Nunca en horas de clase

Título original: Nunca en horas de clase

Año: 1978 (España)

Director: José Antonio de la Loma

Productor: Marcelino Riba-Abizanda

Guionista: José Antonio de la Loma   

Fotografía: Juan Gelpí

Música: New Trolls

Intérpretes: Nadia Windel (Angélica), Inma de Santis (Susy), Nuria Mora (Yvonne), Carlos Ballesteros (director del colegio), Isabel Mestres (Celia), José Luis López Vázquez (ligue de Angélica), Xavier Cugat (presidente del colegio), Gaspar ‘Indio’ González (traficante de droga), Rosa María Espinet (Adelaida), Alicia Agut (Encarna), Rafa Rodríguez (Tony)…   

Sinopsis: Angélica, Susy e Ivonne, tres estudiantes poco disciplinadas de un colegio de pago barcelonés, pasan casi todas las tardes bailando en discotecas cercanas a su barrio. Al contrario que otras chicas de su edad, ellas prefieren alternar con hombres mayores y adinerados, pasando totalmente de los imberbes chicos de su colegio.

José Antonio de la Loma escoltado por dos de las protagonistas de “Nunca en horas de clase”, Nadia Windel (a su izquierda) e Inma de Santis (a su derecha)

El rotundo éxito a escala mundial de Fiebre del sábado noche (Saturday Night Fever, John Badham, 1977), unido a la enorme popularidad que ya de por sí la música disco ostentaba a finales de los setenta, allanó el terreno de cara a la aparición de émulos ávidos de hacer caja rápida apuntándose a la moda de las bolas de espejos y luces de neón en la pantalla. Surgen, de ese modo, exponentes de muy distinto pelaje, tales como Por fin ya es viernes (Thank God It’s Friday, Robert Klane, 1978), una de las mejores réplicas al film de Badham, producida bajo el paraguas de la poderosa compañía discográfica Motown; o Disco Godfather (Disco Godfather, J. Robert Wagoner, 1979), otra tosca incursión en celuloide blaxploitation del hoy en día popular cómico Rudy Ray Moore -gracias a Yo soy Dolemite (Dolemite Is My Name, Craig Brewer, 2019), su reciente biopic producido por Netflix-, entre otras muchas raudas respuestas norteamericanas. No tardaría en llegar la fiebre al viejo continente, asentándose con especial fuerza en Italia -véase John Travolto… da un insolito destino [vd: John Travolto y su insólito destino, Neri Parenti, 1979][1], película nacida con descarada vocación de facsímil mediterráneo de las andanzas de Tony Manero-, país donde no en vano florecería posteriormente una autóctona reformulación del género musical, el italo-disco. Y llegó del mismo modo, aunque más tímida y tangencialmente, al mundo de habla hispana mediante algunas cintas como Nunca en horas de clase (José Antonio de la Loma, 1978) o la argentina La discoteca del amor (Adolfo Aristarain, 1980)[2].

En Nunca en horas de clase, De la Loma sintetiza a la perfección casi todo lo comentado anteriormente: con el oído puesto en la banda sonora de los Bee Gees para Fiebre del sábado noche, contrata los servicios de los New Trolls[3], banda italo-disco cuyos falsetes vocales y arreglos instrumentales en “Ha Ha Ha”, canción más o menos medular en la película, “recuerdan” poderosamente al estilo de los hermanos Gibb en la citada banda sonora; y con la vista puesta en las espectaculares secuencias de baile en la discoteca dentro del mismo y fundacional film, el director catalán reincide varias veces a lo largo del metraje en “similares” coreografías dentro de la barcelonesa sala Menfis[4]. Aunque, tal y como era previsible, comenzaremos por indicar que a lo largo del visionado de Nunca en horas de clase no encontramos ni el menor rastro del encanto kitsch que el film de Badham atesoraba. Seguro que tampoco era el objetivo último de De la Loma, un director que se movió como pez en el agua, y de manera muy lucrativa en ocasiones, dentro de la exploitation hispana durante varias décadas, pero cuyo cine no está exento de un reiterado mensaje personal que le otorga cierto grado de autoría. En la presente película, al igual que en la posterior Perras callejeras (1985), De la Loma insiste en uno de esos rasgos distintivos en su obra, delegando el protagonismo en un trío de féminas, de dudosa moral en ambos casos. Podríamos decir que, si bien la explotación instantánea era el fin perseguido en Nunca en horas de clase, en lugar de optar por un trasunto de Tony Manero, el director se decantó por una versión femenina del mito; del mismo modo que, cuando se vio obligado a seguir explotando el que sin duda fue su mayor éxito, Perros callejeros (1977), modificaría ese modelo en Perras callejeras por medio de una transgresión de género dentro de ese cine quinqui que él mismo había creado.

Aunque dentro de un estrato social más acomodado, muy distinto del lumpen quinqui, también se pretende en Nunca en horas de clase poner en cuestión las bajas pasiones que exhiben las desvergonzadas niñas de papá protagonistas, Angélica (Nadia Windel), Susy (Inma de Santis) e Ivonne (Nuria Mora), quienes sin llegar a delinquir demuestran una similar falta de escrúpulos no muy alejada del mundo de los barrios deprimidos. Las tres chicas de vida alegre se dedican a chantajear emocionalmente a hombres maduros bien posicionados, ocasión que De la Loma aprovecha para articular una denuncia social muy similar a la esgrimida en su film previo sobre las correrías de “el Torete”, advirtiendo con carácter pedagógico del peligro que entraña para la sociedad el no poner remedio a estas conductas por medio de la educación[5]. Efectivamente, los padres de estas jóvenes descarriadas no es que estén excesivamente atentos a los quehaceres diarios de sus hijas, a las que, a pesar del esfuerzo de sus progenitores, nunca les falta el dinero para convertirse en reinas de la pista y alternar todas las tardes en la discoteca -costumbre y horario impensable en la actualidad- con personajes como el que interpreta José Luis López Vázquez, al que primero embaucan con el reclamo de sus encantos femeninos y más tarde despluman sin llegar a consumar el acto sexual.

Este habitual discurso paternalista y redentor del cine de De la Loma se desploma, exactamente igual que ocurría en Perros callejeros, cuando, fiel al espíritu sensacionalista y de consumo rápido de sus películas, se dedique a mostrar generosamente y con todo lujo de detalles la epidermis de estas jóvenes; por no hablar de que esa posible solución al conflicto juvenil basada en la educación se cae por su propio peso en el momento que el director del colegio (Carlos Ballesteros) donde estudian las chicas acabe en la cama con una de ellas. Al describir esta típica praxis cinematográfica de De la Loma, surgen inevitables paralelismos (temática escabrosa o sexual, mimetismo de filones foráneos…) con la obra del que fuera, no por casualidad, su mentor en la profesión, Ignacio F. Iquino; no hay más que echar un vistazo a Los violadores del amanecer (1978), película dirigida por éste último y construida bajo dudosas premisas de este tipo. Sea como fuere, nos encontramos en plena era del destape español (las revistas eróticas pasan de mano en mano durante las clases en la escuela), y es seguro que a día de hoy una cinta como ésta resultaría de lo más políticamente incorrecta…

Nadia Windel, actriz de carrera misteriosa sobre la que apenas existe información, ya había aparecido en Perros callejeros como la novia de “el Torete”, y su filmografía se limita tan solo a estos dos títulos. En Nunca en horas de clase ejerce como protagonista indiscutible, hecho que De la Loma reafirma al reservarle casi todos los primeros planos y escenas subidas de tono, en detrimento del personaje, de idénticos rasgos libidinosos, que incorpora Inma de Santis. Nuria Mora (cuya inclusión en el reparto es fruto de su victoria en un concurso de talentos que se organizó expresamente para la película en la también barcelonesa discoteca Trauma) permanece en un discreto plano secundario a pesar de andar siempre en compañía de las otras dos fatales chicas, posiblemente porque representa a la más estudiosa de las tres, y del mismo modo nunca se le ve flirtear con hombres mayores. Las coreografías de la película son de carácter coral, como si de repente todos los jóvenes de la discoteca se pusieran a bailar coordinadamente; en las que hay momentos donde apenas podemos ver bailando al trío femenino protagonista, dando la sensación de que para tal fin se hubiera contratado a especialistas en la disciplina. Ello demuestra que, en realidad, las coreografías están metidas con calzador para aprovechar el tirón por la época de la cultura disco dentro de un argumento que va por otros derroteros. Dichas escenas de baile están dirigidas por el coreógrafo francés Jacques Fabre. Más extraña resulta la presencia en el reparto de Nunca en horas de clase del mítico dibujante y director de orquesta hollywoodiense Xavier Cugat, aunque su personaje, presidente del colegio privado y voyeur que disfruta observando a las jovencitas del mismo, no dista mucho de la trayectoria novelesca y mujeriega que siguió en su vida real. El único personaje que denota algo de cordura y coherencia es la maestra que interpreta Isabel Mestres, prototipo de mujer independiente y liberada que, al contrario que sus alumnas, no se ve impelida a prostituirse emocionalmente.

Película no apta para paladares gourmet, pero que sin embargo ofrece un no muy desencaminado fresco cultural y sociológico de la juventud del momento; cantidubi, dabuten o demasié son algunas de las trasnochadas palabrejas que usa en ella la chavalería; esa eterna guerra entre pijos y rockeros, representada aquí en el exquinqui (Rafa Rodríguez, el otro ganador del concurso de talentos citado anteriormente) empleado por el padre de Angélica cuando acompaña a la chica a una discoteca de barrio “para jóvenes progres”, en palabras del speaker, donde, además de la habitual música disco, se ofrece la actuación de un cantante de maneras muy punk que se hace llamar Serafín, “el rey del huevo frito”[6]. Nunca en horas de clase también podría considerarse como una especie de (per)versión autóctona y discotequera de los desmadres juveniles que ofrecían películas como American Graffiti (American Graffiti, George Lucas, 1973) o Grease (Grease, Randal Kleiser, 1978).

                                                               Francisco Arco

[1] Cuya banda sonora venía firmada por Paolo Vasile, futuro consejero delegado y mandamás de Telecinco en España.

[2] En Argentina, y aunque con muy leves guiños a la música disco, se estrenó, además de La discoteca del amor, una especie de continuación de ésta, Las vacaciones del amor (Fernando Siro, 1981), con la presencia en el reparto de ambas de nuestro Camilo Sesto. Las dos películas eran consecuencia directa de la anterior La playa del amor (1979), también dirigida por Aristarain. De similar enfoque se podría considerar Bárbara (Gino Landi, 1980), coproducción italo-argentina con protagonismo de la diva del disco mediterráneo Raffaella Carrà.

[3] Banda que inició su carrera en Italia a finales de los años sesenta, practicando en principio una mezcla de rock progresivo y música clásica para más adelante abrazar sin remilgos el furor disco de la época. Pasaron por el programa musical Aplauso de TVE, tocando el referido tema central de Nunca en horas de clase: https://www.youtube.com/watch?v=Njol-mV0rhk

[4] En los títulos de crédito finales se indica que asimismo se rodaron partes en otras dos discotecas de Barcelona: Trauma y Zafiro. A ésta última volvería De la Loma para ambientar una escena de esparcimiento nocturno en su siguiente película, Perros Callejeros II (1979).

[5] José Antonio de la Loma había sido, previamente a su trabajo en el cine, profesor en uno de los barrios más desfavorecidos de Barcelona, El Raval, también conocido como Barrio Chino. De ahí posiblemente provenga el interés por retratar en sus películas la delincuencia juvenil y el argot barriobajero.

[6] Apelativo sospechosamente similar al que se suele usar como sobrenombre para el cantante Ramoncín, sobre todo a raíz de la publicación de su primer disco, Ramoncín Y W.C.? (1978), el cual incluía la canción El rey del pollo frito. En la película, la banda que actúa en la discoteca está liderada por Marce y Chema, dúo de música rockabilly y twist en activo por entonces.

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