Color Out of Space

 

Sinopsis: Un meteorito se estrella cerca de la granja de los Gardner, liberando un organismo extraterrestre que convierte la tranquila vida rural de la familia en una pesadilla colorista y alucinógena.

 


Título original: Color Out of Space
Año: 2019 (Estados Unidos)
Director: Richard Stanley
Productores: Daniel Noah, Josh C. Waller, Lisa Whalen, Elijah Wood
Guionistas: Richard Stanley, Scarlett Amaris, según el relato corto de H. P. Lovecraft “El color que cayó del cielo”
Fotografía: Steve Annis
Música: Colin Stetson
Intérpretes: Nicolas Cage (Nathan), Joely Richardson (Theresa), Madeleine Arthur (Lavinia), Elliot Knight (Ward), Tommy Chong (Ezra), Brendan Meyer (Benny), Julian Hilliard (Jack), Josh C. Waller (sheriff Pierce), Q’orianka Kilcher (alcaldesa Tooma), Melissa Nearman (reportera), Amanda Booth (secretaria), Keith Harle (Hunter Jake), Brett W. Bachman (reportero)…

Color Out of Space (Color Out of Space, 2019), última adaptación cinematográfica lovecraftiana, es a la vez un regreso y una culminación. Supone la vuelta al cine de ficción en formato largometraje de Richard Stanley tras veintiocho años de silencio, y también la materialización del anhelo de Nicolas Cage por rodar un film sobre la obra del Solitario de Providence (1890- 1937). Director e intérprete marcan el tono del producto; su personalidad se ve además completada por la participación de Josh C. Waller, productor de Mandy (Mandy, Panos Cosmatos, 2018), con la que comparte estética. Este triple crisol condiciona al film: sus méritos y sus defectos son prolongaciones del talento (o de su carencia) de cada uno de ellos.

Pesa la larga ausencia cinematográfica de Richard Stanley, ideólogo e inicial director (hasta su caída en desgracia) de La isla del doctor Moreau (The Island of Dr. Moreau, John Frankenheimer, 1996), con Marlon Brando y Val Kilmer, el sudafricano rueda con la mente aún puesta en los noventa, y con la ambición de quien quiere engrosar el fondo de catálogo de un videoclub. Como resultado, su película parece un producto  destinado al consumo casero, al vídeo o a la plataforma de streaming. Viendo el film, se entienden algunos de los problemas que terminaron sentenciando a Stanley en La isla del doctor Moreau (para saber más, recomendamos el visionado del documental Lost Soul: El viaje maldito de Richard Stanley a la isla de Dr. Moreau [Lost Soul, David Gregory, 2014], sobre el rodaje de la que es una de las películas más malditas de la historia). Por ejemplo, le cuesta dirigir a sus actores. Claro que para mejorar a Nicolas Cage se necesita el milagro de un hombre santo. O en su defecto, a un buen experto en photoshop o efectos especiales.

Digámoslo claramente: Cage realiza una de las peores -lo que es mucho decir- interpretaciones de su carrera. Stanley le pidió que imitara su interpretación de Besos de vampiro (Vampire’s Kiss, Robert Biernan, 1988), pero Cage ya no es capaz ni de autoplagiarse. Está histriónico, parece constantemente fuera de lugar, bascula entre lo ridículo y lo bochornoso muchas veces, y, encima, dota al personaje que interpreta de un aspecto grotesco. Su caracterización se asemeja a la de un actor venido a menos que intentara reflotar su trayectoria, que se cree serio pero que luce esperpéntico. Sus escenas se contemplan entre el escarnio, la risa y la mueca torcida. Nicolas Cage es, más que nunca, un bufón.

Cierto es que, como dijimos, Stanley no es Cukor o Mankiewicz, por citar tan sólo a dos fenomenales directores de actores. Cunde la sensación de que a Stanley la cámara le pesa, o le quema las manos, y rueda rápida y atropelladamente. Por ejemplo: sitúa a los actores en escena muy forzadamente. Algunas de las secuencias que rueda a veces parecen hechas de cualquier manera, como si respondiesen al deseo de quien quiere despacharlas velozmente. Así, lucen sin sentido, del todo ridículas, desde el mismo instante en que se percibe, por evidencia descarada más que por instinto, que carecen de un mínimo de planificación.

Desde luego, este Color que cayó del cielo bebe mucho de aquel delirio titulado Mandy, en el que Nicolas Cage buscaba asemejarse, dentro de su limitadísimo registro, al Bruce Campbell de El ejército de las tinieblas (Army of Darkness, Sam Raimi, 1992). Lovecraft basó su relato, aparecido en Amazing Stories durante 1927, en una refracción cromática extraterrestre, que impacta en la tierra y altera cuanto toca. Esta premisa da alas a Stanley y a Waller para rodar con filtros morados. El crescendo cromático abona el interés visual del largometraje, pero también tapa las miserias de su rodaje: tan pronto fascina como ejerce de pretexto para ocultar varias torpezas de la puesta en escena. Aún así, la estética confiere al film un encanto especial, una rabiosa personalidad que lo sitúa en un lugar específico dentro del magro panorama cinematográfico-terrorífico actual. Gracias a ella, Color Out of Space presenta una pátina de atemporalidad que posiblemente le haga subsisitir con bastante mejor planta que  muchas de sus contemporáneas.

Stanley se muestra, como guionista, fiel a Lovecraft en los elementos globales del cuento, si bien altera detalles que se prestan al homenaje (la adolescente Lavinia, por ejemplo, es inexistente en el original, aunque hay una chica con tal nombre en El horror de Dunwich [1929]). El guión funciona mientras reconstruye una atmósfera, pero fracasa cuando debe edificar personajes: éstos se muestran cacprichosos y arbitrarios en sus motivaciones. No obstante, la descripción de una naturaleza hostil que se rebela a los designios del hombre que intenta sojuzgarla, aunque tenga un márchamo de plagio insolente a Los sauces (1907) de Algernon Blackwood, logra mantener el tipo con mucha dignidad. Tanta fuerza tienen las situaciones naturalistas que sostienen al conjunto y evitan que naufrague rumbo hacia la intrascendencia.

Richard Stanley empezó a pergeñar su Color Out of Space en 2011, pero sólo en 2015 pudo empezar a sacar adelante el proyecto. Recientemente ha afirmado que ésta podría ser la primera parte de una trilogía lovecraftiana. Si ésa es su intención, tendrá que esforzarse más allá de la estética (o copiarla sin tapujos) para que el resultado sea mínimamente aceptable. Orson Welles aprendió a hacer cine a base de verse repetidamente La diligencia (The Stagecoach, 1939) de John Ford. Stanley debería practicar un ejercicio similar en sus clases de reciclaje cinematográfico.

Joaquín Torán

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