saltar por los aires. Así, superado el ecuador del metraje la narración abandona cualquier atisbo de progresión dramática, convirtiendo su desarrollo en una mera sucesión de preguntas y respuestas, cameos de “estrellas invitadas”, imágenes de archivo y números musicales que, paradójicamente, acaban por asemejar al fruto resultante a algo muy parecido al concurso televisivo que habita en su ficción, antes que a una obra cinematográfica propiamente dicha.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Curiosamente, este punto de partida se asemeja al de la mencionada Aquí mando yo, en la que, recordemos, el personaje encarnado por Manolo Codeso viajaba hasta el pueblo en el que su padre era el cacique local con el objetivo de que le reconociera fruto de la relación que mantuvo con su madre y contrajera matrimonio con ésta.

2 comentarios en “La boda o la vida

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