Cazar un gato negro

 

Sinopsis: Una gran cantante de ópera intenta suicidarse por culpa de una crisis. Mientras está internada en una clínica psiquiátrica, su bella hija se acerca con voluntad ambigua al hombre a quien considera culpable de la situación en la que se encuentra su madre.

 


Título original: Cazar un gato negro
Año: 1976 (España)
Director: Rafael Romero Marchent
Productora: Munder Films, S. A.
Guionista: Santiago Moncada
Fotografía: Rafael Pacheco
Música: Phonorecord
Intérpretes: Sue Vanner (Ana), Alberto de Mendoza (David), Julia Gutiérrez Caba (Marta), Luis Prendes (doctor), Eduardo Bea (Pedro), Helga Liné (Gabriela), Antonio Vico (Miguel), Raquel Rodrigo (internada), Alfonso Estela (anticuario), Barta Barri (cronometrador), Carmen Sorell (camarera)…

Casi sin descanso, tras la finalización de El límite del amor (1976), y de nuevo bajo el padrinazgo de Munder Films, curiosa productora cuya escueta filmografía compuesta por tan solo cinco films tendría la particularidad de contar con Santiago Moncada como guionista de todos ellos menos uno[1], Rafael Romero Marchent encaraba la realización de Cazar un gato negro (1976). El título en cuestión hace referencia a la indudable dificultad que entraña el atrapar a un minino de ese color dentro de una habitación con la luz apagada, símil con el que el director de la institución mental en la que se encuentra recluida la madre de Ana, la protagonista de la película, trata de explicar a esta el estado mental que padece su progenitora, antigua estrella del bel canto, al tiempo que es utilizado para simbolizar la naturaleza de la venganza emprendida por la muchacha.

Consciente del deseo que su belleza y su cuerpo despierta en la libido de los hombres, Ana, con sus apenas diecinueve años, tejerá un plan con el que, aprovechándose de su atractivo, pagar con la misma moneda al hombre al que responsabiliza de la situación actual en la que se encuentra su madre; un casanova de elevada posición social llamado David, amante de los coches y los caballos, cuyo abandono produciría en la mujer tal conmoción que la llevaría a intentar quitarse la vida cortándose las venas, propiciando así su ingreso en el psiquiátrico y, con él, el final de su carrera artística. En su afán por devolver con creces el daño infligido, la joven tampoco olvidará buscar una víctima inocente como ella misma lo fue en su momento, papel que irá a recaer, como no podía ser de otra manera, en la figura del hijo del antiguo amante de la soprano, un muchacho cuyo candor e inocencia contrasta con el carácter conquistador que se le presupone a su padre.

No cabe duda de que si este argumento hubiese sido llevado a cabo unos pocos años antes su desarrollo hubiera sido bien distinto. Sin embargo, el hacerlo en plena Transición motivaría que su tratamiento se plegara a las modas imperantes en el cine español de la época, perdiendo con ello buena parte de sus atractivos y consiguiendo a cambio únicamente cierta sensación de indefinición genérica. De este modo, en lugar de los términos en los que se produce la vendetta, el interés de la película se pierde en los coqueteos amorosos de su personaje principal con unos y con otros, entre los que se encuentran, además de los consabidos playboy e hijo, el director la clínica y un joven fotógrafo con el que mantendrá sus primeros escarceos sexuales. A través de estos contactos, Ana tomará conciencia de los peligros que encierra el juego que ha ideado, tal y como quedará expuesto en la significativa secuencia en la que, haciendo honor al título de la película, e influida por los comentarios del psiquiatra, se disponga a cazar a oscuras al gato negro que tiene como mascota. Si bien el combate se  resolverá de manera favorable a sus intereses, las numerosas magulladuras y arañazos sufridos durante el envite harán que, interpretando los daños físicos como un preludio de los daños emocionales que la aguardan, reconsidere su posición y aparque siquiera momentáneamente sus ansias vengativas.

A pesar de que, como ya ha se ha insinuado, el fruto resultante diste mucho de estar a la altura de las expectativas creadas por su sugerente punto de partida, esto no quiere decir que Cazar un gato negro se encuentre ausente de elementos de interés, ni mucho menos. El más llamativo de todos, al menos a simple vista, se encuentra en la soberbia composición que la gran Julia Gutiérrez Caba efectúa de la desequilibrada madre de Ana. Y no solo por la magistral ambivalencia con la que expresa los cambios de comportamiento que sufre su difícil rol, en los que pasa de una aparente normalidad a una abstracción absoluta con pasmosa facilidad; también por lo convincente que resulta su actuación en aquellos momentos en los que debe desenvolverse encima de un escenario con la soltura propia de una consumada cantante de ópera como la que interpreta. Todos estos atributos quedan puestos de manifiesto durante el clímax de la película, en  el que la cantante se suicidará ante los ojos de su hija, coincidiendo con el instante en el que escenifica la muerte de Madame Butterfly durante una representación amateur de la ópera de Puccini, con motivo del veinticinco aniversario de la clínica en la que se encuentra internada.

Pero no será este el único momento en el que la realización de Rafael Romero Marchent se vale de motivos operísticos con análogas intenciones, dentro de una labor en la que solo hay que reprocharle, por un lado, la saturación a la que somete a un recurso en principio tan elegante como es la unión de dos escenas en principio separadas por una elipsis visual a través de los diálogos, y por otro, sus inapropiados intentos por evidentes de dotar de unas dosis de intriga a la trama mediante la puesta en escena –cf. el misterio con el que desvela que el padre del jovencito con el que tontea la muchacha es el playboy en la secuencia en la que el chico acude a su casa tras haberse saltado las clases para pasar la tarde con ella, como si este parentesco no hubiese sido dado por supuesto desde el primer instante-. Idéntico apropiamiento al ya comentado se dará justo a continuación de la escena descrita, si bien de una forma extradiegética, con el empleo de “Libiamo ne’lieti calici”, el célebre brindis de La traviata de Verdi, como fondo sonoro con el que acompañar los últimos compases de la cinta, resueltos a base de pequeños fragmentos en los que se invoca el enésimo trío sentimental de la filmografía de su director, en este caso con unas connotaciones aún si cabe mucho más escandalosas que de costumbre. Espoleada por la muerte de su madre, la protagonista iniciará una vida en común con David y su vástago, formando un mènage á trois que se presta a una doble lectura. ¿Su existencia supone la definitiva constatación de la revancha largamente acariciada por Ana o, por el contrario, es el fruto de una atracción verdadera en la que cada uno de los hombres representa un tipo de amor distinto para la joven, incorporando el experimentado padre la pasión y el deseo sexual, y el virginal chiquillo, por su parte, el ideal romántico deseado?

José Luis Salvador Estébenez

[1] Aunque en la indispensable y muy instructiva obra de Esteve Riambau y Casimiro Torreiro Productores en el cine español. Estado, dependencias y mercado (Ediciones Cátedra, Madrid, 2008), no se recoge en ningún apartado dato alguno sobre esta firma, todo parece indicar que estaba relacionada con Santiago Moncada de alguna forma. Sin ir más lejos, la distribución de la mayoría de sus películas correría por cuenta de Mundial Filmes, compañía propiedad de Herminio García Calvo, socio a su vez del dramaturgo madrileño en la productora individual nominativa de este, Santiago Moncada P. C.. Para más inri, se da la coincidencia, según lo recogido por sus autores en el citado libro, que Moncada había sido guionista habitual y ocasional coproductor de la mayoría de películas financiadas por Mundial Filmes durante el periodo comprendido entre 1971 y 1977, por lo que las conexiones resultan bien claras. Un último dato que parece reafirmar esta teoría es que la siguiente colaboración entre Rafael y Romero Marchent y Moncada, El calor de la llama (1977), fue producida y distribuida directamente por la empresa de García Calvo.

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