O despertar da besta/O ritual dos sadicos

 

Sinopsis: Un grupo de personas discuten en televisión sobre los actos de depravación que desencadena el uso de drogas. En ellos se percibe un acto maligno que trasciende su propia condición. Uno de los presentes es un psiquiatra que ha estudiado el caso y ha llevado a cabo un experimento donde la figura de Zé do Caixao tiene un papel primordial.

 


Título original: O despertar da besta/O ritual dos sadicos
Año: 1970 (Brasil)
Director: José Mojica Marins
Productores: José Mojica Marins, Giorgio Attili, George Michel Serkeis
Guionista: Rubens Francisco Luchetti, a partir de una historia de José Mojica Marins
Fotografía: Giorgio Attili
Intérpretes: José Mojica Marins (José Mojica Marins/Zé do Caixao), Ângelo Assunção, Ronaldo Beibe, Andrea Bryan, Annik Malvil, Graveto, Itala Nandi, Lurdes Vanucchi, Mario Lima, Roney Wanderney, João Callegaro, Ozualdo Ribeiro Candeias, Maurice Capovila, Carlos Reichenbach. Jairo Ferreira, Sergio Hingst, Walter C. Portella…

La década de los sesenta resulta crucial en la obra de José Mojica Marins. En este periodo de efervescente creatividad engendra una figura icónica y popular que quedará atada a su biografía personal a partir de un par de películas muy populares en lo comercial si bien rechazadas en el ámbito crítico (salvo por algunos exégetas de su obra). Digamos que el cineasta acabó bajo el hechizo de una criatura que trascendió a su creador hasta límites insospechados. Zé do Caixao se convirtió en un símbolo y en una fuente insospechada de ingresos pero también en un lastre para el propio Marins dada la naturaleza del personaje, la situación política del Brasil de la época y la polémica que su representación iba generando en los mass media. El icono se extendió en el tiempo atravesando décadas y fronteras, lo que le llevó a alcanzar  una posición relevante para el género terrorífico sudamericano, erigiéndose, sin duda, en su monstruo más característico y singular.

Lo económico resulta un asunto más resbaladizo dado que Mojica no supo sacar gran rédito de ello debido a su ingenuidad a la hora de hacer negocios. Parte de la década de los setenta y, especialmente, los años ochenta serán difíciles en su  situación personal teniendo que aceptar proyectos completamente alejados de su universo propio añadiendo más extrañeza a su bizarra filmografía. La polémica fue un elemento que siempre le acompañó y fue participe de ello, alimentándola desde una situación donde se mezclaba la egolatría y la publicidad sin saber dónde acababa una y empezaba la otra (muy palpable en la película que nos ocupa). En cuanto al contexto político, es un aspecto del que el cineasta apenas habló por miedo a las represalias, como comentó en alguna ocasión, o porque de alguna forma su genial enterrador no tenía una interpretación ideológica al respecto. Como creador iconoclasta chocó con el sistema generado por la dictadura militar y la censura que se impuso, pero no fue represaliado ni abandonó su país (otros cineastas brasileños sí que se vieron obligados a hacerlo).

Entre 1964 y 1970 Mojica Marins[1] va a realizar media docena de películas como director, participando también como actor ocasional en alguna producción ajena. Además, empezó a aparecer en diversos espacios televisivos, se lanzó al mundo editorial publicando revistas, novelas, cómics y fotonovelas (su primer intento fue un sonado fracaso), espectáculos pseudoteatrales  y un variopinto merchandising donde se mezclan muñecos, productos de cosmética, disfraces, discos de música y de relatos, bebidas alcohólicas e, incluso, un servicio de pompas fúnebres para acompañar a los fallecidos al otro mundo. Por el camino se quedaron proyectos sin realizar, una constante en su carrera, siendo retomados, abandonados o reutilizados en obras futuras que sí logró sacar adelante. Encontramos así en 1963 y 1964 dos trabajos frustrados como Inferno carnal y Geraçao maldita: el primero se pretendía como una producción completamente independiente que no pudo levantar cuyo título rescató en su película homónima de 1977; el segundo iba ser un retrato de la juventud de la época que tampoco logró materializar y de cuyo fracaso surge de manera  inminente A meia noite levareia sua alma (1964). Entre esta película y su secuela, titulada Esta Noite Encarnarei no Teu Cadáver (1967), Mojica trabajó en cuatro proyectos vinculados a su siniestro enterrador: A Encarnaçao do demonio/Ze do Caixao no Purgatorio, Lamento dos espiritos errantes/Ze do Caixao no Limbo, Sepulcro do Diablo/Ze do Caixao no Paraiso y Alguem debe morrer esta noite. Protofilmes cuyas ideas o parte de ellas alimentaron las secuelas del personaje y algún otro trabajo del realizador tanto para cine como para televisión.

Después de participar en Trilogía do terror (1968), un film de episodios dirigidos por varios directores, y realizar casi en paralelo una obra también segmentada si bien en solitario con la muy popular O estranho mundo de Zé do Caixão (1968), el cineasta brasileño opta por realizar un giro completamente radical ante la imposibilidad de continuar con un nuevo filme dedicado a Zé do Caixao, embarcándose en su obra más insólita y ambiciosa, que de alguna forma resume ciertas vivencias y reflexiones creativas sobre su situación personal, su propia trayectoria y su emblemático personaje. La apuesta no fue fácil y se encontró con una prohibición gubernamental que retrasó su estreno quince largos años, estableciendo un corte significativo en la filmografía del cineasta. Mojica Marins siguió trabajando, pero su cine no fue ya igual y hubo que esperar hasta 2008 para encontrar una película realmente relevante y a la altura de sus logros.

O despertar da besta/O ritual dos sádicos (1970) es sin duda la obra cumbre de Marins. Un título completamente disperso que congrega las principales señas autorales del realizador y que ofrece, además, una inesperada lectura metalingüística sobre su figura y a la postre el propio género terrorífico. La película, cuyo ADN evita cualquier categoría presumible, aparece estructurada en lo narrativo con dos partes bien diferenciadas, siendo su nexo un programa de televisión al que acuden diversos personajes, entre los que se encuentran un psiquiatra y el propio Mojica Marins. Este armazón resulta completamente novedoso, dado que integra en la narración una clara segmentación inicial de corte pseudodocumental, apoyada en el recurso televisivo configurada en blanco y negro,  para desembocar en un delirio visual a todo color que fagocita lo mostrado con anterioridad, acercando su propuesta al cine experimental/underground dentro y fuera de la narración. La idea un tanto confusa que parece querer expresar el realizador es que, más allá de la degradación material humana, existe en el inconsciente de cada ser humano una presencia maligna que justifica los actos personales. En otras palabras: detrás de toda perversidad y degeneración humana se encuentra Zé do Caixao. Una especie de reverso oscuro de nuestros mitos, creencias e ideologías.

La condición de superstar del mito brasileño es palpable no solo en el habitual monólogo que precede la narración, sino en los propios créditos del film, realizados a partir de páginas de cómics protagonizadas por el personaje y en la inclusión de partes de un programa real de televisión donde se le juzga como artista o fraude. No estamos ante una obra canónica del reconocible enterrador, pero su presencia es palpable a lo largo del metraje hasta irrumpir o desencadenarse en el clímax del film. Con anterioridad, Mojica recrea un improvisado debate televisivo acompañado de una serie de historias sobre la degeneración provocada por las drogas en la sociedad del momento. Ni que decir tiene que en la mirada del cineasta predomina la visión sensacionalista por encima del espíritu crítico. De esta forma son presentados distintos personajes sometidos a rocambolescas situaciones a causa de su adicción, mientras su comportamiento es analizado por un comité de expertos desde una tribuna catódica. Una joven se inyecta droga en un pie para pasar a desnudarse en una cochambrosa habitación (repleta de posters de playmates) ante la mirada de una pandilla de libidinosos que la ofrecen un orinal para acabar una especie de ritual al ritmo de una canción protesta (una escena que haría las delicias de John Waters); otra joven a la salida del instituto es llevada a una casa ocupada por un grupo de jipis para formar parte de una especie de fiesta erótico-lisérgica donde es finalmente violada con un báculo por un tipo disfrazado de profeta; un tipejo humilla a varias mujeres de manera violenta; una mujer presencia la relación sexual de su hija con uno de sus sirvientes mientras se droga y acaricia la cabeza de un pony (sic); una agencia de colocación es la tapadera para abusar de otra mujer  que busca  trabajo; otro tipo, tras fumar un porro, pide la ropa interior de sus compañeras para a continuación lavarlas a mano; en otro lugar, un hombre droga a una mujer para mantener relaciones sexuales (aunque ella se siente finalmente culpable por considerarse adultera y acaba suicidándose)…

Todas estas situaciones son un mcguffin alargado que esconden las reales intenciones del Dr. Sergio, uno de los asistentes al espacio televisivo, quien presenta un experimento que está llevando a cabo. Para intentar comprender esa serie de comportamientos mostrados ha utilizado a algunos de sus protagonistas (dos hombres y dos mujeres), a los que sugestiona utilizando aparentemente LSD (agua destilada como se descubrirá al final) y la figura de Zé do Caixao como motivo iconográfico (elegido por ellos). El blanco y negro característico de la realidad mostrada cambia entonces a un vigoroso color y el desquiciado surrealismo del autor toma la pantalla. Su ideario se desencadena y las alucinaciones se desarrollan en la mente de los protagonistas. Predomina en todo momento la misoginia del cineasta brasileño, siendo las mujeres las peor tratadas en el ambiente pesadillesco engendrado por Zé do Caixao. Lo demás son las fanfarrias habituales, el desconcertante monólogo de ultratumba y los motivos visuales más delirantes que acompañan la figura del enterrador del otro mundo. En lo formal, la dirección de Mojica se muestra más cuidada que posteriores empeños donde la dejadez y la falta de presupuesto se fueron adueñando en la impronta de sus ficciones. Por otro lado, destaca el inteligente uso del montaje que añade la necesaria heterogeneidad a la discontinuidad narrativa propuesta por su autor. Una elaboración que desmiente cualquier atisbo de improvisación o ligereza.

Finalmente, sorprende la curiosa conclusión que propone O despertar da besta/O ritual dos sádicos. La droga no es el problema, sino una excusa para liberar nuestros instintos más primarios. No hay que destruirlas sino moderar su uso y vigilar su tráfico. Pero es Zé do Caixao la figura que se impone en el experimento al ser la que mejor define el horror que anida en el subconsciente del ser humano. Al final, las luces se encienden, se vislumbra la tramoya y el espectáculo aparentemente acaba. Queda un último gesto en el escenario, una última cuestión que muestra el origen de las ideas de Mojica Marins. Un uróboros diegético que define un interminable ciclo vital controlado por un creador que corta la acción mirando a cámara sonriendo. Un gesto transgresor que la obra del cineasta brasileño no volverá asumir salvo en la iconoclasta Delirios de um anormal (1978).

Fernando Rodríguez Tapia

[1] Terror Fantastic nº 5. Especial José Mojica Marins, págs. 40-48.

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