Música pop y otras movidas en el cine español de los años ochenta

A falta de poder visionar dos escurridizas y subterráneas piezas de muy posible interés para la finalidad de este dossier, como Percusión (Josetxo San Mateo, 1983), protagonizada por el cantante y guitarrista británico Kevin Ayers, fundador de la banda de rock progresivo/psicodélico Soft Machine, afincado en Mallorca por aquel entonces, y Escrito en los cielos (Santiago Lapeira, 1985), con el grupo de new wave español Christian Dios[1], el cine español sobre música pop de los años ochenta prácticamente está monopolizado por ese arrasador, a la par que lucrativo y, a veces, insoportable fenómeno fan comandado por Hombres G y sus dos insufribles cintas dirigidas por “Papá” Manuel Summers: ¡Sufre, mamón! (1987) y Suéltate el pelo (1988).

Tres de los componentes de Hombres G en una escena de “¡Sufre, mamón!”

La primera de ellas, si bien tiene a ratos su gracia, principalmente por la frescura y el desenfado que desprendían las letras de esta nueva formación para teenagers, rápidamente se diluye en favor del trazo grueso fílmico y los más variados gags de dudoso gusto. Con todo, la cinta puede tener interés para los rastreadores de agrupaciones de culto del periodo; Fiebre Amarilla y Los Desaparecidos, conjuntos a clasificar dentro de una siempre difusa línea de investigación que fluctúa entre lo real y lo ficticio, aportan canciones que suenan en un concurso dentro de la película como directas competidoras de las de nuestros populares “G Men” españoles. La segunda, a raíz del enorme éxito sin paliativos que ya disfrutaba el grupo, incluso fuera de nuestras fronteras, deviene prácticamente en el diario de una gira por México mínimamente aderezada con la ligera historia de una fan menor de edad que se las apaña para acompañarlos durante tal periplo, acarreando posteriormente al grupo a su vuelta a España no pocos problemas. Suéltate el pelo, ostensiblemente peor que ¡Sufre, mamón!, se ve, además, perjudicada por el tono cursi de las nuevas composiciones de Hombres G para la ocasión, más comerciales y mainstream aún si cabe.

Sin embargo, y contra todo pronóstico, el (supuestamente) definitivo movimiento juvenil, musical y cultural por excelencia de ese periodo, la Movida madrileña, tuvo una escasa aclimatación a las pantallas cinematográficas. Al contrario de lo que ocurriría en la televisión, con los míticos programas de TVE La edad de oro (1983–1985) y La bola de cristal (1984–1988) aglutinando a la plana mayor de los artífices y personajes de la “movida”. Por ese preciso motivo, llama poderosamente la atención un film como ¡¡¡A tope!!! (1984)[2], de Ramón Fernández[3], en el que la presencia en su reparto de buena parte de los cabecillas musicales de la corriente- Alaska y Dinarama, Golpes Bajos, Nacha Pop, Gabinete Caligari,  Aviador Dro u Objetivo Birmania, éstos últimos incluso como personajes con peso dentro de la película, apareciendo en varias escenas-, y hasta la recurrente filmación en uno de sus templos de reunión, la discoteca Rock-Ola, es lo que primeramente destaca a pesar de que realmente nos encontremos ante un argumento de enredo estudiantil que poco o nada tiene que ver con las diferentes actuaciones o set pieces de los artistas anteriormente citados, intercalados progresiva y aleatoriamente a lo largo del metraje.

Alaska y los Pegamoides en “Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón”

Es bastante más fácil ver representado el espíritu de la Movida en las primeras películas de Pedro Almodóvar, sobre todo en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), y, aunque en menor medida, en Laberinto de pasiones (1982). No en vano, en el debut en el largometraje del director manchego, Alaska/Olvido Gara ostenta uno de los papeles protagonistas, el de la viciosa y dominatrix cantante punk Bom –acompañada en directo en la película por su banda real por entonces, Los Pegamoides-. Transgresora, carente de autocensura, imbuida de un agradecido tono de cómic, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón posiblemente sea “la película” de la Movida madrileña. Laberinto de pasiones resulta, sin embargo, un tanto fallida, quizás porque es más pretenciosa en sus giros argumentales, pero de la misma manera incorpora en su reparto a “actores” imprescindibles del movimiento: Fabio McNamara (compañero de Almodóvar en su dúo musical), Santiago Auserón (líder de Radio Futura) o “Poch”, nombre artístico de Ignacio María Gasca Ajuria, el donostiarra que revolucionó la Movida con bandas como Derribos Arias o Ejecutivos Agresivos. Además, los dos conjuntos ficticios que aparecen en la película, Ellos y Las Ex, tienen importancia decisiva en el devenir de los acontecimientos relatados.

Imagen perteneciente a “Poppers”

No estaría de más, llegados a este punto, citar una efímera corriente cinematográfica que discurre en una dirección similar y paralela a la trayectoria del mismo Almodóvar, conocida como “cine de la Movida”, que, en atinadas palabras de José Luis López Sangüesa, supone un fenómeno “(…) cuyo nexo común era el sentido puramente lúdico, la estética posmoderna y la influencia del cómix underground y alternativo norteamericano y español -principalmente el de las revistas El Rrollo Enmascarado y El Víbora-, y de la cultura pop en general, sobre todo en su vertiente musical.”[4]. Según el mismo autor, podríamos englobar dentro de esta corriente a directores como Antonio del Real con Buscando a Perico (1981), a Fernando de Bran con Un día en el triángulo (1983), a Joaquín Hidalgo y su ignota película La pantalla diabólica (1985), o, el que quizás sea el caso más destacado para el tema que aquí nos interesa, el de José María Castellví y su original y rompedora Poppers (1984). Película con un look cercano al cyberpunk,no muy alejada estéticamente de las por entonces recientes Blade Runner (Blade Runner, Ridley Scott, 1982) y El ansia (The Hunger, Tony Scott, 1983), que no desdeña en absoluto explotar con profusión una iconografía gay y futurista; supone, además, una reformulación de la historia de “caza del hombre” ya vista en El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, Irving Pichel, Ernest B. Schoedsack, 1932). En ella, podemos disfrutar de algunas canciones de corte post-punk compuestas por su protagonista, Miguel Ortiz, quien firma asimismo la banda sonora incidental. Poppers supone todo un paradigma de rara avis dentro de nuestro cine.

Julia Migenes y José Coronado en “Berlín Blues”

Mención aparte merece también Berlín Blues (1988) de Ricardo Franco. Atípica producción de vocación internacional, ambientada en los años previos a la caída del Muro de Berlín, donde el maestro Lalo Schifrin se hace cargo del score y las canciones blues, aunque de marcado sonido eighties, que la cantante y actriz norteamericana Julia Migenes interpreta en el club que da nombre a la película, regentado por Javier Gurruchaga. Como teclista de su banda, y ocasional amante de la cantante, cuenta con la presencia de un José Coronado venido directamente desde el lado de la capital perteneciente a la República Democrática Alemana.

No nos podemos olvidar tampoco de ese inusual ejercicio sonoro que practica Fernando Colomo con los sevillanos Pata Negra (sin Raimundo Amador) en Bajarse al moro (1988)[5]. En formato de trío, ensayando a todas horas en la terraza de un modesto piso del madrileño barrio de Lavapiés, los miembros del grupo tienen algunas líneas de diálogo e interactúan con los protagonistas de la película, mientras sus canciones oscilan entre lo diegético y lo extradiegético según la banda entre o salga del encuadre.

Hilando ya muy fino, se pueden rastrear casos como el de Hijos de papá (Rafael Gil, 1980), con la hoy en día olvidada banda Charol -con claras reminiscencias de The Police en su sonido- interpretando varios temas, incluido el que da título a la película, diseminados dentro de una historia que pretende resolver la problemática de la juventud rebelde y ociosa con un claro enfoque “nostálgico” y de derechas, como no podía ser de otro modo al estar basada en una novela de Fernando Vizcaíno Casas; también el de Adolescencia (Germán Lorente, 1982), filme a medio camino entre el destape juvenil empalagoso y las peripecias de unos chavales casi quinquis, donde podemos ver a un primerizo Ramoncín interpretando una de sus canciones punk en una discoteca durante los títulos de crédito; incluso el de Sal gorda (Fernando Trueba, 1983), extraño relato que, aunque gira alrededor de la composición de una canción de éxito, incluye muy pocos momentos musicales a excepción del pretendido colofón final con el hit (es un decir) “Entra en mi cuerpo, sal de mi vida”, diseñado por Nacho Cano para la cantante sueca afincada en España Zanna Gregmar, quien posteriormente formó el combo Cinemaspop, agrupación dedicada a versionar famosas piezas pertenecientes a bandas sonoras de películas pero en clave electropop; o el de la disparatada y kitsch, como es habitual en la filmografía de su director, Francesc Bellmunt, Un par de huevos/Un parell d’ous (1985), en la que Eva Cobo lidera un conjunto hortera y terrorista que en sí mismo atesora los peores tics musicales de los ochenta.

Por otro lado, a poco más que se indague, encontramos curiosas muestras audiovisuales que, aunque alejadas del habitual formato cinematográfico, nos pueden servir para entender el devenir de la música moderna en la citada década; bien sea mediante el documental, Gritos… a ritmo fuerte (José María Nunes, 1984), especie de respuesta barcelonesa al cine de la Movida madrileña y curioso experimento donde el director de la censurada Sexperiencias (1969) intenta un extraño maridaje entre su personal estilo de cine de autor y las viscerales declaraciones y actuaciones musicales de un bien nutrido grupo de músicos de la Ciudad Condal -Loquillo, Decibelios, Manolo García, Rebeldes o el anteriormente citado Christian Dios, entre muchos otros- ; e incluso el cortometraje, Akixo (Juanma Bajo Ulloa, 1988), documento esencial para acercarse al movimiento punk de ese decenio surgido en el País Vasco que en ningún momento pasa por alto temas indisolubles a la coyuntura del momento, como pueden ser las drogas, su consumo y tráfico en la región, así como la constante amenaza de atentados terroristas de ETA en las calles.

                                                                                                               Francisco Arco

[1] Película invisible a día de hoy, de la que apenas existe información. Desde aquí agradecemos infinitamente a David Pizarro esta breve recensión que nos ha facilitado acerca del filme: “Escrito en los cielos es una película amateur que surge como respuesta a Gritos… a ritmo fuerte, de José María Nunes. Se centraba en el grupo de rock alternativo Christian Dios, liderado por el actor de doblaje Vicente Gil, quien había sido ayudante de dirección del propio Santiago Lapeira en Asalto al Banco Central. Se rodó sin guion establecido, improvisando en el rodaje. Lamentablemente la película se perdió y ni siquiera el propio realizador tiene copia de la misma. El grupo musical al principio se llamaba simplemente Dios y grabaron un disco titulado igualmente Escrito en los cielos (DRO, 1985).” Christian Dios/Vicente Gil participó asimismo como actor en otra película, la interesante La ràdio folla (1986) -también conocida como Radio Speed-, de Francesc Bellmunt; inclasificable, valiente, delirante y, por momentos, musical film del mismo autor de dos documentales imprescindibles para entender el pop español: Canet Rock (1975) y La nova cançó (1976). En La ràdio folla, tal y como explica David Pizarro en la reseña de la cinta en el muy interesante libro Flores entre espinas. Antología crítica del (otro) cine fantástico español (1929-2000) de Ramon Freixas, David Pizarro & Joan Bassa, con la colaboración de José Luis Salvador Estébenez; (Vial Books, 2019) -pág. 552-, Christian Dios interpreta: “(…) al accidentado Sipi, un heavy “superdotado” que lanza gigantescos e hipersónicos escupitajos y orina gasolina súper (…)”.

[2] No confundir con el programa musical de TVE A tope (1987–1988).

[3] Director que, a pesar de contar con una edad avanzada en el momento de realización de esta película y, por lo tanto, estar alejado de la generación de la coetánea Movida madrileña, contaba, sin embargo, con un amplio currículum en esto del cine pop desde los tiempos que se hizo cargo de la realización de Sor Ye-yé (1968), coproducción hispano-mexicana al servicio de la cantante Hilda Aguirre (acompañada en algunas escenas por la también mexicana formación rock Los Yaki). A destacar, igualmente, su reivindicable y colorido film Casa Flora (1973), que, aunque de carácter folclórico, cuenta en sus imágenes con las performances más pop que se han visto de artistas como Lola Flores, Estrellita Castro o Camarón de la Isla.

[4] Extraído de su esencial e instructivo libro El thriller español (1969-1983); (Laertes Editorial; 2019); pág. 151.

[5] No era la primera vez que Fernando Colomo incorporaba a un grupo musical al completo en una de sus películas, actuando en directo dentro de la misma y, a su vez, interpretando sus integrantes pequeños roles. En ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? (1978), los madrileños Burning aparecen tocando en bastantes ocasiones, e incluso su cantante -quien, curiosamente no era miembro del grupo, sino un actor, José Lage, al que se eligió por tener mejor físico que Toño Martín, el verdadero cantante de Burning- ejerce de amante de la protagonista, Carmen Maura.

2 comentarios en “Música pop y otras movidas en el cine español de los años ochenta

  1. Que conste que, para mí, casi todo el cine madrileño del que se habla aquí es, por diversas razones, cine de la Movida. Paso de polémicas bizantinas, pero me ratifico absolutamente en lo dicho. Muy buen artículo y enhorabuena por él.

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