Entrevista a George Martin

A Francisco Martínez Celeiro, más conocido por su nombre artístico de George Martin, le corresponde el honor de ser considerado uno de los intérpretes más importantes aportados por nuestra industria a la edad dorada del cine de género europeo, en especial dentro del wéstern mediterráneo. Aunque otros actores de nuestro país, principalmente Fernando Sancho y Eduardo Fajardo, lograron alcanzar una gran repercusión y popularidad por sus incursiones en el denominado spaghetti wéstern, Martin fue el único español que logró desarrollar una continuidad en papeles principales dentro de este tipo de films, tanto en coproducciones como en películas totalmente extranjeras, lo que da buena cuenta del estatus que llegó a detentar dentro del star system del género. Fruto de esta especialización es su presencia en algunos de los principales clásicos del estilo, caso del díptico dirigido por Duccio Tessari Una pistola para Ringo/Una pistola per Ringo (1965) y El retorno de Ringo/Il ritorno di Ringo (1965), sin olvidar otros mal llamados títulos menores, entre los que podemos citar Clint, el solitario/Clint il solitario (1967), Cazador de recompensas/Per il gusto di uccidere (1966) o Sonora/Sartana non perdona (1968), donde encabezaría un terceto protagonista completado por nada menos que Gilbert Roland y Jack Elam.

No obstante, durante aquellos años su trayectoria no se circunscribió únicamente a los terrenos del eurowestern, sino que también abarcó a otros estilos. Spionistico, terror, ciencia ficción, giallo o cine de aventuras fueron algunas de las vertientes del cine popular europeo que frecuentó George Martin durante aquellos años, destacando su participación en tres entregas de la trotamundista saga de “Los tres Supermen”. En total, una cuarentena de películas realizadas en los tres lustros comprendidos entre 1965 y 1975, año en el que, coincidiendo con el comienzo del declinar de este tipo de cine, abandonaría el oficio. Una carrera de lo más fulgurante, sin duda, a la que, por si no hubiera bastante, hay que añadir sus labores como director, productor y guionista durante su última etapa en activo.

A sus ochenta y tres años, Paco Martínez Celeiro reside hoy en Miami, donde se ha convertido en un importante empresario hotelero. Gracias a la intermediación de su esposa y las ventajas de las nuevas tecnologías, pudimos contactar con él para que nos trasladara sus recuerdos de aquella inolvidable etapa.

¿Cómo fue su infancia?

Nací en el Barrio Chino de Barcelona, durante la guerra. Vivía en Las Ramblas, cerca del Teatro del Liceo, y todas las noches desde mi casa escuchaba el ruido de ametralladoras y disparos. Era ya desde entonces como una historia de acción y creo que eso influyó en mi vida para que más adelante me hiciera gimnasta, actor y director de cine. Fui al colegio máximo que se podía permitir pagar mi madre, pero no era un gran estudiante. Luego en la vida me he hecho a mí mismo y Dios me ha ayudado mucho siempre.

Como dice, en su juventud fue gimnasta, llegando a ser miembro de la selección española de la época…

Yo formaba parte del equipo de gimnasia de Joaquín Blume, que era campeón de Europa y fue mi maestro. Era el mejor gimnasta del mundo, aunque en nuestro país no se le dio todo el valor que tenía. En España en ese momento habría unas veinte personas de primera categoría que hicieran gimnasia deportiva, que es un deporte muy difícil y que requiere de muchas horas, mientras que en Rusia había ocho millones de gimnastas. Además, si en España hacías gimnasia te morías de hambre, cuando en Rusia el gobierno les pagaba. Y, sin embargo, Joaquín Blume fue campeón de Europa ganando al mejor gimnasta ruso. Fue algo increíble. Era hijo de una andaluza preciosa, que me quería como a un hijo, y un alemán encantador, que era también gimnasta. Yo, por mi parte, fui subcampeón de España.

En aquel momento hacíamos exhibiciones por toda España porque la gente no sabía lo que era la gimnasia deportiva. Pero a los veinte años me tocó ir a hacer la mili a África. Como era gimnasta, desde el ámbito deportivo intentaron ayudarme para que Franco me librara de ir a ese destino y pudiera así seguir entrenando con la selección, pero Franco se opuso diciendo: “Si tuviera un hijo y le tocara ir a África, iría”. Estaba jodido, porque me tiré allí año y medio haciendo la mili, y estar en África era como estar encerrado en un calabozo; recuerdo que mi cuartel estaba en la punta de Ceuta y por la noche veía las luces de Algeciras desde la ventana de mi habitación, como si fuera un romance. Por suerte, un tío mío era militar y por casualidad también estaba en Ceuta en mi mismo regimiento, y eso me ayudó mucho a que no me matara el tiempo que estuve haciendo el servicio militar allí. Sin embargo, Franco me salvó la vida, ya que cuando me fui a África coincidió que mi equipo de gimnasia iba a hacer una exhibición a las islas Canarias y se mataron todos en un accidente de avión, Joaquín Blume y su mujer entre ellos.

Lo cierto es que en todo el tiempo que estuve en África no hice nada bueno pero, al menos, sí que hice algo por el deporte. Formé un equipo de gimnasia con los soldados de mi cuartel y quedamos campeones del norte de África. Por cierto que durante la mili un tipo, que nunca supe quién fue, me puso en la silla de montar un clavo, y cuando subí al caballo el animal salió tieso y se cayó encima de mí en el suelo, a resultas de lo cual me produjo una fractura en la base del cráneo. Estuve en coma tres o cuatro días y llamaron a mi padre para decirle que estaba grave. Pero cuando el ejército dice que alguien está grave es que está muerto, así que mis padres fueron a Ceuta a mi entierro, prácticamente. Pero Dios ha estado siempre conmigo, y como he sido un hombre muy afortunado, logré superar aquello y recuperarme.

Una vez terminada la mili volví a Barcelona poco antes de la celebración de un campeonato de gimnasia en Maastricht, Holanda. Pero como la mayoría del equipo español había muerto en el accidente con Joaquín Blume, era una selección completamente nueva. Cuando yo volví de la mili quedaba como una semana para el campeonato, así que empecé a machacarme en el gimnasio. En el equipo estaban preocupados porque como había estado un año en la mili pensaban que no iba a funcionar. Sin embargo, yo tengo un empuje bárbaro que es lo que me ha llevado adelante siempre en el cine y en la vida, y una vez en el campeonato salí el primero y me salió bordado. Hice un salto mortal al final del ejercicio increíble y quedamos campeones. Para mí fue una especie de ilusión nueva, como empezar la vida de nuevo tras sufrir el tremendo golpe de que se matara todo mi equipo de gimnasia.

¿Y cómo se produce su entrada en el mundo del cine?

Yo estaba en Barcelona hecho polvo. Mis amigos habían muerto y además mi hermana, un angelote de quince años preciosa, había cogido una insolación y estaba en un pulmón de acero muriéndose. Así que si mi ida a la mili había sido triste, la vuelta fue dura también. Entonces un amigo del gimnasio me comentó que habían venido unos italianos para hacer una película del Oeste y que le habían hablado de mí al director de la película. Y fue como en una película de Burt Lancaster, que le llaman y hace una exhibición de gimnasia y deja a todo el mundo atónito. Fui a ver al italiano este, que era muy chulo, y me preguntó si era gimnasta. Le respondo que sí, y entonces me dijo que podía ser stuntman, es decir, especialista. No obstante, me comentó que en Roma tenía un especialista que sabía hacer saltos mortales. Así que, cuando le escuché eso, le hice cinco saltos mortales seguidos, caí encima de una mesa y le salté por encima. Él, asustado, me dijo: “Para, para. Vas a hacer cine para siempre conmigo”. Y ese fue el momento en el que cambió mi vida.

George Martin posa con el premio Premio “Tabernas de Cine” que le otorgó el Almería Western Film Festival el pasado 2017

En sus primeros papeles acreditados aparece como Jorge Martín, nombre que finalmente acabaría transformando en George Martin. ¿Por qué eligió este nombre artístico?

Cuando empecé en el cine, en Madrid había una representante que me puso de nombre artístico inicialmente Jorge Martín, porque Paco Martínez no funcionaba. Yo entonces tenía una pinta increíble, ya que como era gimnasta estaba muy fuerte y, claro, como sabía hacer saltos mortales y toda clase de locuras para cualquier película de acción los directores me cogían. Entonces una de estas películas que hice en aquel momento era con americanos y esta mujer me dijo que me iba a poner como nombre George Martin. Yo le dije que pusiera lo que quisiera, porque a mí lo que me interesaba era hacer la película. Así que así en broma fue como salió y ya después seguí utilizando el nombre de George Martin, aunque siguiera siendo Paco Martínez y mis amigos y mi familia siempre me hayan llamado Paco Martínez.

Tras varios años realizando roles secundarios, a mediados de los sesenta comienza a hacer sus primeros personajes protagonistas coincidiendo con la eclosión de la producción de wésterns en España e Italia. ¿Cómo se produjo este acceso a papeles protagonistas?

Yo empecé como stuntman y caballista. Mi madre era gallega y, aunque yo vivía en Barcelona, cuando era niño me llevaba a Galicia, donde teníamos una finca en Lugo. Allí me regalaron un caballo, aprendí a montar en él y así empezó mi vida de cowboy. Subía por las montañas llevando el ganado como en las películas y poco a poco aprendí todo lo que se puede saber de los caballos. Nunca supe que iba a ser una herramienta tan fundamental el saber montar a caballo, pero luego cuando empecé a hacer películas wésterns me vino fenomenal. Era de los pocos actores en aquel momento que sabía montar bien. Al resto, por lo general, los llevaba el caballo, pero yo para entonces sabía ya hacer de todo con ellos: los dominaba, los tiraba al suelo al galope, los levantaba, hacía saltos de un caballo a otro tirando al otro jinete… Bueno, todas las locuras que te puedas imaginar. Así que todo aquello que había aprendido de niño durante mis estancias en Galicia fue lo que me abrió las puertas del cine.

Usted fue testigo en primera persona de la evolución del wéstern en Europa desde sus inicios hasta su decadencia diez años más tarde. ¿A qué cree que se debe que medio siglo más tarde aquellas películas sigan contando con legiones de admiradores en todo el mundo, muchos de los cuales ni siquiera habíamos nacido cuando se hicieron?

Todas las películas que hice se siguen vendiendo en el mundo entero. Yo voy por el mundo y me conocen en todos los lados. Ahora aquí en Miami, por ejemplo, por televisión dan un montón de películas mías. El motivo por el que creo que se siguen viendo es porque, en el fondo, son películas para niños. Son historias de caballos y peleas para niños. En el fondo es eso y por ese motivo es por el que existe un mercado que siempre habrá. Son iguales que las películas que yo veía con doce años. Por eso el cine wéstern no morirá nunca, sino que habrá siempre una demanda de este tipo de películas.

George Martin con Diana Lorys en “Rebeldes en Canadá”

Entre sus primeros trabajos dentro del wéstern destaca su protagonismo en dos films escritos y dirigidos por Amando de Ossorio, La tumba del pistolero (1964) y Rebeldes en Canadá/I tre del Colorado (1965). ¿Qué recuerda de estas dos películas y, sobre todo, de su director, ya sea a nivel personal o profesional?

Las tengo bastante olvidadas porque han pasado muchos años. Sí recuerdo que las hicimos en Madrid, en las afueras, y que Amando de Ossorio era muy buena persona y se apoyó mucho en mí para la acción. Porque claro, cualquier director podía ser director de películas de acción si estaba yo, porque yo les ayudaba, sabía cómo se podían hacer las escenas, cómo se podían hacer a la primera y que quedaran espectaculares. Por eso siempre he hecho películas de acción, cuando los directores españoles, en cambio, nunca habían hecho películas de acción. Sabían hacer una película en la que el galán iba montado a caballo y corría, pero realmente en España no ha habido nunca un director bueno que supiera hacer la acción. Entonces los directores que hacían películas conmigo se apoyaban mucho en mí para que les ayudara con la parte de acción. En Italia igual. Todos los directores que trabajaron conmigo me adoraban y querían siempre que hiciera las películas con ellos.

Dentro de su contribución al género destaca su prolongada colaboración con Duccio Tessari. ¿Cómo entró a formar parte del equipo estable de actores del director italiano y qué destacaría de él?

Cierto, hice varias películas con él y con Giuliano Gemma, que era como un hermano para mí. Pienso mucho en él, porque era una gran persona y muy artista además. Tengo una escultura de un toro de bronce precioso que me dedicó. Ya te digo que éramos como hermanos y nos queríamos muchísimo. He soñado muchas veces que estaba con él en Roma el día en el que tuvo el accidente y se mató, y que yo le salvaba. Fue una desgracia la forma que tuvo de morir. Se desangró por una tontería. Él tenía coches buenísimos, pero esa noche iba en un coche pequeñito, le dieron un golpe a consecuencia del cual se cortó la aorta, en la pierna. Empezó a echar sangre y toda la gente se arremolinaba a su alrededor viendo que era Giuliano Gemma, pero nadie le ayudó. Para mí fue tremendo, porque hemos estado tantas horas juntos que siempre me he preguntado por qué no estaba yo allí, que soy un hombre de acción, que le habría cogido y llevado a los hombros o como fuera a un hospital.

En cuanto a Duccio, era un director buenísimo, fantástico. Con él hice Una pistola para Ringo, El retorno de Ringo y Kiss Kiss… Bang Bang (Kiss Kiss… Bang Bang, 1966), que es una especie de película de 007 pero con acrobacias y que fue todo un exitazo gracias al cual yo me hice famoso en Italia. En realidad estas tres películas fueron muy importantes para mí para abrirme camino. En Una pistola para Ringo Giuliano era el galán y yo el sheriff, y en El retorno de Ringo hacía del malo. Era un papel buenísimo. Nunca un español ha hecho un papel así de mexicano. Y tuvo un éxito enorme en todo el mundo e incluso me llamaron para felicitarme por mi actuación.

De Una pistola para Ringo, por cierto, guardo una anécdota muy curiosa. Para llamar desde Almería a Madrid había que hacerlo desde el hotel por conferencia, no era directo; es decir, tenías que llamar a la centralita telefónica de Almería y desde allí te ponían con Madrid. Una noche durante el rodaje después de cenar llamé a mi casa en Madrid y no cogían el teléfono desde la centralita. Cuando por fin lo hacen, oigo una voz de una chica que grita: “Socorro, tenemos un incendio”. Entonces ahí me salió el Supermen y fui con otro amigo corriendo en pijama hacía donde estaba la oficina de teléfonos de Almería. Había un portón enorme y, aunque mi amigo tenía un poco de miedo, cogí carrera y lo tumbé. En el fondo del salón vi que había un viejito gritando que se estaba asfixiando, que era el vigilante de noche del lugar. Así que entré jugándome la vida, cogí al viejito y abrí las ventanas y las puertas de donde estaban las cinco o seis telefonistas que estaban espantadas, imagínate. Había un fuego y un humo tremendo. Fue una aventura tipo de las películas que yo hacía de protagonista. Fue muy gracioso porque, después de salir las chicas del edificio y de estar el lugar rodeado por unas cien personas entre los padres de las telefonistas y otros vecinos que se habían enterado del incendio, llegaron los bomberos con una barrica de esas de vino de unos cien litros tumbada con un grifo en un carromato, pero no tenía presión y, claro, de las mangueras no salía agua. Era como una película cómica, porque por suerte cuando ellos llegaron yo ya había sacado al viejito y a las telefonistas a la calle. Al día siguiente en el periódico de Almería en primera plana ponía: “Se quemó la Telefónica pero el personal se pudo salvar porque llegaron los bomberos”.

También en Roma otra vez me ocurrió lo mismo y salió en la prensa. Estábamos en la Via Veneto, donde iba a cenar a un sitio con mi equipo mientras estábamos rodando Las nuevas aventuras de Robín de los bosques/Il magnifico Robin Hood (1970). Entonces, cuando salimos de cenar del restaurante, en la Via del Tritone había una tienda enorme de ropa moderna con una cristalera fantástica de quince metros de largo y cinco metros de alto. Y en ese escaparate inmenso vemos que hay dentro un hombre chillando: “¡Fuego, fuego, fuego!” Miré y no había forma de entrar, así que tuve que coger de un bar que había enfrente una mesa y romper con él la cristalera que tenía como tres centímetros de grosor para sacar al hombre que se estaba asfixiando por el fuego.

Recorte de prensa en el que se comenta del rescate del vigilante por parte de Paco en Roma

Dentro de su carrera en el wéstern también tuvo una capital importancia su prolongada asociación con la productora catalana Balcázar, para la que protagonizó varias películas. De ellas, quizás la más emblemática sea Clint, el solitario, la cual incluso llegó a contar con una secuela. ¿Qué me podría contar de su relación con los Balcázar?

Éramos como de la familia y me querían mucho. Era una familia extraordinaria, muy trabajadora y a mí me acogieron como a un hijo. Alfonso era el director de cine, su hermano Jesús también dirigía películas, aunque de otro tipo, y los padres aparte de la productora tenían una cadena de hoteles fantásticos en Barcelona. Montaron un poblado del Oeste y, como te digo, me cogieron en una especie de adopción, y cada vez que hacían una película y les preguntaban quién iba a ser el protagonista, siempre respondían que Paco Martínez. Eran muy buenos y muy honestos, porque en el cine hay mucha chusma, como en todas partes. Desgraciadamente casi todos ya han muerto, pero la vida sigue.

Algunas de las películas que hice con ellos fueron Una pistola para Ringo, El retorno del Ringo, que la parte de estudio la hicimos allí, ya que el resto se rodaba en Almería, Clint, el solitario y El retorno de Clint el solitario/Il ritorno di Clint il solitario (1972) en la que también estaba Klaus Kinski. En esta película, por cierto, toda la acción la hice yo[1]. Fui actor y director, porque yo como director soy mucho mejor que como actor (risas).

Fuera del wéstern destaca su participación en la saga de “Los tres Superhombres”, para la que protagonizó tres películas en la que su personaje, curiosamente, se llamaba como usted. ¿Cómo se produjo su entrada en esta serie de películas? Imagino que, dadas las características de los personajes, tendrían mucho que ver sus antecedentes como gimnasta…

En efecto, son películas que me dio el deporte. Mi vida fue muy deportiva y, como cuando empecé a hacer cine yo había sido parte del equipo campeón de Europa, todas mis películas han sido haciendo acrobacias, cosa que ningún actor ha hecho en primer plano las cosas que yo he hecho. Y yo nunca he dejado de hacer deporte, porque el deporte para el hombre es esencial, para el cuerpo, para la mente y para la fuerza de cómo hay que ser con la gente.

Entonces me ofrecieron hacer una película de “Los tres Supermen”. La primera la hicimos en Japón y estuvimos rodándola en Tokio, imagínate. Hacíamos una pelea en medio de la calle y los japoneses ni se paraban, porque iban a lo suyo. Era como otro mundo[2]. Y en Los 3 Supermen en la selva/Che fanno i nostri Supermen tra le vergini della jungla? (1970) recuerdo que estábamos como protagonistas Salvatore Borgese, un cómico italiano que siempre ha trabajado conmigo, otro actor americano que ya falleció[3] y yo. Eran unas películas de acción muy divertidas, en las que yo también me divertí mucho haciéndolas con Salvatore Borgese, y que al público les gustaban mucho.

Salvatore Borgese, Brad Harris y George Martin en “Los 3 Supermen en la selva”

Al llegar la década de los setenta comienza a compaginar sus labores de actor con las de productor, guionista e, incluso, director. ¿Por qué decidió dar este paso en su carrera?

Me vi obligado a dirigir porque en dos ocasiones el director se puso enfermo y tuve que continuar yo el rodaje como director. Esa es la explicación de porqué empecé a hacer cine como director. Uno de estos casos fue una película que se llamaba Escalofrío diabólico (1972) con Patty Shepard, en la que el director era José María Elorrieta. Era una gran persona, un gran director e, incluso, a día de hoy sus hijos son amigos de mis hijos. Pero durante la primera semana de rodaje cayó enfermo y la tuve que dirigir yo. En otra de estas películas, en cambio, empezó con un director, pero el tipo no sabía nada, yo me cabreaba y tuve que decirle que continuaba yo. Por otra parte, a lo largo de mi vida he ido acumulando muchas vivencias que hicieron que mi mente se convirtiera en una fábrica de guiones.

Curiosamente, en la mayoría de las películas en las que intervino como productor y/o director se repiten una serie de nombres, ya sea los de Frank Braña, Sal Borgese, Cris Huerta, Gaspar “Indio” González o Nieves Navarro en la parte actoral, o el director de fotografía Jaime Deu Casas en la técnica. ¿A qué se debe?

Cuando empecé a hacer cine como productor siempre me llevaba a un equipo de amigos conmigo, como puede ser Paco Braña, ya fueran wésterns, películas de los Supermen o fuera lo que fuera. Me gustaba llevarlos porque sabía que no me fallaban. Jaime Deu Casas, el operador, era también como un hermano. Era una gran persona que, por desgracia, se fue tontamente. Tenía una confianza total en él y recuerdo que en una película en la que yo era productor que se rodaba en Turquía le mandé a él junto a varios actores.

Rosalba Neri y George Martin en “Con la muerte a la espalda

Tras rodar en 1975 la película Los hijos de Scaramouche, abandona el cine. ¿Cuál fue el motivo?

Los hijos de Scaramouche fue esa cosa del cachondeo que tenemos los españoles. Así que nos reunimos unos amigos e hicimos la película con los hermanos Calatrava de protagonistas. No obstante, antes ya había hecho con los Calatrava otra película, El último proceso en París (1974), en la que le di la oportunidad de firmar la dirección a Pepe Canalejas, porque era un amigo y le hacía falta tener un nombre, aunque la dirigí yo en realidad.

Pero en esa época me casé, tuve dos hijos y, claro, la vida cambia, aunque en un primer momento seguí haciendo cine y me llevaba a mis hijos conmigo. Por ejemplo, en Kiss Kiss… Bang Bang rodamos muchas cosas en la isla de Mallorca y yo alquilé allí un apartamento para mi mujer y mis hijos. Pero cada vez era más difícil ir a los rodajes con los niños y demás, y llegó un momento en que decidí parar.

No obstante, creo que en Estados Unidos ha seguido en cierta medida vinculado con el cine y que, incluso, posee un estudio de rodaje. ¿Es cierto?

Me fui a Miami, comencé en broma y ahora tengo varios hoteles con trescientos empleados a mi cargo, además de una isla privada, aunque no vivo allí, sino en Key Biscayne, que es un paraíso donde tienes de todo y está pegado a la ciudad. Y entre los negocios que tengo está, efectivamente, un estudio de cine donde se han rodado Bad Boys o Miami Vice, y también un estudio de doblaje en el centro de Miami.

Y echando la vista atrás, ¿qué valoración hace de su carrera?

No me puedo quejar. Dios me ha dado una vida muy buena y me ha ayudado siempre.

José Luis Salvador Estébenez

George Martin y Klaus Kinski en una imagen de “El retorno de Clint el solitario”

[1] De hecho, al contrario que en la versión española, cuya realización firma Alfonso Balcázar, en las copias italianas de la película el nombre que figura en la dirección es el de George Martin.

[2] El título de la película que comenta es 3 Superhombres en Tokio/3 Supermen a Tokio (1968).

[3] Se refiere a Brad Harris.

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