Entrevista a María Elena Arpón

La carrera de María Elena Arpón fue fulgurante. Además de protagonizar varias campañas publicitarias, en poco más de seis años en activo participó en una quincena de películas compartiendo pantalla con algunos de los más importantes actores y actrices de nuestro país, caso de Alfredo Landa, Fernando Fernán-Gómez o Lina Morgan, trabajando a las órdenes de directores de la talla de José María Forqué, Pedro Lazaga, Chicho Ibáñez Serrador o Javier Aguirre. Sin embargo, tan rápida como su irrupción en el medio fue su salida, y coincidiendo con los estertores del régimen franquista el nombre de María Elena desaparecía de las carteleras de cine sin dejar rastro. No obstante, lejos de caer en el olvido, la presencia de aquella muchacha de piel blanca, melena castaña y ojos azules se ha mantenido bien viva en la memoria de los aficionados a lo largo de todo este tiempo. Sobre todo entre los seguidores del fantástico, merced a su participación en tres de las obras cumbre del género en su vertiente española: La residencia (1969), El jorobado de la morgue (1973) y, muy especialmente, La noche del terror ciego (1971), en la que su papel de Virginia le ha asegurado un lugar privilegiado en la historia del fantaterror.

Tras cinco décadas en el más absoluto anonimato, María Elena recuerda para nosotros su trayectoria como intérprete así como los motivos que propiciaron su temprana retirada del oficio.

En la mayoría de bases de datos de internet figura que naciste en Barcelona. Sin embargo, en algún reportaje de tu época como actriz se mencionaba que eres leonesa. ¿Cuál es realmente tu lugar de nacimiento?

La realidad es que nací en un tren en la provincia de León. Mis padres iban a pasar el verano con mi abuela, que vivía en Valencia de Don Juan, y se ve que a mí me entraron las prisas por salir y nací en el tren. A mi madre le dio tiempo de llegar a la estación de Valderas y luego el jefe de estación fue mi padrino. Así que soy de León, aunque he vivido casi toda mi vida en Madrid.

Me vine a Madrid a los dieciséis o diecisiete años, porque tenía a una tía viviendo aquí que era muy maja. Solamente tenía un hijo y a mí me quería mucho. Yo me venía a pasar unos días con ella, pero muy de vez en cuando, porque mi madre era muy estricta y mi padre más todavía. Pero a mí me gustaba Madrid y, como mi hermano estaba aquí estudiando, aproveché para instalarme.

Según creo, originalmente tú no pretendías ser actriz, sino que te ofrecieron trabajar de ello cuando eras recepcionista…

Exactamente. Yo me puse a trabajar en los Estudios Moro un poco de recepcionista, un poco de relaciones públicas. Y estando allí me ofrecieron aparecer en la película de Los Bravos Dame un poco de amooor…! (1968), que se estaba rodando en esos momentos en los estudios. Les dije que vale, y me sentaron en un rinconcito sin maquillarme ni nada; solo con el maquillaje que llevaba yo puesto de casa. Esa fue la primera película que hice. Para la segunda vino Chicho Ibáñez Serrador y le pidió permiso a mi jefe, Santiago Moro, para que me dejara trabajar en la película que iba a hacer. Creo que ellos tenían algo de coproducción y el que yo trabajara en la película no les equivalía a perder un empleado, sino que era empleada y, además, hacía la película. Así que mi jefe le dijo a Chicho que, si yo quería, por él no había ningún problema. Entonces Chicho me preguntó si quería hacer la película, le contesté que sí, y la hice.

Esa película que hiciste con Chicho es La residencia. ¿Qué recuerdos guardas de ella?

Muy buenos. Fue muy graciosa de hacer, porque ya sabes que antes el desnudo estaba totalmente prohibido. Había una escena en la que todas las alumnas del internado nos bañábamos en unas duchas. Pero nos bañábamos con camisón. Así que para que no se nos notase el vello del pubis nos ponían un esparadrapo, que luego para quitarlo no veas (risas). Lo que nos reíamos y lo que lloramos…

¿Y qué tal fue la experiencia de trabajar con Chicho Ibáñez Serrador?

Chicho era un adelantado a los años que vivíamos. Aunque también tenía una mala leche… pero para bien. Le gustaba mucho pinchar. Cuando tú, por ejemplo, hacías una escena mal o te distraías por lo que fuera, te echaba una bronca que no veas. Pero lo hacía para que espabilaras. Nunca era nada personal, sino de trabajo. Pero tenía muy mala leche.

“La residencia”

Él mismo año que participas en La residencia también intervienes en la comedia protagonizada por Alfredo Landa y Lina Morgan Soltera y madre en la vida (1969)…

¡Ay!, me encantaba trabajar con Lina Morgan. Lo que me reía con ella. Era muy simpática, muy viva y muy pizpireta. A la hora de trabajar era muy seria, pero luego en la comida te soltaba una de las suyas y tenías que reírte. Había veces que estando comiendo se levantaba, daba la vuelta a la silla y se ponía a hacer aquello que hacía con las piernas y me mondaba de risa. Alfredo Landa también era majísimo. En la película yo le ponía una inyección, y, cuando fuimos a rodar la escena y me vio con la aguja, me dijo en broma: “¿No me la irás a clavar de verdad?”

Tras estos primeros pasos en el oficio, ¿cuándo decides dedicarte de lleno a la interpretación?

Mientras trabajaba en los Estudios Moro un día vino un periodista a hacer una entrevista a Charlton Heston, que se encontraba rodando allí. Y este periodista  me vio por ahí zascandileando, porque en mis horas libres yo me recorría los estudios fisgando todo. Por ejemplo, Atahualpa Yupanqui dio un concierto que se hizo en los estudios y, como todo el mundo estaba como loco con él, yo me fui a ver quién era. Total, que este periodista me vio y me preguntó si había trabajado en el cine. Le dije que no, aunque había hecho dos cosas con Forqué y Chicho Ibáñez Serrador. Me preguntó si tenía agente y le respondí que eso qué era (risas). Me lo explicó, me dijo que normalmente cobraban el diez por ciento, y que él era agente y llevaba a Rocío Dúrcal. Yo estaba indecisa y él me recomendó que se lo preguntara a mis padres. “Me van a decir que no”, le respondí, porque mi padre no quería que hiciera cine. Sin embargo, no me dijo nada.

Este hombre, que se llamaba Manuel Sellés, me comentó que le habían preguntado por una chica para hacer un anuncio de Espléndido Garvey. “¿Tú quieres hacerlo?” “Pues no me importaría”, le contesté. Y al día siguiente me llamaron para hacerlo. Hice el anuncio, quedó muy bonito, pero mis jefes no lo sabían y resulta que eran competencia, aunque yo tampoco lo sabía. Así que al poco tiempo me botaron. No pasó ni tres meses. Y ahí fue cuando empecé a ponerme ya en serio como actriz, pero porque me ayudó este señor, Manuel Sellés.

¿Y cómo se tomaron tus padres que te hicieras actriz?

No muy bien. A mi madre sí le gustaba relativamente, porque ella había cantado en un coro y, bueno, yo un poco estaba haciendo lo que ella hubiera querido pero mi abuelo no le dejó. Pero bueno, agua pasada no mueve molino.

“Crimen imperfecto”

Curiosamente, una vez establecida ya como actriz, entre las primeras películas en las que intervienes encadenas varios títulos en los que coincides con Fernando Fernán Gómez de protagonista: Por qué pecamos a los cuarenta (1970), Pierna creciente, falda menguante (1970) y Crimen imperfecto (1970). ¿Fue casualidad?

Pues sí, porque era un tío muy borde. Era muy soberbio. Conmigo no tuvo nada, porque yo no he tenido nunca ningún problema con nadie. Pero yo le veía que pegaba cada rabotazo que pensaba: “Pero, bueno, ¿este quien se ha creído que es?”

En casi todas las películas en las que participaste tu papel siempre solía ser el de jovencita un poco desvalida e inocente. Precisamente, la mencionada Crimen imperfecto juega con esa imagen de tu personaje. ¿Te sentiste de algún modo encasillada?

…Y encima me matan en casi todas. En el fondo no me dejaron ser yo. Yo creo que tenía un abanico muy amplio para poder hacer otro tipo de cosas. Y a mí me gustaba la comicidad. Me habría encantado hacer otro tipo de papeles que no fueran de niña buena y pijita.

Por cierto, ¿llegaste a recibir clases de interpretación en algún momento o eras autodidacta?

Cuando estaba en el colegio hacíamos obras de teatro. Como era de monjas, eran un poco cursis. Y en una de estas obras, cuando yo tendría unos cinco años, tuve un papelín en el que decía: “¡Quién fuera colibrí!” Y desde entonces me quedó el apodo de colibrí. Y luego después en Cuellar, en la provincia de Segovia, con Acción Católica hicimos una obra de teatro en la que yo hacía un papel, cuando tendría catorce o quince años. Y me lo pasaba muy bien, aunque no me dejaban mis padres, pero yo me colaba. Es más, cuando me preguntaban de pequeña qué quería ser de mayor yo respondía que artista o monja. Y mira por dónde salió artista, aunque fuera en un periodo cortito. En cualquier caso era autodidacta.

“La montaña rebelde”

Retomando tu carrera, tras desempeñar hasta entonces roles secundarios, tu primer papel protagonista llega con La montaña rebelde (1971), en la que, incluso, se promocionaba como tu presentación en pantalla. ¿Cómo te surgió esta oportunidad?

Me la buscó Sellés. Bueno, en realidad, él no tenía que llamar a nadie, sino que le llamaban a él los productores buscándome. Es más, yo no he hecho nunca jamás un casting. Nunca. En esta película recuerdo que estuvimos tres meses rodando en Asturias y lo pasé genial. El director, Ramón Torrado, era un cielo de persona. Fue como mi segundo padre de lo que me cuidaba. En esta película, por cierto, nos pasó una anécdota muy graciosa. Un día que teníamos libre nos fuimos cuatro o cinco del equipo de la película a conocer los pueblos de la zona. Nos dieron las ocho y pico y llevaba un hambre que no veas. Fuimos buscando en los pueblos pan aunque fuera. Otra de las actrices de la película, María Mahor, que era un encanto de persona, me preguntaba: “¿Tanta hambre tienes?” Y eso que engordé seis kilos haciendo La montaña rebelde. Me decía la sastra: “Como sigas engordando yo no te saco más los vestidos” (risas).

Ese mismo año ruedas una de tus películas más populares, al menos para los aficionados al cine fantástico. Me refiero a La noche del terror ciego de Amando de Ossorio. ¿Cómo era Ossorio dirigiendo? Te lo digo porque hay actores que trabajaron con él que se quejan de que no os hacía caso y solo se dedicaba a sus criaturas…

No, no. Para mí, desde luego, fue una persona muy agradable y muy buena. Cada uno tiene un concepto, pero el mío era que era muy agradable y estuve muy a gusto trabajando con él. No tuve ningún problema. Tampoco me hacía repetir tanto las escenas. Una o dos que me hizo repetir un par de veces, pero no más.

Durante la primera parte de la película tu personaje se encuentra prácticamente solo, sin apenas interactuar con nadie, ya sea recorriendo y reconociendo Berzano o, luego más tarde, huyendo de los templarios. ¿Cómo fue el interpretar esta parte? ¿Tuviste que ensayar mucho?

Se ensayaron los pasos un poco. O sea, por dónde iba a pasar, hasta dónde tenía que llegar, por dónde tenía que entrar para que me siguieran y cosas así.

¿Y luego, cuando tu personaje revive?

Ahí me dio la mala leche (risas). Recuerdo que los muñecos que había en la fábrica de maniquíes donde me queman me imponían y también me imponían las manos de los templarios. Una vez me rozó uno y, de verdad, el estremecimiento lo noté. Y cuando vi el cementerio igual; me dio un repelús de repente… Por eso te digo que en esta película no me tenían que decir qué tenía que hacer, como que me daba mucho miedo o gritar; ya me salía a mí sola de lo metida que estaba en ese ambiente.

Como anécdota te diré que uno de los actores que hacía de templario era un poco bromista. No me imponían las caras de los templarios, aunque bueno, por la noche y demás un poco sí; pero ahora, con las manos sentía repelús. Y este hombre cada vez que tenía ocasión me sacudía con una mano. Y se me llevaban los demonios, aunque, bueno, lo hacía de broma. Pero basta con que le dijera que no me lo hiciera que él lo hacía. Una vez me puso la mano por el cuello y no te puedes imaginar el salto que di del susto que me pegó. Pero no era miedo, era repelús, porque estaban hechas como de látex endurecido y el tacto no era agradable, te lo puedo asegurar. Por lo menos para mí.

“La noche del terror ciego”

En la película protagonizas una escena en la que apareces desnuda de espaldas…

A mí no me gustó porque no me apetecía.

Si no me equivoco, es la única escena a lo largo de tu carrera en la que, aunque sea de este modo, sales desnuda…

Es que me negué a hacerlo. No por nada, ni porque fuera una estrecha o lo que sea. Es que no me sentía libre trabajando. Esta fue la primera y la última, porque no rodé ninguna más. Transparencias, escorzos y demás, vale, pero pasearme desnuda no. Es más, en La noche del terror ciego estuvieron como una hora convenciéndome, porque en un principio dije que no. Así que exigí que, si yo tenía que hacer esa escena, no quería gente allí. Y cuando la hicimos había solo un operador y una chiquita, ni siquiera Ossorio, que estaba entre las ruinas, metido en una especie de bóveda pequeñita que había, viendo la escena.

¿Tú no sabías entonces que tenías que rodar ese plano desnuda de espaldas desde un principio?

A Sellés le habían dicho que no había doble versión. Esperaron a que él se fuera y cuando lo hizo me lo plantearon. Y cuando se lo comenté a Sellés y le reproché que él me hubiera dicho que no había doble versión cuando resultó que sí la había, me preguntó si la había hecho. “Pues lo he tenido que hacer”, le respondí. “Pues, primero, te tenían que haber pagado el doble. Eso para empezar. Y segundo, si tú te niegas no tienes por qué hacerlo cuando no estaba estipulado desde un principio”.

Es una escena que, además, yo no entendí. Vamos a ver. ¿Tú te vas a la montaña y te desnudas para ponerte el pijama? Entonces, ¿cómo en un sitio así, en el que mi personaje está sola, se va a atrever a desnudarse y a hacer lo que hace? Nunca lo he entendido. Quiero decir que esa escena no viene a cuento. Lo único que se ve son dos cachetes ahí bien puestos en medio del fuego y yo puesta de espaldas. Que, además, es una tontería…

“La noche del terror ciego”

En la escena de La noche del terror ciego en la que los templarios te persiguen para capturarte apareces montando a caballo. ¿Sabías ya montar o aprendiste para hacer la película?

No me acuerdo para qué película tuve que aprender a montar a caballo. Me acuerdo que tuve que ir tres o cuatro días a una hípica a aprender a sujetarme. Pero En La noche del terror ciego cometí un error, aunque no lo sabía. Es en la escena en la que me tiro del tren. Había una chica, que era especialista, que era la que lo iba a hacer. Sin embargo, dije que yo me tiraba. “¿Te atreves?” “Pues sí.” Y me tiré. Entonces empecé a oír murmullos y pensé: “¿Qué habré hecho?” Y uno de los especialistas, que se llamaba César, me lo comentó. Resulta que los especialistas cobraban por escena en la que intervenían y al haber hecho yo la escena le había quitado el trabajo a aquella chica.

Sin embargo, la arriesgada escena en el que los templarios te desmontan al galope del caballo también la hiciste tú por lo que se puede apreciar, ¿no?

El salto del caballo sí, aunque no me acuerdo muy bien. La carrera seguro que sí. Llegué un poquito más allá de la pradera hasta que Ossorio me dijo que me iban a doblar no fuera que me pasara algo. Así que la que sale cabalgando en la pradera no soy yo, sino la misma chica que tenía que hacer el salto del tren. Pero cuando me cogen del caballo y me tiran, en ese momento, sí.

Poco después de La noche del terror ciego ruedas a las órdenes de Rafael Romero Marchent el thriller Disco rojo (1972)…

Sí, que, por cierto, el sinvergüenza del productor me dejó a deber nueve mil pesetas de aquellos años. Así que la hice casi gratis. La rodamos toda en Portugal. Hice mucha amistad con Romero Marchent y con el ayudante de producción, que creo recordar que se llamaba Rafa y que era majísimo. Por cierto, que estuve hablando con ellos hace cosa de un año o así. Localicé una agenda que tenía de la época y encontré el teléfono de este ayudante de dirección, así que probé a llamarle a ver si aún existía aquel número. Y sí, existía. Me dijo que les gustaría que nos reuniéramos para ver cómo estaba y demás, y que Romero Marchent estaba con él.

“El jorobado de la morgue”

Disco rojo estaba coescrita y coprotagonizada por Paul Naschy, con el que poco después realizas El jorobado de la morgue, en la que vuelves a incursionar en el cine de terror. De tu participación en esta película se recuerda, sobre todo, aquella escena en la que tu personaje aparece muerto rodeado de ratas…

No sé quién fue el que me dijo el otro día que no eran ratas, que eran cobayas pintadas. Pero unas narices; eran ratas de verdad con todo el rabo de largo, te lo digo yo.

¿En el guion indicaba que tenías que rodar con ratas verdaderas?

Es que no me dijeron nada. Llegué un día a rodar y me dijeron que me tumbara, que me iban a poner unas ratas por encima. Lo pasé mal. Vamos a ver, no me dio miedo, pero me tuve que estar quieta y muy tranquila, aunque los nervios iban por dentro. No me atrevía ni a moverme, porque en el momento que lo hiciera a lo mejor las ratas se sentían amenazadas y me daban un mordisco. Y eso que el ayudante de producción que te decía antes, que también estaba metido en esta película, decía que yo no tenía miedo ni nada. Porque no podía hablar, pero yo decía para mí: “¿Que no tengo miedo?” Recuerdo que les dije que cuidaran que no se me metiera ninguna entre las piernas, porque entonces saltaba y me largaba de allí. Así que me pusieron el camisón cogido de tal forma que no pudiera entrar entre medias ninguna rata. Pero se me paseaban por el cuerpo tan panchas y mientras yo notándolas…

¿Y no te podías negar a rodar esta escena?

Tampoco me importó hacerlo. Lo único que dije es que a la primera que me mordieran me iba, y me respondieron que no me preocupara, que no me iban a morder. No sé, deberían de estar drogadas, porque la verdad es que estaban muy tranquilas. Luego después me dijeron que había tenido mucho valor, porque la peluquera, la sastra, y el resto de mujeres que había por allí en cuanto vieron las ratas salieron corriendo como alma que lleva el diablo. La verdad es que siempre he sido muy atrevida.

Imagino que, al menos, no te hicieron repetirla…

No, salió a la primera. Pero se recrearon un poco, hasta que vieron que se me empezaban a subir a la cara y dijeron que iban a cortar, no fuera que pasara algo.

Curiosamente, al igual que ocurre en La noche del terror ciego, tu personaje en El jorobado de la morgue también muere y hay una escena en la que apareces en un depósito de cadáveres…

Sí, tumbada en una plancha de esas. Eso sí que me dio repelús, porque era un depósito de cadáveres de verdad. No sé si habría algún muerto allí, porque no miré por si me daba algo… (risas) También recuerdo que en otra escena me bajaron por una especie de túnel con una cuerda y se me veía todo el culo (risas).

Ya en 1974 ruedas la que sería tu última película, El pez de los ojos de oro

Sí. El protagonista era un alemán, que le llamaban “el vampiro de la autopista,” y era un poco rarito. Coincidí poco con él, pero recuerdo que me preguntaba que por qué me depilaba. Aunque, más que rarito era un poco engreído, pero un engreimiento muy forzado, como si quisiera hacerse notar.

¿Y por qué tras esta película abandonaste la actuación?

Empezó la época del desnudo y yo empecé a salir con un chico que no le gustaba que hiciera cine. También mis padres cuando habían visto mi culo en la pantalla me dijeron que eso ya no. Precisamente, la última película que me ofrecieron la acabó haciendo Nadiuska cuando yo les dije que por ese dinero no la hacía, que quería el doble, ya que el rodaje era en la Amazonia o no sé dónde, y había que ponerse vacunas un mes antes de viajar allí en avión[1].

La verdad es que me lo pasé muy bien y me hubiera gustado seguir. El problema es que todo fueron coacciones. “Pues no, pues no, pues no…” Luego el desnudo, que ya venía, y todo esto me echó para atrás. Me iba desencantando porque, entre otras cosas, si no hacías desnudos ya no te cogían y yo no quería pasarme la vida desnuda en una pantalla, porque no. A veces me pesa el haberlo dejado, pero bueno, mi vida tenía un principio y un fin, que le vamos a hacer. Pero podría haber seguido y haber sido una gran actriz. Porque, sin tener estudios artísticos ni ir a ninguna escuela de actores, me salían las cosas por espontaneidad.

Tras abandonar la interpretación, ¿a qué te dedicaste?

Me puse a estudiar y después estuve en unos laboratorios farmacéuticos de comercial, dando charlas sobre los productos a la gente en reuniones. Pero es que las reuniones eran de ciento y pico personas para arriba. Las dábamos una chica y yo en un escenario, y yo en el escenario estaba a mis anchas.

Ya por último, ¿qué valoración haces de tu carrera como actriz mirando en retrospectiva?

Pues no sabría decirte, pero creo que, aunque corta, no estuvo mal. Pero yo no soy quién para decirlo; son los espectadores los que la tienen que valorar.

José Luis Salvador Estébenez

[1] A tenor de lo comentado por María Elena, puede que esta película fuera Tarzán en las minas del rey Salomón (1973) protagonizada por Nadiuska junto a David Carpenter y Paul Naschy, si bien su rodaje se llevaría a cabo sin salir de España, en el madrileño Safari Park para ser más exactos, empleándose planos de archivo para recrear la ambientación selvática en la que discurre la historia.

Fotografía cabecera: Jesús Palop

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