Treinta años de “Twin Peaks”: La obra magna de David Lynch (VIII)

TWIN PEAKS: THE RETURN (II)

Si estás aquí es porque te interesa conocer más sobre una serie QUE YA HAS VISTO. Aun así, como podrías estar buscando información para ver si te merece la pena verla, yo te lo digo ya: te vas a verla y vuelves después. SÍ, MERECE EL TIEMPO QUE LE VAYAS A INVERTIR. Si quieres continuar leyendo, cosa que obviamente te agradecería mucho, VE A VERLA ANTES o te la destriparé. Esto es más que un ALERTA SPOILER.

LOS HECHOS

Comentada la singularidad de la propuesta, sobrevolado el evento e introducido el tema, hagamos como hemos venido haciendo con cada nueva entrega: tratemos de ordenar los hechos para tener una mejor visión de conjunto que nos ayude al re-visionado o a su interiorización, porque no creo que esté en condiciones de aseverar que esto os ayudará a comprenderla o a apreciarla mejor. En el mejor de los casos os servirá para no perderos o para asentar lo que ya hayáis comprendido a un nivel no del todo consciente.

No trato de elevar el hype, ni siquiera pretendo alargar el halago. Si os reconozco que no puedo asegurar que esto os ayudará a comprenderla mejor es porque, además de por no creerme un iluminado –lo cual espero que se agradezca, visto cómo está el patio–, como os comentaba en la anterior entrada, el material es nuevo, muy nuevo aún. Se han cumplido tres años de su estreno el 21 de mayo y, mientras que para otras series sería llegar dos o tres años tarde, para ésta es posible que aún nos queden varios más para que sea su momento. Insisto, no quiero exagerar la loa, ni pretendo decir que sea una obra tan elevada y arcana que no resulte comprensible. Nada más lejos de mi intención. Lo digo porque es, una vez más y a varios niveles, una obra que se adelanta a su tiempo. Tema muy manido éste de que una obra esté adelantada a su tiempo y, además, es algo que sólo es comprobable a posteriori, por lo que no supone gran cosa advertirlo ahora. Pero si os fijáis, ya pasó con la serie clásica, que triunfó rotundamente, y con la película, que fracasó igual de rotundamente, y que cada día que pasa más gente la reivindica. Twin Peaks ya está considerada como una de las obras pop más influyentes de todos los tiempos. Su influencia, como se ha dicho hasta la saciedad incluso por los propios creadores, en la televisión que a partir de entonces se hizo es tal que no habría Expediente X sin ella –y, por tanto, tampoco Vince Gilligan y, por tanto, tampoco Breaking Bad ni Better Call Saul–, no habría Doctor en Alaska sin ella, no habría Los Soprano sin ella, no habría Lost sin ella, no habría Fringe sin ella, etc., etc., etc., hasta llegar a series que apenas tienen hoy cuatro años y que, por calendario, coincidirían en el tiempo en sus rodajes con esta última entrega, como aquella cosa pergeñada por Shyamalan con la trilogía literaria de Blake Crouch y que tan bien pintaba al principio.

Si la serie original ha seguido inspirando obras nuevas veinticinco-treinta años después, qué provocará que exista esta nueva entrega no podemos saberlo aún. Es obvio que no ha tenido el éxito desbordado que tuvo su estreno y que, por tanto, la repercusión popular no es tan masiva. De momento. El juego ha cambiado y la oferta es, en la práctica, infinita. Tan obvio como que ya es más que una obra de culto y que ésta está a la altura, al menos, de la original y muy lejos de ser un apéndice molesto que le haya salido a ésta como ha ocurrido con tantos esperados regresos, tantas sagas, tantas franquicias, tantos reboots.

Al ojo menos avezado ya le habrá parecido ver sus ecos estéticos en esas obras de la inmediatez que suelen ser los videoclips. Alguna que otra serie, algún que otro programa del misterio, algún que otro podcast, ya ha incorporado algún que otro elemento sonoro propio, lo que ya de por sí demuestra que su impacto, al menos entre los profesionales, tan limitado no parece. Pero, repito, estamos lejos de ver hasta qué punto llegará su influencia. Pero vayamos a lo que nos ocupa; estos son los hechos:

LAS TRAMAS, LOS PERSONAJES, LOS PROTAGONISTAS

En Twin Peaks nunca se debería hablar de personajes protagonistas. No los hay, al menos si los entendemos del modo en el que en otras series lo son. No hay un Mulder y una Scully o un Walter White y un Jesse Pinkman, por poner dos ejemplos muy diferentes. Twin Peaks nunca fue la historia personal de alguien en concreto que evoluciona en un arco dramático según le van pasando cosas. Ese no es el juego, nunca hubo un viaje del héroe. La vida no funciona así y ya dijimos en su momento que David Lynch es, probablemente, el más fiel retratista de la experiencia y la condición humana, por encima incluso de Kubrick.

Desde luego que hay personajes centrales, aun estando muertas desde el principio, como hay personajes con un propósito que luego alcanzan o no, y los hay también que simplemente viven por allí, a cuyas vidas nos asomamos un rato y después, si para cuando nos vamos aún siguen con vida, allí les dejamos. Viviendo. Es la mejor definición que encontraréis sobre lo que otra vez ocurra en Twin Peaks y, por muchos fuegos artificiales y lisérgicos que nos encontremos por el camino, la mejor definición sobre el resto de vidas con las que nos crucemos por el camino en cualquiera de las nuevas ubicaciones y, de forma mucho más que especial de nuevo, en la localidad de Twin Peaks. Sí, es cierto que seguirá habiendo personajes irreales, incluso mezclados con la realidad normativa, pero capaces aun así de transmitir más verdad desde la pantomima o la caricaturización más extrema que protagonistas de sagas enteras de otros creadores.

En cualquier caso, si algo puede decirse que cambia en esta entrega es que sí hay un par de personajes guía a través de los cuales veremos realidades distintas a Twin Peaks y que sin su presencia carecerían de interés o de importancia. Cambia porque Cooper fue nuestro guía para indagar en las vidas de la gente de Twin Peaks en la serie clásica y gracias a él conocimos la habitación roja por primera vez, pero llegamos a Twin Peaks antes de que supiésemos de su existencia y podríamos haber seguido allí aunque se hubiese ido. Igual con la habitación roja. Con esto sé que me opongo al sentir incluso de los fans de la serie más veteranos pero, por más vueltas que le doy, sí, estamos de acuerdo en que es el que genera el interés, el que investiga el caso de la joven muerta y el que nos va destapando los secretos de los lugareños, pero es perfectamente prescindible. La vida anterior que llevó Laura ya existía, su muerte ya se había producido, los secretos oscuros ya eran ocultados antes de que él apareciese en su Lincoln grabadora en mano, y no es él quien los hace interesantes per se, simplemente es la herramienta, el medio, el útil. La precuela incide en esto, sale poco y lo poco que sale ni siquiera es demasiado importante en el desarrollo de la trama. Apunta que podría haberlo sido, que lo será precisamente en esta entrega, pero no lo fue entonces. Aquí por el contrario estos dos sí lo son, son fundamentales para que la acción transcurra y tenga interés.

Y digo dos pero hay más, aunque es obvio que si hemos de quedarnos con una dupla protagónica, dos personajes que acaparen el centro de la atención de la cámara, a los que ésta siga sin parar y allá donde vayan, sin duda, estaremos hablando de Cooper y de su doble. A partir de ellos seremos capaces de explicar todas las tramas de la serie, las nuevas y las que quedaron pendientes. Sólo Twin Peaks seguirá siendo un personaje en sí mismo, sólo en Twin Peaks las cosas pasarán delante de la cámara, sin más, razón por la cual, y contra todo pronóstico, será en Twin Peaks donde no veremos a estos dos personajes hasta la última entrega de dos horas con la que se cierra la obra, y eso que la última hora ni siquiera ocurre más en Twin Peaks, ni siquiera en el mundo en el que existe ese Twin Peaks, aunque definitivamente todo se cierre en Twin Peaks.

Laura sí es la figura fundamental en el sentido más literal de la palabra. De hecho es su muerte la que hace que exista la acción, que haya una historia de la que partir para empezar a contar el resto de la historia del pequeño pueblo maderero, aunque para eso no fuese necesario su muerte. Pero no es la protagonista. Es la causa de que haya relato, la excusa de la que partir pero todo lo que vemos es sin ella. Esa es su magia, esa es la idea feliz de David Lynch y Mark Frost, y ese será el mayor reto de ambos: volver a hacer interesante la historia de la chica que vivía calle abajo partiendo como tenía que partir por obligación del fundacional “I’ll see you again in twenty five years”.  El reto de hacer que Laura sea la elegida y que no quedase forzado. Y lo harán, vaya si lo harán, pero una vez más sin que forme parte del resto de tramas, sin que incida en su desarrollo. Lo veremos, pero la acción que nos sea mostrada no dependerá tanto de ella como de esto dos personajes de los que hablábamos. Es necesaria, sin duda, pero sigue siendo el motivo, la causa, la excusa si me apuras, y en especial con la trama de Cooper, no de la de su doble. Éste puede vivir completamente ajeno a Laura. O, por ser más concreto, de espaldas a ella. Cooper sí necesitará de ella pero para motivar sus decisiones y, pronto veremos, apenas si tomará decisiones hasta pasadas dieciséis largas horas.

Pero dado que la trama del Cooper bueno, del original, de nuestro Coopy, en la Red Room es heredada de la anterior etapa, como acabamos de decir, nos la vamos a saltar por el momento. Al margen de ésta, el primer gran input de la serie en especial en su mundo real del que Cooper lleva desaparecido cinco lustros, será la centralidad de la figura del Cooper doble, del Cooper malo, del doppelgänger que salió de la Red Room con Bob dentro y se chocó contra aquel espejo en lo que supuso el cliffhanger más largo de la historia de la televisión. Los que no volvieron, ya se cayeron por el precipicio al que permanecían agarrados.

Si esperabais ver al Cooper malo hacerse pasar por el Cooper bueno, mantener su aspecto, su elegante traje negro, sus gestos y sus expresiones joviales y entusiastas para, no sé, pasar desapercibido y mantener su puesto en el FBI, olvidadlo. Si esperabais que cambiase el traje negro por el de ejecutivo para ser el tío graciosete, bailongo y adicto a las risotadas en el que se convirtió Leland Palmer en su etapa pelo cano también. Si esperabais verle vestido con ropa vaquera, larga melena canosa y comportándose en todo momento como un loco agresivo, libidinoso e incontrolable a lo Bob lo siento, tampoco habéis acertado.

Mr. C., así lo llaman los que le conocen, es en aspecto un macarra, vestido de negro, con chupa de cuero, camisitas canallas y botines de punta, con un tono de piel cercano a la tanorexia y una media melena tan grasienta como ridícula que remata con un broche que da gusto verlo para mantenerla a raya. Un tipo sucio, de uñas descuidadas, que lleva en sus ojos y en su rictus la oscuridad, la maldad y la afectación del villano más malvado. Su rictus es hierático, apenas si es capaz de reproducir un sentimiento humano mínimamente verosímil. Sus palabras y sus gestos brotan de él de manera mecánica. Se acerca mucho más al comportamiento de un terminator que al de un psicópata y es igual de implacable, con la diferencia de que se le nota que es el jefe, el que maneja el cotarro y no una máquina al servicio de otros.

Por simplificar al máximo las cosas, desde que le veamos aparecer en pantalla su misión será doble, complementándose, de hecho, la una a la otra; por un lado tratar de impedir que le hagan volver a ese “lugar que algunos llaman Black Lodge” y que no es otra cosa que la archiconocida Red Room, y por otro encontrar a Judy. El porqué, eso sí, nos será negado hasta el final. Pero la primera pregunta que teníamos en la cabeza antes de verlo aparecer era: ¿Qué ha estado haciendo Mr. C. hasta el momento en el que nos lo encontramos camino de la cabaña de Buella? La respuesta es sencilla, sin embargo, no es la obvia. No se trataba de utilizar al Coopergänger para mayor disfrute de Bob, para entregarse al hedonismo violento puro con el que lograr placer como podríamos intuir por cómo manejó a Leland. Muy por el contrario, nos irá mostrando que, desde el principio, incluso para resolver asuntos pendientes de su yo original y arrasar con todo lo sembrado por él para no dejar nada vivo para su posible vuelta –esto hace con Audrey o con Diane, por ejemplo–, su comportamiento estará siempre guiado a alcanzar sus dos propósitos: acabar con el Cooper original para permanecer en el mundo de los vivos y encontrar a Judy en la otra cara del mundo. Y lo hará de manera diligente, seria, profesional, casi como un hombre de negocios sin escrúpulos más, como un gran narco o el padrino de alguna familia de la mafia. El objetivo le impulsa y el camino hacia él le alimenta.

De esta forma, hacer dinero de la forma más turbia posible, ya sea en EEUU, Colombia o en Brasil, recopilar información para encontrar determinadas coordenadas que le conduzcan a Judy sea en Dakota del Sur o en Montana y preparar diferentes planes alternativos para poder quedarse en este lado de la cortina roja desde New York a Las Vegas, se convertirán en su única dedicación. Si para ello tiene que matar, extorsionar, traficar, destruir, violar o someter a personas, incluso crearlas, aprovecharse de las antiguas credenciales de su original, apoyarse de alguna manera en Jeffries, que sí, al parecer sigue vivo y en activo, aunque no en su forma natural, en hampones del peor pelaje, en esbirros que le sean fieles o en asesinos a sueldo que atiendan lo que él quiere, no lo que necesita, lo que quiere, así lo hará porque servirá a sus fines al mismo tiempo que le alimentan.

Y es que si con el paso de los capítulos podemos hablar de cinco focos de atención a este lado de la realidad (ya iremos a otros lados y a otros tiempos), cuatro serán las tramas en las que este personaje intervenga de manera decisiva. Estos focos del mundo “real” serán New York, Dakota del Sur –donde Buckhorn será el epicentro, pero habrá varias localizaciones más a tener en cuenta–, Montana, Las Vegas y Twin Peaks, a la que cabría añadir un par de lugares más que serán también importantes para el total del artilugio, pero que diremos, por el momento, que pertenecen a otro tiempo, a otra realidad o a ambas cosas.

En New York la acción girará en torno a una misteriosa caja de cristal ubicada en el último piso de un edificio sin ventanas en el barrio de los rascacielos. Arrancará en el episodio primero, se completará en el segundo y no volveremos nunca más al lugar de los hechos. Sin embargo, durante el tercero, el grupo del FBI capitaneado por Gordon Cole desde Philadelphia conocerá el suceso sin explicación de qué ha ocurrido en ese lugar y, muy avanzada ya la serie, cuando estos estén en Dakota del Sur, tendremos una nueva información al respecto del caso que resultará definitiva para conocer quién estaba detrás de aquella instalación.

En Dakota del Sur, más concretamente en Buckhorn, la trama estará centrada en esclarecer el macabro hallazgo de la cabeza de Ruth Davenport, aparecida junto a un cuerpo que no le pertenece y que se ignora de quién es en su propia cama. El principal sospechoso del asesinato de, al menos, la bibliotecaria, será el director del instituto local, William Hasting, dado que sus huellas se encuentran por todo el apartamento de Ruth y que su primera declaración resulta inconsistente, llegando a negar, incluso, que haya estado nunca en la casa de la víctima identificada o que la conociese siquiera demasiado, razones por las cuales quedará confinado en los calabozos del departamento de la policía local sin fianza. Phyllis, su mujer, de la que nos enteramos enseguida que tiene al abogado de Hastings como amante y puede que a alguien más, según palabras del propio Hastings, será quien enlace esta trama con Mr. C., quien acabará con ella al poco tiempo de que la conozcamos aunque no sepamos aún el porqué. La resolución de este caso es uno de los momentos más espectaculares de la serie y que más importancia tendrá para entender las imbricaciones entre las diferentes capas de la realidad que nos serán mostradas.

Otros puntos importantes de las tramas ubicadas en Dakota del Sur serán, por este orden, la cabaña de Buella, donde veremos aparecer a Mr. C. por primer vez en esta entrega para recoger a Darya y Ray, dos de sus compinches más fieles, o al menos eso creerá él antes de tener que acabar con ellos; el motel donde, además de asistir a la muerte de Darya y a una llamada que debía ser importante para Mr.C., de quien él cree que es Phillip Jefries, conoceremos a Chantal, otra asesina a sueldo del Coopergänger que, además de trabajar junto a su marido Hutch en pareja para él, suele funcionar como alivio sexual y eventual enfermera de nuestro antagonista sin que a su marido parezca importarle lo más mínimo, al contrario; y la prisión federal de Sioux City, donde encerrarán primero a Ray Monroe y, más tarde, al propio Mr. C.

Ya centrados en la actividad que se desarrollará en el estado de Montana, dos serán las localizaciones destacadas y en ambas la presencia de Mr.C. y la relación entre diferentes capas de un mismo tiempo, de una misma realidad, volverán a ser fundamentales. En el caso de The Farm, un lugar en el que se da cita un buen puñado de maleantes moteros, veremos cómo la, a priori, víctima propiciatoria Mr. C. le echa, literalmente, un pulso al líder de la banda y le da muerte a un desesperado Ray Monroe que le había arrastrado hasta allí seguro de que el Cooopergänger sería el muerto. La lección sobre la posición de inicio es poesía visual. Será tras resolverse el pulso que Ray confiese quién le mandó matarle –su intento que debió ser suficiente para ser certero y no lo fue lo veremos en la primera mitad del fascinante capítulo ocho– y quién organizó lo de la cárcel. Phillip Jefries será su sorprendente respuesta.

Viendo el desenlace de este vídeo tutorial de cómo matar a alguien y que acabe en la Red Room, versión anillo de jade desde la pantalla gigante que hay fuera de la sala donde se produce el pulso, confundido con el resto de malhechores evacuados por Mr. C., está Richard Horne, el nieto de Benjamin Horne, otra manzana podrida más del nuevo Twin Peaks, un auténtico desalmado metido en asuntos de drogas que vende y consume, capaz de huir tras atropellar y matar a un crío, apalizar al único testigo que le reconoce hasta darla por muerta o de robar a la fuerza a su propia abuela, y que resultará ser el hijo que Mr.C. engendró violando a una Audrey Horne ya en coma, tras la explosión del banco de Twin Peaks veinticinco años antes. Richard Horne le reconoce y le sigue tras su salida de The Farm.

Pero, un momento, un momento, ¿de quién he dicho que es hijo Richard Horne? ¡BOOM! ¿Es necesario que vuelva a repetir hasta qué punto fue un error que el agente especial Dale Cooper no tuviese una relación amorosa completa con Audrey Horne y que se le impidiese a ésta ser lo que Annie Blackburn será para Cooper? ¿Verdad que no? ¿Acaso no tendría aún más sentido este fruto contaminado y la forma de gestarlo no habría sido aún más un reflejo depravado y grotesco de aquel amor puro y real? ¿No es su inclusión en la trama una reafirmación de aquello que pudo ser y no fue? Lo que no se le permitió hacer a Cooper, por parte del propio actor que le daba vida, y que habría sido fruto de un amor puro, hermoso, limpio y apasionado, lo acabó haciendo de manera sucia, enfermiza, delictiva y unilateral su sombra malvada. Y por si alguien aún duda de si habría sido apropiado que Dale Cooper tuviese un idilio con una chica de dieciocho años, ¿qué hace David Lynch y acepta, a la espera de conocer el guion original, Mark Frost? Negar aquello de que Cooper era un treintañero muy jovial para su edad, haciendo que Mr. C. le diga a su hijo “tengo veinticinco años más que tú” con lo que, si las cifras no mienten, se confirma que Dale Cooper llegó a Twin Peaks, diga lo que digan los libros o incluso la biblia original de la serie, con veinticinco años, y una diferencia de edad de siete años es admisible, porque no es lo mismo que una de diez o de quince para la siempre mojigata e hipócrita, en especial respecto a los asuntos de cama, sociedad americana que se sentaba delante de la televisión muy al principio de los noventa y que, aún hoy por hoy, al menos de manera pública y oficialista, sigue igual. Cierro paréntesis.

Más adelante, y justo antes de que se encuentre cara a cara con Richard Horne y sepa de quién se trata, después de que éste le reconociera en The Farm y le persiguiese, Mr. C. visitará The Dutchman’s, un lugar que no es real, lo sabemos por Ray, donde se encuentra Phillip Jeffries. The Dutchman’s resultará ser, o al menos así lo parece, una gasolinera abandonada en medio de ninguna parte, que cuenta con Convenience Store –LA Convenience Store–, una cabina telefónica y una escalera lateral exterior a través de la cual se accede a su planta superior –no sé, chicos, si queréis os hago un croquis–. Cuando veamos a Mr. C. subirla, lo que hace siguiendo a un woodsman que le está esperando a su llegada, y sólo cuando alcance su parte superior, le veremos desaparecer del mundo real normativo. Por eso decía Ray que no era un lugar real. Al otro lado llegarán a la recepción de ese lugar que no es real, doblando un pequeño pasillo en el que podremos observar con todo lujo de detalle que el papel pintado está repleto de flores. Unas flores idénticas al del papel de las paredes del cuadro que la señora Tremond regalaba a Laura en la precuela y que hacen innegable el hecho de que ese lugar sea el mismo lugar al que accedía Laura a través de ese cuadro.

Ya en la recepción, Mr. C. preguntará por Jeffries al electricista, otro woodsman distinto al que le ha acompañado hasta allí desde el exterior y distinto también al que pudimos ver en la precuela, pero que cuenta igualmente con un palo de madera como el de aquel y con un mecanismo eléctrico, similar a una antigua radio de lámparas como el del woodsman 1, con el que producirá un fuego eléctrico, uno de esos chispazos que también vimos en la película que abrían puertas interdimensionales –si os habéis perdido en las referencias, volved a las entradas de la guía básica mitológica y a las que dediqué a Fire Walk With Me–. Mientras se produce el fogonazo eléctrico, la sobretensión, veremos, con una imagen temblorosa y en continuo movimiento, un primer plano baconiano de aquel tipo saltarín con máscara de nariz puntiaguda ¡y cuya máscara por momentos, casi subliminales, se fusionará con la actual cara de Sarah Palmer! –en una de las dos ocasiones que veremos al personaje durante esta entrega– de manera similar a lo que ocurría con la cara de Windom Earle en la aparición del falso doppelgänger de Laura como ya fue comentado.

Tras el cese del fogonazo a Mr. C. le quedará el camino expedito a través de un pasillo en el que se solapan la realidad arquitectónica y la de los reconocibles abetos Douglas de los bosques de Twin Peaks, un pasillo que le conducirá a la escalera que Gordon Cole empezó a ver cuando a punto estuvo de ser absorbido por el vórtice generado en el cielo de “la zona” en el desenlace de la trama de Ruth Davenport y William Hastings. A subir esta escalera, además, le acompañará el mismo woodsman que acababa de manera súbita y abrupta con la mitad de la cabeza del bueno de Bill.

Ya en lo alto de esta otra escalera, que también cuenta con el mismo papel pintado de flores aunque menos visibles por estar ennegrecido, entendemos, como ocurre con los propios woodsmen por los fuegos eléctricos, una marca característica –como vimos precisamente con Jeffries en las missing pieces– dejada tras viajar a través de la electricidad, veremos a Mr.C. atravesar una puerta idéntica otra vez a la del cuadro de la señora Tremond, avanzar por otro pasillo esta vez más corto que el anterior, casi un soportal, al final del cual llegará al parking de un motel que sí, os prometo que a pesar de ser noche cerrada, también reconoceremos. Es exactamente el mismo en el que ofrecía sus servicios Teresa Banks, el mismo donde Leland Palmer descubría a qué se dedicaba su hija, y el mismo donde, también en el parking, con Leland en plena huida tras su doloroso hallazgo, aparecía Pierre Tremond, el nieto de la señora Tremond, saltando, rama en mano, con una máscara blanca con nariz puntiaguda como la del hombre que salta en Fire Walk With Me.

Mr. C. se dirigirá al apartamento número 8 y comprobará que su puerta permanece cerrada. Una mujer andrógina, de rostro grotesco y que habla hacia atrás con una voz capaz de poner los pelos de punta al más sereno, aparecerá para abrírsela. La abriré por usted, le dice, alcanzando así por fin el lugar donde la evolución de Philipp Jeffries –me parece el nombre más adecuado visto lo visto–, un Phillip Jeffries que ya no existe, al menos en el sentido normal nos dirá Gordon, se haya confinado.

Mucho se especuló sobre la posible aparición de David Bowie en la nueva entrega ya que, a pesar de su muerte, en teoría, le habría dado tiempo a grabar unas escenas. Finalmente no pudo ser, los responsables nos contaron que su participación estaba prevista por David Lynch pero, aunque en ese momento no se lo confirmaran, los estragos que su enfermedad ya le debían estar causando debió de impedir siquiera que la oferta le llegase.

En otra de las grandes escenas de la entrega, Mr. C. no dejará de hacerle preguntas a la máquina humeante que, por alguna extraña razón y para disgusto de su inventor –no hace falta que diga que fue David Lynch, ¿cierto?–, todo el mundo identificó con una tetera, cuando es obvio que se trata de un artefacto eléctrico similar a los que vimos en el techo de la habitación púrpura o en el palacio del Gigante en el mítico episodio 8 –del que sí, efectivamente, aún no hemos hablado, lo sé–, y que ya algunos identificaron con cosas tan bizarras e inconexas como la Die Glocke nazi y que, al menos a mí, desde el principio me pareció un simple casquillo de baquelita, un portalámparas de aquellos antiguos de cuando el hilo eléctrico aún era negro y que de hecho aún se venden aunque ahora prefiramos, por lo general, el color blanco al negro. También tiene cierto aspecto de altavoz puesto bocabajo, aunque los más antiguos nunca fueron tan alargados ni tenían una forma tan fluida.

En cualquier caso es más que obvio que todos son artefactos electrónicos con estética de los años cincuenta, esa época que obsesiona a Lynch, da igual cuál sea el que en concreto sirvió de inspiración, aunque es cierto que también son similares a los tubos de vacío de primera generación usados para amplificar, conmutar o modificar una señal eléctrica mediante el control del movimiento de los electrones –pongo la definición completa porque es que encaja todo– en un espacio “vacío” a muy baja presión. Un elemento clave para el desarrollo de la electrónica en la primera mitad del siglo XX –otra vez la mitad del siglo– y usado en campos como la radiodifusión, la televisión, el radar, en redes telefónicas, en las primeras computadoras analógicas y digitales, o en antiguos sistemas de control industrial en cadena o de alarmas. No sé, estos eran, mirad a ver si se os parecen.

Bien, visto así, la “tetera” Jeffries es obvio que es uno de esos mecanismos electrónicos que ya hemos visto aparecer en la serie con diferentes usos al que se le ha añadido un brazo similar al de un gramófono de grabación por donde sale el humo, la voz y las letras que, mira qué sorpresa, son grabadas sobre la esfera cristalina que se forma con el humo. En cualquier caso, no le demos más vueltas, tetera –imagino que por la procedencia británica de Bowie–, mecanismo electrónico o invento eléctrico como sostiene su creador –pero, qué sabrá él, si solo lo ha creado–, o cafetera –que al menos habría tenido algún sentido dentro de la serie–, el caso es que se comunicará con Mr. C., aunque no conteste nunca de forma clara y directa a sus muchas preguntas, y le dará un segundo juego de coordenadas cuando le pregunte sin cesar “Who is Judy?” Segundo que se suma al que ya le había entregado Ray antes de su muerte. Y conseguirá aún un tercero gracias a la tulpa de Diane. ¿He dicho tulpa? ¿He dicho Diane? Bueno, ya tendremos tiempo de comentar también todo esto.

La historia de Las Vegas, aunque es obvio que tendrá como figura destacada a ese maravilloso personaje que todo el mundo confunde con Dougie Jones, tendrá varias líneas argumentales relacionadas con mafiosos, detectives privados y policías corruptos, agentes de seguros comprados y bandas criminales en continuo conflicto, empeñadas todas ellas, al parecer, en acabar con Dougie por diferentes razones. Tras varias de estas conspiraciones la sombra de Mr. C. será alargada. Mientras está claro que Duncan Todd es el hombre del Coopergänger en Las Vegas para el que hace el dinero y cualquier otro tipo de encargo que éste le confíe por muy retorcido o delictivo que resulte, Lorraine, que dirige una empresa de detectives privados, es quien ha aceptado un encargo en apariencia sencillo pero que a la postre le costará la vida: matar a un tal Douglas Jones. Sus hombres llevan espiando a Dougie desde el minuto uno de esta entrega según se nos muestra. Antes incluso de que el original tulpa desaparezca y sea su doble, Cooper, quien le sustituya. Quién encarga su asesinato es obvio, quién hizo el encargo no tanto, y la respuesta, por más marciano que parezca esto, está en una especie de busca situado en algún lugar umbrío y húmedo de Buenos Aires, Argentina, y en una caja de cartón desplegada y pegada con cinta aislante negra en la pared de su despacho. Una caja con visor incorporado.

A mayores, y al margen, en principio, de Mr.C., hay otra banda, más de aficionados que profesional del crimen, que le busca para cobrarse una deuda de juego que tiene pendiente con ellos, lo que intentan hacer amenazándole vía telefónica y acosándole mediante fotos comprometidas con Jade a la salida de uno de sus encuentros –cómo resuelva este asunto Janey-E con el dinero que Dougie-Cooper gane en las tragaperras del Silver Mustang Casino, alegato social incluido, con referencia a los entonces muy presentes movimientos del noventa y nueve por ciento incluida, el 15M americano junto con el famoso Occupy Wall Street para entendernos, es además de brillantemente cómica, de quitarse el sombrero: a eso le llamo yo estar empoderada–, y habrá una cuarta, la de los Mitchum, penúltimo de los recursos de Todd para acabar con Dougie tras varios intentos fallidos.

El último, Anthony Sinclair, compañero de trabajo de Jones y encargado de ponerle en contra a los hermanos Mitchum, será quien, tras fracasar también con esa táctica, será designado para envenenar a Dougie, algo que, adivinad, tampoco será capaz de hacer.

Tras los fiascos de Lorraine y Todd, Mr.C. dejará el asunto en manos del matrimonio Hutchens, los únicos asesinos a sueldo que no le han fallado hasta el momento. Y no le fallarán pero porque no les dará tiempo a hacerlo. A pesar de que, como habíamos anunciado, la sombra de Mr. C. en Las Vegas es alargada, será en la única de las cinco localizaciones centrales en la que nunca le veamos aparecer en carne y hueso o de lo que demonios esté hecho un doppelgänger.  

La vuelta a Twin Peaks también se desarrollará sin la presencia explícita de Mr. C., aunque su maldad, o una similar a la suya, parezcan haber corrompido, en buena medida, el otrora idílico lugar. Todo lo que nos será mostrado cinco lustros después de ella parece indicar que aquella antigua teoría facilona pero, aun así, bastante lúcida, que decía que la realidad de Twin Peaks habría quedado invertida desde el momento en el que Windom Earle giraba el mecanismo en la Cueva del Búho, no iba tan desencaminada.

Veremos, por ejemplo, cómo el Dr. Jacoby, el otrora abierto y comprensivo psiquiatra/psicólogo local, que ayudaba a los vecinos, especialmente a los más jóvenes, a entender lo que les ocurría y a entenderse a sí mismos, se ha reconvertido en el Dr. Amp, un paranoico de manual que ha pasado de ser un Terence McKenna a una suerte de Alex Jones de los bosques, alguien que perdió el camino en algún desvío entre el new age y el castanedismo, que se ha radicalizado y que utiliza su programa online para esparcir odio, paranoia, alarma y miedo de alta toxicidad a paladas. Toda una panoplia de peligros inminentes de los que sólo te librarás si imitas su exigente e irreal modus vivendi o, como opción B y al alcance de todos, si utilizas la individualidad liberadora que te da comprarle una de sus palas doradas, palas normales que él mismo pinta con un spray de pintura en el exterior de su caravana situada en medio del bosque, por sólo 29.99€.

También veremos cómo los hijos de los que fueron los jóvenes moradores del pueblo maderero en la serie clásica, la que debería ser la revitalizante nueva generación, son un cúmulo de manzanas podridas de las que ni la pequeña pianista de los Hayward, la otrora brillante Gersten, se libra. Los que no están metidos en asuntos de droga se la están metiendo; los que no abusan de sus padres o sus abuelos, lo hacen de sus parejas; los que no acaban fulminados por un rayo, acaban volándose la cabeza. Sólo los que han huido del pueblo parecen a salvo de ese ambiente oscuro y enfermo. Otros muchos hijos de esa generación, también vecinos pero a cuyos padres ni siquiera cocemos, quizá proviniesen de otros lugares y ni siquiera vivieran en Twin Peaks cuando la muerte de Laura, los veremos desfilar por las mesas del Roadhouse e, indefectiblemente, sus conversaciones describirán interacciones enfermizas, vivencias negativas, relaciones tóxicas, trabajos basura y exentos de cualquier tipo de vocación. Vidas anodinas, en definitiva, que rezuman lodo ponzoñoso por cada poro, sin demasiado futuro y sin ningún interés por hacer nada al respecto.

Sus “padres”, salvo excepciones –que por otra parte no hacen más que reforzar la plausibilidad de la teoría de un Twin Peaks invertido–, o siguen repitiendo el patrón de sus errores de juventud o salieron tan dañados de la experiencia que apenas si son capaces de diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal. A los nuevos, especialmente a los hombres, les domina una ira homicida e irracional, una irritabilidad tan exacerbada que una simple mirada o un insustancial gesto son capaces de desatar su violencia. La maldad y la oscuridad se hacen notar incluso en la oficina del sheriff, que ya no es el sheriff que conocimos, ese está gravemente enfermo, como la buena de Lady Leño a la que le prohibieron hace tiempo aparecer siquiera por allí, sino su hermano cuya historia personal incluye la pérdida dramática de un hijo que a él se le nota en cada mirada y a su mujer en cada reacción histérica y desproporcionada. Hay elementos nuevos positivos, qué duda cabe, otros tontorrones y desconectados de la realidad, más preocupados por su nuevo coche que por los críos que mueren por sobredosis por las drogas de diseño asiáticas que campan a sus anchas por la localidad sin que den con las rutas utilizadas. Pero también hay polis corruptos como Chad Broxford, un hombre cínico y amargado que se ríe de la inocencia que Andy y Lucy aún conservan –de los pocos que no han cambiado junto a Hawk– o de las explicaciones extrañas para los casos extraños, y que se dedica más a servir a los malos que al resto de ciudadanos. Apenas Norma se mantiene íntegra, casi la única reserva moral de la antigua Twin Peaks junto, quizás, a Ed, al que, no obstante, parecen pesarle los años de su amor imposible.

Aunque a Norma también la modernidad le hará codiciar lo que nunca quiso, el retorcido destino o lo que sea evitará que lo acabe echando todo por la borda en el último segundo, justo cuando Ed viene a pedirle por fin, en una escena que roza lo irreal, que pasen lo que les quede de vida juntos. Por fin juntos tras tantos años de amarse en secreto. A esta felicidad, que no sé a vosotros pero a mí no me acaba de resultar satisfactoria por lo dicho, porque la hermosa versión de Otis Redding que flota en el aire me convierte la escena en algo incapaz de creer –en mi cabeza siempre será una proyección de Ed que llega a Norma demasiado tarde como para que no firme la ampliación de la franquicia y acabe en los brazos del ambicioso empresario que negocia la expansión de los Norma’s Diner–, se opone el duelo patológico y sostenido en el tiempo de lo que queda de Sarah Palmer tras veinticinco años de llorar a su Laura, a su Leland, de mitigar su culpabilidad en los hechos con la ayuda de cartones y cartones de Salem y botellas y botellas de alcohol. Algo oscuro y maligno habita dentro de Sarah, así se nos confirmará en ese otro bar que no es el Roadhouse.

Como vemos, razones para que no sea raro que el doble de Cooper acabe asomándose por allí, incluso en contra de su voluntad, sobran. El arranque de la narración, no obstante, sí se inicia con la apariencia de que nada por allí ha cambiado demasiado. De hecho, ésta parte de la búsqueda de algo perdido relacionado con Cooper, nuestro Cooper, que Hawk debe encontrar por algo que tiene que ver con su procedencia nativa, aunque no acertemos a saber qué es ni lo uno ni lo otro hasta que se resuelva la trama, juega a ser el nuevo misterio a resolver en el nuevo Twin Peaks. Éste será el primero de varios mensajes que una Margaret Lanterman, literalmente llorando en este único caso y enferma terminal de un modo muy evidente en todos ellos –por desgracia también en el caso real de Catherine E. Coulson, la actriz que le daba vida, amiga y colaboradora personal desde los tiempos de la American Film Institute de Los Ángeles y de Eraserhead de Lynch, lo que hace de la experiencia algo incómodo y especialmente desgarrador; uno siente que no deberíamos estarla viendo en pantalla, que no tenemos ningún derecho de verla así porque, de alguna manera, nos parece estar inmiscuyéndonos en lo que deberían ser sus momentos más íntimos y privados; aunque, que quede claro, ella misma y David Lynch lo hiciesen de manera consciente y acordada para tratar de mostrarle al mundo justo lo contrario, que la muerte sólo es un cambio aunque haya algo de miedo en dejarse ir; estas primeras y únicas lágrimas así como la actitud triste y afectada de su bárbara interpretación no son, por tanto, por su estado, por no poder seguir a Hawk o acudir a la oficina del sheriff, son por alguna otra cosa, algo a lo que supongo que llegaremos– junto a su inseparable leño le trasladen al ahora ayudante del sheriff.

Será alrededor de esta búsqueda que conozcamos cómo es hoy la oficina policial y los principales policías que ahora la ocupan, y será este descubrimiento, más aún que el delicado estado de salud de Lady Log, su tono triste, crepuscular, devastador y lo que con su frágil voz casi desesperada ésta nos transmite, lo que nos haga poner los pies en el suelo y entender que todo en Twin Peaks ha cambiado y que, como todo o casi todo lo que cambia en lo que a los humanos se refiere, lo ha hecho para peor.

Tanto la plantilla como la propia oficina han crecido a la misma velocidad que suponemos lo ha hecho la propia localidad. Un crecimiento que no debe de ser menor, ya que la población ha incorporado incluso el parque de caravanas La Trucha Gorda para asegurar que todo el mundo tenga dónde alojarse o caerse muerto. El parking, aunque haya cambiado de ubicación, sigue regentado por Carl Rodd y da cobijo al mismo tipo de marginados sociales que cuando estaba ubicada en Deer Meadow, personas sobrantes del sistema que, al menos, aún pueden permitirse no vivir en la acera de una calle, aunque para arreglar el acumulador de agua caliente de su carava tengan que vender su propia sangre. No, no es una forma de hablar. Y en la realidad prepandemia de los EEUU tampoco. El resumen perfecto de la atmósfera que se respira en la localidad es la secuencia del disparo accidental del pequeño niño vestido de camuflaje. ¿Os acordáis del agobio y la desazón angustiosa que transmitía la escena de Gerard Mike Phillips en el Great Northern Hotel que analizamos en la entrada dedicada a Fire Walk With Me? Pues ésta la supera con creces; supera con creces incluso las vistas en la precuela, porque en esta ocasión ni siquiera parece haber una razón que la explique más allá de mostrarnos lo jodido que está todo en la otrora entrañable población que, no obstante, ya supimos que escondía abismos personales y morales muy profundos. Quizá aquellos polvos trajeron estos lodos. Ya volveremos a esto.

Mientras, y retomando la figura del Cooper original, veremos que su acción no será tan importante como la naturaleza de los lugares que le veremos visitar y a los personajes que, gracias a su sola presencia, conoceremos. Si Mr. C. representa la oscuridad en cada uno de los escenarios en los que su presencia es más notable, este nuevo personaje –sí, a ti también te pasó acabar llamándole como ya sabías que no se llamaba– representa la hermosa luz que tiene Las Vegas de día. Hasta esto es capaz de cambiar Lynch. La ciudad del juego, tradicionalmente representada por su ambiente nocturno y los neones de sus casinos, nos será mostrada casi al margen de los mismos y con la total ausencia de esa industria del espectáculo de la que tanto vivió en su crepúsculo su adorado Elvis Presley. De hecho, las pocas veces que en Las Vegas sea noche cerrada, lo será en el hotel del principal compinche de Mr. C. en la ciudad, Duncan Todd, gerente de hotel y mafioso, aunque lo segundo se le dé bastante peor que lo primero para ser sinceros. Pero antes de llegar a Las Vegas reconvertido en Dougie, además de en la consabida habitación roja y en un nuevo encuentro con Laura que volverá a ser seminal para el desenlace de la trama, veremos a Cooper reunirse al principio de la serie, aunque no necesariamente al principio de la acción, con el gigante de la serie clásica de quien descubriremos en esta entrega que el modo correcto de dirigirnos a él es Fireman y que ha tenido, tiene y tendrá, una vez más, una influencia decisiva en toda la trama. Y cuando digo en toda la trama es en toda la trama, incluido el mundo pre Laura.

Gracias a su doppelgänger –o, más bien, al doppelgänger de la evolución de The Arm– también le veremos caer a la no-existencia, ser rescatado por una voluta púrpura del océano unificado donde hunde sus cimientos el palacio de Fireman –importante aclarar este punto: no cae hasta hacer pie en la no-existencia, ahí no se hace pie, es rescatado de ella en su caída, tras haber dejado atrás la caja de cristal del edificio de New York–, una voluta vaporosa en forma de suite, que flota a medio camino entre el océano púrpura y la no-existencia cual barcaza pesquera, y que cuenta con un terraza donde caerá nuestro Cooper. En ella –en la que los fans bautizaron enseguida como la habitación púrpura y razón no les falta– conoceremos a Naido, que levantará el interruptor instalado en otro de esos mecanismos eléctricos acampanados asentado sobre la azotea, la que da a la no-existencia y de la que saldrá volando por la descarga producida, evitando así que el agente especial viaje por el enchufe equivocado. También allí, cuando Cooper baje de la azotea, veremos a Ronette Pulaski, que le avisará de que tiene que salir ya, antes de que llegue su madre, y que cuando llegue ya estará allí.

Y así será porque cuando llegue se convertirá en Dougie Jones, no porque lo sea, sino porque el precio del viaje por la electricidad parece que es alto cuando eres humano. Y si no que le pregunten a Philipp Jeffries. Si algo no esperaba nadie en absoluto es la versión de Cooper que se nos ofreció a partir de su llegada a Las Vegas, Nevada.

Pero antes de entrar en eso, ¿quién o qué era Dougie Jones? La respuesta es sencilla, un tulpa. Un tulpa creado por Mr. C. con la aviesa intención de intercambiarse por él llegado el caso cuando le tocase volver a la Red Room. Un primer paso para poder acabar con el Cooper original y acabar siendo él el único Cooper a este lado de la existencia. Aclarado el qué, pasemos al quién.

Dougie Jones es un doble más hortera, más grueso y con bastantes menos luces que el original, y es seguro que también que el doble del original. No, no te has perdido. El original es Cooper, el doble es Mr. C. y el tulpa del doble es Dougie Jones, un agente de seguros casado y con un hijo, bebedor, acumulador de deudas de juego y putero. Sí, así se nos presentará al personaje, justo después de disfrutar de los servicios sexuales ofrecidos por Jade, una preciosa prostituta afroamericana y, a juzgar por lo visto en la serie, mejor persona. El objetivo para crear a este tulpa por parte de Mr. C., como decíamos y veremos en la serie casi de inmediato, es el de que sea Dougie el que ocupe su puesto en la Red Room. Cuando su tiempo fuera de la Red Room se agote, y dado que Cooper aún se mantiene con vida, sea el plano de existencia que sea donde éste esté en ese momento, le sobrevendrá un malestar que le provocará un vómito de garmonbozia que, una vez expulsado, debería haber acabado con él de vuelta a casa.

Sin embargo, al mismo tiempo que a él le vienen las náuseas, también le vendrán a Dougie Jones que, al contrario de Mr. C., no aguantará el vómito acabando él delante de Mike en lugar del Coopergänger. Primera bola salvada por Mr. C. a pesar de que salvar esta bola le acabe llevando a la cárcel, que le confundan, hasta por sus huellas inversas, con el Cooper original y que Gordon, Albert y Tammy –la chica nueva en la oficina y de lo poco incorporado al canon de la serie de todo lo inventado previamente por Mark Frost en sus libros, aunque, bueno, digamos que en el libro de Frost era de una determinada manera pero que David, en fin, no pensaba igual ya desde el casting– hagan que el FBI tome cartas en el asunto. El reencuentro entre los que ellos aún creen que es el agente Cooper y sus antiguos compañeros es uno de los momentos más interesantes y ricos de esta temporada a muchos niveles. El trabajo actoral de los viejos conocidos es mayúsculo.

Justo después del fogonazo provocado por la marcha repentina del verdadero Dougie Jones, veremos aparecer por el enchufe del salón en el que el tulpa acaba de vomitar la garmonbonzia –en una cantidad mucho menor incluso de la que no es capaz de evitar que salga de sí mismo Mr. C.– y desaparecer. A quien veremos materializarse encima de la moqueta es a Dale Cooper, un Dale Cooper con veinticinco años más, de acuerdo, pero Dale Cooper. Sin embargo, al que ayude a levantar Jade no será él y, a pesar de que pensamos que el cambio duraría primero un capítulo, después dos, después tres, después cuatro…, lo cierto es que no le veremos más hasta la penúltima hora de la temporada y por muy, muy poco tiempo, como solía ser.

Su disfuncional comportamiento no impedirá que los demás interactúen con él logrando éste, al parecer, sacar lo mejor de ellos mismos sin que él tenga que hacer nada –y cuando digo nada es nada–, salvo repetir la última frase que le hayan dedicado y dejarse guiar por lo que desde la Red Room se le va indicando, sin que ninguno de los demás lo sepan o siquiera intuyan. Sus grandes avances serán repetir palabras o frases sueltas que haya ido incorporando a su parco vocabulario e ir recordando, muy poquito a poco, lo que antes le gustaba, le definía o le resultaba familiar: el café, las pistolas, las placas o la bandera de los Estados Unidos. Pocas cosas más le recordarán su pasado, aprenderá de nuevo a comer, a ir al baño y descubrirá lo que se siente al tener una esposa y un hijo. De un modo más extraño de lo que podíamos esperar, y esta afirmación con Lynch ya sabemos que es bastante arriesgada, veremos convertido en realidad el viejo sueño del agente Cooper de tener un hogar y formar una familia a la que amar. Algo que Windom Earle le negó con Caroline primero y con Annie después. Y, sí, insisto una vez más, la propia persona que hay detrás de Cooper con Audrey.

Aunque no hemos entrado en el terreno de las autorreferencias incluidas en esta película de dieciocho horas –las hay a cada uno de sus largos, a muchos de sus cortos y, como ya os anunciaba a muchas, una infinidad de ellas, de sus obras pictóricas y escultóricas–, sí recordaréis que os he hablado de aquel proyecto que quiso rodar justo después de Eraserhead, que volvió a intentar en su época Di Laurentiana, y que hasta hace bien poco seguía asegurando querer hacer aunque nunca lo haya conseguido: su mítica y nunca rodada Ronnie Rocket.

Por todos es conocido que aquel pequeño hombre vestido de rojo que salía en la Red Room se parecía mucho físicamente a aquel Ronnie Rocket que lleva tantos años intentando hacer carne excepto por su peinado y que, sin duda, durante muchos años, el papel estuvo reservado precisamente para Michael J. Anderson –imagino que hasta el momento en el que este hombre perdió completamente la cabeza, tras no llegar a un acuerdo precisamente para esta entrega, tras su reciente éxito en Carnivale de Daniel Knauf que luego, bueno, no diré que no llegó a ser tal, pero sí que se quedó en cuatro temporadas menos de las que seguramente él y todos los implicados esperaban–. Os comenté también que la importancia de la electricidad en aquel proyecto lo era todo. Lo que quizá no sepáis es la historia concreta de ese personaje. Por no alargarnos demasiado, Ronnie Rocket es un pequeño adolescente de unos tres pies de altura que, después de un horrible accidente, es reconstruido de manera integral mediante mecanismos electrónicos, lo que le obliga a tenerse que recargar cada quince minutos enchufándose a la corriente alterna. Al finalizar estos trabajos recibe una enorme descarga que, al parecer, le permite tener un control sobrehumano sobre la electricidad.

Lo curioso y lo que nos compete para lo que nos ocupa es que tras todo este proceso de reconstrucción basado en el uso de la electricidad, el pequeño Ronald D’Arte tiene que reaprenderlo todo, desde el abecedario a caminar, siendo sólo capaz de comunicarse con monosílabos, frases cortas o repitiendo lo último que haya oído. Aprendizaje desde cero, electricidad, monosílabos, frases cortas y repetición de la última frase, características todas que –oh, sorpresa– definen perfectamente a nuestro Dougie Jones, el falso Dougie Jones tras el que se esconde nuestro querido agente especial.

Tras varios avatares en los que se va librando de una muerte casi segura sin hacer nada o casi nada, una de esas noches en las que su esposa, Janey-E, le ha servido la cena y está atendiendo a su hijo, el falso Dougie jugueteará con el mando de la televisión hasta dar con una tecla que la enciende. En ella ve la secuencia de Sunset Boulevard –una de las grandes obsesiones de David Lynch que siempre ha declarado la influencia que sobre él tuvo– en la que Norma Desmond, tras visitar los estudios después de mucho tiempo aislada de Hollywood y de su industria, le dice a Mr. Demille: “Nada nos detendrá, el viejo clan otra vez juntos”. A lo que éste, que sólo le había llamado para pedirle prestado su antiguo coche para una escena, le responde: “El viejo clan, sí” (…) Tras despedirla con todo boato y sus mejores modales, Mr. Demille se vuelve hacia uno de sus asistentes y le ordena “Llame a Gordon Cole y dígale que se olvide de ese coche” –efectivamente, ese es el origen del nombre del personaje que el propio David Lynch interpreta en la serie clásica, la precuela y esta última entrega, no es poca cosa–, lo que parece encender por fin la última bombilla que le quedaba a Cooper sin fundir. A continuación, tenedor en mano, se provocará a sí mismo una descarga eléctrica que le llevará al coma primero y a despertar después en lo que es la definitiva vuelta del agente especial del FBI.

No es difícil encajar las piezas que nos permiten afirmar, con bastante rotundidad, que en el intervalo que va entre esta descarga y su posterior despertar en el hospital es cuando se produce su encuentro con the Fireman que vemos en el arranque de la temporada. La clave está en la enseña del FBI que sí tiene en la Red Room y en su periplo hasta Las Vegas, que una vez allí le desaparece –suponemos que la pierde junto a sus zapatos en su viaje eléctrico–, que no tiene en su encuentro con el gigante y que no recuperará hasta justo antes del momento final en el que abrirá con la llave de su mítica habitación 315 del Great Northen –que, a diferencia de los zapatos y del pin, sí pasa con él a través de los enchufes, dato no menor– la puerta que le conduzca al espacio intermedio en el que se encuentra con Mike, gracias al cual viajará, mediante el canto-poema Fire Walk With Me, a la Black Lodge primero y, gracias a la intervención de Phillip Jeffries, en el espacio y en el tiempo después. Aunque aún es pronto para hablar de esto.

Ahora lo que nos ocupa es comentar que todo aquello que llevábamos esperando ver desde el minuto uno de la serie quedará resuelto en menos de treinta minutos. Su vuelta al mundo de los vivos, su vuelta a Twin Peaks, la certificación de que tiene hueco a este lado de la realidad al haber sobrevivido a su doble, el fin aparentemente definitivo de Bob del que cuanto menos es testigo, su reencuentro con Gordon Cole y Albert Rosenfield y con la pandilla de la oficina del sheriff, su reencuentro con Diane, la verdadera Diane, y su vuelta definitiva al FBI. Todo, repito, todo quedará resuelto en apenas un tercio de capítulo. Mismo tiempo que le llevará a Mr. C. encontrar el lugar exacto de lo que creerá que son las coordenadas que necesita para encontrar a Judy, viajar al palacio de the Fireman donde es metido en una jaula, ser devuelto a la oficina del sheriff en Twin Peaks, ser recibido como si del Cooper original se tratase y perder la vida de manera definitiva y, tras portar el anillo de jade en el dedo indicado de la mano indicada, acabar por fin en el lugar del que nunca debió salir envuelto en llamas.

Con el final de la particular odisea de Cooper desde la Red Room a la oficina del sheriff y el no menos tortuoso pero sí, al menos, cuidadosamente iterado viaje de Mr. C. en la misma dirección pero en sentido simétricamente contrario al de su inverso, finaliza el tronco central del árbol narrativo de la película dentro de su decimoséptima hora. En la oficina del sheriff acaban por concurrir los mundos de Las Vegas, con la presencia de los Mitchum y de sus azafatas (?), de Montana, New York, Dakota del Sur, Nuevo México y de la Black Lodge con la de Mr.C., de la de la White Lodge y de la no-existencia con la presencia de Naido –previa gran revelación de saber quién se esconde debajo de sus cicatrices–, de Philadelphia, con la presencia de Albert, Tammy y Gordon, y quien dice Philadelphia, dice FBI, del antiguo Twin Peaks de la serie clásica con la de los agentes locales, de Reino Unido y del nuevo Twin Peaks, más violento, desquiciado y oscuro, que se nos presenta en el Roadhouse con la de Freddie Sykes y James Hurley que, obviamente, también representa al pasado clásico de la serie. Ya, ya sé que de algunos personajes y de algunas localizaciones ni siquiera habíamos hablado hasta ahora y que es incluso posible que no os resulte del todo fácil seguir el hilo de esta disertación, pero lo cierto es que, tras dieciséis horas y media de metraje, todo, absolutamente todo lo que en él se nos ha contado, desemboca en el despacho del sheriff Truman a través de sus personajes clave para dejarlo prácticamente todo resuelto.

Con este final cerrado, estoy seguro, la mayoría de los fans, veteranos o noveles, habrían quedado contentos de haber sido otras las formas. Con el noventa y nueve por ciento de las tramas secundarias igualmente cerradas –entre las que cabe destacar la de la familia Jones a la que el Cooper bueno le regalará antes de dirigirse a Twin Peaks un nuevo tulpa que cubra el vacío dejado, primero, por el tulpa original y de su doble, después; un doble que, a pesar de su aparente incapacidad funcional, ha logrado dejar una huella más profunda que el tulpa original–, lo cierto es que cabía esperar poco más y no teníamos ni idea de qué más podíamos esperar en la escasa hora y media que nos quedaba por delante. Repito, con más pausa, con más delicadeza en el detalle, dándole a cada personaje su tiempo, ni el más exigente de los peakies le habría podido poner alguna pega si ese hubiese sido su final. Ninguna, a pesar de que, bueno, habría quedado por ahí algún que otro elemento sin aclarar, como, por ejemplo, la verdadera naturaleza del mensaje del gigante a Cooper, algo que nos habría llevado años poner en contexto con lo ya visto hasta entonces en la serie –y ya os aseguro que si en el tiempo que fue desde el primer capítulo al minuto anterior de la última entrega ya hubo teorías al respecto para aburrir, cada una más segura que la anterior de ser la definitiva, habrían surgido hasta hoy más, muchas más–, o el asunto de Judy al que ya cabía darle alguna explicación apenas apuntada pero desde luego no definitiva o qué sé yo, qué valor tenía la trama de Audrey en el conjunto de la acción –sobre la que seguimos discutiendo y seguiremos haciéndolo, no lo dudéis–. Nos lo habríamos comido plácidamente, sin pestañear, ya os lo digo yo. Especialmente tras su emisión tal fue la sacudida de la caja craneal producida y a pesar de las formas, de las aparentes prisas, de la falta de épica y de pausa, característica esta última por la que se había diferenciado la nueva entrega, donde la escena del pintado de las palas por parte del Dr. Amp o del barrido de más dos minutos largos del camarero del Roadhouse habían provocado más de un meme al respecto en las redes.

Lo que hubiese quedado abierto, sin explicación explícita o sobreentendido de alguna manera demasiado sutil, lo habríamos metido en la carpeta de temas a sobrepensar, junto con los poéticos y afectados mensajes de Lady Leño, con los reflejos que no acaban de cuadrar con la imagen de Ed, con la identidad del borracho encarcelado en Twin Peaks o con la escena de los extras que cambian de número y de posición en la doble RR entre que aparece un tipo preguntando por Bing –que los créditos nos dicen que es Riley Lynch– y se va corriendo calle abajo, aunque en los últimos frames vuelva a aparecer dentro del local, levantándose de una de las mesas junto a su pareja como si tal cosa, y se dirijan a la caja, suponemos que a pagar o a despedirse, y a especular durante años y años.

Sin embargo, un tiempo después de haber tenido tiempo para empezar a digerir lo vivido, quizá acostado en la cama o recién levantado, comprando un bote de judías en el súper o conduciendo hacia el trabajo, a más de uno le habría asaltado de repente el siguiente pensamiento: “Un momento, ¿y qué demonios pasó con Laura? ¿Para qué salió en la serie si al final no participó en nada salvo para decirle a Cooper que ya podía salir y ni en eso acertó? ¿A qué venía entonces aquel “Laura is the one” que nos soltó Lady Leño?”. Y ahí nuestras certezas, nuestro cierre perfecto, nuestro tema resuelto habría empezado a zozobrar.

Claro que quedaban cosas por contar en esa hora y media. No digo de explorar, de experimentar, de vivir. Digo de contar, de narrar y a eso vendría a responder la última y gloriosa hora y media. Aunque eso… eso es otra historia que ya os contaré en otra ocasión.

Ángel Chatarra

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