Imposible para una solterona

 

Sinopsis: Gina es una mujer soltera de treinta y cinco años con sobrepeso que trabaja como secretaria en una importante empresa. Su vida es muy rutinaria, sobre todo desde que su último novio, Juan, la abandonó aduciendo que nunca podría quererla por su físico. Sin embargo, todo cambia cuando por casualidad un día Gina conoce a un atractivo hombre que parece estar interesado sinceramente por ella.

 


Título original: Imposible para una solterona
Año: 1975 (España)
Director: Rafael Romero Marchent
Productores: Julián Esteban, Luis Méndez
Guionista: Santiago Moncada, según la novela de Luisa-María Linares
Fotografía: Rafael Pacheco
Música: Phonorecord
Intérpretes: Lina Morgan (Gina), Juan Luis Galiardo (Luis), Fernando Fernán Gómez (Manuel), Mara Cruz (Lola), Cris Huerta (Juan), Liliane Meric (secretaria), Rafael Vaquero (Pedro), José Luis Lespe (consejero), Gisela Callejón, Emilio Mellado (camarero), Pilar Otero, Cecilia Fernández, Inma de Santis (voz de la agenda de Manuel), Ramiro Oliveros (hombre en el avión), Rafael Romero Marchent (hombre en el bar comiendo un perrito)…

Durante la segunda mitad de 1975 Rafael Romero Marchent rodaría de forma consecutiva para la Lotus Films de Julián Esteban y Luis Méndez Imposible para una solterona y Un día con Sergio, dos films hermanados en primera instancia por el análogo protagonismo de la pareja formada para la ocasión por Lina Morgan y Juan Luis Galiardo –no por casualidad, representado por aquel entonces por el propio director―, pero también por la existencia de ciertas sincronías argumentales entre ambas, a pesar de que cada una de las películas parta de sendos originales literarios y exhiba un tono bien distinto al de su compañera. En el caso de Imposible para una solterona, la primera entrega del díptico cronológicamente hablando, la obra adaptada sería la novela homónima escrita por Luisa-María Linares y publicada en 1945.

Aunque hoy prácticamente olvidada entre las nuevas generaciones, Luisa-María Linares fue uno de los nombres propios de la novela romántica española de mediados del pasado siglo. Buena muestra de ello es el que su obra fuera traducida en su momento al francés, alemán o italiano, además de ser llevada a la gran pantalla de forma temprana y de modo regular en una veintena de ocasiones a lo largo de tres décadas[1], tanto por parte de la industria española como de la mexicana o francesa, siendo quizás el caso más significativo a este respecto el de Chaque jour a son secret (1958), producción gala protagonizada por uno de sus principales divos en su etapa de mayor apogeo, Jean Marais.

En el caso que nos ocupa, el original literario de Linares sería empleado como base sobre la que cimentar un vehículo al servicio de Lina Morgan, con el que la actriz madrileña pudiera explotar los registros dramáticos que ya hubiera exhibido poco tiempo antes con óptimos resultados en la reivindicable Una pareja… distinta (1974) de José María Forqué. Alejada pues de la imagen por la que es recordada en el inconsciente colectivo, María de los Ángeles López, que tal era su nombre en la vida civil, interpreta a la solterona del título, una mujer de treinta y cinco años con sobrepeso llamada Gina, que trabaja como secretaria en una importante empresa y vive sola con la única compañía de su perro. Sin embargo, su vida da un vuelco cuando se cruza en su camino un atractivo hombre que, casi de inmediato, se interesa por ella. Pese a sus recelos iniciales, Gina acaba por ceder al cortejo del hombre, para descubrir que, en realidad, se trata de un nutricionista que quiere probar en ella una nueva y revolucionaria dieta.

Sin conocer en profundidad los recovecos argumentales de la novela, a juzgar por lo que he podido investigar parece que la película respeta a grandes rasgos su planteamiento de base, centrado en los dilemas amorosos en los que se ve inmersa su, en principio, obesa protagonista. La principal aportación de la adaptación realizada por el guion de Santiago Moncada se encuentra así en la actualización que efectúa del material originario mediante la incorporación de elementos modernos, caso del protagonismo que en el desarrollo de la trama adquiere la televisión, ya que será en un espacio catódico donde Gina deba mostrar ante una báscula que la dieta a la que está siendo sometida es todo un éxito, o el grado de tecnificación del que hace gala la oficina de su jefe, dotada de innovaciones técnicas que, en algunos casos, diríase incluso adelantadas para la época, como una agenda de voz, un aparato de télex o un sistema de videoconferencia.

Precisamente, es en relación con estos elementos donde se encuentran algunos de los apuntes más interesantes que ofrece Imposible para una solterona, destinados en todos los casos a llamar la atención sobre algunas vertientes de la llamada “vida moderna”. De algún modo, el hecho de que la protagonista deba someter los progresos de la dieta a escarnio público en un programa televisivo simboliza la importancia de las apariencias en la sociedad moderna y la instauración y divulgación por parte de los medios de comunicación de unos determinados cánones físicos y de belleza que provocan la marginación de todo aquel que no se adecúe a ellos. Acorde a ello, a lo largo del metraje son varios los momentos en los que el sobrepeso de su protagonista la hacen ser el blanco de burlas, cuando no del desprecio de otros, como, por ejemplo, cuando se disponga a subir a un ascensor en el que solo queda espacio para una persona más, y el ascensorista le niegue la entrada con tono guasón diciendo: “Tú vales por tres, encanto”. O poco más tarde, cuando se encuentre mirando un vestido en el escaparate de una tienda de modas, y el empleado que se encuentra junto al maniquí que lo porta le haga gestos de que no le vale comparando su cintura con la del muñeco.

Quizás, la mejor muestra de la perpetuación de estos cánones en el inconsciente colectivo se encuentra en las razones que el orondo novio de Gina, interpretado por el característico Cris Huerta, esgrima para justificar su decisión de romper con ella: “Me gustan las mujeres altas y delgadas, con las piernas muy largas (…) Nunca me podría enamorar de ti”. Una situación que vuelve a ser puesta de relieve, esta vez en el sentido contrario, con la forma de actuar del dietista al que presta sus rasgos Juan Luis Galiardo, quien no dudará en usar su atractivo para conseguir que Gina haga lo que él quiera, estando dispuesto a acostarse con ella si así consigue que ésta ceda a sus propósitos, tal y como le llega a confesar en un momento determinado. La única excepción que confirma la regla entre estos personajes dominados por las apariencias y la superficialidad la representa el jefe de la protagonista, no por casualidad el único que previamente comprobará en sus carnes los peligros de la sociedad moderna, cuando la dedicación casi obsesiva por su puesto de trabajo le acabe provocando un colapso. Una vez recuperado, propondrá a Gina matrimonio cuando ella haya adelgazado, con la condición, no obstante, de que vuelva a estar gorda, tras advertirle de los problemas que le acarreará su nueva condición física. “Tenemos que defendernos de la vida moderna”, le advierte, en unas palabras que parecen sintetizar el discurso de la película.

Por desgracia, estos apuntes no son moneda suficiente para compensar los defectos que acusa el resultado global del conjunto. Por un lado, por su adscripción a ciertos recursos manidos del melodrama heredados de su fuente originaria, que se traducen en la relativa previsibilidad con la que se desarrolla la historia, así como por la regular aparición de momentos pretendidamente dramáticos de lo más forzados, destinados a procurar el lucimiento de su estrella protagonista. Y, por otro, por el tratamiento que de este material efectúa Rafael Romero Marchent, que si bien se afana en dotar a la película de un look estilizado, incorporando a su puesta en escena tics visuales tan de la época como el uso de pantallas partidas, a la hora de definir a sus personajes cae en lo caricaturesco y el trazo grueso en diversos momentos, como ocurre cuando muestra a Gina comiendo bombones en la cama o al personaje de Cris Huerta zampándose una docena de dónuts, en ambos casos para ilustrar sus malos hábitos alimenticios.

Rafael Romero Marchent, a la izquierda, realiza un pequeño cameo en la película

No es pues de extrañar a tenor de lo expuesto que, si bien Imposible para una solterona cumplió con creces el principal propósito con el que fue concebida, a tal punto que propició la nominación de Lina Morgan a mejor actriz protagonista en los prestigiosos premios del Círculo de Escritores Cinematográficos, su rendimiento en taquilla quedara en cambio lejos de lo esperado, recaudando poco más de diecisiete millones y medio de pesetas sobre un presupuesto de casi doce, según los datos recogidos por Jesús García Orts en su libro monográfico Lina Morgan: de Angelines a Excelentísima Señora (Editorial Club Universitario, Alicante, 2014). Un fracaso comercial que podría explicar el motivo por el que tras, la finalización de Un día con Sergio, la cómica abandonó al cine para centrar su carrera en el teatro, no volviendo a ponerse delante de las cámaras hasta veinte años después con Hermana, ¿pero qué has hecho? (1995), película ya nacida vieja desde su mismo planteamiento y que, a la postre, significó la última aparición de la actriz en el medio.

José Luis Salvador Estébenez

[1] Curiosamente, Imposible para una solterona echaría el cierre al ciclo de traslaciones de la obra de Linares al medio audiovisual, al menos hasta la fecha.

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